
ecuerdo
que, hace muchos años, me dirigía a mi
primera reunión de la Conferencia de Superiores
Mayores de Inglaterra y Gales. Nervioso, me puse el
hábito y bajé al encuentro de la gente.
En la escalera me detuvo una hermana furiosa, a la que
nunca había visto antes. Me miró con desprecio
y dijo: “¡Debe sentirse muy inseguro si
necesita ponerse esa cosa!”.
¿Dónde
han ido a parar las vocaciones?
Durante
bastante tiempo los religiosos hemos estado preocupados
por nuestra identidad. ¿Quiénes somos?
¿Cómo debemos encajar en el tejido y en
la estructura de la Iglesia? ¿Somos clérigos,
laicos o alguna especie híbrida particular? Creo
que ninguna respuesta nos servirá de ayuda a
menos que partamos del hecho de que compartimos una
crisis de identidad con otra mucha gente de nuestro
tiempo. ¿Qué nos hace especiales? Ciertamente
no el hecho de tener una crisis de identidad. Esta es
una parte del lote común que compartimos con
otros. Sólo vale la pena que reflexionemos sobre
ella si nos ayuda a vivir la Buena Nueva para todas
esas otras pobres almas que están obsesionadas
por la misma pregunta: “¿Quién soy
yo?”.
Por
favor, perdonen si comparto con ustedes algunas simples
observaciones sobre por qué esta cuestión
de la identidad es una obsesión de la modernidad.
Hemos visto una profunda transformación social
durante este siglo, y especialmente desde 1945. En Europa,
y supongo que también en Estados Unidos, hemos
asistido al debilitamiento de toda clase de instituciones
que daban una identidad, que definían una profesión,
un papel, una vocación. Las universidades, las
profesiones médicas y jurídicas, los sindicatos,
las iglesias, la prensa, diversos oficios... todas esas
instituciones ofrecían a la gente no sólo
la manera de ganarse la vida, sino un camino para ser
persona, un sentido de vocación. Ser músico,
abogado, maestro, enfermera, carpintero, fontanero,
granjero, sacerdote, etc., no sólo significaba
tener un trabajo, era ser alguien; se pertenecía
a un cuerpo de gente con una serie de costumbres que
definían la conducta adecuada, que compartían
una sabiduría, una historia y una solidaridad.
Lo
que hemos visto en los últimos años es
el corrosivo efecto de un nuevo y más simple
modelo de sociedad, según el cual nos hemos encontrado
todos a nosotros mismos siendo miembros de mercado global,
comprando y vendiendo, siendo comprados y vendidos.
Las instituciones básicas de la sociedad civil
que fundamentaban las profesiones y vocaciones han perdido
mucho de su autoridad e independencia. Como todo lo
demás, deben someterse a las leyes del mercado.
En Inglaterra, incluso los equipos de fútbol
existen ahora menos para jugar al fútbol que
para obtener beneficios.
Se
hizo cada vez menos evidente poder elegir qué
hacer con la propia vida. Había que seguir las
leyes de la oferta y la demanda. No es que los religiosos
hubiéramos perdido el sentido de la vocación,
es que la mera idea de vocación se hizo problemática.
Nicholas Boyle, un filósofo inglés, escribió:
“Ya no hay más vocaciones para nadie; la
sociedad no está compuesta de personas que consagran
su vida en tal o en cual dirección particular,
sino de funciones que deben ser desempeñadas
sólo mientras exista el deseo de que sean cubiertas”.
Todas estas profesiones, empleos y especialidades eran
como pequeños ecosistemas que ofrecían
diferentes modos de ser seres humanos. Se han debilitado
y desmoronado, como los frágiles hábitats
de los escasos sapos o caracoles. La sociedad se está
homogeneizando. Todo lo que queda es el individuo y
el estado, o quizás el consumidor y el mercado.
Mucho más simple, pero más solitario y
vulnerable.
Sospecho
que en la Iglesia hemos sufrido el soplo de ese mismo
viento frío, que nos dejó siendo una comunidad
más simple y menos confiada. Porque la Iglesia
forma parte también de la sociedad civil. Hemos
sido una sociedad compleja, con todo tipo de instituciones
que nos daban una identidad: también nosotros
teníamos universidades, hospitales, escuelas,
profesiones y, sobre todo, órdenes religiosas,
que ofrecían a la gente vocaciones, identidades
que eran apoyadas, respetadas y honradas.
La
Iglesia tenía toda clase de jerarquías
y estructuras que se equilibraban mutuamente. ¡Ser
Madre Superiora o Directora Católica significaba
ser alguien importante! Los sacerdotes temblaban cuando
tocaban el timbre de la puerta. Pero de algún
modo nuestra Iglesia ha sufrido una transformación
similar a la del resto de la sociedad. Y lo que queda
de nosotros ya no es el consumidor individual y el Estado
o el Mercado, sino el creyente individual y la Jerarquía.
Hemos perdido confianza en las otras identidades. Y
quizás sea esta una razón por la que la
cuestión del sacerdocio, y del que aspira a serlo,
es un tema candente para nosotros. Porque, si no tienes
un pie en esta escalera, no puedes llegar a ser alguien
que realmente cuente.
¿Quiénes
somos nosotros, los religiosos? ¿Cómo
encajar en el tejido y la estructura de la Iglesia?
A menudo intentamos responder situándonos nosotros
mismos como jerarquía. ¿Somos laicos,
o clérigos, o algo a mitad de camino entre los
dos? O podemos responder situándonos en contra
de la jerarquía, como profetas que sacuden los
puños contra la Iglesia Institucional. Pero este
es un mapa equivocado. Es como si alguien buscara las
Montañas Rocosas en un mapa que presentara las
fronteras de los Estados de América. ¿Están
en Colorado o en Wyoming? ¿Por qué no
podemos ver las montañas?
El
mapa de la Iglesia que representa a la jerarquía
es bueno y válido. Todos estamos en él
de un modo u otro. Algunos religiosos somos laicos,
otros sacerdotes, y algunos incluso obispos. Pero no
podemos usarlo para localizar la vida religiosa. No
nos muestra quiénes somos, lo mismo que las Rocosas
no figuran en un mapa que sólo tiene los límites
de los estados. Y ni siquiera puedes tener indicios
de dónde están. Donde no hay ciudades,
podría haber algunas montañas. Pero necesitas
otra clase de mapa si quieres verlas claramente.
La
gente se queja a menudo de la clericalización
de la Iglesia. Resulta paradójico que en el Concilio
Vaticano II proclamáramos una nueva teología
de la Iglesia, descubriéramos una teología
del laicado, fuéramos todos parte del Pueblo
de Dios peregrinando hacia el Reino. Pero de hecho parece
que la Iglesia se ha vuelto incluso más clerical.
En lugar de atribuir esto a un siniestro complot, yo
creo que debemos considerarlo en el contexto de la profunda
transformación de la cultura occidental. En el
mundo del mercado global no hay lugar para que la gente
tenga vocaciones, bien sea de maestros, de enfermeras
o de religiosos. Un trabajo es simplemente la respuesta
a una demanda. Y así, cuando la Iglesia Católica
entró en el mundo moderno con una explosión,
cuando el Papa Juan XXIII abrió las ventanas,
un viento frío aventó también dentro
de la Iglesia todas las demás frágiles
identidades vocacionales. Frente a la clericalización
de la Iglesia, por supuesto que hay que dar pasos para
abrir posiciones de influencia a los laicos y a las
mujeres, a fin de que cese la dominación de la
clase clerical. Pero ese es tema para otra conferencia.
Lo que yo estoy diciendo aquí es que sería
un error pensar que la respuesta a nuestra crisis de
identidad es abolir toda jerarquía y caminar
hacia una Iglesia que se parezca más a nuestra
sociedad liberal e individualista. Esto no nos daría
lo que queremos. Lo que podemos ver en nuestra propia
sociedad, en las calles de nuestras grandes urbes desiertas,
es que el individualismo es cruel. Crea desiertos urbanos
en los cuales pocas personas pueden florecer realmente.
Mary Douglas, una antropóloga, sostiene que a
las mujeres, por ejemplo, les iría todavía
peor en una sociedad más individualista. Escribió
que “los procesos de individualismo degradan a
los fracasados económicamente, y sólo
puede crear abandonados y mendigos. Los miembros de
una cultura individualista no son conscientes de su
conducta excluyente. La condición de los excluidos
de manera no intencional, por ejemplo los mendigos durmiendo
en las calles, sorprende a los visitantes de otras culturas”.
Según
Mary Douglas, una sociedad sana es la que tiene todo
tipo de estructuras que se contrarrestan y de instituciones
que dan voz y autoridad a los diferentes grupos, de
modo que no haya una clase de seres humanos que domine
ni un único mapa que te diga cómo están
las cosas. Quizás lo que necesitamos no es reproducir
el desierto homogéneo del mundo consumista, sino
más bien parecernos a un bosque forestal que
tiene toda clase de nichos ecológicos para las
diferentes posibilidades de vida humana. En ese sentido,
no necesitamos menos jerarquía, sino más.
Necesitamos cantidad de instituciones y estructuras
que reconozcan y den la palabra y la autoridad a toda
esta diversidad de modos de ser miembros del pueblo
de Dios, tanto mujeres como parejas casadas, académicos,
doctores y órdenes religiosas. En la Edad Media
más bien era así. El emperador y la nobleza,
las grandes abadías de hombres y mujeres, las
universidades y las órdenes religiosas... todos
ofrecían focos alternativos de poder e identidad.
Teníamos muchos más mapas con los que
las personas podían encontrarse a sí mismas.
Leí
una vez en el Cardenal Newman, y después no he
podido nunca encontrar dónde, que la Iglesia
florece cuando reconocemos las diferentes formas de
autoridad. él nombra específicamente la
tradición, la razón y la experiencia.
Cada una pide respeto y necesita instituciones y estructuras
que la sustenten. La tradición está salvaguardada
por los obispos, la razón por las universidades
y centros de estudio, y la experiencia por toda clase
de instituciones, desde las órdenes religiosas
hasta la vida de matrimonio, allí donde la gente
escucha la Palabra y reflexiona sobre ella en su propia
vida. Lo que necesitamos no es el individualismo del
moderno desierto urbano, sino algo más parecido
a un bosque húmedo, con toda clase de nichos
ecológicos para animales diversos que puedan
crecer y multiplicarse y alabar a Dios con mil voces
diferentes.
¿Quiénes
somos nosotros los religiosos, y cuál es nuestra
vocación en la Iglesia? La respuesta a esta cuestión
importa, pero no precisamente porque pueda darnos confianza
para ir tirando e incluso para atraer nuevas vocaciones.
Es importante porque para responderla tenemos que reflexionar
sobre esa crisis de identidad que aflige a mucha gente
hoy; nadie ha sido creado por Dios para ser un consumidor
o un trabajador, para ser vendido y comprado en la plaza
del mercado como un esclavo. Si podemos recuperar la
confianza en nuestra vocación, seremos capaces
de mostrar algo de la vocación humana. La salida
que encontremos atañe al significado mismo del
ser humano.
La
identidad como vocación
Leí
el otro día que un niño americano de trece
años llamado Jimmy tuvo problemas porque él
y su familia insistían en su derecho de llevar
un pendiente en la escuela. Se fundaban en que “Cada
persona tiene derecho a escoger quién es”.
Desde luego, en cierto sentido uno se inclina a aplaudir
a Jimmy. No le falta razón. Corresponde al hecho
de ser alguien, de tener una identidad, el poder hacer
opciones significativas y decir: “éste
soy yo. Yo quiero llevar esos pendientes”. Pero
no se puede escoger en absoluto el ser alguien. Si yo
decidiera ponerme pendientes, ropa de cuero y circular
por Roma en moto, supongo que mis hermanos me pondrían
objeciones y me dirían: “Timothy, ése
no eres tú”. ¡Al menos espero que
lo hicieran! Yo no puedo decidir ser un punk, lo mismo
que no puedo decidir ser Tomás de Aquino.
Ser
alguien es ser capaz de tomar decisiones significativas
sobre su propia vida, pero de algún modo esas
decisiones deben estar relacionadas, componer una historia.
Se tiene una identidad porque las opciones que uno hace
a lo largo de su vida tienen una dirección, una
unidad narrativa. Lo que hago hoy debe tener sentido
a la luz de lo que hice antes. Mi vida sigue un patrón,
como una buena historia. Una de las razones por las
quelas profesiones y los empleos eran tan importantes
para la identidad humana es que daban una estructura
a los amplios fragmentos de la vida de una persona.
Un músico o un abogado o un carpintero no es
precisamente algo que uno hace, es una vida, desde la
juventud hasta la vejez, en el descanso y en el trabajo,
en la enfermedad y en la salud.
Pero
nuestra vocación de religiosos nos lleva a iluminar
la más profunda estructura narrativa de toda
vida humana. Durante mis primeras clases como novicio,
el maestro de novicios dibujó un gran círculo
en la pizarra y nos dijo: “Bien, chicos, ésta
es toda la teología que necesitáis conocer.
Todo viene de Dios y todo va a Dios”. ¡Resulta
que la cosa era un poco más compleja que eso!
Pero la pretensión de nuestra fe es que toda
vida humana es una respuesta a la invitación
de Dios a compartir la vida de la Trinidad. Esta es
la narrativa profunda en toda vida humana. Descubro
quién soy al responder a esta llamada. Lo que
le dijo a Isaías me lo dice a mí: “El
Señor me llamó antes de nacer, desde el
seno de mi madre él me nombró”.
Un nombre no es una etiqueta útil, sino una invitación.
Ser alguien no consiste en escoger una identidad en
la estantería del supermercado (ángel
del infierno, estrella pop, franciscano); consiste en
responder al que me convoca para toda mi vida: “Samuel,
Samuel”, llama la voz en la noche. Y él
responde: “Habla, Señor, que tu siervo
escucha”.
Jimmy
- espero que lleve ahora sus pendientes- tiene razón
en parte. La identidad tiene que ver con tomar opciones.
Pero no se trata precisamente de escoger quién
quieres ser, como uno escoge el color de sus calcetines;
la opción consiste en responder a esa voz que
le convoca a uno para toda la vida. La identidad es
un don, y la historia de mi vida está hecha de
todas esas opciones para aceptar o rechazar ese don.
Pablo
escribe a los Corintios: “Es Dios quien os ha
llamado a compartir la vida de su Hijo, Jesucristo nuestro
Señor, y Dios es fiel” (1 Cor 1,9). Lo
que quiero sugeriros esta mañana es que la vida
religiosa es una manera particular y radical de decir
“Sí” a esa llamada. De un modo puro
y simple, allana el terreno de toda vida humana, que
es una respuesta a una invitación. Con nuestro
extraño modo de vivir, hacemos explícito
el drama de toda búsqueda humana de identidad,
pues todo ser humano intenta captar el eco de la voz
de Dios que le llama por su nombre. Otras vocaciones
cristianas, como el matrimonio, también hacen
lo mismo, pero de manera diferente, como indicaré
más abajo.
Dejándolo
todo
Cuando
los religiosos discutimos sobre nuestra vocación,
pueden estar bien seguros de que antes de mucho rato
aparecerá la palabra “profético”.
Y esto se comprende. Nuestros votos están tan
directamente en contradicción con los valores
de nuestra sociedad que tiene sentido hablar de ellos
como profecías del Reino. La Exhortación
Apostólica Vita Consecrata utiliza el término.
Me encanta que otros utilicen la palabra al hablar de
nosotros, pero acepto de mala gana que nos la apropiemos
nosotros mismos. Podría representar una insinuación
de arrogancia: “Nosotros somos los profetas”.
A menudo no lo somos. Y sospecho que los auténticos
profetas dudarían a la hora de pedir para ellos
ese título. Como Amós, ellos tienden a
rechazar tal denominación y a decir: “Yo
no soy ni profeta ni hijo de profeta”. Prefiero
pensar que nosotros somos aquellos que dejan atrás
los signos habituales de identidad.
El
joven rico pregunta a Jesús: “¿Qué
me falta por hacer?”. “Jesús le dijo:
Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes
y dáselo a los pobres, así tendrás
un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme.
Cuando el joven oyó esto, se marchó con
el corazón triste, porque era un hombre muy rico”
( Mt 19, 20-22).
En
primer lugar, nuestra vocación muestra algo acerca
de la vocación humana por aquello que dejamos
atrás. Renunciamos a muchas de las cosas que
dan identidad a los seres humanos en nuestro mundo:
dinero, situación, pareja, una carrera. En una
sociedad en la que la identidad es ya tan frágil,
tan insegura, nosotros renunciamos a esa serie de cosas
que las personas buscan para tener seguridad, los apoyos
de nuestra poco segura percepción de quiénes
somos. Incesantemente repetimos la pregunta: ¿Quiénes
somos? Pero nosotros somos aquellos que renuncian a
los signos habituales de identidad. ¡Eso es lo
que somos! ¡No es sorprendente que tengamos problemas!
Hacemos
eso para aportar luz a la verdadera identidad de todo
ser humano. En primer lugar, mostramos que la identidad
de cada persona es un don. Ninguna identidad autocreada
es adecuada para responder a quiénes somos. Todas
las pequeñas identidades que podemos construirnos
con esfuerzo en esta sociedad son demasiado pequeñas.
Y en segundo lugar, mostramos que la identidad humana
no se nos da ahora. Es la historia completa de nuestras
vidas, desde el principio hasta el final y más
allá, la que nos enseña quiénes
somos.
San
Juan escribe: “Queridos, ahora somos hijos de
Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Pero sabemos que cuando Cristo se manifieste, seremos
como él, porque le veremos tal como es”
(1 Jn 3,2). Echar abajo los puntales es un signo de
que toda identidad humana es una sorpresa, un don y
una aventura.
Permitidme
ilustrar esto con algunos ejemplos. No se trata, por
supuesto, de hacer una teología de los votos,
sino de algunas sugerencias sobre cómo los votos
tienen que ver con la cuestión de la identidad
humana.
Obediencia
En
la Orden Dominicana, cuando haces la profesión,
pones las manos en las manos de tu superior y le prometes
obediencia. Supongo que en todas nuestras congregaciones,
de un modo u otro, es un momento duro y decisivo cuando
te pones en las manos de tus hermanos y hermanas y dices:
“Aquí estoy; enviadme donde queráis”.
Erik
Erikson definía el sentido de la identidad como
“un sentimiento de estar en casa en su propio
cuerpo, una sensación de saber a dónde
vamos, y un reconocimiento interior anticipado de aquellos
que cuentan”. Bien, la obediencia erradica limpiamente
esa sensación de saber a dónde vas. Se
nos da la gloriosa libertad de no saber a dónde
nos dirigen. El religioso es una persona que ha sido
liberada de la carga de tener una carrera.
Una
carrera es, para los humanos, una de las maneras de
contar la larga historia de su vida, y mostrar de un
vistazo quiénes son. Una carrera, para quienes
son lo suficientemente afortunados de tenerla, ofrece
una secuencia, una estructura para las etapas de la
vida de una persona, cómo van subiendo la escalera,
tanto en la universidad como en el ejército o
en la banca. Nosotros no tenemos eso. Es cierto que
muchas veces debemos ser elegidos para un cargo, pero
no subimos la escalera. Cuando yo hice mi profesión,
el 29 de septiembre de 1966, mi carrera terminó.
Yo soy, y sólo puedo ser, un fraile. Creo que
existe un documento oficial en Francia que incluye en
la lista de los “sin profesión” a
los curas y las prostitutas. Recuerdo que, como capellán
universitario, mi papel consistía en ser la única
persona en el campus sin ningún papel, que “merodeaba
con fines criminales”, como dice la policía
inglesa cuando arrestan a tipos sospechosos.
Y
no sólo estamos a disposición de nuestros
hermanos y hermanas para ir a donde seamos enviados;
somos obedientes a las voces de quienes nos llaman de
diferentes maneras. Recuerdo a un dominico francés
que vino a Oxford para aprender bengalí. Había
sido sacerdote obrero durante dieciséis años,
construyendo coches para la Citröen, o más
bien liderando huelgas y asegurándose de que
los coches no fueran construidos. Pero entonces Nicolás
y su Provincial llegaron a la conclusión de que
su vida había comenzado una nueva etapa, y que
debería ir a Calcuta y vivir con los más
pobres. Recuerdo que le pregunté qué pensaba
hacer allí. Y me respondió que no le tocaba
a él decirlo. Ya le dirían lo que tendría
que hacer.
La
invitación puede llegar por medio de las personas
más inesperadas. Nuestros hermanos en Vietnam
sufrieron muchos años de persecución y
encarcelamiento, y a menudo tuvieron que esconderse
entre la gente. Uno de ellos, un hombre encantador llamado
Francis, después de esconderse durante un tiempo,
fue finalmente capturado por la policía y metido
en la cárcel. Y dijo a quienes le capturaron:
“Debemos estaros agradecidos. Porque nosotros
los dominicos vivíamos juntos entre nosotros,
pero ahora que habéis venido a buscarnos, nos
habéis enviado en medio de la gente”.
El
voto de obediencia nos convoca más allá
de todas las identidades que una carrera pudiera darnos,
e incluso más allá de todas las identidades
que pudiéramos construirnos. Apunta hacia una
identidad que está abierta a todos aquellos cuya
vida no va a ninguna parte, que nunca han tenido una
carrera, que nunca tuvieron un trabajo, ni aprobaron
un examen o tuvieron un éxito. Nuestra renuncia
a una carrera es un signo de que todas las vidas humanas
se dirigen finalmente a alguna parte, aunque parezca
que muchas de ellas van hacia un callejón sin
salida, porque hay un Dios fiel que nos convoca a cada
uno de nosotros a vivir.
Cada
año la Comisión de Justicia y Paz de la
Conferencia Irlandesa de Superiores Mayores elabora
una crítica al presupuesto del gobierno, y los
ministros tiemblan cuando la esperan. Pero un día,
después de hacer un documento particularmente
duro, el Primer Ministro, Charlie Haughty, lo rechazó,
diciendo que era difícil tomar en serio las críticas
hechas por un grupo de personas que se llamaban a sí
mismos a la vez mayores y superiores. Ellos tomaron
nota, y cambiaron su nombre por el de Conferencia de
Religiosos. ¡Ojo, que no os estoy lanzando una
indirecta!
Castidad
El
voto de castidad es tan duro de sobrellevar tal vez
porque toca muchos aspectos de nuestra identidad. Pienso
que será tratado más ampliamente por otros
conferenciantes, así que sólo diré
unas palabras.
Para
la mayoría de los seres humanos, el signo fundamental
de su identidad es que hay otra persona para quien ellas
son el centro; su marido, esposa o compañero.
Nosotros no tenemos esto. A pesar de que yo pueda amar
y ser amado por muchas personas, yo no puedo definirme
a mí mismo por este tipo de relación.
Es tal la pérdida, tal la privación que
yo no creo que se pueda vivir provechosamente a no ser
que nuestra vida esté profundamente alimentada
por la oración.
Una
de las cosas más penosas, al menos para mí,
es que uno renuncia a la posibilidad de tener hijos.
En algunas sociedades esto significa que uno nunca puede
ser aceptado como un hombre. Recuerdo la desolación
de un sacerdote recién ordenado que fue a celebrar
misa a un convento de Edimburgo. Cuando al fin se abrió
la puerta, la hermana lo miró y dijo: “Oh,
es usted, padre; creí que era un hombre”.
Esto
me recuerda también a un hermano americano, uno
de cuyos nombres era María, de acuerdo con una
piadosa costumbre irlandesa. Estaba protestando a voz
en grito contra este mundo lleno de gente extraña
y pervertida tiempos. Y un hermano apartó el
periódico que estaba leyendo y dijo: “Vamos,
a ver si piensas tú que eres tan normal. Te llamas
María y llevas una falda”.
Uno
deja padre, madre, hermano, hermana, toda la red de
relaciones humanas que le dan a uno un nombre y un sitio
en el mundo.
Visité
Angola durante la guerra civil. Nunca olvidaré
un encuentro con los postulantes de los hermanos y las
hermanas de la capital, Luanda. Estaban separados de
sus familias por las luchas que rodeaban la ciudad y
se enfrentaban a un dilema moral. ¿Debían
intentar cruzar la zona de guerra para encontrar a sus
familias y apoyarles durante estos tiempos terribles,
o debían permanecer en la Orden? Para los africanos,
con un profundo sentido de familia y tribu, era una
situación terrible. Y nunca olvidaré a
la joven hermana que se levantó y dijo: “Dejad
que los muertos entierren a los muertos; nosotros debemos
quedarnos para predicar el Evangelio”.
Así,
pues, nuestras vidas están marcadas por una gran
ausencia, un vacío. Pero esto no tiene sentido
a menos que se viva alegremente, como una parte de una
historia de amor, que es el misterio profundo de toda
vida humana. Incluso debe ser vivido apasionadamente,
como signo de ese amor de Dios que llama a cada ser
humano a la plenitud de vida. De otro modo es infructuoso
y estéril.
Por
tanto en nuestro voto de castidad debemos ser un signo
de lo que es el destino de todo ser humano. Todos somos
convocados por ese amor, incluso aquellos cuyas vidas
parecen privadas de afecto, quienes no tienen cónyuge,
ni familia, ni hijos, ni tribu, ni clan, los completamente
solos.
Pobreza
Es
evidente que el voto de pobreza apunta al corazón
de lo que da a la gente una identidad en el mundo del
mercado global. Es la renuncia del status que se alcanza
con los ingresos, la habilidad de alguien que compra
y vende. Nos invita a ser un auténtico antisigno
en nuestra cultura del dinero. Desde luego que a menudo
no lo somos. Mientras escribo estas palabras en lo alto
de una colina sobre el Tíber en nuestro enorme
priorato de Santa Sabina, puedo ver una pequeña
chabola en el banco del río, donde una familia
está viviendo y poniendo a secar su ropa. Si
llueve y sube el nivel del río, su casa será
arrastrada por la riada. Los miro, y me sonrojo al pensar
cómo nos ven ellos a nosotros.
Recuerdo
cómo una de nuestras provincias concluyó
una semana de discusión sobre el voto de pobreza
con un banquetazo en un restaurante caro. Uno de los
hermanos dijo: “Bien, si la semana sobre la pobreza
termina aquí, ¡dónde acabaremos
todos nosotros el próximo año después
de la semana de discusión sobre la castidad!”.
Pero
durante mis viajes en todas partes he encontrado comunidades
de religiosos y religiosas, de todas las congregaciones,
que comparten sus vidas con los pobres, que son signos
vivos de que ninguna vida humana está destinada
a terminar en un asqueroso basurero, de que toda persona
tiene la dignidad de hijo de Dios. Estas Navidades he
celebrado la Misa del Gallo con uno de nuestros hermanos,
Pedro, quien literalmente vive en las calles de París.
Celebró la fiesta con un millar de vagabundos
en una gran carpa, en un altar hecho con cajas de cartón,
para simbolizar que Cristo nació esa noche para
todos los que viven en cajas de cartón bajo los
puentes de París. Cuando sacó el corcho
de la botella de vino para el ofertorio, ¡estallaron
los aplausos de la gente!
En
cada uno de esos votos vemos cómo se deja atrás,
abandonado, algún pilar de la identidad humana.
Cedemos las cosas habituales que nos dicen quiénes
somos, y que somos importantes, y que nuestras vidas
tienen sentido. No es de extrañar que nos sintamos
inseguros sobre nuestra identidad. Pero tal vez nuestra
libertad no consiste ni siquiera en preocuparnos sobre
quiénes somos. Deberíamos estar mucho
más interesados en quién es Dios. Como
Tomás Merton escribió en una ocasión:
“Me has llamado aquí no para llevar una
etiqueta por la cual yo pueda reconocerme a mí
mismo dentro de alguna categoría de gente. Tú
no quieres que yo piense sobre quién soy yo,
sino sobre quién eres Tú. O, más
bien, ni siquiera quieres que piense mucho sobre nada,
para así poderme elevar Tú por encima
del nivel del pensamiento. Y si yo estoy siempre intentando
representarme qué soy, y dónde estoy,
y por qué estoy, ¿cómo podrá
realizarse esto?”.
En
su autobiografía, La larga marcha hacia la Libertad,
Nelson Mandela describe su gran orgullo y alegría
cuando compró su primera casa en Johanesburgo.
No era mucho, pero se había convertido en un
hombre. Un hombre debe poseer tierras y engendrar hijos.
Pero a causa de la lucha por su pueblo, él difícilmente
vivía en esa casa o veía a su familia.
Hizo una opción muy parecida a la de nuestros
votos. Escribió: “Era ese deseo de la libertad
de mi pueblo para poder vivir su propia vida con dignidad
y respeto por sí mismo lo que animó mi
vida, lo que transformó a un joven asustado en
atrevido, lo que hizo que un abogado observante de la
ley se convirtiera en un criminal, lo que transformó
a un marido amante de su familia en un hombre sin hogar,
lo que forzó a un vividor a vivir como un monje.
Yo no soy más virtuoso o sacrificado que cualquier
otro, pero me pareció que yo ni siquiera podría
disfrutar de la pobre y limitada libertad que se me
permitía mientras supiera que mi pueblo no era
libre. La libertad es indivisible: las cadenas de uno
solo de mi pueblo eran las cadenas de todos ellos, y
las cadenas de mi pueblo eran mis propias cadenas”.
Mandela
perdió su esposa, su familia, su libertad, su
carrera, salud y status, a causa de su gran hambre de
libertad para su pueblo. Su encarcelamiento era un signo
de la dignidad escondida de su pueblo que un día
saldría a la luz. Pocas comunidades religiosas
serán tan duras como Robben Island, pero también
nosotros dejamos atrás mucho de lo que podría
darnos una identidad, como signo de la escondida dignidad
de los que han muerto en Cristo. Porque, como escribe
Pablo a los Colosenses, “Habéis muerto,
y ahora vuestra vida está oculta con Cristo en
Dios. Cuando aparezca Cristo, nuestra vida, entonces
vosotros apareceréis juntamente con él
en gloria” (Col 3, 3-4).
La
mañana de Pascua, Pedro y el discípulo
amado corren hacia el sepulcro vacío. Pedro ve
solamente una pérdida, la ausencia de un cuerpo.
El otro discípulo ve con los ojos de alguien
que ama, y ve un vacío relleno con la presencia
del Resucitado. También puede ser que nuestras
vidas parezcan marcadas por ausencia y pérdida,
pero quienes miran con ojos de amor pueden verlas rellenas
con la presencia del Señor Resucitado.
No
quisiera hacer una consideración exclusiva en
favor de nuestras vocaciones de religiosos y religiosas.
Todas las vocaciones humanas, de médicos, profesores,
trabajadores sociales, etc., dicen algo acerca de la
vocación humana, que consiste en responder a
la llamada de Dios que nos invita al Reino. Lo que es
específico de nuestra vocación es que
muestra este destino universal mediante el abandono
de otras identidades. La Exhortación Apostólica
Vita Consecrata habla de nosotros como de “símbolos
escatológicos”. Y seguramente esto es cierto.
Además, me llama la atención. Sería
hermoso que pudiéramos escribir en nuestro pasaporte,
donde dice profesión, “símbolo escatológico”.
Pero alguien puede argumentar que, más aún
que nosotros, es el matrimonio el que constituye un
símbolo escatológico. Es la consumación
del amor, ese “sabbath” del espíritu
humano, cuando dos personas permanecen en amor mutuo,
lo que nos da un símbolo del reino que anhelamos.
Quizás nosotros somos un signo del viaje, y las
parejas casadas, del destino.
Una
ecología para el florecimiento
He
intentado dar una definición de la identidad
de la vida religiosa. Se trata de una definición
paradójica, porque nos define como aquellos que
han renunciado a la identidad tal como la entiende nuestra
sociedad. Pero no podemos detenernos ahí (¡muchos
de nosotros quisiéramos hacerlo!). En nuestra
sociedad, que es hostil a la simple idea de vocación,
y que está echando por tierra el sentido de identidad
y vocación de todo ser humano, una definición
clara no es suficiente. Sería como intentar confortar
a los tigres amenazados de extinción con una
hermosa definición de la tigreidad.
En
este desierto humano que es el mercado global, necesitamos
construir un contexto en el que los religiosos puedan
florecer actualmente y ser invitaciones vivas a caminar
en el camino del Señor. Lo que hace una orden
o congregación particular es ofrecer un contexto
concreto. En el mundo de hoy, estamos tentados de considerar
las órdenes religiosas como multinacionales en
competencia: ¿quiere gasolina jesuita de alto
octanaje, o gasolina sin plomo franciscana? Pero la
imagen que a mí me parece más adecuada
es la de cada instituto como un miniecosistema que sustenta
una forma de vida diferente. Para florecer como mariposa
hace falta algo más que una hermosa definición,
hace falta un contexto ecológico que permita
pasar de huevo a gusano, y de crisálida a mariposa.
Algunas mariposas necesitan ortigas, estanques y algunas
plantas raras, de otro modo no pueden salir adelante.
Para otras variedades de mariposas, la presencia de
excrementos de oveja parece ser vital. Cada congregación
religiosa se caracteriza por ofrecer una nicho ecológico
diferente para cualquier modo particular de ser un ser
humano. ¡De cualquier modo, me resistiré
a la tentación de pensar cuántas formas
de mariposas o de órdenes diferentes me vienen
al pensamiento, de momento!
Una
orden religiosa es como un entorno. Construir la vida
religiosa es como hacer una reserva natural en una construcción
antigua. Tienes que plantar algunas ortigas por aquí,
cavar un estanque allá, y en ese plan. ¿Qué
necesitan nuestros hermanos y hermanas para florecer
en este viaje, cuando han dejado atrás carrera,
riqueza, status y la seguridad de una pareja? ¿Qué
necesitan mientras hacen esta dura peregrinación
del noviciado a la tumba? Cada congregación tendrá
sus propios requerimientos, sus propias necesidades
ecológicas, su propia identidad. Y esto me lleva
a una aparente paradoja: he definido la identidad de
la vida religiosa como el abandono de la identidad,
dejando atrás los puntales e indicadores que
dicen a la gente quiénes somos. Y sin embargo
nuestras órdenes y congregaciones nos ofrecen
identidades. Cada uno tenemos nuestro estilo distintivo.
¡Por
eso tenemos esos chistes horribles sobre jesuitas, franciscanos
y dominicos cambiando lámparas eléctricas!
Recuerdo
que cuando dije a un tío abuelo mío benedictino
que quería ser dominico, me miró con dudas
y me dijo: “¿Estás seguro de que
es una buena idea? ¿No se supone que ellos son
más bien listos?”. Y después de
pensar un poco, dijo: “No, pensándolo bien,
he conocido montones de dominicos estúpidos”.
Pero
la paradoja sólo lo es en apariencia. Cada congregación
ofrece una identidad, pero es una manera particular
de caminar tras el Señor, una manera particular
de autoolvido. Un carmelita será feliz de serlo
no porque ello le da un status, sino porque es una manera
particular de renunciar a él. Necesito deleitarme
en mi orden, con sus piedras, sus santos, sus tradiciones,
para así poder crecer en el valor de renunciar
a todo lo que la sociedad considera importante. Me gusta
la historia del Beato Reginaldo de Orleans, uno de los
frailes más antiguos, quien dijo al morir que
no había tenido mucho mérito siendo dominico,
porque había disfrutado mucho con ello. Necesito
historias como ésa para animarme a florecer como
un fraile pobre, casto y obediente, para gozar de ello
como libertad, y no como prisión. Necesito historias
como ésa para liberarme de la preocupación
por mí mismo.
Por
eso siento una gran simpatía por los jóvenes
religiosos que a menudo piden hoy signos claros de su
identidad como miembros de una orden religiosa. La aventura
de mi generación, que creció con un fuerte
sentido de identidad católica e incluso dominicana,
fue deshacerse de los símbolos que nos colocaban
aparte de los demás, como el hábito; y
sumergirnos en la modernidad, dejándonos probar
por sus dudas y compartiendo sus preguntas.
Eso
fue correcto y fructífero. Pero los jóvenes
que vienen a nosotros hoy a menudo son los hijos de
esa modernidad, y han sido perseguidos por sus preguntas
desde la niñez. Ellos tienen otras necesidades,
signos claros de ser miembros de una comunidad religiosa,
que les sostenga en esta muy extraña manera de
ser un ser humano.
Una
última observación: necesitamos un entorno
que nos sostenga en nuestro crecimiento personal. El
hecho de que estemos llamados a dejar atrás esas
cosas que nuestra sociedad considera como símbolos
de status e identidad no significa que estemos dispensados
de las dificultades de crecer para llegar a ser seres
humanos maduros y responsables. Todos conocemos a hermanos
que quieren ordenadores cada vez más caros mientras
proclaman que el voto de pobreza les excusa de preocuparse
por el dinero.
Lo
que podemos ver con nuestros propios ojos es que renunciar
a la familia, el poder, la riqueza y la autodeterminación
no nos convierte en unos flojos. ¡Nadie dirá
que Nelson Mandela tiene una personalidad débil!
Pero este crecimiento hacia la madurez nos pedirá
que por través de momentos de crisis. ¿Nos
sostendrán nuestras comunidades entonces? ¿Nos
ayudarán a vivir esos momentos de muerte como
momentos también para renacer? Una vez preguntaron
a un monje anciano qué hacían en el monasterio,
y respondió: “¡Oh, caemos y nos levantamos,
caemos y nos levantamos, caemos y nos levantamos!”.
Necesitamos un entorno en el que podamos caer y levantarnos,
mientras avanzamos titubeantes hacia el Reino.
Conclusión
Permitidme
concluir resumiendo en un minuto el viaje que hemos
hecho durante esta conferencia.
La
cuestión que se me planteó era ésta:
¿cuál es la identidad de la vida religiosa
hoy? Respondo diciendo que debemos situarnos en el contexto
de una sociedad en la que mucha gente sufre una crisis
de identidad. El mercado global elimina todo tipo de
vocación, lo mismo si eres médico que
si eres sacerdote o conductor de autobús.
El
valor de la vida religiosa consiste en que ofrece una
vívida expresión del destino de todo ser
humano. Pues cada ser humano descubre su identidad en
la respuesta a la invitación de Dios a compartir
la vida divina. Nosotros estamos llamados a ofrecer
una particular y radical respuesta a esa vocación
renunciando a cualquier otra identidad que pueda seducir
nuestros corazones. Otras vocaciones, como el matrimonio,
dan respuestas alternativas a ese destino humano.
Terminaba
diciendo que no podemos conformarnos con una bonita
definición. Necesitamos más que eso para
seguir avanzando en nuestro viaje. Cada orden o congregación
religiosa debe ofrecer el entorno necesario para sostenernos
en el camino. Y, si no somos seducidos por la sociedad
de consumo, si vamos a ofrecer islas de contracultura,
entonces tendremos que trabajar mucho para construir
ese entorno en el cual nuestros hermanos y hermanas
puedan florecer.

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