
os
jóvenes acudían en gran número
a la Orden en tiempos de Santo Domingo porque, con su
pasión por la predicación, los invitaba
a tomar parte en una gran aventura. ¿Cuál
es hoy nuestra pasión y nuestra aventura? ¿Quiénes
son los "cumanos" de nuestro tiempo? Nos enfrentamos
al reto de fundar la Orden en muchos lugares de Asia,
donde vive más de la mitad de la humanidad y
nos preparamos para enseñar en China. ¿Hay
acaso jóvenes dominicos prontos a estudiar el
chino y a entregarse a esta misión sin importarles
los sacrificios? En todas partes del mundo el Islam
está extendiéndose. ¿Estamos en
situación de entablar un diálogo fecundo
con esta y otras religiones?
Como
Domingo tenemos que predicar el Evangelio en las nuevas
ciudades, aunque éstas son para nosotros las
inmensas mega-urbes como Los Ángeles, Sao Paulo,
México, Lagos, Tokio y Londres, que son desiertos
humanos altamente marcados por el crimen y la violencia,
así como por la infinita soledad de los que rodeados
por millones de personas viven totalmente solos. ¿Cómo
entrar en el nuevo mundo de los jóvenes; un mundo
cada vez más unicultural, con hambre religiosa
y escéptico a la vez, con un sincero respeto
a los individuos y desconfiado hacia las instituciones,
que no se mueve ante las palabras pero se rinde fascinado
ante la tecnología de la información;
un mundo de música y canciones? ¿Cómo
podemos entrar en contacto con todo lo vital y creativo
de esta nueva cultura, aprender de ella y acogerla para
el Evangelio?
¿Cómo
ser predicadores de la esperanza en un mundo que con
frecuencia es tentado por la desesperación y
el fatalismo? ¿Un mundo afligido por un sistema
económico que está minando las estructuras
económicas y sociales de la mayor parte de los
pueblos de la tierra? ¿Qué Evangelio podemos
predicar en América Latina o en África
a medida que la Orden se establece allí, o en
Europa del Este donde está renaciendo? Por otro
lado tenemos la inagotable aventura intelectual de la
vida de estudio, en la que batallamos con la Palabra
de Dios, con las exigencias de la Verdad, con ese cuestionar
y ser cuestionado, con la pasión por saber y
entender. (Tema éste que merecería otra
carta).
Queridos
hermanos y hermanas, si de algo podemos estar ciertos
hoy día es de que nuestra vocación como
predicadores del Evangelio es más urgente que
nunca (Avila 22). A estos enormes retos sólo
podremos responder si somos gente con coraje que sabe
romper viejas ataduras y emprender nuevas iniciativas
con libertad; gente dispuesta a experimentar y correr
el riesgo del fracaso. Una estructura compleja, como
lo es una Orden religiosa, puede comunicar pesimismo
y derrotismo, o ser una red de esperanza en la que ayudamos
a que todos imaginen y creen algo nuevo. Si queremos
esto último para la Orden, entonces debemos enfrentar
varias preguntas.
¿Seremos
capaces de recibir en la Orden a jóvenes dispuestos
a aceptar estos retos con iniciativa y coraje, sabiendo
que pondrán en tela de juicio lo que nosotros
hemos hecho? ¿Aceptaríamos gustosos en
nuestra Provincia a un hombre como Tomás de Aquino,
que abrazara una nueva y sospechosa doctrina filosófica
y que hiciera serias e inquietantes preguntas? ¿Recibiríamos
a un hombre como Bartolomé de Las Casas, con
su pasión por la justicia social? ¿Nos
agradaría tener a fray Angélico experimentando
nuevos métodos para predicar el Evangelio? ¿Le
daríamos la profesión a Catalina de Siena
con toda su franqueza? ¿Recibiríamos a
Martín de Porres, perturbando la paz del convento
con su ir y venir de gente pobre en él? ¿Aceptaríamos
a Domingo, o preferimos candidatos que nos dejen en
paz? ¿Y qué decir de nuestra formación
inicial? ¿Ha producido hermanos y hermanas que
han crecido en la fe y el entusiasmo, se han vuelto
más osados y atrevidos de cuanto eran al ingresar,
o les hemos "tranquilizado" y asegurado?
Si
hemos de hacer frente a los enormes y atracti-vos retos
de hoy, renovando el sentido de aventura de la vida
religiosa, entonces hemos de tratar muchos aspectos
de nuestra vida como Orden en cartas sucesivas. Ahora,
en ésta, quisiera explorar sólo una cuestión,
que he encontrado en todas partes de la Orden a donde
he viajado, y es: ¿Cómo pueden los votos
que hemos hecho ser fuente de vida y energía
y sostenemos en nuestra predicación? Los votos
no son todo en nuestra vida religiosa, pero muchas veces
en relación con ellos los hermanos y las hermanas
hacen inquietantes cuestiones que juntos debemos tratar.
Se ha dicho con frecuencia que los votos son un medio.
Esto es verdad, ya que la Orden no fue fundada para
cumplir los votos sino para predicar el Evangelio. Sin
embargo, los votos no son sólo medios en el sentido
utilitarista del término, como un coche que se
usa para trasladarse de un lugar a otro. Los votos son
medios para que lleguemos a ser verdaderos misioneros.
Santo Tomás dice que los votos tienen como finalidad
la caritas (2.a 2.ac, q. 184, a. 3.), es decir, el amor
que es la misma vida de Dios. Los votos sólo
servirán a la persona si le ayudan a crecer en
el amor, a fin de que podamos hablar con credibilidad
del amor de Dios.
Los
votos están en oposición fundamental con
muchos de los valores de la sociedad, particularmente
del consumismo, que rápidamente se ha convertido
en la cultura predominante de nuestro planeta. El voto
de obediencia contradice la idea de un ser humano cerrado
en la autonomía y en el individualismo; ser pobre
es signo de fracaso y de minusvalía en nuestra
cultura; la castidad aparece como un rechazo absurdo
del derecho humano a la sexualidad. Cuando abrazamos
los votos es casi seguro que encontraremos en algún
momento de nuestra vida serias dificultades para perseverar.
Podrá darnos la impresión de que los votos
nos condenan a la frustración y a la esterilidad.
Si aceptamos los votos únicamente como medios
para un fin, como una limitación necesaria en
la vida del predicador, es muy posible que lleguen a
entenderse como un precio muy alto que no vale la pena
pagar. Pero si los vivimos como ordenados a la caritas,
como uno de los modos de compartir la vida del Dios
del amor, entonces creeremos que el sufrimiento será
fructuoso y que la muerte que experimentamos nos abrirá
un camino hacia la resurrección. Podremos entonces
decir con nuestro hermano Reginaldo de Orleans: Creo
que no tengo ningún mérito con haber vivido
en la Orden, ya que siempre he encontrado en ella tanta
felicidad (Jordán de Sajonia, Libellus, 64.).
En
esta carta yo quiero ofrecer unas sencillas observaciones
sobre los votos. Ciertamente están marcadas por
las limitaciones personales y por las de mi propia cultura.
Mi deseo es que puedan contribuir al diálogo
a través del cual lleguemos a una visión
común que nos permita animarnos unos a otros,
y nos dé la fuerza para ser una Orden que se
atreve a asumir los retos del siglo venidero.
Atreverse
a prometer
En
muchas partes del mundo, sobre todo en los países
influidos por la cultura occidental, se constata una
pérdida de confianza en hacer promesas. Esto
puede verse en la crisis del matrimonio, el alto índice
de divorcios; y dentro de la Orden, en las continuas
solicitudes de dispensa de los votos, que son una lenta
y constante hemorragia de la vida de la Orden. ¿Qué
sentido tiene que uno dé su palabra para toda
la vida, "usque ad mortem"?
Una
de las razones por las que empeñar la palabra
no es un acto que sea considerado con seriedad, se debe
a que las palabras mismas no tienen hoy gran importancia.
¿Acaso cuentan las palabras en nuestra sociedad?
¿Son capaces de cambiar algo? ¿Puede uno
ofrecer su vida a otro, a Dios, o en matrimonio, sólo
pronunciando unas palabras? Nosotros, como predicadores
de la Palabra de Dios, sabemos que sí cuentan.
Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios que pronunció
una palabra y se hicieron los cielos y la tierra. Dios
pronunció la Palabra que se hizo carne para nuestra
salvación. Las palabras que nos hablamos los
seres humanos son capaces de dar vida y muerte, construir
la comunidad y destruirla. La terrible soledad que se
experimenta en las grandes ciudades hoy en día
es ciertamente un signo de una cultura que ha dejado
de creer en la importancia del lenguaje, en esa capacidad
que tiene la palabra compartida de crear comunidad.
Cuando empeñamos nuestra palabra con los votos,
afirmamos una vocación humana fundamental, pronunciamos
palabras que tienen peso y credibilidad.
Aún
no sabemos lo que nuestros votos implicarán ni
a dónde nos llevarán. ¿Cómo
podremos atrevernos a pronunciarlos? Ciertamente, sólo
porque Dios nuestro Padre lo ha hecho y nosotros, sus
hijos, nos atrevemos porque nuestro Padre lo hizo primero.
Desde el principio, la historia de la salvación
es la de un Dios que hace promesas, asegurándole
a Noé que la tierra no volvería a ser
inundada por las aguas; que promete a Abraham una descendencia
más numerosa que las arenas del mar, y a Moisés
liberar a su pueblo de la esclavitud. El cumplimiento
y culmen de todas estas promesas es el mismo Jesucristo,
el eterno "Sí" de Dios. Como hijos
de Dios nos atrevemos a dar nuestra palabra sin saber
lo que implicará. Y este es un acto de esperanza,
ya que para muchas personas existe sólo la promesa.
Cuando uno está sumido en la desesperación,
agobiado por la pobreza y el desempleo, o atrapado por
el fracaso personal, entonces quizá no exista
alguien más en quien poner la confianza que en
Dios, que se ha comprometido con nosotros y que, una
y otra vez, ha ofrecido su alianza a la humanidad y
nos ha enseñado a través de los profetas
a esperar la salvación (Oración Eucarística
IV.).
En nuestro mundo, tan fuertemente tentado por la desesperación,
quizá no se dé otra fuente de esperanza
que creer en el Dios que nos ha dado Su Palabra. ¿Y
qué otra prueba puede ofrecerse de esto que el
hecho de que hombres y mujeres hagan promesas, tanto
en el matrimonio como en la vida religiosa? Nunca antes
había yo comprendido tan bien el significado
de los votos, hasta que visitando un barrio sumamente
pobre de las afueras de Lisboa donde vivían los
olvidados y los que no cuentan, los invisibles de la
capital, encontré que había una gran fiesta
y enorme regocijo porque una religiosa, que vivía
con ellos, hacía su profesión solemne.
¡Esa era la fiesta de todos!
Nuestra
generación ha sido llamada "la generación
del ahora", porque la cultura que cuenta es la
del momento presente. Esto puede ser fuente de una admirable
espontaneidad y de una frescura e inmediatez con la
que podemos alegrarnos. Pero si el momento presente
es de pobreza y de fracaso, de derrota y depresión,
entonces ¿qué esperanza puede uno encontrar?
Los votos, por su naturaleza, alcanzan un futuro desconocido.
Para Santo Tomás, hacer votos es un acto de absoluta
generosidad, porque uno da en un solo instante una vida
que ha de ser vivida sucesivamente en el tiempo (2.1
2.-, q. 186, ad. 2.). Para muchas personas en nuestra
cultura, esta entrega a un futuro que no se conoce es
algo absurdo. ¿Cómo puedo ligarme hasta
la muerte, cuando no sé lo que me sucederá
o lo que seré? ¿Qué me va a pasar
dentro de diez o veinte años? ¿A quién
voy a encontrar y cómo va a reaccionar mi corazón?
Para nosotros este acto es parte de nuestra dignidad
de hijos de Dios y un acto de confianza en el Dios de
la Providencia, que hará aparecer al carnero
enredado por los cuernos en la zarza. Hacer votos sigue
siendo un acto con un sentido profundísimo, un
signo de esperanza en Dios que nos ha prometido el futuro
y que, aunque desbordando nuestra imaginación,
cumplirá Su Palabra.
Es
cierto que a veces algún hermano o hermana se
siente en la imposibilidad de continuar cumpliendo los
votos que ha hecho. Esto sucede porque a veces no hubo
un discernimiento claro en la formación inicial,
o también porque la vida religiosa exige un estilo
de vida que honestamente ya no se puede seguir viviendo.
Para esto existe la sabia disposición de la dispensa
de los votos. En estos casos hemos de dar gracias por
lo que hemos recibido de estos hermanos y disfrutar
de lo que hemos podido compartir. Preguntémonos
también si en nuestras comunidades hicimos todo
lo que estaba a nuestro alcance para apoyar a los hermanos
en sus votos.
1.
Obediencia: la libertad de los hijos de Dios
El
inicio de la predicación de Jesús era
la proclamación del cumplimiento de las promesas
de Isaías: libertad a los prisioneros y a aquellos
que están oprimidos (Lc 4.). El Evangelio que
estamos llamados a predicar es el de la absoluta libertad
de los hijos de Dios. Porque la libertad no ha hecho
libres (Gal 5, 1.). Es, pues, paradójico que
nosotros demos nuestra vida a la Orden para predicar
este Evangelio, por medio de un voto de obediencia,
el único que pronunciamos. ¿Cómo
podemos hablar de libertad nosotros que hamos renunciado
a nuestras vidas?
El
voto de obediencia es escándalo en un mundo que
aspira a la libertad como valor supremo. Pero ¿qué
libertad es la que anhelamos? Esta pregunta se ha hecho
con particular intensidad en los países que se
liberaron del comunismo. Estos países entraron
al "mundo libre", pero ¿es esta la
libertad por la que lucharon? Hay ciertamente algunos
logros en la libertad, como en los procesos políticos,
pero la libertad de mercado es con frecuencia una contradicción.
No trajo consigo la libertad prometida y ha rasgado
más todavía el tejido de la sociedad humana.
Nuestro llamado "mundo libre" se caracteriza
con frecuencia por un sentido fatalista, una incapacidad
para tomar el propio destino en nuestras manos y arreglar
nuestras vidas; lo que debe hacernos pensar seriamente
sobre "la libertad" de la sociedad de consumo.
El voto de obediencia no es para nosotros una cuestión
meramente administrativa, un medio únicamente;
sino que nos enfrenta a la pregunta: ¿qué
tipo de libertad es la que deseamos en Cristo? ¿De
qué manera el voto expresa esto, y cómo
nos ayuda, a nosotros predicadores, a vivir la exultante
libertad de los hijos de Dios?
Cuando
los discípulos encontraron a Jesús hablando
con la samaritana junto al pozo, él les dijo:
mi alimento es hacer la voluntad de aquél que
me ha enviado (Jn 4, 34.). La obediencia de Jesús
al Padre no es una limitación de su libertad
ni una restricción a su autonomía. Es
el alimento que le da fuerza y lo robustece. Su relación
con el Padre, de la que él es el don absoluto,
es su propio ser.
Esta
profunda libertad de Jesús, de pertenecer al
Padre, es ciertamente el contexto en el cual nosotros
nos reflejamos para hablar de libertad y dar nuestra
vida a la Orden. No es la libertad del consumista, con
una irrestringida opción de compra o de acción.
Es la libertad de ser, la libertad de aquel que ama.
En nuestra tradición dominicana, la mutua pertenencia
en la obediencia se significa por la tensión
que se da entre: el don sin reservas de nuestra vida
a la Orden y la búsqueda de consenso, basada
en el debate, la consideración y el respeto mutuos.
Ambos son necesarios si somos predicadores de la libertad
de Cristo, la libertad de que el mundo está sediento.
Si fallamos en darnos plenamente a la Orden, sin condiciones,
entonces nos convertimos en un grupo de individuos independientes
que ocasionalmente cooperan; si la obediencia es experimentada
como imposición de la voluntad del superior,
sin la búsqueda del común acuerdo, entonces
nuestro voto se torna inhumano y alienante.
1.1. La obediencia y la escucha
La
obediencia no es, en nuestra tradición, la sumisión
de nuestra voluntad a la del superior, ya que como expresión
de nuestra fraternidad y de la vida compartida de la
Orden, está basada en el diálogo y la
discusión. Como se ha hecho notar, la palabra
"obedire" viene de "ob-audire",
escuchar. El inicio de la verdadera obediencia se da
cuando dejamos que nuestro hermano o hermana hablen
y nosotros escuchamos. Es "el principio de la unidad"
(LCO 17, 1.) . Es también la forma en que crecemos
como seres humanos, estando atentos a los otros. Los
casados no tienen alternativa pues están obligados
a superarse a sí mismos ante las necesidades
de sus hijos y sus esposas o esposos. Nuestro estilo
de vida, con silencios y soledad, puede ayudarnos a
crecer en la atención y en la generosidad; aunque
también corremos el riesgo de encerrarnos en
nosotros mismos y en nuestras preocupaciones. La vida
religiosa puede producir personas profundamente desprendidas
o muy egoístas, dependiendo de a quiénes
se haya escuchado. La obediencia requiere toda nuestra
atención y absoluta receptividad. El fértil
momento de nuestra redención se dio con la obediencia
de María, que se atrevió a escuchar al
ángel.
Este modo de escuchar exige el uso de nuestra inteligencia.
En nuestra tradición, usamos la inteligencia
no para dominar a los otros, sino para acercarnos a
ellos. Como decía el P. Rousselot, la inteligencia
es "la facultad del otro". Abre nuestros oídos
para escuchar. Herbert McCabe escribía de la
obediencia:
...
es ante todo una apertura de la mente como sucede en
todo proceso de aprendizaje. La obediencia se hace perfecta
cuando quien manda y quien obedece llegan a compartir
una misma mente. La noción de "obediencia
ciega" equivaldría, en nuestra tradición,
a un aprendizaje ciego. Una comunidad totalmente obediente
sería aquella en que nadie anhela hacer algo
(McCabe, Herbert, God Matters, London, 1987.).
De esto se sigue que el primer lugar en donde practicamos
la obediencia, en la tradición dominicana, es
el capítulo conventual, donde podemos discutir
con los demás. La función de la discusión
en el capítulo es buscar la unidad de la mente
y del corazón en la misma medida en que se busca
el bien común. Discutimos, como buenos dominicos,
pero no para ganar, sino con el deseo de aprender unos
de otros. Lo que se busca no es la victoria de la mayoría
sino, a ser posible, la unanimidad. Esta búsqueda
de la unanimidad, aunque a veces sea inalcanzable, no
pretende únicamente vivir en paz con los demás;
es una forma de gobierno que nace de la convicción
de que aquellos con los que no estamos de acuerdo tienen
algo que decir, y que por lo mismo nosotros no podemos
alcanzar la verdad solos. La verdad y la comunidad son
inseparables. Como escribía Malachy O'Dwyer:
¿Por
qué Domingo puso tanta confianza en sus compañeros?
La respuesta es muy simple. El era un hombre de Dios,
convencido de que la mano de Dios estaba sobre todo
y sobre todos... Estaba convencido de que Dios le hablaba
a través de otras voces y no sólo de la
suya propia, por eso organizó su familia de tal
manera que todos dentro de la familia pudieran ser oídos
(O'Dwyer, Malachy, "Pursuing Communion in Government:
Role of the Community Chapter", Dominican Monastic
Search, Vol. II, Fall/Winter, 1992, p. 41.).
Esto
implica que el gobierno en nuestra tradición
tome tiempo. La mayor parte de nosotros estamos ocupados
y esto puede parecernos una pérdida de tiempo.
¿Por qué perder el tiempo discutiendo
unos con otros cuando uno podría estar predicando
o enseñando? Lo hacemos porque precisamente este
compartir la vida y esta solidaridad vivida es la que
nos hace predicadores. Podemos predicar de Cristo únicamente
lo que hemos vivido, y el trabajo de buscar un sólo
corazón y una sola mente nos entrena para poder
hablar con conocimiento del Cristo en el que se halla
toda la reconciliación.
La obediencia no es para nosotros huir de las responsabilidades,
sino estructurar los diferentes modos en los que las
compartimos. Con frecuencia el papel de un prior es
difícil porque los hermanos piensan que, al elegirlo,
él solo debe llevar la carga. Esto fomenta una
pueril actitud hacia la autoridad. La obediencia exige
que asumamos la responsabilidad que nos corresponde,
de otra manera nunca podremos responder a los retos
que encara la Orden. Como dije a los superiores de Europa
en la reunión de Praga en 1993:
La responsabilidad es la habilidad para responder:
¿Seremos capaces? En mi experiencia como provincial
pude observar el extraño caso de "la desaparición
de la responsabilidad". Algo tan misterioso como
una novela de Sherlock Holmes. El Capítulo provincial
detecta un problema y comisiona al provincial para enfrentarlo
y resolverlo. Es necesario tomar una decisión
clara. El provincial pide al consejo de provincia que
considere el asunto. El consejo forma una comisión
que estudiará lo que debe hacer. La comisión
estudia el asunto por dos o tres años definiendo
exactamente el problema, y concluye que debe ser presentado
al próximo Capítulo provincial, y así
continúa el ciclo de la irresponsabilidad.
A veces, lo que paraliza a la Orden y nos impide atrevemos
a hacer nuevas cosas es precisamente el temor de aceptar
las responsabilidades y fracasar. Cada uno debe asumir
la responsabilidad que le es propia, incluso si a veces
es difícil y se corre el riesgo de equivocarse,
de otra manera vamos a morirnos sin remedio.
Puede
aceptarse que nuestro sistema de gobierno no es quizá
el más eficiente. Un modelo más centralizado
y autoritario nos permitiría responder más
rápidamente a las crisis, tomando decisiones
basadas en un amplio conocimiento de la Orden. Existe
frecuentemente un impulso hacia la centralización
de la autoridad, pero como decía Bede Jarret,
O.P., hace años:
Para aquellos que viven bajo su sombra, la libertad
de elegir su gobierno es algo tan bendito, que es necesario
cuidarlo aun con el riesgo de la ineficiencia. Con todas
sus limitaciones y debilidades inherentes, se compagina
con la libertad de la razón humana y la fuerza
de la humana voluntad mejor que la autocracia, aunque
sea beneficiosa. La democracia podrá tener pobres
resultados, pero forja hombres (Jarrett, Bede,
OP, The Life of St. Dominic, London, 1924, p. 128.).
Es posible que a veces lleve a la ineficiencia pero
forja predicadores. Nuestra forma de gobierno está
profundamente ligada a nuestra vocación de predicadores,
ya que sólo podremos hablar con autoridad de
nuestra libertad en Cristo, si la vivimos entre nosotros.
Nuestra tradición democrática y descentralizada
nunca podrá ser una excusa para la inmovilidad
o la irresponsabilidad. No debe ser una vía de
escape para escondernos de los retos de nuestra misión.
1.2.
Obediencia, don de sí mismo
La
tradición democrática de la Orden, nuestra
tensión en el compartir las responsabilidades
y el debate y el diálogo, pueden dar la impresión
de que las exigencias de nuestra obediencia son menos
plenas que en los sistemas autocráticos y centralizados.
¿No es, pues, la obediencia un compromiso entre
lo que yo quiero y lo que la Orden me pide? ¿No
ha de luchar uno por cierta autonomía? No creo
que se trate de esto. La fraternidad nos exige dar todo
lo que somos. Ya que, como todos los votos, se ordena
a la caritas, una expresión de amor y, por lo
mismo, realizada con todo el corazón. Siempre
se dará inevitablemente una tensión entre
el proceso de diálogo, la búsqueda del
consenso y el momento de ponerse uno en las manos de
los hermanos, pero es una tensión fructuosa,
más que un compromiso negociado. Aunque hablo
aquí en relación con mi experiencia de
gobierno con los hermanos, espero que esto pueda ser
también útil a las hermanas.
He
comenzado por señalar la enormidad de los retos
que enfrentamos como Orden. Y pienso que podremos asumirlos
sólo si formamos nuevos proyectos comunes, dejando
apostolados que pueden ser muy queridos para nosotros
individualmente o como provincias. Tenemos que atrevernos
a realizar nuevos experimentos aún arriesgándonos
a fracasar. Tenemos que atrevernos a abandonar algunas
obras que han sido importantes en el pasado. Debemos
animarnos a morir si queremos vivir. Esto exige movilidad
de mente, de corazón y de cuerpo, como provincias
y como individuos. Si queremos construir verdaderos
centros de formación y de estudios en África
o en Latino América, reconstruir la Orden en
Europa del Este, enfrentar los retos de China, predicar
el Evangelio en el mundo de los jóvenes, dialogar
con el Islam y las otras religiones; entonces inevitablemente
tenemos que dejar algunos apostolados. De otra manera
nunca seremos capaces de iniciar algo nuevo.
Para
mí, la donación total de sí mismo
a los hermanos es algo más que la necesaria flexibilidad
que requiere una compleja organización para responder
a los nuevos retos. Pertenece a la libertad en el Cristo
que predicamos. Pertenece a la lex libertatis (la. 2ae.,
q. 108, a. 4. 14. LCO 1, 111.), la ley de la libertad
de la Nueva Alianza. En la noche en que iba a ser entregado,
cuando su vida estaba condenada al fracaso, Jesús
tomó pan, lo dio a sus discípulos y dijo:
"Esto es mi cuerpo, que os doy". Enfrentado
a su destino, porque "era necesario que el hijo
del hombre fuese entregado", hizo este supremo
acto de libertad entregando su vida. En nuestra profesión,
cuando ponemos nuestra vida en las manos del provincial,
hacemos un gesto eucarístico de loca libertad.
Esta es mi vida y yo os la entrego. Es entonces cuando
nos damos a la misión de la Orden, "entregados
plenamente para la evangelización total de la
Palabra de Dios (LCO, I, III).
Cuando
un hermano pone su vida en nuestras manos implica que
nosotros estamos obligados a corresponder. Tenemos que
atrevernos a pedir todo de él. Un provincial
debe tener la capacidad de creer que los hermanos de
su provincia son capaces de hacer cosas maravillosas,
incluso aquellas con las que ni siquiera ellos mismos
han soñado. Nuestro sistema de gobierno debe
expresar la sorprendente confianza entre todos, así
como Domingo que escandalizó a sus contemporáneos
enviando a sus novicios a predicar diciéndoles:
"Dios estará con vosotros y os inspirará
las palabras que hay que predicar" (Acta de Canonización,
24.). Si un miembro de la Orden ha dado libremente su
vida, precisamente por ese don, le pedimos algo libremente,
incluso si ello significa renunciar a un proyecto muy
querido y que está floreciente. De otra manera
la Orden se paralizaría. Tenemos que invitarnos
mutuamente a dar nuestras vidas a nuevos proyectos,
atrevernos a asumir los retos del momento más
que usarlos sólo para mantener vivas las instituciones
o las comunidades que ya no son vitales para la predicación.
Hay
retos hoy día ante nosotros que exigen una respuesta
de toda la Orden. La evangelización de China
es ciertamente uno de ellos. En estos casos el Maestro
ha de pedir a las provincias que sean generosas y ofrezcan
hermanos para las nuevas áreas de la misión,
incluso si ello trae consecuencias difíciles
de sobrellevar. Necesitando un fraile para nuestro nuevo
Vicariato de Rusia y Ucrania, me acerqué a un
provincial con cierta incertidumbre, sabiendo que ese
hermano crearía un vacío difícil
de cubrir en su provincia. El provincial me dijo: "Si
la Providencia de Dios ha preparado a este hermano para
este trabajo, también debemos confiar que Su
Providencia velará por nuestras necesidades".
Nada
nuevo podrá nacer si no nos decidimos a dejar
las obras que, aún teniendo probado valor, nos
anclan al pasado y comenzamos otras necesarias, pero
para las que no está asegurado el éxito.
No podemos saberlo de antemano. La presión de
nuestra sociedad es la de tener una carrera, una vida
con futuro. Dar nuestra vida a la predicación
del Evangelio es renunciar a esta seguridad. Somos gente
que no tiene carrera ni prospectivas. Esa es nuestra
libertad. Pienso, por ejemplo, en los hermanos que están
iniciando la fundación de la Orden en Corea,
esforzándose con una lengua y una cultura desconocidas,
sin garantías de que su esfuerzo vaya a ser recompensado
con el éxito. Este es sólo un don de Dios,
como lo fue la resurrección después del
fracaso de la cruz. Un verdadero regalo es siempre una
sorpresa, algo inesperado.
Una
de las maneras en las que vivimos esta generosidad es
aceptando la elección como prior, como provincial
o como miembro de un consejo conventual o provincial.
En muchas provincias ha sido difícil encontrar
hermanos dispuestos a aceptar el oficio. La búsqueda
de un superior se convierte en el asunto de encontrar
alguien que acepte que su nombre sea propuesto a los
miembros de Capítulo. "Se buscan candidatos".
Me parece que la única razón para aceptar
un cargo es obedecer a la voluntad de los hermanos y
no porque desee ser "candidato". Siempre habrá
razones objetivas para rechazar un oficio y han de ser
tomadas en cuenta seriamente y posiblemente aceptadas,
cuando ha sido confirmado por la autoridad competente.
Estas han de ser razones realmente graves y no simplemente
el que uno no se siente atraído por la idea de
asumir el cargo.
En
la montaña de la Transfiguración, Pedro
se siente fascinado por la visión de la gloria
que ha visto. Desea construir tres tiendas y quedarse
allí. Se resiste a la llamada de Jesús
a recorrer el camino a Jerusalén, donde deberá
sufrir y morir. No llega a ver que es precisamente en
la muerte de la cruz donde la gloria será revelada.
Muchas veces también nosotros quedamos fascinados
por la gloria de nuestro pasado, la gloria de las instituciones
que nuestros hermanos edificaron. Expresemos nuestra
gratitud hacia ellos buscando caminos que respondan
a los retos de hoy. Como Pedro, corremos el riesgo de
quedarnos hipnotizados y paralizados resistiendo la
llamada a levantarnos y caminar para compartir la muerte
y la resurrección. Toda provincia debe enfrentar
la muerte y la resurrección en cada generación.
Existe también la muerte estéril de los
que se quedan impávidos en la montaña
de la Transfiguración cuando el Señor
ya se ha ido; también existe la muerte fértil
de los que se han atrevido a emprender el camino y llegar
hasta el Calvario, que lleva a la resurrección.
2.
Pobreza: la generosidad del Dios bondadoso
La
pobreza es un voto para el que es difícil encontrar
palabras que suenen verdaderas, y esto por dos razones:
Porque los hermanos y hermanas que se han acercado realmente
a la pobreza son con frecuencia los más reticentes
en hablar de ella. Saben muy bien cuándo lo que
decimos acerca de la pobreza y de la "opción
por los pobres" es retórica vacía.
Saben muy bien qué terrible es la vida de los
pobres, muchas veces sin esperanza, con la cotidiana
violencia, la rutina, la inseguridad y la dependencia.
Los que hemos podido ver, aunque sea de lejos, lo que
es la pobreza, no creemos en las palabras bonitas. ¿Podremos
alguna vez saber lo que significa vivir la degradación,
la inseguridad y la desesperanza?
La
segunda razón es porque ser pobre significa algo
diferente de una sociedad a otra, dependiendo de los
lazos familiares, el tipo de economía, la previsión
social el Estado, etc., etc. La pobreza significa una
cosa en la India, donde existe una larga tradición
del santón mendicante, otra en África
donde la mayor parte de las culturas ven en la riqueza
una bendición de Dios, y todavía otra
en las culturas consumistas de Occidente. Las connotaciones
culturales nos condicionan más en lo que se refiere
al voto de pobreza que en los de castidad y obediencia.
El tamaño y lugar de la comunidad, los apostolados
de los hermanos, imponen múltiples matices que
nos alertan contra un juicio demasiado rápido
sobre cómo están viviendo los otros este
voto.
Como
los otros votos, la pobreza es un medio. Nos da la libertad
para ir y predicar en cualquier lado. No se puede ser
un predicador ambulante si se ha de cargar con el ajuar
cada vez que uno se traslada. En la Bula Cum Spiritus
Fervore de 1217, Honorio III escribía de Domingo
y sus hermanos:
Con el fervor del espíritu que les animaba,
despojándose del peso de las riquezas de este
mundo y estando revestidos con el celo de propagar el
Evangelio, decidieron ejercer el oficio de predicar
en el humilde estado de pobreza voluntaria, exponiéndose
a sí mismos a sufrimientos y peligros sin número
por la salvación de los otros (Citado por
Vicaire, "The Order of St. Dominic in 1215",
in Peter B. Lobo, OP, The Genius of St. Dominic, p.
75.).
Estamos invitados a dejar no sólo las riquezas
para seguir a Cristo, sino "hermanos, hermanas,
padres y madres por Mi". La renuncia que nos da
libertad implica también una ruptura radical
con la familia, un desheredarse. Las consecuencias de
esto requieren ser enseñadas con delicadeza,
ya que la naturaleza de la familia ha cambiado en muchas
sociedades. Nuestras familias hoy día están
marcadas por el divorcio y un nuevo casamiento; y a
veces, en algunas sociedades, nuestros hermanos y hermanas
son cada vez más pequeños de edad. Tenemos
obligaciones reales hacia nuestros padres, pero ¿cómo
conciliarlas con la radical entrega que hemos hecho
de nosotros mismos dedicando nuestras vidas a la predicación
del Evangelio a través de los votos en la Orden?
Es paradójico que con frecuencia una familia
considere a los que han ingresado en la vida religiosa
como los que "están libres" para cuidar
a los padres ancianos o enfermos. Tenemos que reflexionar
sobre esto con mucha delicadeza.
El
voto de pobreza nos da la libertad para entregarnos
sin reservas a la predicación del Evangelio,
pero no en un sentido utilitarista de un mero medio.
Como en los otros votos, Santo Tomás afirma que
está ordenado a la caritas, al amor, que es la
misma vida de Dios. ¿Cómo podemos vivir
esto para poder hablar de Dios con credibilidad?
Una
manera de responder será explorando de qué
manera la pobreza toca aspectos fundamentales del sacramento
del Amor que es la Eucaristía. Puesto que la
Eucaristía es el Sacramento de la unidad que
acaba con la pobreza; es el sacramento de la vulnerabilidad
que fortalece al pobre; es el momento del don, que nuestra
cultura consumista rechaza. Preguntarnos cómo
podemos y debemos ser pobres, es preguntarnos cómo
debemos vivir eucarísticamente.
2.1.
Invisibilidad
La
noche antes de morir, Jesús reunió a sus
discípulos alrededor de la mesa para celebrar
con ellos la nueva alianza. Era el nacimiento de un
hogar al que todos podrían pertenecer desde el
momento en que él había hecho suyo todo
lo que puede destruir a la comunidad humana: la traición,
la negación e incluso la muerte. El escándalo
de la pobreza es que divide lo que Cristo ha unido.
La pobreza no es únicamente condición
económica: la falta de comida, de vestido o de
trabajo. Lázaro a la puerta del rico no sólo
queda excluido de compartir el alimento, sino también
de sentarse a su mesa. El enorme abismo que les separa
después de la muerte es un reflejo del que existía
ya en vida. En nuestros días la distancia que
separa a los países ricos de los países
pobres, y dentro de ellos mismos, se está haciendo
cada vez más aguda. Incluso en los países
ricos de la Comunidad Europea se cuentan al menos veinte
millones de desempleados. El cuerpo de Cristo está
desmembrado.
La
pobreza voluntaria que profesamos tiene valor, no porque
tenga valor ser pobre. La pobreza es terrible. Tiene
sentido porque nos permite superar las fronteras que
separan a los seres humanos entre sí, estar presentes
con nuestros hermanos y hermanas. ¿Qué
credibilidad podrían tener nuestras palabras
hablando de la unidad en Cristo si no nos atrevemos
a andar este camino? El año pasado pude constatar
cuánto nos aventajan las hermanas, estando sencillamente
entre los pobres en tantas partes del mundo y siendo
un signo creíble del Reino.
La
Eucaristía es el fundamento de este hogar universal
humano. ¿Los pobres se sentirían bienvenidos
y en casa en nuestras comunidades? ¿Sentirían
que son respetados en su dignidad, o se sentirían
enpequeñecidos y agredidos? ¿Nuestros
edificios atraen o repelen? Una de las maneras como
los pobres son eliminados de nuestra comunidad humana
es haciéndolos invisibles e inaudibles. Son los
que desaparecen, los "desaparecidos", como
el pobre Lázaro a la puerta del rico. Cuando
uno llega a la estación de ferrocarril de Calcuta,
una multitud de pordioseros se precipita mostrando mil
deformidades, quieren ser vistos, exigen ser visibles.
¿Osaríamos mirar, aun con temor de ver
a un hermano o una hermana?
2.2. Vulnerabilidad
En
la última cena, Cristo abraza sus sufrimientos
y su muerte. Acepta hasta sus últimas consecuencias
la vulnerabilidad de ser humano, la capacidad de ser
herido y muerto. Nuestro voto de pobreza nos invita
ciertamente a abrazar nuestra propia vulnerabilidad.
En la bula de Honorio III que he citado, Domingo y los
hermanos son reconocidos no sólo por ser pobres,
sino por exponerse a sí mismos a sufrimientos
y peligros sin número por la salvación
de los demás. ¿De qué manera concreta
compartir nosotros la vulnerabilidad del pobre?
Por
poco que tengamos para comer, siempre habrá una
salida para nosotros porque la Orden no nos dejará
"morir de hambre". Con todo, también
he encontrado hermanos y hermanas que se han atrevido
a ir tan lejos como han podido en esto, como por ejemplo
en uno de los barrios más violentos de Caracas.
Allí enfrentan el peligro y la fatiga de vivir
cada día en un mundo afligido continuamente por
la violencia. Esa es real vulnerabilidad y puede costarles
la vida. Pienso también en nuestros hermanos
y hermanas de Haití, cuya decidida actitud en
favor de la justicia pone sus vidas en peligro. En Argelia
y en el Cairo, nuestros hermanos han decidido permanecer,
a pesar de los peligros, como un signo de su esperanza
en la reconciliación entre cristianos y musulmanes.
En Guatemala nuestras hermanas indígenas usan
los vestidos de la gente indígena precisamente
para compartir su cotidiana humillación. Si usasen
un hábito tradicional estarían protegidas.
No todos estamos llamados a exponernos de la misma manera.
Hay multitud de tareas dentro de la Orden, pero sí
podemos conocerlas, apoyarlas y aprender de ellas. En
la base de nuestra teología están sus
experiencias.
Esta
llamada de Cristo a la vulnerabilidad debe cuestionar
cómo vivimos juntos el voto de pobreza. ¿Nos
atrevemos a vivir al menos la vulnerabilidad propia
de la vida común? ¿Tenemos realmente un
objetivo común? ¿Vivimos la inseguridad
de dar a la comunidad todo lo que recibimos, arriesgándonos
a no recibir después aquello que nosotros consideramos
necesario? ¿Cómo podemos predicar a un
Cristo que se puso totalmente en nuestras manos si nosotros
no lo hacemos? ¿Están nuestras comunidades
divididas en diferentes clases económicas? ¿Hay
hermanos que tienen acceso a más recursos que
otros? ¿Se comparten realmente los bienes entre
las comunidades de una misma provincia y las provincias
entre sí?
2.3.
El Don
En
el centro de nuestras vidas está la celebración
de ese momento de total vulnerabilidad y generosidad,
cuando Jesús tomó el pan, lo partió,
y lo dio a sus discípulos diciendo: "Tomad
y comed, esto es mi cuerpo entregado por vosotros".
En el centro del Evangelio está el momento del
don absoluto. Aquí es donde la caritas, que es
la vida de Dios, se hace tangible. Es una generosidad
que nuestra sociedad encuentra difícil de entender,
porque vive en un mercado donde todo se compra y se
vende. Qué sentido puede tener un Dios que grita:
"Venid a mí todos los que tenéis
hambre y sed y yo os saciaré gratuitamente".
Todas las sociedades tienen mercados, compran y venden
e intercambian bienes. La sociedad occidental difiere
en cuanto que toda ella es un mercado. Es el modelo
fundamental que domina y forja nuestros conceptos de
sociedad, de política y hasta de nosotros mismos.
Todo se vende. La infinita fertilidad de la naturaleza,
la tierra, el agua, todo tiene precio y se reduce a
acciones de la bolsa de valores.
Incluso nosotros estamos en "el mercado de
trabajo". Esta sociedad de consumo amenaza
con ahogar al mundo entero; y todo dice hacerlo en nombre
de la libertad, aunque en realidad nada sea gratuito`.
Incluso cuando somos conscientes de la angustia del
pobre y tratamos de responder a ella, con frecuencia
nuestra caritas se monetiza y se convierte en caridad
(limosna), substituyendo el compartir la vida con un
don monetario.
¿Cómo podremos predicar al Dios de la
gratuidad y de la generosidad, que nos entrega toda
su vida, si nos dejamos aprisionar en estos esquemas
culturales? Una de las exigencias del voto de pobreza
es vivir sencillamente para poder ver el mundo desde
una perspectiva diferente que nos acerque a la visión
del Dios de la gratuidad. La vida de nuestras comunidades
debería estar marcada por esta sencillez de vida
que nos ayuda a liberarnos de las ilusorias promesas
de la cultura consumista y de "la dominación
de la riqueza"( Libre y gratis se dicen de
la misma manera en inglés (n. del t.)). El mundo
se ve de manera diferente desde el asiento de un Mercedes
Benz que desde el de una bicicleta. Jordán de
Sajonia decía que Domingo era "un verdadero
amante de la pobreza"( LCO 31, I.) quizá
no por la pobreza en sí misma, sino porque la
pobreza puede liberarnos de nuestros profundos deseos.
Muchas veces he quedado gratamente impresionado de la
alegría y espontaneidad de nuestros hermanos
y hermanas que viven en simplicidad y pobreza.
En
algunas partes de la Orden, el lenguaje que usamos para
describir nuestra vida común me hace pensar en
el cuidado que debemos poner para no ser absorbidos
por los valores del mundo financiero. Se habla de los
hermanos y de las hermanas como: "el personal",
"los recursos humanos", etc.; los
oficios de los superiores adquieren también un
carácter empresarial: "la dirección",
"la administración", y hasta
se estudian "técnicas de dirección
y administración". Difícilmente
podríamos imaginar a Domingo como el primer presidente
de la Orden de Predicadores, S. A. ¿Cuántas
veces los provinciales impiden a los hermanos iniciar
nuevos caminos en la predicación o la enseñanza
porque tendría repercusiones financieras negativas?
Los
edificios en los que vivimos son un regalo. ¿Los
tratamos y cuidamos con gratitud? ¿Somos responsables
de las cosas que se nos dan? ¿Respetamos la intención
para lo que las recibimos? ¿Cómo gastamos
en nuestras construcciones? ¿Necesitamos los
edificios en los que estamos? ¿Podríamos
utilizarlos de un mejor modo? Los ecónomos de
las comunidades tienen con frecuencia un trabajo ingrato,
sin embargo, tienen un papel vital en ayudarnos a vivir
con la responsabilidad que les debemos a quienes han
sido generosos con nosotros.
3. La castidad: la amistad de Dios
Tenemos
en la Orden una urgente necesidad de pensar juntos sobre
el sentido del voto de castidad. Toca aspectos esenciales
a nuestra humanidad: la sexualidad, la corporeidad,
la necesidad de expresar y recibir afecto; aunque a
veces tengamos miedo de tratarlo. Frecuentemente es
un área en la que tenemos que luchar solos, temiendo
ser juzgados o incomprendidos. Será quizá
provechoso preparar una carta sobre este tema en un
futuro próximo.
Es
cierto que este voto como los demás es un medio.
Nos da la libertad para predicar, la movilidad para
responder a las necesidades de la Orden. Es particularmente
importante no asumir este voto sólo como un mal
necesario. Si no aprendemos a abrazarlo positivamente,
a través de un tiempo que puede ser largo y de
no poco sufrimiento, corremos el riesgo de envenenar
toda nuestra vida. La castidad es posible porque, como
todos los demás votos, se ordena a la caritas,
que es la misma vida de Dios. Es una manera particular
de amar. De no ser así nos llevará a la
frustración y a la esterilidad.
El primer signo en contra de la castidad es la incapacidad
de amar. Se decía de Domingo que "como
amaba a todos, era amado de todos"( Jordán
de Sajonia, Libellus, 107; cfr. LCO 25.). Lo que está
en juego una vez más es la credibilidad de nuestra
predicación. ¿Cómo podemos hablar
de Amor de Dios si nosotros no vivimos este misterio?
Si lo hacemos, entonces nos exigirá morir y resucitar.
La tentación aquí es la de huir. Una de
las formas más comunes de escape es la del activismo;
perdernos en una actividad desenfrenada, aunque sea
buena e importante. Otra forma de huir es la soledad.
Podemos también encontrarnos huyendo de nuestra
sexualidad o de nuestra corporeidad. La Orden nació
justamente en los tiempos en que se discutía
con toda fuerza este dualismo. Domingo predicó
contra la división del cuerpo y del alma, del
espíritu y la materia. Aún hoy día
permanece como una fuerte tentación. Mucho de
la cultura moderna es profundamente dualista. La pornografía,
que parece deleitar a la sexualidad, es en realidad
una fuga, pues esconde un rechazo de la vulnerabilidad
que exige la relación humana. El "voyerista"
se guarda a distancia, es invulnerable y, aunque miedoso,
conserva el control.
En
la Encarnación nuestra corporeidad es bendecida
y santificada. Si hemos de ser predicadores de la Palabra
hecha Carne, no podemos ni debemos olvidarnos de lo
que nosotros somos. ¿Nos preocupamos debidamente
de los cuerpos de nuestros hermanos procurándoles
el alimento necesario, atendiéndoles cuando están
enfermos, mostrándoles ternura cuando envejecen?
Cuando Bede Jarrett escribía para animar a un
joven benedictino que pasaba los primeros sufrimientos
de la amistad, decía:
Me
alegro de esto, porque pienso que la tentación
te había llevado hacia el puritanismo, la estrechez
de miras y una cierta inhumanidad. Tendías a
negar el aspecto santo del encuentro con el amigo. Estabas
enamorado del Señor, pero no realmente de su
Encarnación. En realidad tenías mucho
miedo (Ed. Bede Bailey, Aidan Bellanger and Simon
Tugwell, Letters of Bede Jarrett, Dominican sources
in English, vol. 5, Downside ad Blackfriars, p. 180.).
Las
bases de nuestra castidad no pueden ser temidas; no
podemos temer nuestra sexualidad, nuestra corporeidad,
o a las personas del sexo opuesto. El temor nunca ha
sido un buen fundamento para la vida religiosa. Ya que
Dios vino a nosotros, y se atrevió a hacerse
carne y sangre, aunque ello le llevó a la crucifixión.
Este voto exige de nosotros que vayamos a donde Dios
ha ido antes que nosotros. Nuestro Dios se ha hecho
hombre y nos pide que nosotros hagamos lo mismo.
Santo
Tomás de Aquino establece el principio básico
de que nuestra relación con Dios es de amistad,
amicitia. La buena noticia que anunciamos es que participamos
del infinito misterio de la amistad del Padre y del
Hijo, que es el Espíritu. Y en efecto, Santo
Tomás dice que los consejos evangélicos
son los consejos propuestos por Cristo en la amistad
(la. 2ae., q. 108, a. 4.).
Una
de las maneras como vivimos esa amistad es el voto de
castidad. Para ayudarnos a reflexionar sobre lo que
este voto exige de nosotros, veamos muy brevemente dos
aspectos del amor Trinitario, que es totalmente generoso
y nada posesivo, y que se da entre iguales.
3.1.
Un amor que no es posesivo
El
amor con que el Padre ama al Hijo es un amor absolutamente
generoso y no posesivo por el que el Padre le da todo
al Hijo, incluyendo la divinidad. No se trata de un
sentimiento o de una emoción, sino del amor que
asegura la existencia del Hijo. El amor humano, ya sea
entre los casados como entre los religiosos, debería
buscar vivir y compartir este misterio de generosidad
no posesiva.
Debemos
evitar toda ambigüedad sobre lo que este amor exige
a los que hemos profesado el voto de castidad. No sólo
significa que no nos casamos, sino que nos abstenemos
de la actividad sexual. Es una clara y real renuncia,
un ascetismo. Si aparentamos otra cosa o aceptamos compromisos,
entonces entramos en un camino que será imposible
sobrellevar y que causará enormes sinsabores
tanto a nosotros mismos como a los demás.
Lo
primero que se nos pide como profesos es creer que el
voto de castidad es realmente un camino para amar; que
aunque pasemos por momentos de frustración y
desolación, alcanzaremos la plenitud de nuestro
ser humano afectiva y vitalmente. Los miembros ancianos
de nuestras comunidades son por lo general signos de
esperanza para nosotros, descubriendo en ellos hombres
y mujeres que han superado las tribulaciones de la castidad,
y han alcanzado la libertad de los que pueden amar sin
limitaciones. Son signos de que con Dios nada es imposible.
Para
poder alcanzar esta libertad sin posesividad en el amor,
se requiere tiempo. Tenemos muchas veces que enfrentar
fracasos y desánimos en el camino. Hoy que la
gente ingresa en la Orden habiendo tenido a veces experiencias
sexuales, no hemos de vislumbrar la castidad como una
inocencia que puede perderse, sino más bien como
la integridad del corazón en la que debemos crecer.
Los fracasos, con la gracia de Dios, pueden formar parte
de nuestro proceso de madurez, ya que "todo
coopera para el bien de los que Dios ama"
(Rom 8, 28.).
Nuestras
comunidades han de ser los lugares en que nos demos
ánimo cuando el corazón de alguno se debilita,
perdón cuando alguno falle y veracidad cuando
uno corre el riesgo de engañarse. Hemos de creer
en la bondad de nuestros hermanos y hermanas incluso
cuando ellos han dejado de creer en sí mismos.
No hay nada más venenoso que el auto-desprecio.
Como escribía Damian Byrne en su carta sobre
la Vida Común:
Mientras que el santuario más íntimo
de nuestro corazón se da a Dios, tenemos otras
necesidades. El nos ha hecho de tal manera que una amplia
parte de nuestra vida es accesible a los otros y necesita
de los demás. Cada uno de nosotros necesita experimentar
el genuino interés de los demás miembros
de la comunidad, su afecto, estima y compañerismo...
La vida en común significa compartir el pan de
nuestra mente y de nuestro corazón, unos con
otros. Si los religiosos no encuentran esto en sus comunidades,
lo buscarán en otro lado.
Algunas veces el paso a la verdadera libertad e integridad
del corazón nos exigirá pasar por el valle
de la muerte, encontrándonos de cara a una aparente
frustración y esterilidad.
¿Será posible recorrer este camino sin
la oración? Tenemos en primer lugar la oración
que compartimos con la comunidad, la oración
cotidiana que es fundamental a nuestras vidas. También
contamos con la oración personal y silenciosa,
que nos pone cara a cara frente a Dios, en momentos
de innegable verdad y asombrosa misericordia. Aquí
es donde uno puede aprender a esperar. Domingo mismo,
algunas veces, cuando caminaba, invitaba a los hermanos
a tomar la delantera para poder estar un momento solo
para orar. En una versión temprana de las Constituciones,
Domingo decía que el Maestro de novicios debía
enseñar a los novicios a orar en silencio (Constituciones
primitivas, Dist. I, c. XIII.). Nuestras hermanas monjas
tienen mucho que enseñarnos a los frailes sobre
el valor de la oración personal.
3.2.
El Amor que da igualdad
Finalmente, el amor que está en el corazón
de Dios es un amor totalmente fértil; es generador
y creador de todo lo que existe. Con lo que luchamos
en la castidad no es únicamente la necesidad
de afecto, sino el deseo de crear, de comunicar la vida.
Nuestro cuidado de unos para con los otros debe incluir
la atención a la creatividad que cada uno posee
y nuestras vidas como dominicos deben ponerse al servicio
del Evangelio. Esta puede ser la capacidad que un hermano
o hermana tienen para crear comunidad en una parroquia,
o para el trabajo intelectual de teología, o
la creación de obras de teatro espontáneas,
como los prenovicios en El Salvador. Nuestra castidad
nunca debe ser estéril.
El
amor de Dios es tan fértil que crea la igualdad.
En la Trinidad no hay manipulación ni dominación.
No hay superioridad o condescendencia. Esto es lo que
nuestro voto de castidad nos invita a vivir y a predicar.
Como escribía Tomás, la amistad descubre
o crea la igualdad (. 1 Ethicorum, 1, 8, s. 7.). La
fraternidad en nuestra tradición dominicana,
la estructura democrática de gobierno en la que
tanto nos gozamos, expresa no sólo un modo de
organizar nuestras vidas y de tomar decisiones, sino,
sobre todo, el misterio de la vida de Dios. El que los
hermanos sean conocidos como Ordo Fratrum Praedicatorum
engloba lo que predicamos, el misterio del misterio
de ese amor de perfecta igualdad que es la Trinidad.
Esto
ha de caracterizar todas nuestras relaciones. De la
familia dominicana, con el reconocimiento de la dignidad
de cada uno, y la igualdad de todos y cada uno de sus
miembros, dependerá vivir adecuadamente este
voto. La relación entre las hermanas y hermanos,
religiosos y laicos, debe ser también una "santa
predicación". Incluso la búsqueda
de un mundo más justo, en el que la dignidad
de todo ser humano sea respetada, no es sólo
un imperativo moral, sino una expresión del misterio
de amor que es la vida de la Trinidad que estamos llamados
a encarnar.
Conclusión
Cuando
Domingo pasaba por las aldeas donde su vida estaba amenazada
de muerte por los albigenses, cantaba en voz alta para
que todos supieran que él estaba allí.
Los votos tienen valor sólo si nos liberan para
cumplir la misión de la Orden con algo del ánimo
y la alegría de Domingo. No han de ser una carga
pesada que nos oprima, sino garantía de libertad
para caminar ligeros hacia nuevos lugares realizando
cosas nuevas. Lo que he escrito en esta carta es sin
duda algo inacabado de como podrían ser las cosas.
Espero que juntos podamos construir una visión
compartida de nuestra vida como dominicos, entregados
a la misión, que nos fortalezca en el camino
y nos dé libertad para cantar.

Inicio