Queridos
frailes y hermanas en Santo Domingo,
osotros
sois un regalo de Dios a la Orden, y nosotros honramos
al Creador acogiendo sus regalos. Esto nos obliga a
ofreceros la mejor formación posible. El futuro de la
Orden depende de ello, de ahí que todos los Capítulos
Generales dediquen tanto tiempo a reflexionar sobre
la formación. En estos últimos años, la Orden ha elaborado
excelentes documentos sobre la formación, por eso, más
que escribir una carta larga sobre formación y repetir
todo lo que se ha dicho, he creído mejor recopilar todos
los documentos para que vosotros y vuestros formadores
podáis estudiarlos fácilmente. Pero sí quiero poner
en común unas palabras dirigidas directamente a vosotros,
hermanos y hermanas, que estáis al inicio de vuestra
vida dominicana, a sabiendas de que algunos formadores
quizá quieran leerla por encima de vuestros hombros.
Voy a hablar de la formación de los frailes, porque
es lo que más conozco. Espero que también sea relevante
para la experiencia de nuestras hermanas.
Uno
de mis grandes gozos durante mis visitas a la Orden
ha sido encontrarme con vosotros. Me ha emocionado vuestro
entusiasmo por la Orden, vuestro deseo de estudiar y
de predicar, vuestra alegría verdaderamente dominicana.
Pero la formación implicará también momentos de sufrimiento,
desorientación, desánimo y pérdida de sentido. A veces
os preguntaréis por qué estáis aquí y si deberíais seguir.
Tales momentos son parte necesaria y dolorosa de la
formación, conforme vais creciendo como dominicos. Si
no se dieran estos momentos, entonces la formación no
os habría afectado en profundidad.
Formación
en nuestra tradición no es moldear un sujeto pasivo
hasta que salga un producto en serie, "Un dominico".
Se trata de un acompañamiento nuestro a la respuesta
que vosotros deis a la triple llamada recibida: de Cristo
resucitado, que os invita a seguirle; de los hermanos
y hermanas, que os invitan a ser uno de ellos; y la
respuesta a las exigencias de la misión. Si respondéis
plena y generosamente a estas llamadas, entonces cambiaréis.
Exigirá de vosotros una muerte con la esperanza en el
Señor, que da la resurrección. Será al mismo tiempo
doloroso y liberador, apasionante e inquietante. Os
formará según la persona a la que Dios os llama a ser.
Este es un proceso que continuará a lo largo de toda
vuestra vida dominicana. Los años de formación inicial
son sólo el comienzo. Os escribo esta carta para animaros
en vuestro viaje. ¡No os deis por vencidos cuando el
camino se haga difícil!
Tomaré
como texto para abordar este tema el encuentro de María
Magdalena, patrona de la Orden, con Jesús en el huerto
(Juan 20, 11-18).
"¿A
quién buscas?"
Cuando
Jesús se encuentra con María Magdalena, le hace una
pregunta: "¿A quién buscas?". Nuestra vida
en la Orden empieza con una pregunta parecida cuando
nos postramos en tierra: "¿Qué pides?". Es
la pregunta que hizo Jesús a los discípulos al principio
del Evangelio.
Debéis
venir a la Orden con hambre en el corazón, pero ¿de
qué? ¿Es que habéis descubierto el Evangelio recientemente
y deseáis compartirlo con los demás? ¿Es que encontrasteis
a un dominico a quien habéis admirado y deseáis imitarlo?
¿Es para huir del mundo con todas sus complicaciones,
de la dificultad para crear relaciones humanas? ¿Es
porque siempre habéis deseado ser sacerdotes y sentís
la necesidad de una comunidad? ¿Es porque os preguntáis
por el significado de vuestra vida, y deseáis descubrirlo
con nosotros? ¿A quién buscas? ¿Qué pides? No podemos
contestar a esta pregunta por vosotros, pero podemos
acompañaros cuando se os plantee y ayudaros a dar una
respuesta sincera.
Durante
nuestra vida dominicana podemos responder a esta pregunta
de manera diferente según los diversos momentos. Las
razones que nos han traído a la Orden quizá no sean
las que nos llevan a permanecer en ella. Al entrar en
la Orden me sentí atraído ante todo por el hambre de
entender mi fe. El lema de la Orden, "Veritas",
me sedujo. Dudaba si tendría alguna vez el valor de
predicar un sermón. Después me quedé porque este deseo
se apoderó por completo de mí. A veces no tenemos claro
por qué estamos aquí y qué anhelamos. Quizá nos aferramos
a un vago sentimiento de que es aquí donde tenemos que
estar. La mayoría seguimos hasta el final porque, como
María Magdalena en el huerto, estamos buscando al Señor.
La vocación es la historia de un deseo, de un hambre.
Estamos aquí porque nos ha enganchado el amor, y no
la promesa de una realización personal o una carrera.
Eckhart dice: "El amor se parece al anzuelo del
pescador. El pescador no puede conseguir el pez si no
está atrapado en el anzuelo Quien está enganchado a
este anzuelo está cogido tan profundamente que pies
y manos, boca, ojos y corazón, y toda la persona pertenecen
sólo a Dios. Ten la esperanza de que este anzuelo afortunadamente
te va a enganchar, pues cuanto más asido estés tanto
más libre serás"(1).
Tal
vez descubráis que estáis de verdad en la búsqueda del
Señor resucitado, pero que estáis llamados a encontrarlo
en otra forma de vida, quizá como discípulos casados.
Es posible que Dios os llame a la Orden por un breve
tiempo para que os preparéis a ser predicadores en otro
estilo de vida.
El
gozo de este encuentro pascual está en el corazón de
nuestra vida dominicana. Es la felicidad que compartimos
en nuestra predicación. Pero crecemos en ella sólo pasando
por momentos de pérdida. Aquel a quien María Magdalena
ama ha desaparecido. "Señor, si tú lo has llevado,
dime dónde lo has puesto, y yo lo recogeré". Ella
llora por la pérdida de la persona amada. Algunas veces
la entrada en la Orden puede estar marcada por esta
misma experiencia de desolación. Tal vez llegáis llenos
de entusiasmo. Estáis dispuestos a entregaros a Dios
plenamente, tener horas de oración extática. Pero parece
que Dios se escabulle. Orar se convierte en una repetición
tediosa de salmos largos en tiempos inoportunos, con
frailes que cantan muy mal. Incluso podemos pensar que
los frailes son los culpables de la desaparición de
Dios por su falta de devoción. ¿Por qué a algunos no
se les ve en el oficio? Su enseñanza parece minar la
fe que me trajo aquí. En sus clases se analiza minuciosamente
la Palabra de Dios, y se nos dice que no hay que tomarla
al pie de la letra. ¿Dónde han enterrado a mi Señor?
"Jesús
le dijo: 'María'. Ella se volvió y le dijo
en hebreo: ''Raboni' (que significa maestro)".
Es preciso perder a Cristo si queremos encontrarlo
otra vez, sorprendentemente vivo e inesperadamente cercano.
Lo tenemos que dejar ir, quedar desconsolados, llorar
por su ausencia, si queremos descubrir a un Dios más
cercano a nosotros de lo nunca imaginado. Si no recorremos
este camino, nos estancaremos en una pueril e infantil
relación con Dios. Pertenece a nuestra formación el
estar desorientados, confusos como María en el huerto,
sin saber qué sucede. De lo contrario nunca nos sorprenderá
una nueva intimidad con el Señor resucitado. Y esto
tiene que pasar una y otra vez mientras el pescador
nos va cobrando al recoger con el carrete. El Señor
desaparecido se le aparece, le habla, y le dice que
le permita irse de nuevo: "No me toques".
Cuando
parezca que se han llevado el cuerpo del Señor, no os
deis por vencidos y os marchéis. Después de la desaparición
de Jesús, Pedro, como hombre que era, volvió a su trabajo.
Esto puede ser una tentación, el regresar a nuestra
vida pasada. María no se desanimó, sino que siguió buscando,
aunque fuera sólo un cuerpo muerto. Si nosotros perseveramos,
como ella, tendremos después una grata sorpresa. Recuerdo
muy bien un largo período de desolación, durante los
años de mi profesión simple. No es que dudara de la
existencia de Dios, pero Dios me parecía demasiado lejano,
y no tenía mucho que ver conmigo. Fue años más tarde,
después de la profesión solemne y de la ordenación,
en el huerto de los Olivos en Jerusalén, durante un
verano cuando el vacío quedó colmado. Es posible que
tenga que soportar alguna otra vez esta ausencia, y
entonces quizá vosotros, mis hermanos y hermanas, me
ayudaréis a seguir hasta el próximo encuentro sorprendente.
Jesús
sólo le dijo una palabra, su nombre, "María".
Dios siempre nos llama por el nombre. "Samuel",
Dios llamó tres veces en la noche. Quiénes somos, nuestra
más profunda identidad, la descubrimos respondiendo
a alguien que llama por nuestro nombre. "Yahvé desde
el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre
recordó mi nombre" (Isaías 49,1). Así pues, nuestra
vocación de dominico no es un asunto de encontrar un
trabajo, ni siquiera un servicio útil a la Iglesia o
a la sociedad. Es mi "Sí" a Dios que me llama
a ser, mi "Sí" a los hermanos con quienes vivo,
y mi "Sí" a la misión a la cual soy enviado.
Estoy llamado a la vida, como el que ha sido llamado
a salir de la tumba por una voz que grita "Lázaro,
sal fuera".
De
esta manera podemos decir que el objetivo fundamental
de la formación es ayudarnos a ser cristianos, a decir
"Sí" a Cristo. Si esto no se consigue, estamos
en un juego. ¿Significa esto que llegar a ser dominico
sea algo sin importancia, un mero incidente? No, porque
es el camino de Domingo en el seguimiento de Cristo.
Quizá, el primer nombre del cristianismo fue "El
Camino" (Hech 9,2). Cuando Domingo recorrió los
caminos del sur de Francia, descubrió un camino hacia
el Reino. La Orden nos ofrece un camino de vida, con
su oración común, su forma de gobierno, su manera de
hacer teología y de ser fraile. Cuando hacemos profesión,
confiamos en que este extraño camino de vida pueda conducirnos
al Reino.
Por
tanto no espero ser un buen cristiano antes de ser un
predicador. Compartir la palabra de Dios con los otros
es parte de mi búsqueda del Señor en el huerto. Cuando
lucho por encontrar una palabra que predicar soy como
María Magdalena, que suplico al jardinero que me diga
dónde han puesto el cuerpo de mi Señor. Si puedo compartir
mi lucha por la palabra, entonces podré compartir también
ese momento de revelación cuando el Señor me llame por
mi nombre. Debo atreverme a buscar en la tumba y encontrarme
con la ausencia del cuerpo, si también estoy dispuesto
a compartir el encuentro siguiente. Ser predicador es
compartir todos los momentos de este drama en el jardín
pascual: desolación, interrogación, revelación. Pero,
si hablo como alguien que lo sabe todo, con una seguridad
total, la gente puede quedar impresionada por mis conocimientos,
pero puede sentir que éstos tienen poco que ver con
ella.
"Vete
a mis hermanos"
Jesús
llama a María por su nombre y la envía a sus hermanos.
Nosotros respondemos a la llamada de Dios llegando a
ser uno de ellos.
Ser
hermano es mucho más que pertenecer a una comunidad
y llevar un hábito. Implica una profunda transformación
de mi ser. Ser hermano de sangre de alguien es más que
tener los mismos padres; implica relaciones, que me
han ido formando poco a poco para llegar a ser la persona
que soy. De modo semejante, ser un fraile de Domingo
me exigirá una transformación paciente, a veces dolorosa,
de lo que soy. Habrá momentos, quizá prolongados, de
muerte y resurrección.
Es
verdad que la mayoría de los frailes dominicos son sacerdotes,
y que pertenecemos a un "instituto clerical",
pero la ordenación no nos hace menos hermanos. Durante
mis años de formación llegué a amar ser uno de ellos.
No deseaba más. Acepté la ordenación porque mis hermanos
me lo pidieron, y porque amaba la misión. Llegué a valorar
ser sacerdote, porque la comunión y la misericordia,
que están en el corazón de nuestra vida fraterna, encontraron
expresión sacramental de una Iglesia más amplia. Pero
era exactamente un hermano como antes. No hay títulos
más altos en la Orden. Una razón más por la que creo
que la promoción de la vocación de los hermanos cooperadores
(una palabra que nunca me ha gustado) es de suma importancia
para el futuro de la Orden. Ellos son la memoria de
lo que nosotros somos, hermanos de Domingo. No pueden
existir hermanos de segunda clase en la Orden.
Cuando
era estudiante, recuerdo la visita de un sacerdote de
otra provincia a nuestra comunidad en Oxford. Cuando
llegó, había un dominico barriendo el vestíbulo. El
visitante le preguntó: "¿Es usted un hermano?"
"Sí", contestó. "Hermano, vaya a traerme
una taza de café". Después del café, le pidió al
hermano que le llevara las maletas hasta su cuarto.
Y finalmente el visitante le dijo: "Ahora, hermano,
quiero ver al Padre Prior". El fraile contestó:
"Yo soy el Prior".
Diferentes
visiones de ser fraile
Ser
fraile es descubrir que sois parte de nosotros. Estamos
en casa con los hermanos. Pero nosotros dominicos podemos
tener muchas concepciones distintas de lo que significa
ser hermano.
Cuando
nos integramos al noviciado, una de las sorpresas puede
ser descubrir que mis compañeros llegan con visiones
de la vida dominicana muy diferentes de la mía. Cuando
entré en la Orden me atrajo poderosamente no sólo la
búsqueda de Veritas, sino también la pobreza
de Domingo. Me imaginaba en las calles mendigando la
comida. Pronto descubrí que la mayoría de mis connovicios
consideraban esto como un tonto romanticismo. Algunos
de vosotros os sentiréis atraídos por el amor al estudio;
otros por el deseo de luchar por un mundo más justo.
Quizá os escandalice el ver a otros novicios desempacando
enormes cantidades de libros o un reproductor de CD.
Algunos de vosotros desearéis llevar el hábito las veinticuatro
horas del día, otros quitárselo lo antes posible. Fácilmente
nos pisoteamos mutuamente nuestros sueños.
A
menudo existe esta tensión entre generaciones de frailes.
Algunos jóvenes que llegan a la Orden hoy en día valoran
altamente la tradición y los signos visibles de la identidad
dominicana: estudiar a Santo Tomás, los tradicionales
cantos e himnos de la Orden, vestir el hábito, celebrar
nuestros santos. Con frecuencia los frailes de una generación
anterior están desconcertados ante este deseo de encontrar
una identidad dominicana clara y visible. Para ellos
la aventura había sido dejar atrás los estilos antiguos
que parecen interponerse entre nosotros y la predicación
del Evangelio. Teníamos que estar en los caminos, con
la gente, viendo las cosas a través de sus ojos, anónimos
si queríamos estar cercanos. Ocasionalmente esto puede
acarrear un cierto malentendido, incluso una mutua sospecha.
Las provincias actualmente florecientes son a menudo
aquellas que han logrado ir más allá de tales conflictos
ideológicos. ¿Cómo podemos construir una fraternidad
más profunda que estas diferencias?
En
primer lugar, podríamos llegar a reconocer el mismo
profundo impulso evangélico en cada fraile. Con el hábito
o sin él, predicamos al mismo Señor resucitado. Siempre
me encontré como en mi casa con los frailes; bien sea
sentado con unos cuantos hermanos junto al río, en el
Amazonas, recitando los salmos en mangas de camisa,
o celebrando una elaborada liturgia polifónica en Toulouse.
Aparte de las demandas objetivas de los votos y Constituciones,
uno puede reconocer ciertas semejanzas familiares: alegría;
un sentido de igualdad de todos los frailes; una pasión
por la teología, aunque sea con tendencias completamente
contradictorias; confianza en nuestra tradición democrática;
una falta de pretensión. Todo esto insinúa un modo de
vida que compartimos, por grandes que sean las diferencias
superficiales.
En
segundo lugar, nuestras visiones diferentes de la vida
dominicana pueden estar formadas por diferentes momentos
de la historia de la Iglesia y de la Orden. Muchos de
nosotros, que llegamos a ser dominicos durante el Concilio
Vaticano II, crecimos en un catolicismo seguro de sí
mismo y de su identidad. Nuestra aventura consistió
en llegar a los que estaban lejos de Cristo, rompiendo
las barreras. Lo que motiva a los frailes y hermanas
de esta generación es a veces el deseo de estar cercano
al Cristo invisible, que está presente en cada fábrica,
en cada barrio, en cada universidad. Suprimimos una
identidad visible por amor a la predicación. Nuestros
sacerdotes obreros, por ejemplo, fueron un signo del
Dios cercano, aun para aquellos que parecían haber olvidado
su nombre.
Muchos
de los que hoy llegan a la Orden, especialmente en Occidente,
han realizado una peregrinación diferente, creciendo
lejos del cristianismo. Quizá ahora vosotros deseéis
celebrar y afirmar la fe que habéis abrazado y llegado
a amar. Queréis ser reconocidos como dominicos, porque
esto también forma parte de la predicación. Puede ser
exactamente el mismo impulso evangélico el que lleva
a unos frailes a ponerse y a otros a quitarse el hábito.
En
última instancia, esta tensión es fructífera y necesaria
para la vida de la Orden. Aceptar a los jóvenes en la
Orden es un reto para nosotros. Lo mismo que el nacimiento
de un niño cambia la vida de toda la familia, cada generación
de jóvenes que llega a la Orden cambia la fraternidad.
Vosotros llegáis con vuestras preguntas, para las que
no siempre tenemos respuesta, con vuestros propios ideales,
que pueden revelar nuestras inadaptaciones, con vuestros
sueños, que podemos no compartir. Venís con vuestros
amigos y con vuestras familias, con vuestras culturas
y vuestras tribus. Venís a molestarnos, por esto os
necesitamos. A menudo llegáis demandando lo verdaderamente
esencial en nuestra vida dominicana, algo que tal vez
hemos olvidado o menospreciado; una oración comunitaria
más bella y profunda; una fraternidad más plena en la
que nos prestemos más atención unos a otros; el coraje
para dejar todos nuestros viejos compromisos y emprender
nuevamente el camino. A menudo la Orden se renueva porque
llegan los jóvenes e insisten en construir la vida dominicana
según lo que han leído en los libros. ¡Seguid insistiendo!
Es
fácil para nosotros, que hemos llegado antes que vosotros,
decir con enojo: "Ustedes vienen a formar parte
de nosotros; no nosotros de ustedes". En realidad,
eso es verdad, pero sólo una verdad a medias. Cuando
llegamos a la Orden, nos entregamos a nosotros mismos
en las manos de los frailes que todavía no habían venido
a ella. Prometimos obediencia a aquellos que aún no
habían nacido. Es verdad que no tenemos que reinventar
la Orden en cada generación, pero fue parte del genio
de Santo Domingo fundar una Orden con flexibilidad y
adaptación como parte de su ser. Necesitamos ser renovados
por aquellos que han sido cautivados por el entusiasmo
de la visión de Domingo. No os debemos reclutar para
librar nuestras viejas batallas. Tenemos que resistir
a la tentación de encasillaros en las categorías de
nuestro tiempo de juventud y poneros la etiqueta de
"conservadores" o "progresistas",
lo mismo que vosotros no debéis desconsiderarnos como
reliquias de "los años setenta".
También
serán un reto para vosotros aquellos que llegaron antes
que vosotros, al menos eso espero. El aceptar que hay
diferentes modos de ser dominico no significa que cada
uno pueda inventar su propia interpretación. Por ejemplo,
no puedo decidir por mi propia cuenta que los votos
son compatibles con una amante y un automóvil deportivo.
Nuestra manera de vivir implica ciertas exigencias objetivas
e ineludibles que, a fin de cuentas, deben invitarme
a sufrir una profunda transformación de mi ser. Si las
eludo, nunca llegaré a ser uno de los frailes.
Por
encima de todo, las diferentes concepciones de ser un
dominico nunca deben dividirnos realmente, porque la
unidad de la Orden no descansa en una línea ideológica
común, ni siquiera en una única espiritualidad. Si esto
se hubiera dado, nos habríamos escindido hace mucho
tiempo. Lo que nos mantiene juntos es un camino de vida
que admite una gran diversidad y flexibilidad, una misión
común, y una forma de gobierno que da voz a cada persona.
El león y el cordero dominicanos pueden vivir juntos
y disfrutar de su mutua compañía.
En
los comienzos de la vida de la Orden, "Las vidas
de los frailes" fue escrita para registrar la memoria
de la primera generación de dominicos. Estamos ligados
como comunidad por la historia del pasado, como también
por los sueños del futuro. Los signos visibles de la
identidad dominicana tienen su valor y nos dicen algo
importante sobre quiénes somos, pero no deberán ser
los estandartes de batalla de bandos diferentes. Los
dominicos cuya memoria valoramos justamente como un
tesoro fueron con frecuencia aquellos que vivieron tan
apasionados por la predicación que no les quedó mucho
tiempo para reflexionar demasiado en su identidad como
dominicos. Como escribió Simón Tugwell: "A través
de toda la historia, cuando la Orden se ha mantenido
más fiel a sí misma, ha sido cuando menos se preocupó
por el ser dominicano"(2).
La
formación debería realmente darnos un fuerte sentido
de identidad dominicana, y enseñarnos nuestra historia
y nuestra tradición. Esto no es para poder contemplar
la gloria de la Orden y cuán importantes somos o fuimos,
sino para seguir el camino de Cristo pobre e itinerante.
Un fuerte sentido de identidad nos libera de pensar
demasiado en nosotros mismos, de lo contrario estaremos
demasiado preocupados para poder oír la voz que nos
pregunta: "¿A quién buscas?"
Por
lo tanto, la fraternidad está fundamentada sobre algo
más que una visión única. Se construye pacientemente,
aprendiendo a escuchar al otro, a ser fuerte y a ser
débil, aprendiendo la mutua fidelidad y amor fraterno.
Hablar
y escuchar
Sabemos
que estamos en casa cuando podemos hablar fácilmente
unos con otros, confiando en que nuestros hermanos al
menos tratarán de entendernos. Esta es probablemente
nuestra expectativa cuando llegamos a la Orden. Jesús
dijo a María Magdalena: "Vete a mis hermanos y diles:
Subo a mi Dios y vuestro Dios, a mi Padre y vuestro
Padre". Ella es enviada a compartir su fe en el
Señor resucitado, aunque sus hermanos puedan mirarla
como una ilusa. Así construimos un hogar común en la
Orden, atreviéndonos a compartir lo que nos ha traído
aquí. Algunas veces será difícil. Probablemente llegamos
esperando encontrar gente con mentalidad parecida a
la nuestra, con los mismos sueños y la misma manera
de pensar. Pero quizá descubrimos que otros llegan a
la Orden por caminos tan diferentes que no podemos reconocernos
en lo que dicen. Podemos dudar en exponer aquello que
es más precioso, nuestra frágil fe, a la crítica y al
examen. Compartir nuestra fe reclama de nosotros una
gran vulnerabilidad. A veces puede resultar más fácil
hacerlo con gente con la que no tenemos que compartir
la vida.
Uno
de los principales retos para los formadores es fortalecer
la confianza para que seáis capaces de hablar libremente.
Martin Buber escribió que "El punto decisivo es
si los jóvenes están dispuestos a hablar. Si alguien
los trata con confianza, les muestra que cree en ellos,
hablarán con él. La primera necesidad es que el maestro
debe despertar en sus alumnos la más valiosa de todas
las cosas: genuina confianza"(3).
Tan importante es que confiéis unos
en otros. Puede llegar el momento en que tengáis el
coraje de compartir vuestras dudas.
La
cultura occidental contemporánea sistemáticamente cultiva
la sospecha. Nos han enseñado a indagar lo que hay debajo
de lo que los demás dicen para llegar a lo no reconocido,
oculto, e incluso inconsciente. Algunas veces en la
Iglesia esto puede adoptar la forma de persecución del
error, cuando se está buscando dónde hay herejías. ¿Este
fraile es un verdadero discípulo de Santo Tomás o de
la teología de la liberación? ¿Es uno de los nuestros?
Es mucho más fácil descubrir cuándo un fraile está en
el error y niega un dogma de la Iglesia, o alguna ideología
de mi propiedad, que oír el pequeño grano de verdad
que se esfuerza por compartir con nosotros. Pero esta
sospecha corroe la fraternidad. Procede del miedo y
sólo el amor expulsa el miedo.
Aprender
a escucharse unos a otros caritativamente es una disciplina
de la mente. Benedict Ashley escribió: "Tiene que
haber un nuevo ascetismo de la mente, porque nada es
más doloroso que mantener la caridad viva en medio de
una genuina discusión sobre asuntos serios"(4).
Amar a mi hermano no es exactamente
una emoción calurosa y agradable, pero sí una disciplina
intelectual. Tengo que abstenerme de rechazar como algo
sin sentido lo que uno de mis hermanos ha dicho, sin
haber escuchado lo que está diciendo. Es el ascetismo
mental de abrir la mente a una opinión inesperada. Esto
conlleva aprender a estar en silencio, no sólo mientras
espero a que termine de hablar, sino para escucharle.
Debo acallar las objeciones defensivas, el impulso para
interrumpirle antes de que diga otra palabra. Callar
y escuchar.
La
conversación construye una comunidad de iguales, y por
esto necesitamos construir la comunidad de la Familia
Dominicana tomando tiempo para hablar con nuestras hermanas
y laicos dominicos, y descubrir el placer de ello. La
conversación construye el amplio hogar de Domingo y
Catalina. Ello "pide la igualdad entre participantes.
Realmente, es uno de los caminos más importantes para
establecer la igualdad. Sus enemigos son la retórica,
las disputas, la jerga, el lenguaje privado, o la desesperación
por no ser escuchado y comprendido. Para prosperar es
necesaria la ayuda de comadronas de uno y otro sexo
Sólo cuando la gente aprende a conversar podrá empezar
a ser igual"(5). Uno de los desafíos para nosotros los frailes es dejar
que las hermanas nos formen como predicadores. La formación
más profunda siempre es mutua.
Ser
fuertes y débiles
Pertenecemos
y estamos en casa cuando nos damos cuenta de que somos
más fuertes de lo que creíamos, y más débiles de lo
que nos atrevíamos a admitir. Estas no son cualidades
contrarias, son signos de que empezamos a conformarnos
a Cristo fuerte y vulnerable.
En
un primer lugar, hemos sido formados como cristianos.
En nuestra tradición esto significa no tanto la progresiva
sumisión a los mandamientos, dominar nuestra naturaleza
indisciplinada cuanto el crecimiento en la virtud. Llegar
a ser virtuosos nos hace fuertes, sencillos de corazón,
libres y capaces de andar con nuestros propios pies.
Como ha escrito Jean-Louis Bruguès, la virtud es un
aprendizaje de humanidad. "Es el paso de la virtualidad
a la virtuosidad"(6).
Llegar
a ser fraile significa que recibimos nuestra fuerza
los unos de los otros. No somos solistas. Es una fuerza
que nos hace libres, pero juntos, no al margen del otro.
En primer momento llegamos a ser fuertes porque hay
confianza mutua. En el origen de nuestra tradición está
la confianza sin límites de Domingo en el fraile. Él
confió en los frailes porque confió en Dios. Como escribió
Juan de España: "Tenía tal confianza en la bondad
de Dios que envió a hombres ignorantes a predicar, diciendo:
'No tengáis miedo, el Señor estará con vosotros y pondrá
fuerza en vuestros labios'"(7).
Así
pues, la primera tarea de vuestro formador es construir
esta confianza y confidencia. Pero también es la responsabilidad
que tenéis los unos para con los otros, porque generalmente
los que están en formación son los que más se forman
entre sí. Tenéis el poder de minar a un hermano, hacer
tambalear su confianza, burlarte de él. Y tenéis el
poder de hacerlo crecer, de darle fortaleza, de formarlo
como predicador de la vigorosa Palabra de Dios.
Nuestras
Constituciones dicen que "incumbe al mismo candidato
la primera responsabilidad de la propia formación"
(LCO 156). No deberíamos ser tratados como niños, incapaces
de decidir por nosotros mismos. Crecemos como hermanos,
miembros iguales de la comunidad, cuando se nos trata
como adultos maduros. En tiempos de Domingo no hubo
rastro del circator monástico tradicional,
cuyo trabajo era ir alrededor fisgoneando, viendo si
cada uno hacía lo que tenía que hacer. Pero es una responsabilidad
que no ejercemos solos. Si somos hermanos, nos ayudaremos
unos a otros en la libertad de pensar, hablar, creer,
correr riesgos, transcender el miedo. Nos atreveremos
a cuestionarnos mutuamente.
Si
crecemos como hermanos, seremos suficientemente fuertes
para enfrentarnos con nuestra debilidad y fragilidad.
Esto es en primer lugar lo que un amigo mío llamó "la
sabiduría de las criaturas"(8).
Saber que somos creados, que nuestra
existencia es un regalo, que somos mortales y que vivimos
entre el nacimiento y la muerte. Nos despertamos al
hecho de que no somos dioses. Nos sentimos seguros sobre
nuestros pies, pero nuestros pies son un regalo.
También
descubriremos que no hemos alcanzado la comunión de
los santos, sino que somos un grupo de hombres y mujeres
débiles, indecisos, que necesitamos continuamente levantarnos
de nuestros fracasos. En otro lugar he escrito cómo
esto puede ser causa de crisis para un fraile en formación(9).
Los héroes que un novicio ha amado
y admirado resulta que tienen los pies de barro. Pero
esto siempre ha sucedido. Es una de las razones por
las cuales tenemos como patrona de la Orden a María
Magdalena, que, según la tradición, fue una mujer débil
y pecadora, pero que fue llamada a ser la primera predicadora
del Evangelio.
Hace
más de quinientos años, Savonarola escribió una carta
a un novicio que había sido claramente escandalizado
por los pecados de los frailes. Savonarola le previene
respecto a las personas que llegan a la Orden esperando
entrar directamente en el paraíso. Nunca perseveran.
"Desean vivir entre los santos excluyendo a los
malos e imperfectos. Y cuando no encuentran lo que quieren,
abandonan su vocación y se van Pero si deseas huir de
toda maldad, debes dejar este mundo"(10).
Esta confrontación con la fragilidad
es, a menudo, un momento magnífico en la maduración
de una vocación. Es cuando descubrimos que somos capaces
de dar y recibir la misericordia que pedimos cuando
nos hicimos miembros de la Orden. Si somos capaces de
hacerlo, estaremos en camino para llegar a ser un fraile
y un predicador.
Un
miedo que puede impedirnos confiar en esta misericordia
es la preocupación de que, si los frailes fueran a ver
cómo somos realmente, puede que no votaran a nuestro
favor para la profesión. Podríamos estar tentados a
ocultar quiénes somos hasta estar salvos y seguros dentro;
profesos y ordenados e invulnerables. Aceptar esto sería
conformarnos con una formación engañosa. La formación
llegaría a ser un entrenamiento para disimular, esto
sería una parodia en una Orden cuyo lema es "Veritas".
Deberíamos creer suficientemente en los frailes para
dejarlos ver cómo somos y cómo pensamos. Sin tal transparencia
no hay fraternidad. Esto no significa que debamos ponernos
de pie en el refectorio y proclamar nuestros pecados,
pero no podemos crear una máscara detrás de la cual
nos ocultamos. Osamos abrazar tal vulnerabilidad porque
Cristo lo hizo antes que nosotros. Esto nos prepara
para predicar una palabra fiable y honrada.
Fidelidad
y amor a los hermanos
Finalmente,
hay una cualidad en la fraternidad que es esquiva y
difícil de describir, la llamaría fidelidad, de acuerdo
con Peguy "la más bella de las palabras". En
el corazón de nuestra predicación está la fidelidad
de Dios. Dios nos obsequió con esta palabra, y es una
Palabra hecha carne. Es una palabra en la que podemos
confiar; una palabra que hace de la historia de la humanidad
una historia que avanza hacia un punto determinado y
no una historia de acontecimientos fortuitos. Es la
palabra fuerte y sólida de Alguien que dice: "Yo
soy el que soy". Es la fidelidad que deberíamos
ambicionar encarnar en nuestras vidas. El matrimonio
es un sacramento de la fidelidad de Dios, que se ha
unido con nosotros de manera irrevocable en Cristo.
Pertenece también a nuestra predicación del Evangelio
el ser fieles unos a los otros.
¿Qué
significa esto? En primer lugar, fidelidad al compromiso
que hemos hecho con la Orden. Dios nos ha dado su Palabra
hecha carne, aunque esto le llevó a una muerte sin sentido.
Nosotros hemos dado nuestra palabra a Dios, incluso
cuando nuestra promesa parezca pedirnos más de lo que
creemos posible. Recuerdo, cuando era provincial, hablar
con un fraile ya mayor, que vino decirme que se estaba
muriendo de cáncer. Era un hombre bueno y amable, que
había vivido en medio de dificultades y momentos inciertos
en su vida dominicana. Me dijo: "Creo que voy a
realizar mi ambición de morir en la Orden". Puede
parece una ambición pequeña, pero es esencial. Había
dado su palabra y su vida. Se regocijaba, a pesar de
todo lo vivido, de no haber reclamado el don que había
hecho.
En
segundo lugar, significa que nuestra misión común tiene
prioridad sobre mi agenda privada. Tengo mis talentos,
mis preferencias y sueños, pero me he dado yo mismo
a nuestra predicación compartida de la buena nueva.
Esta misión común puede requerir de mí que acepte por
un tiempo algún cargo no deseado, como ser síndico,
maestro de estudiantes o novicios, o Maestro de la Orden,
por el bien común. Un autobús puede parecerse mucho
a una sala común. Está lleno de personas que se sientan
juntas, hablan o leen, comparten un espacio común. Pero
cuando la ruta del autobús se desvía de la dirección
de mi proprio viaje, puedo dejar el autobús y continuar
por mi propia cuenta. ¿Miro la Orden más bien como un
autobús, en el cual permanezco sólo cuando me conduce
en la dirección en que deseo ir?
Fidelidad
también exige defender a mis hermanos: su reputación
es la mía. En las Constituciones Primitivas, y hasta
hace poco, una de las tareas del maestro de novicios
era enseñar a los novicios a "intuir el bien"(11).
Se debe siempre interpretar de
la mejor manera posible lo que el hermano hizo o dijo.
Si un hermano regresa regularmente tarde por la noche,
en vez de pensar en los terribles pecados cometidos,
deberíamos suponer que, por ejemplo, ha estado visitando
a un enfermo. Savonarola escribió al novicio crítico:
"Si tú ves algo que no te gusta, piensa que fue
hecho con buena intención. Muchos son, en el fondo,
mejor de lo que tú imaginas". Es más que el optimismo
de los idealistas. Pertenece a aquel amor que mira el
mundo con los ojos de Dios, como bueno. En una ocasión
Santa Catalina escribió a San Raimundo de Capua, asegurándole
que él debía confiar en el amor que ella le tenía, y
cuando amamos a alguien interpretamos de la mejor manera
lo que esa persona hace, confiando que siempre busca
nuestro bien: "Más allá del amor general, existe
un amor particular, el cual se expresa a sí mismo como
fidelidad. Y se expresa a sí mismo de tal manera que
no puede creer o imaginar que el otro pudiera querer
algo distinto de nuestro bien"(12).
Si
mi hermano es condenado como malo o heterodoxo, la fidelidad,
en este caso, significa que haré todo lo que esté de
mi parte para apoyarlo y dar la mejor interpretación
a sus opiniones o acciones. Por esta mutua fidelidad
el prefacio de las Constituciones de 1228 establecía,
para que se observase "inviolable e inmutablemente
a perpetuidad", que ninguno podía apelar fuera
de la Orden contra las decisiones hechas por la Orden.
Por eso, sería virtualmente inimaginable que un fraile
pudiera acusar públicamente o hacerse insolidario de
uno de los frailes.
Esta
fidelidad implica no sólo defender a mi hermano, sino
aconsejarlo. Si es mi hermano, debo tener cuidado de
lo que piensa y atreverme a no estar de acuerdo con
él. No puedo dejar esto para los superiores, como si
no fuera mi responsabilidad. Pero debo hacerlo de frente
y no por detrás. Puede darme miedo hacer esto, porque
espero una reacción de hostilidad y de rechazo. Pero,
según mi experiencia, si tenemos claro que estamos hablando
con franqueza por amor a la verdad y a un hermano, se
llega siempre a lograr una profunda amistad y entendimiento.
He
aquí, por tanto, algunos de los elementos de la formación
de un fraile: hablar y escucharse unos a otros; aprender
a ser fuerte y débil; crecer en mutua fidelidad. Todo
esto pertenece a lo que es más fundamental: aprender
a amar a los hermanos. Nosotros, los dominicos, con
nuestro acercamiento vigoroso a los otros, podemos dudar
en usar tal lenguaje. Podría sonar meloso y sentimental.
Sin embargo está en la base esencial de nuestra fraternidad.
Es lo que nos pide hacer quien nos llama: "Este
es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros
como yo os he amado" (Jn 15, 12). Este es el mandamiento
fundamental de nuestra fe. La obediencia a él nos forma
como cristianos y como frailes. Santo Domingo dijo que
había aprendido "más en el libro de la caridad que
en los libros de los hombres"(13).
Por último, esto significa que
debemos vernos unos a otros como un regalo de Dios.
Mi hermano o hermana me pueden contrariar; puedo oponerme
totalmente a sus opiniones, pero voy a deleitarme en
ellos y descubrir su bondad.
Hay
una relación fundamental entre el amor y la vocación,
que a muchos os ha traído hasta nosotros. Jesús miró
al joven rico y lo amó, y lo invitó a seguirle, de la
misma manera que miró a María Magdalena y la llamó por
su nombre. Esteban de España nos cuenta que fue a confesarse
con Domingo, y "él me miró como si me amara"(14).
Posteriormente, esa misma noche,
Domingo lo llamó y lo vistió con el hábito. Amar es,
como dice Eckhart, el anzuelo del pescador que atrapa
el pez y no le deja ir. Debo confesar que decidí hacerme
miembro de la Orden, antes de encontrar a un dominico,
atraído por lo que había leído sobre su ideal. ¡Quizás
pueda también ser una bendición!
No
hay nada de sentimental en este amor. A veces tenemos
que trabajar este amor, y luchar por superar prejuicios
y diferencias. Es el empeño por llegar a ser uno de
los frailes. Recuerdo que había un fraile con quien
me era difícil la convivencia. Cualquier cosa que hiciera
o dijera parecía que le sacaba de sus casillas. Una
tarde quedamos en salir juntos al pub, una
solución muy inglesa. Hablamos largo y tendido. Nos
contamos nuestra niñez y nuestras dificultades. Pude,
por primera vez, ver por sus ojos y verme a mí mismo
como yo tenía que aparecer ante él. Empecé a comprender.
Ese fue el principio de una amistad y fraternidad.
"He
visto al Señor"
María
Magdalena va a sus hermanos y les dice: "He visto
al Señor". Fue la primera predicadora de la resurrección.
Es predicadora porque es capaz de oír al Señor cuando
llama y de compartir la buena nueva de la victoria de
Cristo sobre la muerte.
Llegar
a ser predicador es mucho más que aprender cierta cantidad
de información, para tener algo que decir, y algunas
técnicas de predicación para saber decirlo. Es ser formado
como alguien que puede oír al Señor y decir una palabra
que ofrece vida. Isaías dice: "El Señor desde el
seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre
recordó mi nombre. Hizo mi boca como espada afilada,
en la sombra de su mano me escondió" (Isaías 49,
1b-2a). Toda la vida, ya desde el principio, fue configurando
a Isaías como a alguien preparado para decir una palabra
profética.
La
Orden debe ofreceros más que una capacitación teológica.
Es una vida la que os forma como predicadores. Nuestra
vida común, la oración, las experiencias pastorales,
las luchas y fracasos, nos capacitan para estar atentos
y proclamar la palabra en formas que no podemos prever.
Uno
de mis predecesores como provincial era un fraile llamado
Anthony Ross. Fue famoso como predicador, historiador,
reformador de cárceles, e incluso luchador. Un día,
poco después de ser elegido provincial, fue derribado
por una apoplejía fulminante y reducido casi al silencio.
Tuvo que dimitir como provincial y aprender a hablar
otra vez. Las pocas palabras que podía pronunciar llegaron
a tener más poder que todas las que antes decía. La
gente iba a confesarse con él, a oír sus palabras sencillas
y curativas. Sus sermones de media docena de palabras
cambiaron la vida de la gente. Fue como si el sufrimiento
y el silencio formaran a un predicador que nos obsequiaba
con palabras de vida como nunca antes lo había hecho.
Fui a visitarlo antes de partir para el Capítulo General
de México, después del cual, para mi gran sorpresa,
no volví a mi provincia. Su última palabra fue "coraje".
El más grande regalo que podemos brindar a un hermano
es una palabra como ésa.
Una
palabra compasiva
María
Magdalena anuncia a los discípulos: "He visto al
Señor". No es sólo la afirmación de un hecho, sino
el compartir de un descubrimiento. Compartió su pérdida,
su angustia, su llanto, y ahora puede compartir con
ellos su encuentro con el Señor resucitado. Puede compartir
la buena noticia con ellos porque es buena noticia para
ella.
La
Palabra que nosotros predicamos es una palabra que comparte
nuestra humanidad, "pues no tenemos un sumo sacerdote
que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino
probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado"
(Hebreos 4, 15). Predicar nos exigirá que nos encarnemos
en mundos diferentes, tales como la cultura joven contemporánea,
o en una isla de Micronesia, el mundo de los drogadictos
o de los hombres de negocios. Necesitamos entrar en
el mundo, aprender su lenguaje, ver a través de los
ojos de sus habitantes, estar en su piel, entender sus
debilidades y esperanzas. Debemos, en algún sentido,
llegar a ser ellos. Después podremos ofrecer la palabra
que es buena noticia para ellos y para nosotros. Esto
no quiere decir que tenemos que estar de acuerdo con
ellos. Con frecuencia hemos de desafiarlos; pero necesitamos
pulsar su humanidad antes de poder hacerlo.
Es
tradición de la Iglesia cantar las alabanzas de Dios
al amanecer. Seguimos siendo vigías que esperan el alba,
por lo tanto podemos compartir nuestra esperanza con
aquellos que no tienen signos del sol naciente. En la
medida en que he vislumbrado su oscuridad, incluso puede
que la haya reconocido como mía, puedo entonces compartir
una palabra acerca de "las entrañas de misericordia
de nuestro Dios, que hará que nos visite una luz de
lo alto" (Lucas 1, 78).
A
menudo, podemos hacer esto por lo que somos y por lo
que hemos vivido. María Magdalena buscó el cuerpo del
Señor con una ternura que había aprendido en su vida
marcada, según la tradición, por sus propios fracasos
y pecados. La vida la preparó para ser la persona que
buscó al hombre que ella amó y reconoció cuando él la
llamó por su nombre. Uno de los regalos más preciosos
que traéis a la Orden es vuestra propia vida, con sus
fracasos, sus dificultades y sus momentos de oscuridad.
Puedo mirar un pecado del pasado y verlo como una felix
culpa, porque me preparó como alguien que puede
decir una palabra de compasión y esperanza para los
que están viviendo la misma derrota. Puedo compartir
con ellos la salida del sol.
En
otras áreas, necesitamos una formación en la compasión,
una educación del corazón y de la mente que rompa todo
lo que en nosotros es corazón de piedra, arrogancia
y crítica. Una de las cosas más útiles que hice durante
mi insólito noviciado fue visitar regularmente a los
delincuentes sexuales en la cárcel local. Ellos son
quizás la gente más despreciada en nuestra sociedad.
Descubrí que no eran realmente diferentes a las otras
personas. Podemos escuchar el Evangelio juntos. Por
lo tanto nuestra formación podría despojarnos de las
defensas contra aquellos que son diferentes e inatractivos,
aquellos que nuestra sociedad rechaza: los mendigos,
las prostitutas, los criminales, la clase de gente con
la que la Palabra de Dios pasó su tiempo. Aprendemos
a recibir los regalos que ellos pueden darnos si nuestras
manos están abiertas.
El
predicador ideal es aquel que se hace todo con todos
los seres humanos (cf 1 Cor 9, 22) perfectamente humano.
No conozco a ningún dominico así, y debemos admitir
nuestras limitaciones. Durante varios años, una noche
a la semana, iba a un refugio para los sin techo en
Oxford, a preparar la sopa y charlar con ellos. Reconozco
aun hoy que no me entusiasmaba. Me disgustaba el olor
y me aburrían las conversaciones de borrachos; sabía
que mi sopa no era un éxito y soñaba con quedarme en
casa leyendo libros. Pero no me pesan estas horas. Tal
vez el muro entre mis hermanos y hermanas de la calle
y yo fue en parte derribado.
La
compasión formará nuestras vidas en caminos que nunca
planeamos. Cuando Santo Domingo fue un estudiante en
Palencia se dejó tocar por la compasión hacia los hambrientos
y vendió sus libros. Se quedó en el sur de Francia y
fundó la Orden, sólo porque se dejó conmover por la
situación apremiante de la gente sumergida en una herejía
destructiva. Su vida entera fue moldeada por la respuesta
a situaciones imprevisibles para él. Este hombre misericordioso
estuvo a merced de los otros, vulnerable a sus necesidades.
Al aprender la compasión arrancaremos de nuestras manos
un control estricto de nuestras vidas.
Una
palabra de vida
"He
visto al Señor". Es más que el informe de un acontecimiento.
María Magdalena comparte con sus hermanos el triunfo
de la vida sobre la muerte, la luz sobre la oscuridad.
Es una palabra que ofrece el amanecer del que ella había
sido testigo "muy de madrugada".
Catalina
de Siena dice a Raimundo de Capua que debemos ser
"creadores más bien que destructores o aguafiestas"(15).
Somos formados como predicadores
por medio de las conversaciones corrientes que tenemos
con los otros, las palabras que intercambiamos en la
sala comunitaria y los pasillos. Descubrimos cómo compartir
una palabra de vida en nuestra predicación, al formarnos
como hermanos que se ofrecen mutuamente palabras que
comunican esperanza y ánimo, construyen y sanan. Si
somos gente que habitualmente ofrece a los otros palabras
que hieren, socavan, arruinan y destruyen, por muy inteligentes
y eruditos que seamos, nunca seremos predicadores. Hay
un dicho polaco que reza: "Wystygl mistik; wynik
cynik", que significa: "El místico se ha calmado;
el resultado es un cínico". Nosotros debemos ser
los "perros del Señor", pero nunca los 'cínicos'(16).
La
palabra del predicador es fértil. Cuando María Magdalena
encuentra a Jesús lo confunde con el jardinero. No es
un error, porque Jesús es el nuevo Adán de la vida,
donde la muerte es destruida y el árbol muerto de la
cruz está cargado de fruto. Por lo tanto, los aliados
naturales para el predicador son la gente creativa de
nuestra sociedad. ¿Quién es la gente que está luchando
por dar sentido a la experiencia contemporánea? ¿Quiénes
son los pensadores, los filósofos, los poetas y los
artistas que pueden enseñarnos una palabra creadora
para nuestro tiempo? También ellos pueden ayudarnos
a formarnos como predicadores.
Una
palabra que hemos recibido
¿Cómo
podemos encontrar esta palabra creadora, compasiva y
nueva? Confesé al principio de esta carta que cuando
ingresé en la Orden temí no poder ser nunca capaz de
predicar. Es un miedo que todavía permanece. Es embarazoso
para un dominico confesar que, cuando me piden predicar,
mi primera reacción todavía es a menudo: "Pero si
no tengo nada que decir". Se nos dará lo que tenemos
que decir, aunque sea en el último momento. Para recibir
la palabra que se nos da, tenemos que aprender el arte
del silencio. En el estudio y la oración aprendemos
a ser tranquilos, atentos, para poder recibir del Señor
lo que vamos a compartir: "Porque yo recibí del
Señor lo que os he transmitido" (1 Cor 11, 23).
Para
muchos, permanecer tranquilos es el aspecto más duro
de la formación. Pascal escribió: "He descubierto
que la infelicidad de los seres humanos llega por un
solo motivo: no saber cómo permanecer tranquilos en
su cuarto"(17).
En definitiva, el predicador debe
amar "las delicias de la soledad", porque es
cuando recibimos los dones. Tenemos que estar clavados
a la silla, no para adquirir un conocimiento magistral,
sino para poder estar listos y alerta cuando "llegue
inesperadamente, como el ladrón en la noche". Al
final llegaremos a amar este silencio como el centro
profundo de nuestra vida dominicana. Es el tiempo de
los regalos, bien sea en la oración o en el estudio.
Exige
disciplina. "Es verdad, tú eres un Dios escondido"
(Isaías 45,15). Para detectar la presencia de Dios necesitamos
oídos agudos, como los de un cazador. Eckhart pregunta:
"¿Dónde está este Dios, a quien todas las criaturas
buscan, y de quien tienen su ser y su vida? Como un
hombre que se esconde, y que se insinúa y que se revela,
así es Dios. Nadie es capaz de descubrir a Dios, si
Él no se revela". Pero Dios está allí, "tosiendo"
discretamente para llamar la atención, dando pequeñas
pistas a aquellos que son capaces de oír, si estamos
en silencio. A menudo, más adelante, a su debido tiempo,
en tu vida dominicana, estarás abrumado de peticiones.
Ahora es el tiempo de establecer un hábito de silencio
regular en la presencia de Dios, al que deberás aferrarte
toda tu vida. Puede marcar la diferencia entre el simple
sobrevivir y el florecer como dominico.
Con
frecuencia la gente llega a la Orden con un nuevo entusiasmo
para compartir la buena nueva de Jesucristo. Tú puedes
desear ir inmediatamente a las calles, hacer estremecer
el púlpito, compartir tus descubrimientos del Evangelio
con el mundo. Puede ser frustrante entrar en la Orden
de Predicadores y encontrar que durante muchos años
estás atado a horas de estudio aburrido, leyendo libros
áridos de autores ya muertos. Quizás añoramos estar
en los caminos predicando el Evangelio o ser enviados
a las misiones. Podemos ser de esos jóvenes de quienes
Dostoïevsky escribió en Los Hermanos Karamasov "que
no entienden que el sacrificio de una vida es, en la
mayoría de los casos, quizás el más fácil de los sacrificios,
y que sacrificar, por ejemplo, cinco o seis años de
su vida, llenos de fervor juvenil, al duro y difícil
estudio, si fuera sólo para incrementar diez veces más
su capacidad de servicio a la verdad y de esta manera
llevar a cabo un magnífico trabajo, alimentando sus
corazones para sacarlo adelante, tal sacrificio estaría
casi más allá de la resistencia de muchos de ellos".
Está
bien que, desde el principio, encontremos modos de compartir
el Evangelio con otra gente, pero el paciente aprendizaje
del silencio es inevitable si queremos comunicar más
que nuestro proprio entusiasmo. La memoria de Domingo
era una "especie de granero para Dios, lleno hasta
rebosar con cosechas de toda clase"(18).
Necesitamos muchos años de estudio
para llenar el granero. Es verdad que Mateo 10,19 nos
dice que no pensemos por adelantado en lo que vamos
a decir, pero Humberto de Romanis indica, a los que
están en la formación, que este texto sólo se aplica
a los apóstoles(19).
Una
palabra compartida
Hace
un año, cuando caminaba por las diminutas calles de
la ciudad de Ho Chi Minh, Vietnam, atravesé una pequeña
plaza, dominada por la estatua de San Vicente Ferrer.
De pie, en su pedestal, parecía el predicador modelo,
el orador solitario que se levanta sobre la multitud.
Podemos estar tentados a ser predicadores de este estilo,
estrellas individuales, el centro de atención y admiración.
La
palabra del predicador no es suya. Es una palabra que
no sólo la hemos recibido en el silencio de la oración
y del estudio, sino también los unos de los otros. Y
por lo tanto, una comunidad de predicadores debería
ser aquella en la que compartimos nuestras convicciones
profundas, como María Magdalena compartió con los hermanos
su fe en el Señor resucitado. Los frailes del Consejo
General nos reunimos cada miércoles para leer juntos
el Evangelio. Nuestros sermones son el fruto de una
reflexión común. Las concepciones modernas sobre derechos
de autor nos pueden hacer poseedores de nuestras propias
ideas y podríamos pensar que el hermano que las utiliza
está cometiendo un robo. Pero son los ricos quienes
creen firmemente en la propiedad privada. Nosotros compartimos
lo que hemos recibido y como frailes mendicantes no
deberíamos avergonzarnos de suplicar a cualquiera una
idea.
Nuestra
formación debiera prepararnos también para predicar
juntos, en una misión común. Jesús envió a sus discípulos
de dos en dos. Es una tentación hacer del apostolado
mi propiedad y protegerlo celosamente de los otros frailes.
Es mi responsabilidad, mi preocupación, mi gloria. Si
lo hago, quizá me estoy convirtiendo en objeto de mi
predicación. Humberto de Romanis nos advierte que tengamos
cuidado con la gente "que piensa que predicar es
una clase de trabajo especialmente espléndido y pone
sus corazones en ello porque quieren ser importantes"(20). Si caemos en esa tentación llegaríamos a pensar que nosotros
somos la buena noticia de la que están hambrientos.
La docencia más gozosa que realicé fue cuando enseñé
teología en Oxford con otros dos frailes. Preparábamos
juntos el curso y estábamos presentes en las clases
de cada uno. Tratábamos de enseñar a los estudiantes
introduciéndolos en nuestros debates. La idea era que,
al participar en nuestra conversación, pudieran descubrir
que tenían su propia voz, más bien que ser recipientes
pasivos de instrucción.
Cada
vez que un fraile predica, lo hace en nombre de la comunidad.
El ejemplo más famoso fue en los primeros tiempos de
la conquista de las Américas. Cuando Antonio Montesino
predicó contra las injusticias hechas a los indígenas,
las autoridades civiles buscaron al prior para acusarlo.
Pero el prior contestó que, cuando Antonio predicaba,
era la comunidad entera la que hablaba
Todo
esto va en contra del principio de individualismo, que
es característica tanto de la modernidad, como a menudo
de los dominicos. Ciertamente, el individualismo es
a veces reclamado, con algún orgullo, como una característica
típicamente dominicana. Es verdad que tenemos una tradición
que aprecia la libertad y los talentos peculiares de
cada hermano. Demos gracias a Dios. Planificar proyectos
comunes puede ser una pesadilla en la Orden. Pero somos
frailes predicadores y nuestros hermanos más famosos,
aunque a menudo los pintamos solos, por lo general trabajaron
en la misión común: Fray Angelico no fue un artista
solitario, sino que adiestró frailes en su arte; Santa
Catalina estuvo rodeada de frailes y hermanas; Bartolomé
de Las Casas trabajó con sus frailes de Salamanca por
los derechos de los indígenas. Congar y Chenu florecieron
como miembros de una comunidad de teólogos. El mismo
Santo Tomás necesitó un equipo de frailes amanuenses.
Por
lo tanto, nuestra formación debe liberarnos de los efectos
debilitantes del individualismo contemporáneo y formarnos
como frailes predicadores. Seremos verdaderamente más
auténticos y vigorosos si osamos hacer esto. En algunas
partes del mundo, que han estado más afectadas por el
individualismo, éste podría ser el gran desafío para
vuestra generación: inventar y lanzar nuevos caminos
para predicar juntos el Evangelio. Esto lo podéis hacer.
Hay muchos jóvenes en formación, uno de cada seis frailes,
y más de mil novicias este año entre monjas y hermanas.
Juntos podéis hacer más de lo que ahora imaginamos.
Conclusión
En
1217, poco después de la fundación de la Orden, Santo
Domingo dispersó a los frailes, porque "el grano
almacenado se pudre". Los envió por los caminos
sin dinero, como los apóstoles. Pero uno de los frailes,
Juan de Navarra, rehusó dejar París sin tener dinero
en su bolsillo. Discutieron y finalmente Domingo cedió
y le dio algo. Este incidente escandalizó a algunos
frailes, pero es quizás una buena imagen de nuestra
formación. No estoy sugiriendo que los formadores deben
ceder ante cada petición vuestra, pero sí que nuestra
formación debía ser al mismo tiempo exigente y compasiva,
idealista y realista. Domingo invita a Juan a confiar,
no con una arrogante confianza en sí mismo, sino en
el Señor, que cuidará de él durante el viaje, y en su
hermano que lo envía. Cuando Domingo ve que todavía
está lejos de conseguirlo, tiene misericordia de él.
Pido
que vuestra formación os ayude a crecer en la confianza
y felicidad de Domingo. La Orden necesita hombres y
mujeres jóvenes, valientes y gozosos, que nos ayudarán
a fundar en nuevos lugares, refundarla en otros, y crear
nuevos caminos de predicación del Evangelio. Algunas
veces, como a fray Juan, puede faltaros confianza. Podéis
dudar de vuestra fortaleza para avanzar en el camino,
e incluso si merece la pena hacerlo. Que estos momentos
de indecisión y oscuridad lleguen a ser parte de vuestro
crecimiento como cristianos, predicadores, frailes y
hermanas. Cuando os sintáis perdidos e inseguros, que
podáis oír una voz, inesperadamente cercana, que os
dice: "¿A quién buscas?"
1.
M.O'C Walshe Meister Eckart Vol 1 London p 46-47
2.
Simon Tugwell "Dominican Spirituality" en Compendium
of Spirituality ed E De Cea OP, New York 1996 p 144
3.
Encounter with Martin Buber Aubrey Hodes London 1972
p 217
4.
The Dominicans Collegeville 1990 p 236
5.
Theodore Zeldon An intimate History of Humanity London
1994 p 49
6.
Les idées heureuses. Paris 1996 p 24
7.
Actas del Proceso de Canonización de Bolonia 26
8.
Rowan Williams Open to Judgement London 1994 p 248
9.
Promesa de Vida 2.4
10.
Carta a Stefano di Codiponte 22 Mayo 1492
11.
Tugwell op. cit. p 145
12.
Mary O'Discoll OP Catherine of Siena: Passion for the
thruth, Compassion for Humanity New City 1993 p 48
13.
Vitae Fratrum de Gerald de Frachet 82
14.
Testimonio de Fr. Esteban de España en el Proceso de
Canonización de santo Domingo
15.
Mary O'Dirscoll OP op. cit. p 48
16.
Por favor perdonen este pobre chiste y busquen la etimología
de "cínico"
17.
Pensées nº 205
18.
Jordán de Sajonia Libellus 7
19.
"Treatise on the Formation of Preachers" en Early Dominicans:
Selected Writings trad Simon Tugwell OP ibid, p 205
20.
Early Dominicans op. cit. p 236

Inicio