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San Domingo  Matisse
Entregados a la Misión
Carta a la Orden. Santa Sabina, Roma, 1994

Fr. Timothy Radcliffe, O.P.

Timothy Radcliffe, OPos jóvenes acudían en gran número a la Orden en tiempos de Santo Domingo porque, con su pasión por la predicación, los invitaba a tomar parte en una gran aventura. ¿Cuál es hoy nuestra pasión y nuestra aventura? ¿Quiénes son los "cumanos" de nuestro tiempo? Nos enfrentamos al reto de fundar la Orden en muchos lugares de Asia, donde vive más de la mitad de la humanidad y nos preparamos para enseñar en China. ¿Hay acaso jóvenes dominicos prontos a estudiar el chino y a entregarse a esta misión sin importarles los sacrificios? En todas partes del mundo el Islam está extendiéndose. ¿Estamos en situación de entablar un diálogo fecundo con esta y otras religiones?

Como Domingo tenemos que predicar el Evangelio en las nuevas ciudades, aunque éstas son para nosotros las inmensas mega-urbes como Los Ángeles, Sao Paulo, México, Lagos, Tokio y Londres, que son desiertos humanos altamente marcados por el crimen y la violencia, así como por la infinita soledad de los que rodeados por millones de personas viven totalmente solos. ¿Cómo entrar en el nuevo mundo de los jóvenes; un mundo cada vez más unicultural, con hambre religiosa y escéptico a la vez, con un sincero respeto a los individuos y desconfiado hacia las instituciones, que no se mueve ante las palabras pero se rinde fascinado ante la tecnología de la información; un mundo de música y canciones? ¿Cómo podemos entrar en contacto con todo lo vital y creativo de esta nueva cultura, aprender de ella y acogerla para el Evangelio?

¿Cómo ser predicadores de la esperanza en un mundo que con frecuencia es tentado por la desesperación y el fatalismo? ¿Un mundo afligido por un sistema económico que está minando las estructuras económicas y sociales de la mayor parte de los pueblos de la tierra? ¿Qué Evangelio podemos predicar en América Latina o en África a medida que la Orden se establece allí, o en Europa del Este donde está renaciendo? Por otro lado tenemos la inagotable aventura intelectual de la vida de estudio, en la que batallamos con la Palabra de Dios, con las exigencias de la Verdad, con ese cuestionar y ser cuestionado, con la pasión por saber y entender. (Tema éste que merecería otra carta).

Queridos hermanos y hermanas, si de algo podemos estar ciertos hoy día es de que nuestra vocación como predicadores del Evangelio es más urgente que nunca (Avila 22). A estos enormes retos sólo podremos responder si somos gente con coraje que sabe romper viejas ataduras y emprender nuevas iniciativas con libertad; gente dispuesta a experimentar y correr el riesgo del fracaso. Una estructura compleja, como lo es una Orden religiosa, puede comunicar pesimismo y derrotismo, o ser una red de esperanza en la que ayudamos a que todos imaginen y creen algo nuevo. Si queremos esto último para la Orden, entonces debemos enfrentar varias preguntas.

¿Seremos capaces de recibir en la Orden a jóvenes dispuestos a aceptar estos retos con iniciativa y coraje, sabiendo que pondrán en tela de juicio lo que nosotros hemos hecho? ¿Aceptaríamos gustosos en nuestra Provincia a un hombre como Tomás de Aquino, que abrazara una nueva y sospechosa doctrina filosófica y que hiciera serias e inquietantes preguntas? ¿Recibiríamos a un hombre como Bartolomé de Las Casas, con su pasión por la justicia social? ¿Nos agradaría tener a fray Angélico experimentando nuevos métodos para predicar el Evangelio? ¿Le daríamos la profesión a Catalina de Siena con toda su franqueza? ¿Recibiríamos a Martín de Porres, perturbando la paz del convento con su ir y venir de gente pobre en él? ¿Aceptaríamos a Domingo, o preferimos candidatos que nos dejen en paz? ¿Y qué decir de nuestra formación inicial? ¿Ha producido hermanos y hermanas que han crecido en la fe y el entusiasmo, se han vuelto más osados y atrevidos de cuanto eran al ingresar, o les hemos "tranquilizado" y asegurado?

Si hemos de hacer frente a los enormes y atracti-vos retos de hoy, renovando el sentido de aventura de la vida religiosa, entonces hemos de tratar muchos aspectos de nuestra vida como Orden en cartas sucesivas. Ahora, en ésta, quisiera explorar sólo una cuestión, que he encontrado en todas partes de la Orden a donde he viajado, y es: ¿Cómo pueden los votos que hemos hecho ser fuente de vida y energía y sostenemos en nuestra predicación? Los votos no son todo en nuestra vida religiosa, pero muchas veces en relación con ellos los hermanos y las hermanas hacen inquietantes cuestiones que juntos debemos tratar. Se ha dicho con frecuencia que los votos son un medio. Esto es verdad, ya que la Orden no fue fundada para cumplir los votos sino para predicar el Evangelio. Sin embargo, los votos no son sólo medios en el sentido utilitarista del término, como un coche que se usa para trasladarse de un lugar a otro. Los votos son medios para que lleguemos a ser verdaderos misioneros. Santo Tomás dice que los votos tienen como finalidad la caritas (2.a 2.ac, q. 184, a. 3.), es decir, el amor que es la misma vida de Dios. Los votos sólo servirán a la persona si le ayudan a crecer en el amor, a fin de que podamos hablar con credibilidad del amor de Dios.

Los votos están en oposición fundamental con muchos de los valores de la sociedad, particularmente del consumismo, que rápidamente se ha convertido en la cultura predominante de nuestro planeta. El voto de obediencia contradice la idea de un ser humano cerrado en la autonomía y en el individualismo; ser pobre es signo de fracaso y de minusvalía en nuestra cultura; la castidad aparece como un rechazo absurdo del derecho humano a la sexualidad. Cuando abrazamos los votos es casi seguro que encontraremos en algún momento de nuestra vida serias dificultades para perseverar. Podrá darnos la impresión de que los votos nos condenan a la frustración y a la esterilidad. Si aceptamos los votos únicamente como medios para un fin, como una limitación necesaria en la vida del predicador, es muy posible que lleguen a entenderse como un precio muy alto que no vale la pena pagar. Pero si los vivimos como ordenados a la caritas, como uno de los modos de compartir la vida del Dios del amor, entonces creeremos que el sufrimiento será fructuoso y que la muerte que experimentamos nos abrirá un camino hacia la resurrección. Podremos entonces decir con nuestro hermano Reginaldo de Orleans: Creo que no tengo ningún mérito con haber vivido en la Orden, ya que siempre he encontrado en ella tanta felicidad (Jordán de Sajonia, Libellus, 64.).

En esta carta yo quiero ofrecer unas sencillas observaciones sobre los votos. Ciertamente están marcadas por las limitaciones personales y por las de mi propia cultura. Mi deseo es que puedan contribuir al diálogo a través del cual lleguemos a una visión común que nos permita animarnos unos a otros, y nos dé la fuerza para ser una Orden que se atreve a asumir los retos del siglo venidero.

Atreverse a prometer

En muchas partes del mundo, sobre todo en los países influidos por la cultura occidental, se constata una pérdida de confianza en hacer promesas. Esto puede verse en la crisis del matrimonio, el alto índice de divorcios; y dentro de la Orden, en las continuas solicitudes de dispensa de los votos, que son una lenta y constante hemorragia de la vida de la Orden. ¿Qué sentido tiene que uno dé su palabra para toda la vida, "usque ad mortem"?

Una de las razones por las que empeñar la palabra no es un acto que sea considerado con seriedad, se debe a que las palabras mismas no tienen hoy gran importancia. ¿Acaso cuentan las palabras en nuestra sociedad? ¿Son capaces de cambiar algo? ¿Puede uno ofrecer su vida a otro, a Dios, o en matrimonio, sólo pronunciando unas palabras? Nosotros, como predicadores de la Palabra de Dios, sabemos que sí cuentan. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios que pronunció una palabra y se hicieron los cielos y la tierra. Dios pronunció la Palabra que se hizo carne para nuestra salvación. Las palabras que nos hablamos los seres humanos son capaces de dar vida y muerte, construir la comunidad y destruirla. La terrible soledad que se experimenta en las grandes ciudades hoy en día es ciertamente un signo de una cultura que ha dejado de creer en la importancia del lenguaje, en esa capacidad que tiene la palabra compartida de crear comunidad. Cuando empeñamos nuestra palabra con los votos, afirmamos una vocación humana fundamental, pronunciamos palabras que tienen peso y credibilidad.

Aún no sabemos lo que nuestros votos implicarán ni a dónde nos llevarán. ¿Cómo podremos atrevernos a pronunciarlos? Ciertamente, sólo porque Dios nuestro Padre lo ha hecho y nosotros, sus hijos, nos atrevemos porque nuestro Padre lo hizo primero. Desde el principio, la historia de la salvación es la de un Dios que hace promesas, asegurándole a Noé que la tierra no volvería a ser inundada por las aguas; que promete a Abraham una descendencia más numerosa que las arenas del mar, y a Moisés liberar a su pueblo de la esclavitud. El cumplimiento y culmen de todas estas promesas es el mismo Jesucristo, el eterno "Sí" de Dios. Como hijos de Dios nos atrevemos a dar nuestra palabra sin saber lo que implicará. Y este es un acto de esperanza, ya que para muchas personas existe sólo la promesa. Cuando uno está sumido en la desesperación, agobiado por la pobreza y el desempleo, o atrapado por el fracaso personal, entonces quizá no exista alguien más en quien poner la confianza que en Dios, que se ha comprometido con nosotros y que, una y otra vez, ha ofrecido su alianza a la humanidad y nos ha enseñado a través de los profetas a esperar la salvación (Oración Eucarística IV.).

En nuestro mundo, tan fuertemente tentado por la desesperación, quizá no se dé otra fuente de esperanza que creer en el Dios que nos ha dado Su Palabra. ¿Y qué otra prueba puede ofrecerse de esto que el hecho de que hombres y mujeres hagan promesas, tanto en el matrimonio como en la vida religiosa? Nunca antes había yo comprendido tan bien el significado de los votos, hasta que visitando un barrio sumamente pobre de las afueras de Lisboa donde vivían los olvidados y los que no cuentan, los invisibles de la capital, encontré que había una gran fiesta y enorme regocijo porque una religiosa, que vivía con ellos, hacía su profesión solemne. ¡Esa era la fiesta de todos!

Nuestra generación ha sido llamada "la generación del ahora", porque la cultura que cuenta es la del momento presente. Esto puede ser fuente de una admirable espontaneidad y de una frescura e inmediatez con la que podemos alegrarnos. Pero si el momento presente es de pobreza y de fracaso, de derrota y depresión, entonces ¿qué esperanza puede uno encontrar? Los votos, por su naturaleza, alcanzan un futuro desconocido. Para Santo Tomás, hacer votos es un acto de absoluta generosidad, porque uno da en un solo instante una vida que ha de ser vivida sucesivamente en el tiempo (2.1 2.-, q. 186, ad. 2.). Para muchas personas en nuestra cultura, esta entrega a un futuro que no se conoce es algo absurdo. ¿Cómo puedo ligarme hasta la muerte, cuando no sé lo que me sucederá o lo que seré? ¿Qué me va a pasar dentro de diez o veinte años? ¿A quién voy a encontrar y cómo va a reaccionar mi corazón? Para nosotros este acto es parte de nuestra dignidad de hijos de Dios y un acto de confianza en el Dios de la Providencia, que hará aparecer al carnero enredado por los cuernos en la zarza. Hacer votos sigue siendo un acto con un sentido profundísimo, un signo de esperanza en Dios que nos ha prometido el futuro y que, aunque desbordando nuestra imaginación, cumplirá Su Palabra.

Es cierto que a veces algún hermano o hermana se siente en la imposibilidad de continuar cumpliendo los votos que ha hecho. Esto sucede porque a veces no hubo un discernimiento claro en la formación inicial, o también porque la vida religiosa exige un estilo de vida que honestamente ya no se puede seguir viviendo. Para esto existe la sabia disposición de la dispensa de los votos. En estos casos hemos de dar gracias por lo que hemos recibido de estos hermanos y disfrutar de lo que hemos podido compartir. Preguntémonos también si en nuestras comunidades hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance para apoyar a los hermanos en sus votos.

1. Obediencia: la libertad de los hijos de Dios

El inicio de la predicación de Jesús era la proclamación del cumplimiento de las promesas de Isaías: libertad a los prisioneros y a aquellos que están oprimidos (Lc 4.). El Evangelio que estamos llamados a predicar es el de la absoluta libertad de los hijos de Dios. Porque la libertad no ha hecho libres (Gal 5, 1.). Es, pues, paradójico que nosotros demos nuestra vida a la Orden para predicar este Evangelio, por medio de un voto de obediencia, el único que pronunciamos. ¿Cómo podemos hablar de libertad nosotros que hamos renunciado a nuestras vidas?

El voto de obediencia es escándalo en un mundo que aspira a la libertad como valor supremo. Pero ¿qué libertad es la que anhelamos? Esta pregunta se ha hecho con particular intensidad en los países que se liberaron del comunismo. Estos países entraron al "mundo libre", pero ¿es esta la libertad por la que lucharon? Hay ciertamente algunos logros en la libertad, como en los procesos políticos, pero la libertad de mercado es con frecuencia una contradicción. No trajo consigo la libertad prometida y ha rasgado más todavía el tejido de la sociedad humana. Nuestro llamado "mundo libre" se caracteriza con frecuencia por un sentido fatalista, una incapacidad para tomar el propio destino en nuestras manos y arreglar nuestras vidas; lo que debe hacernos pensar seriamente sobre "la libertad" de la sociedad de consumo. El voto de obediencia no es para nosotros una cuestión meramente administrativa, un medio únicamente; sino que nos enfrenta a la pregunta: ¿qué tipo de libertad es la que deseamos en Cristo? ¿De qué manera el voto expresa esto, y cómo nos ayuda, a nosotros predicadores, a vivir la exultante libertad de los hijos de Dios?

Cuando los discípulos encontraron a Jesús hablando con la samaritana junto al pozo, él les dijo: mi alimento es hacer la voluntad de aquél que me ha enviado (Jn 4, 34.). La obediencia de Jesús al Padre no es una limitación de su libertad ni una restricción a su autonomía. Es el alimento que le da fuerza y lo robustece. Su relación con el Padre, de la que él es el don absoluto, es su propio ser.

Esta profunda libertad de Jesús, de pertenecer al Padre, es ciertamente el contexto en el cual nosotros nos reflejamos para hablar de libertad y dar nuestra vida a la Orden. No es la libertad del consumista, con una irrestringida opción de compra o de acción. Es la libertad de ser, la libertad de aquel que ama. En nuestra tradición dominicana, la mutua pertenencia en la obediencia se significa por la tensión que se da entre: el don sin reservas de nuestra vida a la Orden y la búsqueda de consenso, basada en el debate, la consideración y el respeto mutuos. Ambos son necesarios si somos predicadores de la libertad de Cristo, la libertad de que el mundo está sediento. Si fallamos en darnos plenamente a la Orden, sin condiciones, entonces nos convertimos en un grupo de individuos independientes que ocasionalmente cooperan; si la obediencia es experimentada como imposición de la voluntad del superior, sin la búsqueda del común acuerdo, entonces nuestro voto se torna inhumano y alienante.


1.1. La obediencia y la escucha

La obediencia no es, en nuestra tradición, la sumisión de nuestra voluntad a la del superior, ya que como expresión de nuestra fraternidad y de la vida compartida de la Orden, está basada en el diálogo y la discusión. Como se ha hecho notar, la palabra "obedire" viene de "ob-audire", escuchar. El inicio de la verdadera obediencia se da cuando dejamos que nuestro hermano o hermana hablen y nosotros escuchamos. Es "el principio de la unidad" (LCO 17, 1.) . Es también la forma en que crecemos como seres humanos, estando atentos a los otros. Los casados no tienen alternativa pues están obligados a superarse a sí mismos ante las necesidades de sus hijos y sus esposas o esposos. Nuestro estilo de vida, con silencios y soledad, puede ayudarnos a crecer en la atención y en la generosidad; aunque también corremos el riesgo de encerrarnos en nosotros mismos y en nuestras preocupaciones. La vida religiosa puede producir personas profundamente desprendidas o muy egoístas, dependiendo de a quiénes se haya escuchado. La obediencia requiere toda nuestra atención y absoluta receptividad. El fértil momento de nuestra redención se dio con la obediencia de María, que se atrevió a escuchar al ángel.

Este modo de escuchar exige el uso de nuestra inteligencia. En nuestra tradición, usamos la inteligencia no para dominar a los otros, sino para acercarnos a ellos. Como decía el P. Rousselot, la inteligencia es "la facultad del otro". Abre nuestros oídos para escuchar. Herbert McCabe escribía de la obediencia:

... es ante todo una apertura de la mente como sucede en todo proceso de aprendizaje. La obediencia se hace perfecta cuando quien manda y quien obedece llegan a compartir una misma mente. La noción de "obediencia ciega" equivaldría, en nuestra tradición, a un aprendizaje ciego. Una comunidad totalmente obediente sería aquella en que nadie anhela hacer algo (McCabe, Herbert, God Matters, London, 1987.).

De esto se sigue que el primer lugar en donde practicamos la obediencia, en la tradición dominicana, es el capítulo conventual, donde podemos discutir con los demás. La función de la discusión en el capítulo es buscar la unidad de la mente y del corazón en la misma medida en que se busca el bien común. Discutimos, como buenos dominicos, pero no para ganar, sino con el deseo de aprender unos de otros. Lo que se busca no es la victoria de la mayoría sino, a ser posible, la unanimidad. Esta búsqueda de la unanimidad, aunque a veces sea inalcanzable, no pretende únicamente vivir en paz con los demás; es una forma de gobierno que nace de la convicción de que aquellos con los que no estamos de acuerdo tienen algo que decir, y que por lo mismo nosotros no podemos alcanzar la verdad solos. La verdad y la comunidad son inseparables. Como escribía Malachy O'Dwyer:

¿Por qué Domingo puso tanta confianza en sus compañeros? La respuesta es muy simple. El era un hombre de Dios, convencido de que la mano de Dios estaba sobre todo y sobre todos... Estaba convencido de que Dios le hablaba a través de otras voces y no sólo de la suya propia, por eso organizó su familia de tal manera que todos dentro de la familia pudieran ser oídos (O'Dwyer, Malachy, "Pursuing Communion in Government: Role of the Community Chapter", Dominican Monastic Search, Vol. II, Fall/Winter, 1992, p. 41.).

Esto implica que el gobierno en nuestra tradición tome tiempo. La mayor parte de nosotros estamos ocupados y esto puede parecernos una pérdida de tiempo. ¿Por qué perder el tiempo discutiendo unos con otros cuando uno podría estar predicando o enseñando? Lo hacemos porque precisamente este compartir la vida y esta solidaridad vivida es la que nos hace predicadores. Podemos predicar de Cristo únicamente lo que hemos vivido, y el trabajo de buscar un sólo corazón y una sola mente nos entrena para poder hablar con conocimiento del Cristo en el que se halla toda la reconciliación.

La obediencia no es para nosotros huir de las responsabilidades, sino estructurar los diferentes modos en los que las compartimos. Con frecuencia el papel de un prior es difícil porque los hermanos piensan que, al elegirlo, él solo debe llevar la carga. Esto fomenta una pueril actitud hacia la autoridad. La obediencia exige que asumamos la responsabilidad que nos corresponde, de otra manera nunca podremos responder a los retos que encara la Orden. Como dije a los superiores de Europa en la reunión de Praga en 1993:

La responsabilidad es la habilidad para responder: ¿Seremos capaces? En mi experiencia como provincial pude observar el extraño caso de "la desaparición de la responsabilidad". Algo tan misterioso como una novela de Sherlock Holmes. El Capítulo provincial detecta un problema y comisiona al provincial para enfrentarlo y resolverlo. Es necesario tomar una decisión clara. El provincial pide al consejo de provincia que considere el asunto. El consejo forma una comisión que estudiará lo que debe hacer. La comisión estudia el asunto por dos o tres años definiendo exactamente el problema, y concluye que debe ser presentado al próximo Capítulo provincial, y así continúa el ciclo de la irresponsabilidad.


A veces, lo que paraliza a la Orden y nos impide atrevemos a hacer nuevas cosas es precisamente el temor de aceptar las responsabilidades y fracasar. Cada uno debe asumir la responsabilidad que le es propia, incluso si a veces es difícil y se corre el riesgo de equivocarse, de otra manera vamos a morirnos sin remedio.

Puede aceptarse que nuestro sistema de gobierno no es quizá el más eficiente. Un modelo más centralizado y autoritario nos permitiría responder más rápidamente a las crisis, tomando decisiones basadas en un amplio conocimiento de la Orden. Existe frecuentemente un impulso hacia la centralización de la autoridad, pero como decía Bede Jarret, O.P., hace años:


Para aquellos que viven bajo su sombra, la libertad de elegir su gobierno es algo tan bendito, que es necesario cuidarlo aun con el riesgo de la ineficiencia. Con todas sus limitaciones y debilidades inherentes, se compagina con la libertad de la razón humana y la fuerza de la humana voluntad mejor que la autocracia, aunque sea beneficiosa. La democracia podrá tener pobres resultados, pero forja hombres (Jarrett, Bede, OP, The Life of St. Dominic, London, 1924, p. 128.).


Es posible que a veces lleve a la ineficiencia pero forja predicadores. Nuestra forma de gobierno está profundamente ligada a nuestra vocación de predicadores, ya que sólo podremos hablar con autoridad de nuestra libertad en Cristo, si la vivimos entre nosotros. Nuestra tradición democrática y descentralizada nunca podrá ser una excusa para la inmovilidad o la irresponsabilidad. No debe ser una vía de escape para escondernos de los retos de nuestra misión.

1.2. Obediencia, don de sí mismo

La tradición democrática de la Orden, nuestra tensión en el compartir las responsabilidades y el debate y el diálogo, pueden dar la impresión de que las exigencias de nuestra obediencia son menos plenas que en los sistemas autocráticos y centralizados. ¿No es, pues, la obediencia un compromiso entre lo que yo quiero y lo que la Orden me pide? ¿No ha de luchar uno por cierta autonomía? No creo que se trate de esto. La fraternidad nos exige dar todo lo que somos. Ya que, como todos los votos, se ordena a la caritas, una expresión de amor y, por lo mismo, realizada con todo el corazón. Siempre se dará inevitablemente una tensión entre el proceso de diálogo, la búsqueda del consenso y el momento de ponerse uno en las manos de los hermanos, pero es una tensión fructuosa, más que un compromiso negociado. Aunque hablo aquí en relación con mi experiencia de gobierno con los hermanos, espero que esto pueda ser también útil a las hermanas.

He comenzado por señalar la enormidad de los retos que enfrentamos como Orden. Y pienso que podremos asumirlos sólo si formamos nuevos proyectos comunes, dejando apostolados que pueden ser muy queridos para nosotros individualmente o como provincias. Tenemos que atrevernos a realizar nuevos experimentos aún arriesgándonos a fracasar. Tenemos que atrevernos a abandonar algunas obras que han sido importantes en el pasado. Debemos animarnos a morir si queremos vivir. Esto exige movilidad de mente, de corazón y de cuerpo, como provincias y como individuos. Si queremos construir verdaderos centros de formación y de estudios en África o en Latino América, reconstruir la Orden en Europa del Este, enfrentar los retos de China, predicar el Evangelio en el mundo de los jóvenes, dialogar con el Islam y las otras religiones; entonces inevitablemente tenemos que dejar algunos apostolados. De otra manera nunca seremos capaces de iniciar algo nuevo.

Para mí, la donación total de sí mismo a los hermanos es algo más que la necesaria flexibilidad que requiere una compleja organización para responder a los nuevos retos. Pertenece a la libertad en el Cristo que predicamos. Pertenece a la lex libertatis (la. 2ae., q. 108, a. 4. 14. LCO 1, 111.), la ley de la libertad de la Nueva Alianza. En la noche en que iba a ser entregado, cuando su vida estaba condenada al fracaso, Jesús tomó pan, lo dio a sus discípulos y dijo: "Esto es mi cuerpo, que os doy". Enfrentado a su destino, porque "era necesario que el hijo del hombre fuese entregado", hizo este supremo acto de libertad entregando su vida. En nuestra profesión, cuando ponemos nuestra vida en las manos del provincial, hacemos un gesto eucarístico de loca libertad. Esta es mi vida y yo os la entrego. Es entonces cuando nos damos a la misión de la Orden, "entregados plenamente para la evangelización total de la Palabra de Dios (LCO, I, III).

Cuando un hermano pone su vida en nuestras manos implica que nosotros estamos obligados a corresponder. Tenemos que atrevernos a pedir todo de él. Un provincial debe tener la capacidad de creer que los hermanos de su provincia son capaces de hacer cosas maravillosas, incluso aquellas con las que ni siquiera ellos mismos han soñado. Nuestro sistema de gobierno debe expresar la sorprendente confianza entre todos, así como Domingo que escandalizó a sus contemporáneos enviando a sus novicios a predicar diciéndoles: "Dios estará con vosotros y os inspirará las palabras que hay que predicar" (Acta de Canonización, 24.). Si un miembro de la Orden ha dado libremente su vida, precisamente por ese don, le pedimos algo libremente, incluso si ello significa renunciar a un proyecto muy querido y que está floreciente. De otra manera la Orden se paralizaría. Tenemos que invitarnos mutuamente a dar nuestras vidas a nuevos proyectos, atrevernos a asumir los retos del momento más que usarlos sólo para mantener vivas las instituciones o las comunidades que ya no son vitales para la predicación.

Hay retos hoy día ante nosotros que exigen una respuesta de toda la Orden. La evangelización de China es ciertamente uno de ellos. En estos casos el Maestro ha de pedir a las provincias que sean generosas y ofrezcan hermanos para las nuevas áreas de la misión, incluso si ello trae consecuencias difíciles de sobrellevar. Necesitando un fraile para nuestro nuevo Vicariato de Rusia y Ucrania, me acerqué a un provincial con cierta incertidumbre, sabiendo que ese hermano crearía un vacío difícil de cubrir en su provincia. El provincial me dijo: "Si la Providencia de Dios ha preparado a este hermano para este trabajo, también debemos confiar que Su Providencia velará por nuestras necesidades".

Nada nuevo podrá nacer si no nos decidimos a dejar las obras que, aún teniendo probado valor, nos anclan al pasado y comenzamos otras necesarias, pero para las que no está asegurado el éxito. No podemos saberlo de antemano. La presión de nuestra sociedad es la de tener una carrera, una vida con futuro. Dar nuestra vida a la predicación del Evangelio es renunciar a esta seguridad. Somos gente que no tiene carrera ni prospectivas. Esa es nuestra libertad. Pienso, por ejemplo, en los hermanos que están iniciando la fundación de la Orden en Corea, esforzándose con una lengua y una cultura desconocidas, sin garantías de que su esfuerzo vaya a ser recompensado con el éxito. Este es sólo un don de Dios, como lo fue la resurrección después del fracaso de la cruz. Un verdadero regalo es siempre una sorpresa, algo inesperado.

Una de las maneras en las que vivimos esta generosidad es aceptando la elección como prior, como provincial o como miembro de un consejo conventual o provincial. En muchas provincias ha sido difícil encontrar hermanos dispuestos a aceptar el oficio. La búsqueda de un superior se convierte en el asunto de encontrar alguien que acepte que su nombre sea propuesto a los miembros de Capítulo. "Se buscan candidatos". Me parece que la única razón para aceptar un cargo es obedecer a la voluntad de los hermanos y no porque desee ser "candidato". Siempre habrá razones objetivas para rechazar un oficio y han de ser tomadas en cuenta seriamente y posiblemente aceptadas, cuando ha sido confirmado por la autoridad competente. Estas han de ser razones realmente graves y no simplemente el que uno no se siente atraído por la idea de asumir el cargo.

En la montaña de la Transfiguración, Pedro se siente fascinado por la visión de la gloria que ha visto. Desea construir tres tiendas y quedarse allí. Se resiste a la llamada de Jesús a recorrer el camino a Jerusalén, donde deberá sufrir y morir. No llega a ver que es precisamente en la muerte de la cruz donde la gloria será revelada. Muchas veces también nosotros quedamos fascinados por la gloria de nuestro pasado, la gloria de las instituciones que nuestros hermanos edificaron. Expresemos nuestra gratitud hacia ellos buscando caminos que respondan a los retos de hoy. Como Pedro, corremos el riesgo de quedarnos hipnotizados y paralizados resistiendo la llamada a levantarnos y caminar para compartir la muerte y la resurrección. Toda provincia debe enfrentar la muerte y la resurrección en cada generación. Existe también la muerte estéril de los que se quedan impávidos en la montaña de la Transfiguración cuando el Señor ya se ha ido; también existe la muerte fértil de los que se han atrevido a emprender el camino y llegar hasta el Calvario, que lleva a la resurrección.

2. Pobreza: la generosidad del Dios bondadoso

La pobreza es un voto para el que es difícil encontrar palabras que suenen verdaderas, y esto por dos razones: Porque los hermanos y hermanas que se han acercado realmente a la pobreza son con frecuencia los más reticentes en hablar de ella. Saben muy bien cuándo lo que decimos acerca de la pobreza y de la "opción por los pobres" es retórica vacía. Saben muy bien qué terrible es la vida de los pobres, muchas veces sin esperanza, con la cotidiana violencia, la rutina, la inseguridad y la dependencia. Los que hemos podido ver, aunque sea de lejos, lo que es la pobreza, no creemos en las palabras bonitas. ¿Podremos alguna vez saber lo que significa vivir la degradación, la inseguridad y la desesperanza?

La segunda razón es porque ser pobre significa algo diferente de una sociedad a otra, dependiendo de los lazos familiares, el tipo de economía, la previsión social el Estado, etc., etc. La pobreza significa una cosa en la India, donde existe una larga tradición del santón mendicante, otra en África donde la mayor parte de las culturas ven en la riqueza una bendición de Dios, y todavía otra en las culturas consumistas de Occidente. Las connotaciones culturales nos condicionan más en lo que se refiere al voto de pobreza que en los de castidad y obediencia. El tamaño y lugar de la comunidad, los apostolados de los hermanos, imponen múltiples matices que nos alertan contra un juicio demasiado rápido sobre cómo están viviendo los otros este voto.

Como los otros votos, la pobreza es un medio. Nos da la libertad para ir y predicar en cualquier lado. No se puede ser un predicador ambulante si se ha de cargar con el ajuar cada vez que uno se traslada. En la Bula Cum Spiritus Fervore de 1217, Honorio III escribía de Domingo y sus hermanos:


Con el fervor del espíritu que les animaba, despojándose del peso de las riquezas de este mundo y estando revestidos con el celo de propagar el Evangelio, decidieron ejercer el oficio de predicar en el humilde estado de pobreza voluntaria, exponiéndose a sí mismos a sufrimientos y peligros sin número por la salvación de los otros (Citado por Vicaire, "The Order of St. Dominic in 1215", in Peter B. Lobo, OP, The Genius of St. Dominic, p. 75.).


Estamos invitados a dejar no sólo las riquezas para seguir a Cristo, sino "hermanos, hermanas, padres y madres por Mi". La renuncia que nos da libertad implica también una ruptura radical con la familia, un desheredarse. Las consecuencias de esto requieren ser enseñadas con delicadeza, ya que la naturaleza de la familia ha cambiado en muchas sociedades. Nuestras familias hoy día están marcadas por el divorcio y un nuevo casamiento; y a veces, en algunas sociedades, nuestros hermanos y hermanas son cada vez más pequeños de edad. Tenemos obligaciones reales hacia nuestros padres, pero ¿cómo conciliarlas con la radical entrega que hemos hecho de nosotros mismos dedicando nuestras vidas a la predicación del Evangelio a través de los votos en la Orden? Es paradójico que con frecuencia una familia considere a los que han ingresado en la vida religiosa como los que "están libres" para cuidar a los padres ancianos o enfermos. Tenemos que reflexionar sobre esto con mucha delicadeza.

El voto de pobreza nos da la libertad para entregarnos sin reservas a la predicación del Evangelio, pero no en un sentido utilitarista de un mero medio. Como en los otros votos, Santo Tomás afirma que está ordenado a la caritas, al amor, que es la misma vida de Dios. ¿Cómo podemos vivir esto para poder hablar de Dios con credibilidad?

Una manera de responder será explorando de qué manera la pobreza toca aspectos fundamentales del sacramento del Amor que es la Eucaristía. Puesto que la Eucaristía es el Sacramento de la unidad que acaba con la pobreza; es el sacramento de la vulnerabilidad que fortalece al pobre; es el momento del don, que nuestra cultura consumista rechaza. Preguntarnos cómo podemos y debemos ser pobres, es preguntarnos cómo debemos vivir eucarísticamente.

2.1. Invisibilidad

La noche antes de morir, Jesús reunió a sus discípulos alrededor de la mesa para celebrar con ellos la nueva alianza. Era el nacimiento de un hogar al que todos podrían pertenecer desde el momento en que él había hecho suyo todo lo que puede destruir a la comunidad humana: la traición, la negación e incluso la muerte. El escándalo de la pobreza es que divide lo que Cristo ha unido. La pobreza no es únicamente condición económica: la falta de comida, de vestido o de trabajo. Lázaro a la puerta del rico no sólo queda excluido de compartir el alimento, sino también de sentarse a su mesa. El enorme abismo que les separa después de la muerte es un reflejo del que existía ya en vida. En nuestros días la distancia que separa a los países ricos de los países pobres, y dentro de ellos mismos, se está haciendo cada vez más aguda. Incluso en los países ricos de la Comunidad Europea se cuentan al menos veinte millones de desempleados. El cuerpo de Cristo está desmembrado.

La pobreza voluntaria que profesamos tiene valor, no porque tenga valor ser pobre. La pobreza es terrible. Tiene sentido porque nos permite superar las fronteras que separan a los seres humanos entre sí, estar presentes con nuestros hermanos y hermanas. ¿Qué credibilidad podrían tener nuestras palabras hablando de la unidad en Cristo si no nos atrevemos a andar este camino? El año pasado pude constatar cuánto nos aventajan las hermanas, estando sencillamente entre los pobres en tantas partes del mundo y siendo un signo creíble del Reino.

La Eucaristía es el fundamento de este hogar universal humano. ¿Los pobres se sentirían bienvenidos y en casa en nuestras comunidades? ¿Sentirían que son respetados en su dignidad, o se sentirían enpequeñecidos y agredidos? ¿Nuestros edificios atraen o repelen? Una de las maneras como los pobres son eliminados de nuestra comunidad humana es haciéndolos invisibles e inaudibles. Son los que desaparecen, los "desaparecidos", como el pobre Lázaro a la puerta del rico. Cuando uno llega a la estación de ferrocarril de Calcuta, una multitud de pordioseros se precipita mostrando mil deformidades, quieren ser vistos, exigen ser visibles. ¿Osaríamos mirar, aun con temor de ver a un hermano o una hermana?


2.2. Vulnerabilidad

En la última cena, Cristo abraza sus sufrimientos y su muerte. Acepta hasta sus últimas consecuencias la vulnerabilidad de ser humano, la capacidad de ser herido y muerto. Nuestro voto de pobreza nos invita ciertamente a abrazar nuestra propia vulnerabilidad. En la bula de Honorio III que he citado, Domingo y los hermanos son reconocidos no sólo por ser pobres, sino por exponerse a sí mismos a sufrimientos y peligros sin número por la salvación de los demás. ¿De qué manera concreta compartir nosotros la vulnerabilidad del pobre?

Por poco que tengamos para comer, siempre habrá una salida para nosotros porque la Orden no nos dejará "morir de hambre". Con todo, también he encontrado hermanos y hermanas que se han atrevido a ir tan lejos como han podido en esto, como por ejemplo en uno de los barrios más violentos de Caracas. Allí enfrentan el peligro y la fatiga de vivir cada día en un mundo afligido continuamente por la violencia. Esa es real vulnerabilidad y puede costarles la vida. Pienso también en nuestros hermanos y hermanas de Haití, cuya decidida actitud en favor de la justicia pone sus vidas en peligro. En Argelia y en el Cairo, nuestros hermanos han decidido permanecer, a pesar de los peligros, como un signo de su esperanza en la reconciliación entre cristianos y musulmanes. En Guatemala nuestras hermanas indígenas usan los vestidos de la gente indígena precisamente para compartir su cotidiana humillación. Si usasen un hábito tradicional estarían protegidas. No todos estamos llamados a exponernos de la misma manera. Hay multitud de tareas dentro de la Orden, pero sí podemos conocerlas, apoyarlas y aprender de ellas. En la base de nuestra teología están sus experiencias.

Esta llamada de Cristo a la vulnerabilidad debe cuestionar cómo vivimos juntos el voto de pobreza. ¿Nos atrevemos a vivir al menos la vulnerabilidad propia de la vida común? ¿Tenemos realmente un objetivo común? ¿Vivimos la inseguridad de dar a la comunidad todo lo que recibimos, arriesgándonos a no recibir después aquello que nosotros consideramos necesario? ¿Cómo podemos predicar a un Cristo que se puso totalmente en nuestras manos si nosotros no lo hacemos? ¿Están nuestras comunidades divididas en diferentes clases económicas? ¿Hay hermanos que tienen acceso a más recursos que otros? ¿Se comparten realmente los bienes entre las comunidades de una misma provincia y las provincias entre sí?

2.3. El Don

En el centro de nuestras vidas está la celebración de ese momento de total vulnerabilidad y generosidad, cuando Jesús tomó el pan, lo partió, y lo dio a sus discípulos diciendo: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo entregado por vosotros". En el centro del Evangelio está el momento del don absoluto. Aquí es donde la caritas, que es la vida de Dios, se hace tangible. Es una generosidad que nuestra sociedad encuentra difícil de entender, porque vive en un mercado donde todo se compra y se vende. Qué sentido puede tener un Dios que grita: "Venid a mí todos los que tenéis hambre y sed y yo os saciaré gratuitamente". Todas las sociedades tienen mercados, compran y venden e intercambian bienes. La sociedad occidental difiere en cuanto que toda ella es un mercado. Es el modelo fundamental que domina y forja nuestros conceptos de sociedad, de política y hasta de nosotros mismos. Todo se vende. La infinita fertilidad de la naturaleza, la tierra, el agua, todo tiene precio y se reduce a acciones de la bolsa de valores.

Incluso nosotros estamos en "el mercado de trabajo". Esta sociedad de consumo amenaza con ahogar al mundo entero; y todo dice hacerlo en nombre de la libertad, aunque en realidad nada sea gratuito`. Incluso cuando somos conscientes de la angustia del pobre y tratamos de responder a ella, con frecuencia nuestra caritas se monetiza y se convierte en caridad (limosna), substituyendo el compartir la vida con un don monetario.

¿Cómo podremos predicar al Dios de la gratuidad y de la generosidad, que nos entrega toda su vida, si nos dejamos aprisionar en estos esquemas culturales? Una de las exigencias del voto de pobreza es vivir sencillamente para poder ver el mundo desde una perspectiva diferente que nos acerque a la visión del Dios de la gratuidad. La vida de nuestras comunidades debería estar marcada por esta sencillez de vida que nos ayuda a liberarnos de las ilusorias promesas de la cultura consumista y de "la dominación de la riqueza"( Libre y gratis se dicen de la misma manera en inglés (n. del t.)). El mundo se ve de manera diferente desde el asiento de un Mercedes Benz que desde el de una bicicleta. Jordán de Sajonia decía que Domingo era "un verdadero amante de la pobreza"( LCO 31, I.) quizá no por la pobreza en sí misma, sino porque la pobreza puede liberarnos de nuestros profundos deseos. Muchas veces he quedado gratamente impresionado de la alegría y espontaneidad de nuestros hermanos y hermanas que viven en simplicidad y pobreza.

En algunas partes de la Orden, el lenguaje que usamos para describir nuestra vida común me hace pensar en el cuidado que debemos poner para no ser absorbidos por los valores del mundo financiero. Se habla de los hermanos y de las hermanas como: "el personal", "los recursos humanos", etc.; los oficios de los superiores adquieren también un carácter empresarial: "la dirección", "la administración", y hasta se estudian "técnicas de dirección y administración". Difícilmente podríamos imaginar a Domingo como el primer presidente de la Orden de Predicadores, S. A. ¿Cuántas veces los provinciales impiden a los hermanos iniciar nuevos caminos en la predicación o la enseñanza porque tendría repercusiones financieras negativas?

Los edificios en los que vivimos son un regalo. ¿Los tratamos y cuidamos con gratitud? ¿Somos responsables de las cosas que se nos dan? ¿Respetamos la intención para lo que las recibimos? ¿Cómo gastamos en nuestras construcciones? ¿Necesitamos los edificios en los que estamos? ¿Podríamos utilizarlos de un mejor modo? Los ecónomos de las comunidades tienen con frecuencia un trabajo ingrato, sin embargo, tienen un papel vital en ayudarnos a vivir con la responsabilidad que les debemos a quienes han sido generosos con nosotros.

3. La castidad: la amistad de Dios

Tenemos en la Orden una urgente necesidad de pensar juntos sobre el sentido del voto de castidad. Toca aspectos esenciales a nuestra humanidad: la sexualidad, la corporeidad, la necesidad de expresar y recibir afecto; aunque a veces tengamos miedo de tratarlo. Frecuentemente es un área en la que tenemos que luchar solos, temiendo ser juzgados o incomprendidos. Será quizá provechoso preparar una carta sobre este tema en un futuro próximo.

Es cierto que este voto como los demás es un medio. Nos da la libertad para predicar, la movilidad para responder a las necesidades de la Orden. Es particularmente importante no asumir este voto sólo como un mal necesario. Si no aprendemos a abrazarlo positivamente, a través de un tiempo que puede ser largo y de no poco sufrimiento, corremos el riesgo de envenenar toda nuestra vida. La castidad es posible porque, como todos los demás votos, se ordena a la caritas, que es la misma vida de Dios. Es una manera particular de amar. De no ser así nos llevará a la frustración y a la esterilidad.

El primer signo en contra de la castidad es la incapacidad de amar. Se decía de Domingo que "como amaba a todos, era amado de todos"( Jordán de Sajonia, Libellus, 107; cfr. LCO 25.). Lo que está en juego una vez más es la credibilidad de nuestra predicación. ¿Cómo podemos hablar de Amor de Dios si nosotros no vivimos este misterio? Si lo hacemos, entonces nos exigirá morir y resucitar. La tentación aquí es la de huir. Una de las formas más comunes de escape es la del activismo; perdernos en una actividad desenfrenada, aunque sea buena e importante. Otra forma de huir es la soledad. Podemos también encontrarnos huyendo de nuestra sexualidad o de nuestra corporeidad. La Orden nació justamente en los tiempos en que se discutía con toda fuerza este dualismo. Domingo predicó contra la división del cuerpo y del alma, del espíritu y la materia. Aún hoy día permanece como una fuerte tentación. Mucho de la cultura moderna es profundamente dualista. La pornografía, que parece deleitar a la sexualidad, es en realidad una fuga, pues esconde un rechazo de la vulnerabilidad que exige la relación humana. El "voyerista" se guarda a distancia, es invulnerable y, aunque miedoso, conserva el control.

En la Encarnación nuestra corporeidad es bendecida y santificada. Si hemos de ser predicadores de la Palabra hecha Carne, no podemos ni debemos olvidarnos de lo que nosotros somos. ¿Nos preocupamos debidamente de los cuerpos de nuestros hermanos procurándoles el alimento necesario, atendiéndoles cuando están enfermos, mostrándoles ternura cuando envejecen? Cuando Bede Jarrett escribía para animar a un joven benedictino que pasaba los primeros sufrimientos de la amistad, decía:

Me alegro de esto, porque pienso que la tentación te había llevado hacia el puritanismo, la estrechez de miras y una cierta inhumanidad. Tendías a negar el aspecto santo del encuentro con el amigo. Estabas enamorado del Señor, pero no realmente de su Encarnación. En realidad tenías mucho miedo (Ed. Bede Bailey, Aidan Bellanger and Simon Tugwell, Letters of Bede Jarrett, Dominican sources in English, vol. 5, Downside ad Blackfriars, p. 180.).

Las bases de nuestra castidad no pueden ser temidas; no podemos temer nuestra sexualidad, nuestra corporeidad, o a las personas del sexo opuesto. El temor nunca ha sido un buen fundamento para la vida religiosa. Ya que Dios vino a nosotros, y se atrevió a hacerse carne y sangre, aunque ello le llevó a la crucifixión. Este voto exige de nosotros que vayamos a donde Dios ha ido antes que nosotros. Nuestro Dios se ha hecho hombre y nos pide que nosotros hagamos lo mismo.

Santo Tomás de Aquino establece el principio básico de que nuestra relación con Dios es de amistad, amicitia. La buena noticia que anunciamos es que participamos del infinito misterio de la amistad del Padre y del Hijo, que es el Espíritu. Y en efecto, Santo Tomás dice que los consejos evangélicos son los consejos propuestos por Cristo en la amistad (la. 2ae., q. 108, a. 4.).

Una de las maneras como vivimos esa amistad es el voto de castidad. Para ayudarnos a reflexionar sobre lo que este voto exige de nosotros, veamos muy brevemente dos aspectos del amor Trinitario, que es totalmente generoso y nada posesivo, y que se da entre iguales.

3.1. Un amor que no es posesivo

El amor con que el Padre ama al Hijo es un amor absolutamente generoso y no posesivo por el que el Padre le da todo al Hijo, incluyendo la divinidad. No se trata de un sentimiento o de una emoción, sino del amor que asegura la existencia del Hijo. El amor humano, ya sea entre los casados como entre los religiosos, debería buscar vivir y compartir este misterio de generosidad no posesiva.

Debemos evitar toda ambigüedad sobre lo que este amor exige a los que hemos profesado el voto de castidad. No sólo significa que no nos casamos, sino que nos abstenemos de la actividad sexual. Es una clara y real renuncia, un ascetismo. Si aparentamos otra cosa o aceptamos compromisos, entonces entramos en un camino que será imposible sobrellevar y que causará enormes sinsabores tanto a nosotros mismos como a los demás.

Lo primero que se nos pide como profesos es creer que el voto de castidad es realmente un camino para amar; que aunque pasemos por momentos de frustración y desolación, alcanzaremos la plenitud de nuestro ser humano afectiva y vitalmente. Los miembros ancianos de nuestras comunidades son por lo general signos de esperanza para nosotros, descubriendo en ellos hombres y mujeres que han superado las tribulaciones de la castidad, y han alcanzado la libertad de los que pueden amar sin limitaciones. Son signos de que con Dios nada es imposible.

Para poder alcanzar esta libertad sin posesividad en el amor, se requiere tiempo. Tenemos muchas veces que enfrentar fracasos y desánimos en el camino. Hoy que la gente ingresa en la Orden habiendo tenido a veces experiencias sexuales, no hemos de vislumbrar la castidad como una inocencia que puede perderse, sino más bien como la integridad del corazón en la que debemos crecer. Los fracasos, con la gracia de Dios, pueden formar parte de nuestro proceso de madurez, ya que "todo coopera para el bien de los que Dios ama" (Rom 8, 28.).

Nuestras comunidades han de ser los lugares en que nos demos ánimo cuando el corazón de alguno se debilita, perdón cuando alguno falle y veracidad cuando uno corre el riesgo de engañarse. Hemos de creer en la bondad de nuestros hermanos y hermanas incluso cuando ellos han dejado de creer en sí mismos. No hay nada más venenoso que el auto-desprecio. Como escribía Damian Byrne en su carta sobre la Vida Común:


Mientras que el santuario más íntimo de nuestro corazón se da a Dios, tenemos otras necesidades. El nos ha hecho de tal manera que una amplia parte de nuestra vida es accesible a los otros y necesita de los demás. Cada uno de nosotros necesita experimentar el genuino interés de los demás miembros de la comunidad, su afecto, estima y compañerismo... La vida en común significa compartir el pan de nuestra mente y de nuestro corazón, unos con otros. Si los religiosos no encuentran esto en sus comunidades, lo buscarán en otro lado.


Algunas veces el paso a la verdadera libertad e integridad del corazón nos exigirá pasar por el valle de la muerte, encontrándonos de cara a una aparente frustración y esterilidad.

¿Será posible recorrer este camino sin la oración? Tenemos en primer lugar la oración que compartimos con la comunidad, la oración cotidiana que es fundamental a nuestras vidas. También contamos con la oración personal y silenciosa, que nos pone cara a cara frente a Dios, en momentos de innegable verdad y asombrosa misericordia. Aquí es donde uno puede aprender a esperar. Domingo mismo, algunas veces, cuando caminaba, invitaba a los hermanos a tomar la delantera para poder estar un momento solo para orar. En una versión temprana de las Constituciones, Domingo decía que el Maestro de novicios debía enseñar a los novicios a orar en silencio (Constituciones primitivas, Dist. I, c. XIII.). Nuestras hermanas monjas tienen mucho que enseñarnos a los frailes sobre el valor de la oración personal.

3.2. El Amor que da igualdad


Finalmente, el amor que está en el corazón de Dios es un amor totalmente fértil; es generador y creador de todo lo que existe. Con lo que luchamos en la castidad no es únicamente la necesidad de afecto, sino el deseo de crear, de comunicar la vida. Nuestro cuidado de unos para con los otros debe incluir la atención a la creatividad que cada uno posee y nuestras vidas como dominicos deben ponerse al servicio del Evangelio. Esta puede ser la capacidad que un hermano o hermana tienen para crear comunidad en una parroquia, o para el trabajo intelectual de teología, o la creación de obras de teatro espontáneas, como los prenovicios en El Salvador. Nuestra castidad nunca debe ser estéril.

El amor de Dios es tan fértil que crea la igualdad. En la Trinidad no hay manipulación ni dominación. No hay superioridad o condescendencia. Esto es lo que nuestro voto de castidad nos invita a vivir y a predicar. Como escribía Tomás, la amistad descubre o crea la igualdad (. 1 Ethicorum, 1, 8, s. 7.). La fraternidad en nuestra tradición dominicana, la estructura democrática de gobierno en la que tanto nos gozamos, expresa no sólo un modo de organizar nuestras vidas y de tomar decisiones, sino, sobre todo, el misterio de la vida de Dios. El que los hermanos sean conocidos como Ordo Fratrum Praedicatorum engloba lo que predicamos, el misterio del misterio de ese amor de perfecta igualdad que es la Trinidad.

Esto ha de caracterizar todas nuestras relaciones. De la familia dominicana, con el reconocimiento de la dignidad de cada uno, y la igualdad de todos y cada uno de sus miembros, dependerá vivir adecuadamente este voto. La relación entre las hermanas y hermanos, religiosos y laicos, debe ser también una "santa predicación". Incluso la búsqueda de un mundo más justo, en el que la dignidad de todo ser humano sea respetada, no es sólo un imperativo moral, sino una expresión del misterio de amor que es la vida de la Trinidad que estamos llamados a encarnar.

Conclusión

Cuando Domingo pasaba por las aldeas donde su vida estaba amenazada de muerte por los albigenses, cantaba en voz alta para que todos supieran que él estaba allí. Los votos tienen valor sólo si nos liberan para cumplir la misión de la Orden con algo del ánimo y la alegría de Domingo. No han de ser una carga pesada que nos oprima, sino garantía de libertad para caminar ligeros hacia nuevos lugares realizando cosas nuevas. Lo que he escrito en esta carta es sin duda algo inacabado de como podrían ser las cosas. Espero que juntos podamos construir una visión compartida de nuestra vida como dominicos, entregados a la misión, que nos fortalezca en el camino y nos dé libertad para cantar. Fin d'article


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