
omingo
nos fascina por su libertad, la de un predicador itinerante
pobre, libertad para fundar una Orden distinta de las
que existían hasta entonces. Se sintió libre para dispersar
la pequeña y frágil comunidad que había reunido en torno
a sí mismo y enviarla a las Universidades, libre para
aceptar las decisiones de los hermanos reunidos en Capítulo,
incluso cuando no estaba de acuerdo con ellas. Era la
libertad de una persona compasiva, que se atrevió a
ver y a reaccionar.
Santo
Domingo un hombre de libertad y gobierno
La
Orden floreció siempre que vivió con la libertad de
corazón y de espíritu de Domingo. ¿Cómo podemos renovar
hoy esta libertad, que es propia y profundamente dominicana?.
Tiene varias dimensiones: simplicidad de vida, itinerancia,
oración. En esta carta quisiera centrarme concretamente
en uno de los pilares de nuestra libertad: el buen gobierno.
Estoy convencido, después de haber visitado no pocas
Provincias de la Orden, de que la libertad dominicana
típica se manifiesta en nuestra manera de gobernar.
Domingo no nos dejó una espiritualidad contenida en
una colección de sermones o de textos teológicos. En
lugar de eso hemos heredado, de él y de los primeros
hermanos, una forma de gobierno que nos libera para
responder con compasión a los que tienen hambre de la
Palabra de Dios. Cuando ofrecemos nuestra vida para
la predicación del evangelio, tomamos en nuestras manos
el libro de la Regla y las Constituciones. La mayor
parte de las Constituciones se refieren al gobierno.
Puede
parecer sorprendente. En la cultura contemporánea se
admite generalmente que el gobierno consiste en controlar,
en limitar la libertad de los individuos. Y en efecto,
¡muchos dominicos podrían caer en la tentación de pensar
que la libertad consiste en evadirse del control de
los superiores entrometidos!. Pero nuestra Orden no
se divide en "gobernantes" y "gobernados". El gobierno
nos capacita más bien para compartir una responsabilidad
común a nuestra vida y misión. El gobierno está en la
raíz de nuestra fraternidad. Nos forma como hermanos,
nos libera en orden a ser "útiles a las almas de los
prójimos". Cuando admitimos a un hermano en la Orden,
expresamos nuestra confianza en que va a ser capaz de
ocupar su lugar en el gobierno de su comunidad y Provincia,
en que contribuirá a nuestras deliberaciones y nos ayudará
a llegar a conclusiones fructíferas y a ponerlas en
práctica.
Nuestra
edad está tentada por el fatalismo, por la creencia
de que frente a los problemas de nuestro mundo no podemos
hacer nada. Y esta pasividad puede contagiar también
a la vida religiosa. Compartimos la libertad de Domingo
cuando, movidos por la urgencia de predicar el evangelio,
nos atrevemos a tomar decisiones difíciles, bien sea
emprender una nueva iniciativa, cerrar una comunidad
o sobrellevar un apostolado difícil. Para mantener viva
esta libertad es necesario un buen gobierno. Lo contrario
a gobierno no es libertad sino parálisis.
En
esta carta no intentaré hacer observaciones detalladas
sobre la aplicación de las Constituciones. Esto compete
a los Capítulos Generales. Quisiera más bien señalar
cómo tocan las Constituciones algunos de los aspectos
más profundos de nuestra vida religiosa, como son nuestra
fraternidad y nuestra misión. No es suficiente aplicar
las Constituciones como si fueran simplemente un conjunto
de reglas. Tenemos que desarrollar lo que podría llamarse
una "espiritualidad del gobierno", que nos ayude a crecer
juntos como hermanos y como predicadores.
Estos
comentarios se basarán en mi experiencia en el gobierno
de los hermanos. Por eso, lo que diré no siempre será
aplicable a las otras ramas de la Familia Dominicana.
Pero espero que sea útil para nuestras religiosas contemplativas,
para las de vida activa y para el laicado, que tienen
que hacer frente a retos semejantes.
"La
Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros,
y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre
como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Juan
1,14). Estas palabras de Juan ayudarán a estructurar
estas sencillas reflexiones acerca del gobierno. Puede
parecer absurdo elegir un texto tan rico teológicamente
como base de una exploración acerca del gobierno. Quiero
evidenciar que el reto de un buen gobierno consiste
en encarnar en nosotros esa gracia y esa verdad.
1.
La Palabra que viene a nosotros está "llena de gracia
y de verdad"
En
la primera sección de la carta se reflexiona sobre el
objetivo de todo gobierno, que consiste en hacernos
libres para la predicación del evangelio. Todo gobierno
en la Orden tiene como finalidad esta misión común.
2.
Esta Palabra "puso su Morada entre nosotros"
En
la segunda sección de la carta consideraremos los principios
fundamentales del gobierno dominicano. Elemento central
de nuestra práctica de gobierno es reunirnos en el Capítulo,
participar en los debates, votar y tomar decisiones.
Pero esos encuentros no serían más que mera administración
en el mejor de los casos, y grupos politizados en el
peor, si no forman parte de nuestra acogida cordial
de la Palabra de Dios para que establezca su morada
entre nosotros. El gobierno tiene que nutrirse de una
fraternidad vivida.
3.
Esta Palabra de Dios se hizo carne
Finalmente,
esta hermosa teoría sobre el gobierno debe hacerse carne
en la realidad compleja de nuestras vidas, en nuestros
conventos, Provincias y en toda la Orden. En la última
sección haré algunos comentarios sobre la relación entre
los diferentes niveles de responsabilidad en la Orden.
1.
La Palabra se hizo carne "llena de gracia y de verdad".
La
intención del gobierno dominicano
1.1.
Libertad para la misión
En
la visión de Santa Catalina el Padre dice de Domingo:
"Tomó el oficio de mi Hijo unigénito, el Verbo. Realmente
parecía un apóstol en el mundo. Esparcía mis enseñanzas
con tanta verdad y luz, que disipaba las tinieblas y
hacía que brillara la luz". Todo gobierno en la Orden
tiene como finalidad el nacimiento de la Palabra de
Dios, la prolongación de la Encarnación. El test del
buen gobierno consiste en ver si está al servicio de
la misión. Por eso, ya desde los comienzos de la Orden,
el superior tenía la facultad de dispensar de nuestras
leyes, "sobre todo en aquello que pueda impedir el estudio,
la predicación o la salvación de las almas".
Es
fundamental para la vida de los hermanos reunirse en
Capítulo, tanto Conventual como Provincial o General,
para tomar decisiones sobre nuestras vidas y sobre nuestra
misión. Desde los comienzos de la Orden hemos llegado
a esas decisiones de manera democrática, mediante un
debate que concluye con el voto. Pero lo que hace que
este proceso democrático sea verdaderamente dominicano
es que no estamos simplemente intentado descubrir la
voluntad de la mayoría, sino cuáles son las necesidades
de la misión. ¿A qué misión somos enviados?. La Constitución
Fundamental de la Orden deja bien clara esta conexión
entre nuestro gobierno democrático y la respuesta a
las necesidades de la misión: "El gobierno comunitario
es, por cierto, apropiado para la promoción de la Orden
y para su frecuente revisión ... Esta constante renovación
es necesaria no sólo como exigencia del espíritu de
perenne conversión cristiana, sino también como postulado
de la vocación propia de la Orden que la impulsa hacia
una presencia en el mundo adaptada a cada generación"
(VII).
Nuestras
instituciones democráticas nos permiten asumir responsabilidades
o evadirlas. Somos libres para tomar decisiones que
pueden poner nuestra vida al revés, o para instalarnos
en la inercia. Tenemos la posibilidad de elegir superiores
que pueden atreverse a pedirnos más de lo que pensamos
que podemos dar, o de elegir a un hermano que nos dejará
en paz. Pero seamos claros en esto: nuestra democracia
sólo será dominicana cuando nuestro debate y nuestro
voto estén encaminados a escuchar la Palabra de Dios
que nos llama a seguir el camino del discipulado.
Toda
institución puede sentir la tentación de convertir su
perpetuación en el fin último. Una compañía que fabrica
coches no existe por un deseo compasivo de responder
a la necesidad que tiene la humanidad de coches, sino
que busca siempre la expansión y el desarrollo de dicha
compañía. También nosotros podemos caer en esa tentación,
especialmente cuando hablamos de nuestras instituciones
con términos tomados del mundo de los negocios: el Provincial
y su consejo pueden convertirse en "La administración"
y el síndico en "Director de negocios". Podemos referirnos
incluso a los hermanos como "el personal". ¿Qué madre,
al anunciar el nacimiento de un nuevo hijo, dice que
aumentó el personal de la familia?. Pero nuestras instituciones
existen con otra finalidad, que está fuera de nosotros
mismos, y consiste en movilizar a los hermanos para
la misión.
En
Vidas de los hermanos hay un relato de un gran
abogado de Vercelli, que corrió hacia Jordán de Sajonia,
se postró a sus pies, y todo lo que pudo decir fue:
"Soy de Dios". Jordán le contestó: "Puesto que pertenecéis
a Dios, nosotros, en su nombre, os consagramos a él".
Todo hermano es un regalo de Dios, pero nos es dado
para que podamos devolvérselo, formándolo para la misión
y liberándolo para la predicación.
El
principio de todo gobierno es la atención, escuchar
juntos la Palabra de Dios, abrir nuestros oídos a las
necesidades de la gente. En una bendición dominicana
del siglo XIII, los hermanos piden al Espíritu Santo:
"ilumínanos y danos ojos para ver, oídos para oír, manos
para hacer el trabajo de Dios y boca para predicar la
Palabra de salvación, y que el ángel de la paz vele
por nosotros y nos conduzca finalmente al Reino, por
gracia de Dios". Cada vez que nos reunimos, tanto en
Consejo como en Capítulo, pedimos al Espíritu Santo
que nos conceda ojos para ver y oídos para oír, pero
lo que vemos y oímos puede muy bien llevarnos a donde
no quisiéramos ir. La compasión puede dar un giro total
a nuestra vida.
Y
si la misión es el fin de todo gobierno, ¿dónde está
su principio?. Sin duda alguna, está en que "hemos visto
su gloria, gloria de Hijo único del Padre". El gobierno
es el ejercicio de la responsabilidad, y por eso expresa
en el fondo nuestra respuesta a quien nos ha revelado
su gloria. La contemplación del Hijo único es la raíz
de toda misión y, por tanto, el origen de todo gobierno.
Fuera de esta calma no hay movimiento. Todo gobierno
nos lleva de la contemplación a la misión. Sin ello
nos limitamos a practicar una mera administración.
1.2.
La tarea del gobierno es la misión común
"
La Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros".
La Palabra de salvación nos reúne en comunión, con la
Trinidad y entre nosotros. En esta Palabra encontramos
nuestra verdadera libertad, que es la libertad para
pertenecernos los unos a los otros en gracia y verdad.
La buena nueva que predicamos consiste en que podemos
establecer nuestra morada en el Dios Trino.
Si
la predicación del evangelio es un llamamiento a la
comunión, el predicador no puede ser nunca una persona
solitaria, comprometido solamente en su propia misión.
Toda nuestra predicación es un compartir una tarea común,
una invitación a pertenecer a la misma casa común. Puesto
que la finalidad del gobierno en la Orden es la misión
de predicar, su reto principal está en reunir a los
hermanos en la misión común, misión de la Orden y de
la Iglesia. Los discípulos no fueron enviados en solitario.
Nada
paraliza tanto el buen gobierno como el individualismo
por el que un hermano puede llegar a estar tan apegado
a "mi proyecto", a "mi apostolado", que deja de estar
disponible para la misión común de la Orden. La privatización
de la predicación no sólo hace difícil desarrollar y
mantener proyectos comunes. Hablando de manera más radical,
puede ofrecer una falsa imagen de la salvación a la
que estamos llamados, o sea, a la unidad en gracia y
verdad. En el fondo es rendirse ante una falsa imagen
de lo que significa ser verdaderamente humanos, es decir,
el individuo solitario cuya libertad consistiría en
la autodeterminación, liberado de la interferencia de
otros.
Uno
de los principales retos del gobierno es negarse a que
la misión común de la Orden se vea paralizada por tal
individualismo. La libertad de Domingo, que creemos
que es tan característica en la Orden, no es la libertad
para realizar en solitario nuestra propia tarea, libres
de la intervención de los superiores. Es la libertad
de darnos a los demás sin reservas, con la loca generosidad
de la Palabra hecha carne.
Hay
formas de predicar el evangelio que no son fácilmente
compartibles. Por ejemplo, un hermano o hermana que
predican mediante la poesía, la pintura o incluso la
investigación, tienen que trabajar frecuentemente en
solitario. Pero aún así deben mostrar que no están precisamente
"haciendo sus propios asuntos" sino que también ellos
están contribuyendo a la misión común. La Orden está
más viva cuando aprovecha el dinamismo de los hermanos.
Lo más liberador que puede hacer algunas veces el superior
es mandar a un hermano que se dedique a lo que en lo
más profundo de sí mismo quiere y es capaz de hacer.
La misión común puede pedirnos, a veces, que aceptemos
tareas que nunca hubiéramos elegido nosotros mismos,
que abandonemos un apostolado que nos era muy querido
en pro del bien común. No solamente necesitamos predicadores
y pastores, sino síndicos y secretarios, superiores
y administradores. También esto forma parte de la predicación
de esta Palabra que nos reúne en comunidad.
2.
"La Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros".
Los principios básicos del gobierno dominicano
Las
Constituciones nos dicen que "lo primero para lo que
nos congregamos en comunidad es para vivir unánimes
en casa, teniendo una sola alma y un solo corazón en
Dios" (LCO 2,I). Puede parecer que esto contradice la
finalidad principal de la Orden, es decir, ser enviados
para predicar la Palabra de Dios. De hecho la vida dominicana
estuvo siempre marcada por una saludable y necesaria
tensión. Debemos vivir juntos la gracia y la verdad
por las que somos enviados a predicar; de otro modo
no tendremos nada que decir. La misión común que compartimos
está fundada en la vida común que vivimos.
Esta
misma tensión se encuentra en nuestro gobierno. Porque
si bien es verdad que la finalidad de todo gobierno
es liberar a los hermanos para la predicación, no lo
es menos que éste se basa en nuestra fraternidad. Nuestra
democracia fracasará si no intentamos vivir juntos en
unidad de mente y corazón. En la visión de Santa Catalina,
el Padre le dice que "en la navecilla de Domingo se
hallan juntos perfectos e imperfectos". La Orden es
una casa para pecadores. Y esto significa que para conseguir
un buen gobierno no siempre basta con aplicar las Constituciones
sin más, reunir Capítulos, votar y tomar decisiones.
T. S. Eliot habla de la gente que "sueña con sistemas
tan perfectos que nadie necesitará ser bueno". En el
fondo, nuestro sistema de gobierno se basa en la búsqueda
de la virtud. La carne tiene que convertirse en palabra
y comunión, y el variado grupo de individuos que somos
nosotros debe tornarse comunidad.
2.1.
Poder, autoridad y responsabilidad
Para
que haya un buen gobierno tenemos que vivir honestamente
nuestras relaciones de poder, autoridad y responsabilidad.
Puede parecer raro que no incluya una sección sobre
la obediencia. Pero de hecho ya escribí ampliamente
sobre ella en mi Carta a la Orden "Entregados a la misión".
¡Esta carta será ya muy larga sin tener que repetir
lo que escribí en otra parte!. Además, todo lo que escribo
en esta carta acerca del gobierno es un comentario de
las implicaciones de nuestro voto de obediencia, mediante
el cual nos entregamos incondicionalmente a la misión
común de la Orden.
Poder
Nuestra
vida común nos confronta inevitablemente con la cuestión
del poder. Generalmente no nos gusta hablar del poder,
a no ser que pensemos que se abusa de él. La palabra
parece casi inapropiada para expresar la relación de
fraternidad que nos une. Pero toda comunidad humana
está marcada por relaciones de poder, y las comunidades
dominicanas no están exentas de ello. Cuando hacemos
nuestra profesión nos ponemos en las manos de los hermanos.
Nuestros hermanos tomarán decisiones sobre nuestras
vidas que quizá no nos agraden e incluso podremos pensar
que son injustas. Podemos ser asignados a lugares a
los que no queremos ir, o ser elegidos para puestos
de responsabilidad que no queremos asumir.
Todo
hermano tiene poder, por lo que dice o no dice, por
lo que hace o no hace. Todas las cuestiones que trataremos
en esta carta - la democracia del Capítulo, las votaciones,
la relación entre los diferentes niveles de gobierno
en la Orden - exploran aspectos del poder que todos
tenemos en nuestras relaciones con los demás. Y si nuestra
predicación debe tener fuerza, tenemos que vivir esas
relaciones de poder abierta y sanamente, de acuerdo
con el evangelio.
La
vida de Jesús manifiesta una relación paradójica con
el poder. Fue hombre de palabras poderosas, que invitaba
a los discípulos a seguirlo, que curaba a los enfermos,
expulsaba a los demonios, resucitaba a los muertos y
se atrevía a enfrentarse con las autoridades de su tiempo.
Pero aún así era el hombre impotente que rechazaba la
protección de la espada de Pedro y que fue colgado en
una cruz.
En
este hombre fuerte y vulnerable, el poder actuaba siempre
curando y vivificando. Nunca derribó, oscureció, empequeñeció
o destruyó. No se trataba de ejercer un poder sobre
el pueblo sino más bien de un poder que él mismo les
daba. En efecto, era el más poderoso precisamente negándose
a ser cauce de violencia, soportándola en su cuerpo
y permitiendo que se acabara con él. Tomó en sus propias
manos su pasión y su muerte y la hizo fructuosa, don,
eucaristía.
En
nuestras comunidades el buen gobierno exige que vivamos
en este sentido las relaciones de poder, dándoselo a
nuestros hermanos en vez de minarlos. Esto nos pide
la valentía de ser vulnerables. Josef Pieper escribió:
"La fortaleza supone vulnerabilidad; sin vulnerabilidad
no se daría ni la posibilidad misma de la fortaleza.
En la medida en que no es vulnerable, está vedado al
ángel participar de esta virtud. Ser fuerte o valiente
no significa sino esto: poder recibir una herida. Si
el hombre puede ser fuerte, es porque es esencialmente
vulnerable". Nuestro gobierno nos invita a vivir esta
audaz vulnerabilidad.
Autoridad
Todo
gobierno depende del ejercicio de la autoridad. El hecho
de que la suprema autoridad de la Orden sea el Capítulo
General es un reconocimiento de que para nosotros la
autoridad se concede a todos los hermanos. La sucesión
de nuestros Capítulos Generales, de Definidores y de
Provinciales, indica que para nosotros la autoridad
es polifacética. Los superiores gozan de autoridad en
virtud de su cargo; los teólogos y pensadores, en virtud
de su conocimiento; los hermanos comprometidos en apostolados
pastorales, en virtud de su contacto con la gente que
se esfuerza por vivir la fe; los hermanos mayores, a
causa de su experiencia; a los hermanos jóvenes la autoridad
les viene de su conocimiento del mundo contemporáneo
con sus problemas.
El
gobierno funciona bien cuando reconocemos y respetamos
la autoridad que tiene cada hermano y rechazamos absolutizar
cualquier forma de autoridad única. Si hiciéramos absoluta
la autoridad de los superiores, la Orden dejaría de
ser una fraternidad; si aceptáramos como absoluta la
autoridad de los pensadores, seríamos una institución
académica bien rara; si lo hiciéramos con los pastores,
traicionaríamos la misión en la Iglesia; si aceptáramos
como indiscutible la autoridad de los ancianos, no tendríamos
futuro; si diéramos autoridad sólo a los jóvenes no
tendríamos raíces. La salud del buen gobierno depende
de que permitamos la interacción de todas las voces
para construir nuestra comunidad.
Además,
formamos parte de la Familia Dominicana. Esto significa
que también estamos llamados a escuchar la voz de nuestras
monjas, hermanas y laicos. También estos tres grupos
deben tener autoridad en nuestras deliberaciones. Las
monjas tienen una autoridad que deriva de sus vidas
dedicadas a la contemplación; nuestras hermanas tienen
una autoridad que proviene de sus vidas como mujeres
con una amplia variedad de experiencias pastorales.
Frecuentemente pueden enseñarnos mucho gracias a su
cercanía al pueblo de Dios, especialmente a los pobres.
Va habiendo además cada vez más hermanas con una formación
teológica que tienen mucho que enseñarnos. Los laicos
tienen una autoridad a causa de sus diferentes experiencias,
conocimientos y a veces debido a su matrimonio, paternidad
y maternidad. Parte de lo que ofrecemos a la Iglesia
está en que somos una comunidad en la que cada una de
esas autoridades debería ser reconocida.
Responsabilidad
Todo
gobierno es ejercicio de nuestra responsabilidad compartida
en pro de la vida y misión de la Orden. Su fundamento
es la confianza que debemos tener los unos en los otros.
Cuando Santo Domingo envió a los jóvenes hermanos a
predicar, los cistercienses se escandalizaban de la
confianza que ponía en aquéllos. Pero él les replicó:
"Lo sé, estoy seguro que de mis jóvenes saldrán y volverán,
serán enviados y regresarán; pero los vuestros estarán
encerrados y aún así se marcharán".
La
finalidad de toda nuestra formación consiste en formar
hermanos libres y responsables, y por eso las Constituciones
dicen que el candidato es el primer responsable de su
propia formación (LCO 156). Nuestro gobierno se basa
en la confianza en los hermanos. Demostramos nuestra
confianza aceptando a un hermano a la profesión; y esta
misma confianza existe cuando se elige a los superiores.
También éstos deben confiar en los hermanos a los que
encomendaron puestos de responsabilidad. A veces quedaremos
defraudados, pero esto no es razón para renunciar a
esta confianza fundamental mutua. Como escribió Simon
Tugwell, "si los dominicos quieren hacer su trabajo
correctamente tienen que exponerse en última instancia
a ciertos riesgos y hay que confiar en ellos para que
puedan afrontarlos, y la Orden en su conjunto tiene
que aceptar que algunos, quizá muchos, abusen de esta
confianza".
Esta
confianza pide que se supere el miedo, ¡miedo de lo
que pueda suceder si no se controla a los hermanos!.
Debemos formarlos para vivir con la libertad de Domingo.
Como decía Felicísimo Martínez OP: "El mayor servicio
que se puede prestar a una persona es educarla para
la libertad ... El miedo a la libertad puede estar inspirado
por la buena voluntad de quienes se sienten responsables
del pueblo y puede ser legitimada con la apelación al
realismo. Pero no por eso deja de ser síntoma de una
falta de fe en el vigor y en la fuerza de la experiencia
cristiana. El miedo y la falta de fe siempre andan juntos".
El
miedo destruye todo buen gobierno. Santa Catalina escribió
al Papa Gregorio XI: "Deseo veros sin temor servil alguno.
Pienso que el hombre con temor empequeñece la fuerza
de sus santos propósitos y buenos deseos ... ¡Animo
varonil, Padre!; que yo os aseguro que no hay que temer".
El miedo es servil, y por tanto es incompatible con
nuestro status de hijos de Dios, y de hermanos y hermanas
los unos de los otros. Es impropio sobre todo en un
superior, que está llamado a ayudar a sus hermanos a
crecer en confianza y audacia.
Pero
esta confianza que tenemos los unos en los otros no
es una excusa para la mutua negligencia. Porque el hecho
de tener confianza en mi hermano no significa que puedo
olvidarlo y dejarle sencillamente que haga su vida.
Si el buen gobierno nos da una responsabilidad compartida,
quiere decir que está enraizado en la responsabilidad
mutua y que estamos llamados a ser responsables los
unos de los otros. Cuando hacemos la profesión ponemos
nuestras manos en las de un hermano. Es un gesto de
vulnerabilidad y de ternura extraordinario. Entregamos
nuestra vida a los hermanos, y no sabemos lo que harán
con ella. Estamos los unos en las manos de los otros.
En
Vidas de los hermanos leemos que un tal Teobaldo
pasaba un momento difícil en su vocación. "Todas las
cosas que sentía y hacía le parecían otras tantas muertes".
Había entrado en al Orden siendo un hombre agradable
y tranquilo, pero había llegado a tener tan mal genio
que llegó incluso a golpear al superior con el Salterio.
¡Es una experiencia que todos hemos tenido!. Aunque
pudiéramos pensar que Teobaldo no debería nunca haber
sido aceptado en la Orden, Jordán de Sajonia se negó
a dejarle solo y rezó con él hasta que se curó interiormente.
Al aceptar a un hermano en la profesión nos hacemos
responsables de su felicidad y florecimiento. Su vocación
es algo que concierne a todos.
¿Luchamos
siempre para salvar la vocación de nuestro hermano?
¿Miramos hacia otro lado cuando un hermano está atravesando
un período de crisis? ¿Pensamos que el hecho de respetar
su intimidad puede justificar nuestra negligencia? ¿Nos
asusta oír las dudas que puede confiarnos en un diálogo
con nosotros? ¡Confío en que mis hermanos me ayudarán
si alguna vez se me ocurre golpear al subprior con el
breviario! Pero además debo tener la confianza de compartir
con mis hermanos, en tiempo de crisis, esperando en
su comprensión y misericordia.
Como
predicadores de la Palabra hecha carne somos especialmente
responsables de lo que decimos. La Palabra debe convertirse
en carne sobre todo con palabras "de gracia y de verdad".
Las Constituciones primitivas ordenan que el Maestro
debe enseñar a los novicios a "no hablar de los ausentes
sino cosas buenas" (I,13). No se trata de remilgos piadosos
para huir de lo que son en realidad nuestros hermanos.
Es más bien una invitación a decir palabras de "gracia",
es un reconocimiento del poder que tienen nuestras palabras
para herir, destruir, perturbar o minar a nuestros hermanos.
Es
también el gran reto de aprender a decir palabras de
"verdad". Es fundamental en nuestra democracia que nos
atrevamos a hablarnos mutuamente con veracidad, que
nos arriesguemos a hablar de las tensiones y conflictos
que vulneran la vida común y que impiden la misión común.
Si alguna vez lo hacemos, es normalmente con cualquiera
menos con el hermano interesado. Si nos molesta la conducta
de nuestro hermano, debemos decidirnos a hablarle sinceramente,
con dulzura y fraternidad. El Capítulo no es siempre
el primer lugar para hacerlo. Debemos atrevernos a llamar
a su puerta y hablar a solas con él (cfr. Mt 18,15).
Debemos tomarnos el tiempo necesario para hablar los
unos con los otros, especialmente con aquellos de los
que estamos más distanciados. La comunicación en el
Capítulo dependerá de un vasto trabajo de comunicación
fuera de él. Si hacemos este esfuerzo, habremos fortalecido
la fraternidad entre nosotros para poder tratar juntos
las cuestiones difíciles. Podremos entonces tener debates
abiertos sobre de nuestra vida común, sobre nuestros
fallos y la manera de progresar, que era la finalidad
del antiguo Capítulo de culpas. El Capítulo General
de Caleruega (43,2) hace unas recomendaciones excelentes
sobre cómo podemos hacerlo hoy.
Uno
de los signos de que se confía en los hermanos es cuando
estamos dispuestos a elegirlos para puestos de responsabilidad,
¡incluso cuando son jóvenes e inexpertos!. Jordán fue
elegido Provincial de Lombardía cuando llevaba poco
más de un año en la Orden, y Maestro cuando llevaba
dos. ¡Qué signo tan extraordinario de confianza en un
hombre que hoy ni siquiera habría hecho profesión solemne!.
A veces encontramos en la Orden religiosos ancianos
apegados a la responsabilidad, y quizá por miedo a lo
que los jóvenes puedan hacer y a dónde puedan llevarnos.
Y de todas formas, muchas veces esos "jóvenes" no son
tan jóvenes, algunos tienen edad suficiente para ser
padres de familia o para ocupar puestos importantes
en el mundo laico ¡Incluso a veces no son mucho más
jóvenes que yo! Pero nuestra formación y modo de gobierno
deberían invitarnos a confiar nuestras vidas a hermanos
que no sabemos a dónde nos conducirían. En la profesión,
un hermano puede que ponga sus manos sobre las nuestras.
Pero aceptarlo como hermano con voz y voto, significa
que también nosotros hemos puesto nuestras manos sobre
las suyas.
2.2.
Democracia
Cuando
en una entrevista para la televisión francesa me preguntaron
cuál era el elemento central de nuestra espiritualidad,
me quedé tan sorprendido como el entrevistador al responder:
la "democracia". Y verdaderamente es central para nuestras
vidas. Ser hermano significa tener voz y voto. Mas no
tenemos voto como grupos de individuos privados, que
buscan simplemente llegar a un acuerdo pero que dejan
a cada persona con la mayor libertad posible. Nuestra
democracia debería expresar nuestra fraternidad. Es
una expresión de nuestra unidad en Cristo, un solo cuerpo.
Para
nosotros la democracia es algo más que votar para descubrir
la voluntad de la mayoría. Implica también descubrir
la voluntad de Dios. Nuestra atención al hermano es
una expresión de esa obediencia al Padre. Esta atención
pide inteligencia. Pero desafortunadamente Dios no siempre
habla claramente a través de mi hermano ¡Incluso a veces
lo que éste dice es completamente falso! Pero en el
corazón mismo de la democracia está la convicción de
que incluso cuando lo que dice es estúpido o erróneo
hay siempre una pizca de verdad que espera ser rescatada.
De todas formas, por mucho que esté en desacuerdo con
él, siempre puede enseñarme algo. Aprender a escuchar.
He aquí un ejercicio de imaginación e inteligencia.
Debo atreverme a dudar de mi propia postura, a abrirme
a las cuestiones del otro, a hacerme vulnerable ante
sus dudas. Es un acto de caridad, que nace de la pasión
por la verdad. Y ciertamente es la mejor preparación
para ser predicador de "gracia y verdad".
En
el sermón de apertura del Capítulo de la Provincia de
Inglaterra en 1996 Fergus Kerr OP decía:
"Si
hay algo que deberíamos lograr hacer en el Capítulo
es demostrar esta obligación de buscar la verdad, de
escuchar en qué podemos estar de acuerdo y en qué podemos
no estarlo, salvar lo que hay de verdad en lo que otros
piensan ... A medida que llevo más tiempo en la Orden,
lo que aprecio cada vez más... es la manera de pensar,
de contar con que otros pueden tener puntos de vista
con los que podemos no estar de acuerdo, esperando también
ser capaces de comprender por qué creen en lo que hacen,
con tal de que tengamos imaginación, valentía, fe en
el valor definitivo de la verdad, caridad para escuchar
lo que otros dicen, para oír especialmente de qué tienen
miedo cuando parecen reacios a aceptar lo que queremos
que vean: hay muchas maneras de encontrar la verdad,
pero ésta es una que espero que la Orden de Predicadores
intente practicar siempre".
Esta
amada democracia pide tiempo. El tiempo que nos debemos
los unos a los otros. Puede resultar pesado. Habrá pocos
que encuentren las reuniones tan aburridas como yo.
No son eficaces. No creo que seamos nunca una de las
Ordenes más eficientes en la Iglesia, y sería erróneo
que intentásemos serlo. Gracias a Dios que hay Ordenes
Religiosas más eficaces que la nuestra. Gracias a Dios
que no intentamos emularlas. Una cierta eficacia es
necesaria si no queremos perder nuestra libertad paralizándonos.
Pero si hacemos de la eficacia nuestra finalidad, entonces
podemos minar esa libertad que es nuestro don en la
Iglesia. Nuestra tradición de dar a cada hermano voz
y voto no es siempre la más eficaz para llegar a las
mejores decisiones, pero es un testimonio de los valores
evangélicos que ofrecemos a la Iglesia y que la Iglesia
necesita ahora más que nunca.
2.3.
La votación
La
finalidad del diálogo en nuestros Capítulos consiste
en lograr que la comunidad llegue a una unanimidad.
Pero esto no siempre es posible. En este caso debemos
llegar a una decisión mediante un voto. Una de las responsabilidades
más delicadas de un superior es juzgar cuándo hay que
emitir un voto. Debe llevar a los hermanos a la mayor
unanimidad posible, sin esperar demasiado hasta el punto
que una comunidad quede paralizada por la indecisión.
Cuando
votamos no se trata de ganar. Votar en un Capítulo es
completamente diferente a votar en un parlamento o senado.
El voto, como el debate, forma parte del proceso por
el cual intentamos discernir lo que pide el "bien común".
La finalidad de la votación no está en decidir si triunfará
mi voluntad o la de los demás hermanos, sino en descubrir
qué exige la construcción de la comunidad y la misión
de la Orden.
En
nuestra tradición, el voto no significa contienda entre
grupos sino que es consecuencia de haber estado atentos
a lo que todos los hermanos dijeron. En cuanto
posible, y sin traicionar ninguna convicción fundamental,
deberíamos procurar votar propuestas que reflejen las
preocupaciones, temores y esperanzas de todos los hermanos,
no solamente de la mayoría. Actuar de otro modo significaría
que yo puedo "ganar", pero la comunidad perdería. En
política el voto expresa la lealtad a un partido. Para
nosotros el voto significa lo que somos, hermanos consagrados
a la misión común de la Orden.
De
esto se sigue que el resultado de una votación es la
decisión de la comunidad, y no solamente de los que
votaron en su favor. Es la comunidad la que llegó a
una decisión. Soy muy libre de estar en desacuerdo con
el resultado, e incluso de hacer campaña para que se
cambie, pero expreso mi identidad como miembro de la
comunidad cumpliendo la decisión. Confiar en la simple
mayoría del voto fue una innovación profunda de la tradición
dominicana.
Antiguamente
la elección de un superior se hacía o por consenso o
por decisión de los hermanos "más prudentes". Se consideraba
demasiado arriesgado confiar en la mayoría. Pero para
nosotros, en la actualidad, es expresión de nuestra
confianza en los hermanos.
Y
nunca es tan arriesgado como en la elección de los superiores.
Es natural que se hable entre los que piensan del mismo
modo sobre quién podría ser un buen superior, pero sería
contrario a la naturaleza de nuestra democracia que
un hermano sea presentado como "candidato" de un grupo.
Por consiguiente, dudo mucho que sea apropiado acercarse
a un hermano previamente para preguntarle si está dispuesto
a "presentarse" como candidato. Ayuda mucho, por supuesto,
saber si un hermano aceptaría o rechazaría la elección,
pero existe el peligro de que sea considerado como el
candidato de un grupo y de aceptar la elección como
representante de ese grupo. Además pocos hermanos que
serían buenos superiores querrían ser candidatos, aunque
probablemente aceptasen la elección como acto de obediencia
a sus hermanos. Buscar candidatos que expresen su disponibilidad
para ser superiores puede llevarnos a no elegir a los
hermanos más idóneos para ese cargo.
Se
elige a un superior para servir a los hermanos, por
el bien común de la Orden. Su elección es el resultado
de un voto que "nosotros" hemos hecho, independientemente
de a quién hayamos votado. Y una vez que es elegido
necesita el apoyo de toda la comunidad, porque nosotros
le hemos elegido independientemente de a quién voté
yo en concreto. Hemos pedido la guía del Espíritu Santo
antes de votar, y debemos creer que esa guía nos fue
dada.
Una
de las responsabilidades más importantes que nuestra
democracia puede pedirnos es el voto para admitir candidatos
a la Orden y para la profesión de nuestros hermanos.
Es una bella expresión de nuestra común responsabilidad.
Aquí nuestro voto tiene el sentido de búsqueda de la
verdad, como parte de un proceso de discernimiento para
ver si el hermano está llamado por Dios a compartir
nuestra vida. No puede ser nunca expresión de grupos
políticos, ni de nuestra personal simpatía o antipatía
hacia él. El voto tiene que ser expresión de la verdadera
caridad, buscando discernir lo que sea mejor para el
hermano. Si lo hacemos así, el hermano que no es admitido
a la profesión no se sentirá rechazado sino que entenderá
que le hemos ayudado a discernir cuál es en efecto la
voluntad de Dios con respecto a él. Si nuestro voto
manifiesta luchas de poder dentro de la comunidad, contiendas
ideológicas, amistades o enemistades, entonces habremos
traicionado la profunda responsabilidad que nos incumbía.
Esto invitará a los que están en formación a disimular
su verdadero yo y formará hermanos incompetentes para
gobernar a su vez.
3.
"La Palabra se hizo carne".
Niveles
del gobierno dominicano
3.1.
Asumir la responsabilidad
La
Palabra que proclamamos no es una palabra abstracta,
porque se hizo carne y sangre. Lo que predicamos no
es una teoría de la salvación sino la gracia que se
encarnó en la vida, muerte y resurrección de un hombre
hace unos dos mil años. Igual debe suceder con nosotros,
no basta con tener una bella teoría sobre la responsabilidad.
Tenemos que vivirla. Tenemos unas estructuras democráticas
maravillosas que nos proporcionan libertad, pero es
una libertad que debemos asumir.
Durante
mis visitas canónicas a las Provincias me convencí de
que uno de los grandes problemas que afrontamos es responder
real y responsablemente a los retos de hoy. A veces
adolecemos de lo que llamé a menudo "el misterio del
eclipse de la responsabilidad". ¿Cómo es que nosotros,
para quienes la responsabilidad es capital, la dejamos
tan frecuentemente escapar entre los dedos?. Nuestros
Capítulos Generales y Provinciales son, normalmente,
momentos de verdad, cuando consideramos honradamente
lo que hay que hacer y cómo debemos hacerlo. Se toman
grandes decisiones, se escriben textos maravillosos.
Pero a veces, habiéndolo visto y analizado todo tan
claramente, nos parecemos a aquél que "contempla su
imagen en un espejo: se contempla, pero, en yéndose,
se olvida de cómo es" (St 1,23).
Una
de las razones por las que huimos de la responsabilidad
es que, aunque estamos llamados a la libertad, la libertad
asusta y la responsabilidad es onerosa, por lo que es
tentador escapar de ella. Tenemos varios niveles de
responsabilidad en la Orden, y frecuentemente nos atrae
imaginar que es en otro nivel donde debe ejercerse.
"Hay que hacer algo", pero generalmente es otro quien
debe hacerlo, el superior o el Capítulo, ¡e incluso
el Maestro de la Orden!. "La Provincia tiene que actuar",
pero ¿qué es la Provincia sino nosotros mismos?. Si
queremos ser de verdad los herederos de la libertad
de Domingo tenemos que reconocer nuestra propia responsabilidad
y asumirla. Tenemos que articular la relación entre
los diferentes niveles de gobierno en la Orden.
Las
Constituciones dicen que en nuestro gobierno "sobresale
la participación orgánica y proporcionada de todas las
partes", y que la autoridad universal de su cabeza "es
participada proporcionalmente por las Provincias y por
los conventos con la correspondiente autonomía" (LCO,
I, VII). Y si nuestro gobierno debe ser, en efecto,
"orgánico y proporcionado" reconociendo la propia autonomía
de cada hermano, convento y Provincia, entonces tenemos
que aclarar la relación entre los diferentes niveles
de gobierno en la Orden. No me gusta la palabra "niveles"
pero no se me ha ocurrido otra mejor.
La
relación entre los diferentes niveles de responsabilidad
en la Orden se articula, al menos, en tres principios
fundamentales.
a)
Itinerancia
Ningún
hermano es o debería ser, superior por un tiempo demasiado
largo. El número de mandatos durante los que un hermano
puede servir como Prior o Provincial sin tener que pedir
la postulación, tiene un límite. En la Orden no hay
abades vitalicios. No debería haber una casta de superiores,
porque el gobierno es una responsabilidad compartida
por todos los hermanos. Si somos elegidos como superiores,
es un servicio que debemos prestar. Pero en la Orden
de los Hermanos Predicadores no hay una carrera, una
promoción.
b)
Debemos confirmarnos mutuamente
No
se puede competir por el poder de responsabilidad, ni
para tomarlo ni para huir de él. Debemos apoyarnos mutuamente.
Una de las principales responsabilidades del Prior está
en confirmar a sus hermanos. Confiar en su capacidad
de hacer más de lo que nunca hubieran imaginado, y sostenerlos
cuando adoptan una actitud fuerte en alguna cuestión.
Cuando Montesinos predicó su famoso sermón sobre los
derechos de los indios, su Prior, Pedro de Córdoba,
le defendió diciendo que había sido la comunidad entera
la que había predicado ese sermón. Todo hermano es un
don dado a la comunidad y el Prior tiene la obligación
de acogerlo y de valorar los talentos de los hermanos
que Dios nos dio.
Pero
esta relación es recíproca. Cada hermano, a su vez,
tiene una especial responsabilidad para con el hermano
que nosotros mismos hemos elegido. Una de las maneras
de afirmar los valores de un hermano es elegirlo como
superior. Habiendo colocado un peso sobre sus espaldas,
tenemos la obligación de apoyarlo, atenderlo y alentarlo.
Si falla, necesita nuestra indulgencia. Si tenemos un
superior que es ineficiente o que carece de visión,
es el superior que nosotros hemos elegido. No le critiquemos
por defectos que conocíamos cuando la comunidad lo eligió.
En vez de cargarlo con su fracaso, debemos ayudarle
a hacer todo lo que pueda.
El
Señor nos dice a todos nosotros lo que dijo a Pedro:
"Confirma a tus hermanos" (Lc 22,32). Si nuestro sistema
de gobierno, con toda su complejidad, trabaja para quitarnos
el poder que tenemos, esto quiere decir que estamos
todos paralizados y que hemos perdido la libertad de
Domingo. Pero si actúa para fortalecernos a todos, podremos
hacer grandes cosas.
c)
El discernimiento del bien común
El
discernimiento y la búsqueda del bien común es la principal
tarea del gobierno y es aquí donde pueden resultar más
tensas y penosas las relaciones entre los diferentes
niveles de gobierno (cf. 1.2). Un hermano puede ser
asignado a una comunidad en la que no le gusta vivir
o recibir una tarea para la que se siente incapaz. O
puede pedirse a una Provincia que se desprenda de un
hermano del que a duras penas puede prescindir en pro
de una misión de la Orden. Esto puede ser duro, pero
es la expresión más clara de nuestra unidad en una misión
común, y con frecuencia el bien común general debe ser
prioritario sobre el bien común local, si no queremos
que la Orden se fragmente en una frágil asociación de
individuos.
Puede
resultar doloroso tanto para el superior como para el
otro hermano. En vez de hacer frente a esta pena puede
ser tentador para un superior pedir voluntarios, o confesar
que no hay nada que hacer. Esto sería huir de la responsabilidad
para la que fue elegido, y llevaría a una parálisis.
A
veces debemos atrevernos a gobernar, precisamente porque
valoramos la libertad que es fundamental en la vida
dominicana. Apreciamos esta libertad de los hermanos
para reunirse en Capítulo y tomar decisiones acerca
de nuestra vida y misión comunes que pueden realizarse
y no quedar en meras declaraciones escritas. Apreciamos
también la libertad con la que el hermano entregó su
vida a la Orden y a su misión común. No atreverse a
pedir a un hermano que se preste a una misión sería
no respetar la libre entrega de sí mismo que hizo en
la profesión. Admito que yo mismo dudé a menudo en pedir
a un hermano algo que sospechaba que no quería dar.
¿Quién soy yo para pedir esto a mi hermano?. Con todo,
no estoy pidiendo una sumisión a mi voluntad, sino la
aceptación del bien común que los hermanos determinaron
conjuntamente. Algunas veces hay que insistir incluso
"bajo obediencia". Pero, si se llega a ello, sería un
error pensar que ésta es la mejor imagen de lo que es
la obediencia, puesto que nuestra obediencia se basa,
por encima de todo, en la atención mutua, mediante la
cual ambos intentamos ver lo que es mejor y más justo.
Paso
ahora a compartir con vosotros unas breves reflexiones
sobre algunos de los retos que afrontamos asumiendo
la responsabilidad a diversos niveles del gobierno en
la Orden. No es en modo alguno una visión completa.
Para ello haría falta un libro.
3.2.
El gobierno conventual
Es
fundamental para la vida de la Orden compartir las responsabilidades
en las comunidades en las que vivimos. No elegimos a
un hermano como superior de la comunidad para desentendernos
de la responsabilidad en la vida común y la misión,
sino para ayudarnos a compartirla. En algunas Provincias
es difícil encontrar hermanos prontos a aceptar su elección
como Prior. Una de las razones puede ser que se espera
que él solo lleve toda la responsabilidad. El Prior,
por haber sido una figura majestuosa, se convirtió a
veces en el administrador interno, el único que tiene
que estar resolviendo continuamente los problemas de
la comunidad. Si mi bombilla o la calefacción central
no funcionan, es el Prior el que debe resolver el problema.
Tuve que ser Prior de Oxford para ocuparme de cómo podría
llegar la leche desde la vaca hasta la mesa, para poder
tener mi café con leche. El Prior está llamado, por
supuesto, a "servir con caridad" (LCO 299), pero esto
no significa que podemos cargar toda la responsabilidad
sobre sus espaldas, dejándole sólo y desamparado. El
derecho que tenemos de elegir un superior implica la
obligación de apoyarlo en la construcción de nuestra
vida y misión comunes.
Los
superiores necesitan también el apoyo del Provincial
y su Consejo. Muchas Provincias celebran reuniones anuales
de superiores en las que pueden tratar sobre los retos
que afrontan, prestándose apoyo y estímulo mutuos. Incluso
la Provincia de San Alberto Magno en los Estados Unidos
publicó un excelente folleto para ayudar a los nuevos
superiores a entender su papel y a aguantar.
Como
servidor del bien común, una de las principales tareas
del Prior consiste en presidir el Capítulo y ayudar
a sus hermanos a lograr el consenso. Por encima de todo,
tiene que asegurarse de que todos los hermanos tienen
voz, especialmente los más tímidos o los que sostienen
los puntos de vista de la minoría. El Prior está para
proteger al débil frente al fuerte. "Hay hermanos débiles
que pueden sufrir considerablemente al verse aplastados,
quizá involuntariamente, por hermanos con fuerte personalidad.
El papel del Prior consiste, por una parte, en protegerlos
valorando sus dones y, por otra, en hacer saber a los
fuertes su obligación de no arrollar a los demás". Santa
Catalina escribió a los ancianos y cónsules portaestandartes
de Bolonia diciéndoles que los señores dejaban frecuentemente
impunes de todo a los fuertes, pero que con los pobres,
"que poco valen y de los que no temen, muestran el celo
de una santísima justicia, sin piedad ni misericordia,
imponiendo grandísimos castigos por una culpa pequeña".
Incluso el superior de una comunidad dominicana puede
verse tentado a mostrar más celo señalando los fallos
de los débiles que los de los fuertes.
El
superior debe dedicar tiempo a cada hermano. No basta
con presidir las reuniones comunitarias. Debe estar
atento a cada hermano, y encontrarse regularmente con
él, para que éste pueda exponer sus esperanzas y temores
con libertad, seguro de que será escuchado. El superior
debe velar, por encima de todo, por la dignidad de cada
hermano. Si puedo dar un pequeño consejo es éste: No
permitir nunca que un hermano sea humillado.
Una
de las tareas más importantes del superior consiste
en ayudar a la comunidad a definir su "proyecto comunitario".
La importancia central del mismo para nuestra vida y
misión comunes fue subrayada por los tres últimos Capítulos
Generales de la Orden, pero en algunas Provincias no
se le presta atención. A veces se debe a que se entendió
mal, en el sentido que cada comunidad debería determinar
una tarea única, a la que deberían dedicarse todos los
hermanos, como una escuela o una parroquia. El primer
paso consiste en que cada hermano exponga a la comunidad
su vida y ministerio, comparta con ella sus alegrías
y las decepciones que afronta. Pero esto debe llevarnos
más lejos, a una colaboración mutua y profunda en las
tareas de cada uno y al nacimiento de una misión común.
Es un momento en el que la comunidad evalúa conjuntamente
la presencia apostólica de la Orden en una región, y
hasta qué punto se tienen en cuenta las prioridades
de la Orden. Apoyo enérgicamente la recomendación del
Capítulo General de Caleruega (n. 44) de que cada comunidad
reserve un día al año para evaluar los ministerios de
los hermanos y planificar el año siguiente.
La
democracia no significa que el Prior deba llevarlo todo
al Capítulo. Elegimos a los hermanos para que asuman
responsabilidades particulares con el fin de quedar
nosotros libres para la misión. Habiendo elegido a un
Prior para gobernar, debemos dejarle que lo haga con
toda libertad. Las Constituciones indican cuándo el
Prior debe consultar a la comunidad, o cuándo el Capítulo
o el Consejo tienen poder decisivo. Pero el Superior
no debería usar esto como excusa para negar a la comunidad
la debida responsabilidad en todo lo que sea importante
para los hermanos. "Lo que afecta a todos y a cada uno,
debe ser aprobado por todos". El principio fundamental
fue enunciado por Humberto de Romans en el siglo XIII,
es decir, que el Prior debe consultar a la comunidad
en todas las materias de importancia, pero no debe molestarla
cuando se trate de cosas insignificantes; en las materias
intermedias debe consultar por prudencia con algunos
de sus consejeros.
Tan
central es el papel democrático del Capítulo para nuestra
vida que a veces podemos caer en la tentación de pensar
que el Prior es simplemente el presidente del Capítulo,
que su único papel está en dirigir los debates para
que los hermanos lleguen, en cuanto posible, a un consenso.
Pero las Constituciones (LCO 299-300) dejan claro también
que el Prior juega un papel como guardián de la vida
religiosa y apostólica de la comunidad. Por ejemplo,
debe predicar a los hermanos regularmente. Esto no mina
en absoluto el principio democrático. Demuestra que
la comunidad local es parte de la Provincia, como la
Provincia es parte de la Orden, y por ello no puede
tomar decisiones que vayan contra lo que los hermanos
determinaron en el Capítulo Provincial o General. Precisamente
es en nombre de nuestra democracia más amplia cuando
un Prior local puede juzgar que no es posible aceptar
la voluntad de la mayoría. Si los hermanos votasen que
se instalase una sauna en cada celda, tendría que rechazar
este consenso.
3.3.
Gobierno Provincial
En
el Capítulo General de Méjico se describe la Provincia
como el centro normal de animación del dinamismo apostólico
de la Orden (cfr. nº 208). Gran parte de la planificación
práctica de la misión debe realizarse a nivel provincial.
Después de haber visitado unas treinta y cinco entidades
de la Orden tengo que fijarme mucho en lo que escribo.
¡Debéis agradecerme que no haya esperado otro año para
escribir esta carta!. Siento no tener más espacio para
escribir acerca de las relaciones de los Vicariatos
con las Provincias.
a.
Concebir nuevos proyectos
Toda
Provincia necesita crear proyectos e instituciones que
den forma y cuerpo a nuestra misión común. La mayor
parte de nosotros hemos ingresado en la Orden porque
queríamos ser predicadores. Pero ¿qué forma asume la
predicación?. ¿Qué proyectos encarnan hoy nuestro carisma
dominicano?.
Podemos
ser víctimas de la profunda sospecha, que forma parte
de la cultura contemporánea, a que están sometidas las
instituciones. Pero de todas formas la fundación de
la Orden fue un acto supremo de creatividad institucional.
Domingo y sus hermanos respondieron a la necesidad de
predicar el evangelio con una imaginación extraordinaria:
la invención de una nueva institución, nuestra Orden.
Necesitamos esta creatividad. Las instituciones no tienen
por qué ser complicadas o resultar caras: una emisora
de radio o una página interna en Internet, una Universidad
o una banda de música, un convento o una galería de
arte, una librería o un equipo de predicadores itinerantes.
La encarnación de la Palabra de Dios en las nuevas fronteras
exige nuevas concepciones.
Cuando
nos reunimos en Capítulo para planificar las misiones
de nuestras Provincias, debemos preguntarnos siempre
si las instituciones que mantenemos sirven a la misión
de la Orden. ¿Nos dan voz en los debates de hoy?. Santo
Domingo envió a los hermanos a las nuevas Universidades,
porque era allí donde se discutían las cuestiones importantes
de su tiempo. ¿Dónde nos enviaría hoy?.
La
planificación de la misión nos pide esta creatividad
institucional, la habilidad para imaginar nuevos proyectos,
nuevos púlpitos, que den a la Orden voz y visibilidad.
En un cierto momento los dominicos jóvenes franceses
inventaron una nueva forma de misión, "la misión en
la playa", ¡que fue muy popular!. Un hermano americano,
encargado de una misión en el sur protestante del país,
transformó una caravana en una capilla móvil con un
púlpito. Si queremos predicar con verdadera urgencia
la buena nueva de Jesucristo, debemos usar nuestra imaginación
al máximo.
Si
no tenemos esa valentía e inventiva nos quedaremos quietos
esperando que la gente venga a nuestras iglesias, mientras
que esa gente está en otra parte, con hambre de la Palabra.
O bien nos encontraremos trabajando en unas instituciones,
fundadas por otros grupos, incluso Ordenes religiosas,
que tuvieron más valentía e imaginación que nosotros.
Necesitamos
hermanos jóvenes y nuevas vocaciones para predicar con
maneras que no podemos imaginar ahora. Cuando la Provincia
de Chicago comenzó a aceptar novicios hace unos pocos
años, ¿quién podría haber sospechado que hoy esos mismos
jóvenes estarían predicando en una red mundial y que
estarían pensando incluso en la erección de un Centro
virtual de estudios?.
b.
Planificación
"La
responsabilidad comienza soñando", dijo W. B. Yeats.
Los Capítulos Provinciales deberían ser ocasiones para
atrevernos a responder a los retos, soñando nuevos proyectos.
Con frecuencia los Capítulos toman decisiones valientes
y audaces, como dedicarse más a la Justicia y la Paz,
acrecentar nuestra presencia en los Medios de Comunicación
Social o enviar hermanos a las misiones. ¡Gracias a
Dios! Pero aun con esto, frecuentemente nada se había
llevado a cabo cuatro años más tarde. Hay una oración
para los Capítulos de un antiguo misal dominicano, en
la que los hermanos piden el don del Espíritu Santo
para "ser capaces de discernir lo que tú quieres y contar
con tu fuerza para cumplirlo". Posiblemente esta oración
era necesaria porque los hermanos, tanto entonces como
ahora, pensaban que era más fácil tomas decisiones que
ponerlas en práctica. Pero a no ser que aprendamos ambas
cosas, es decir, a tomar decisiones y a cumplirlas,
nos sentiremos decepcionados con cualquier gobierno,
y nuestra libertad y responsabilidad serán destruidas.
Hacer
que la Palabra se encarne en nuestro tiempo, encontrar
nuevas formas de predicar hoy, debe comenzar "soñando",
pero debe terminar en una resuelta planificación práctica.
El buen gobierno tiene en cuenta la virtud de la prudencia,
sabiduría práctica. Debemos llegar a un acuerdo sobre
lo que podemos llevar a cabo. No podemos hacerlo todo
al mismo tiempo, por lo que debemos determinar el orden
de realización de los proyectos. Tenemos que hacer frente
a las consecuencias de nuestras opciones, incluso si
esto significa una profunda reorientación de la misión
y de la vida en la Provincia. Debemos decidir el proceso
mediante el cual se puede planificar, proponer, evaluar
y llevar a la práctica un proyecto. Si el proyecto no
funciona, debemos intentar ver por qué y cómo puede
remediarse.
c.
Retos de crecimiento y de debilitación
Hay
momentos específicos en la vida de toda entidad de la
Orden en los que es especialmente importante una planificación
cuidadosa.
La
transición hacia una identidad dominicana plena
El
nacimiento de la Orden en un país nuevo implica varios
momentos sucesivos. A veces, al comienzo, para ser aceptados
y entrar en una nueva cultura, podemos tener que aceptar
apostolados que no expresan plenamente nuestro carisma
de predicadores y maestros.
En
toda la Orden, en África, Latinoamérica, Europa del
Este y Asia, he constatado el entusiasmo y la dificultad
para realizar la transición hacia una nueva etapa de
la vida dominicana. Son momentos de profunda transformación,
cuando los hermanos intentan formar comunidades, dejar
algunas parroquias, adoptar nuevos apostolados, erigir
centros de estudio y formación, formar un cuerpo de
profesores. El florecimiento de la Orden depende de
que los hermanos sean capaces de vivir este tiempo de
transición con mutuo entendimiento y apoyo.
Para
los hermanos más ancianos, quizá "los Padres fundadores",
podrá ser un mal momento, porque es posible que las
aspiraciones de los jóvenes aparezcan como un rechazo
de todo lo que ellos hicieron. Han recibido en la Orden
a los jóvenes que parecen querer destruir el trabajo
de sus vidas, y esto para ser "plenamente dominicos".
Para los jóvenes puede ser también un tiempo de inquietud,
al preguntarse si serán capaces de realizar sus sueños
de una vida dominicana más plena.
Estos
momentos de transición necesitan una cuidadosa planificación
y consulta. Pero no se trata solamente de administración.
Tenemos que demostrar que valoramos lo que los hermanos
ancianos hicieron y vivir este momento como un tiempo
de muerte y de nuevo nacimiento, siguiendo las huellas
de Cristo. El obispo Paolo Andreotti predicó un retiro
en Paquistán a los hermanos que habían venido del extranjero,
en el nacimiento de la nueva Vice-Provincia, y les dijo:
"Algunos de entre vosotros podéis decidir ahora volver
a vuestras propias Provincias, pero los que opten por
permanecer aquí deben estar muy ciertos de sus motivaciones.
Creo que Jesucristo nos está ofreciendo un modo de morir".
Si los hermanos mayores pueden seguir este camino con
alegría, habrán dado la más profunda formación a los
jóvenes. Porque la formación, especialmente para una
fraile mendicante itinerante, es siempre una introducción
a la desposesión.
Gilbert
Markus, OP, dijo en el Capítulo General de Caleruega:
"Si estos jóvenes vienen a la Orden para seguir a Cristo,
hay que orientarles en el arte de morir. Se han entregado
a sí mismos a la Orden, y parte de la responsabilidad
que aceptamos al recibir su profesión consiste en enseñarles
ese arte. No hay esperanza para un joven dominico que
no es capaz de darse cuenta progresivamente, durante
su formación, de cómo debe perderse a sí mismo, morir
a sí mismo. No es una excusa para los hermanos mayores
aferrarse defensivamente a su propia postura para resistir
al cambio. En vez de ello, necesitan conducir a los
jóvenes por el camino del sacrificio, lo cual significa
recorrer con ellos ese camino, dar un ejemplo de generosidad".
Disminución
Son
muy pocas las Provincias de la Orden que están agonizando,
aunque algunas, especialmente en Europa del Este, están
reduciéndose. ¿Cómo pueden esas Provincias seguir siendo
capaces de emprender nuevos proyectos e iniciativas?
La
Provincia debe preguntarse a sí misma qué es lo que
quiere hacer realmente. ¿Cuál es su misión hoy? ¿Qué
nuevos retos tiene que afrontar? ¿Qué nuevas formas
de predicación puede llevar a cabo?. Para lograr tal
libertad quizá tenga que tomar medidas drásticas. Puede
ser necesario cerrar dos casas quedando así libres para
abrir otra que ofrezca nuevas posibilidades. Pero es
mejor actuar decididamente en orden a poder quedar libres
en vez de batirnos en lenta retirada en la que somos
víctimas pasivas de circunstancias que escapan a nuestro
control. ¿Cómo podemos predicar la libertad de los hijos
de Dios si nosotros mismos hemos renunciado a toda libertad?.
¿Cómo podemos ser mensajeros de esperanza si hemos renunciado
a toda esperanza de hacer algo nuevo por Dios?. Nunca
atraeremos o conservaremos las vocaciones a no ser que
demostremos asumir esta libertad.
d.
El Provincial y su Consejo
El
Consejo Provincial es elegido para asistir al Provincial
en el gobierno de la Provincia, ofreciendo consejo y
tomando decisiones. Los consejeros pueden haber sido
elegidos porque representan una variedad de visiones,
prioridades o intereses, pero no son miembros del Consejo
en calidad de representantes de un grupo o ideología.
El nacimiento de cualquier facción dentro del Consejo
minaría su servicio a la Provincia. Su papel consiste
en ayudar al Provincial a cumplir las decisiones del
Capítulo y a buscar el bien común. Esto pide un profundo
respeto de la confidencialidad; de otro modo, el Provincial
no podrá recibir el apoyo que necesita.
En
la ejecución de las decisiones del Capítulo y en su
búsqueda del bien común, el Provincial deberá tomar
alguna vez decisiones dolorosas. Ya me referí antes
al dolor que implica a veces hacer asignaciones (3.1.c).
Pero la Provincia no puede ser gobernada a base de esperar
hermanos voluntarios para los ministerios. Pidiendo
voluntarios parece respetarse la libertad de los hermanos,
pero, excepto en circunstancias muy especiales, es una
mala interpretación de la naturaleza de la libertad
con la que nos hemos entregado a la misión de la Orden
y, por otra parte, socava también la libertad de la
Provincia para hacer y cumplir eficazmente sus decisiones.
Finalmente, se basa en la presunción de que el mejor
juez de lo que es capaz de hacer un hermano es el hermano
mismo. Podemos estar completamente equivocados. A veces
un hermano se considera otro Santo Tomás, cuando no
es más que un buey mudo. Más frecuentemente los hermanos
infravaloran sus propias capacidades. Creo que mis hermanos
saben lo que mejor puedo hacer yo. Esto forma parte
de la confianza que une a la Orden.
El
Provincial o el Maestro de la Orden pueden tener que
casar una elección, lo cual resulta también penoso pues
podría dar la impresión de socavar los derechos democráticos
que tienen los hermanos a elegir su propio superior.
Pero algunas veces hay que hacerlo, precisamente porque
esos mismos Superiores fueron elegidos democráticamente
para velar por el bien común de la Provincia o de la
Orden. Socavarían la democracia si rechazaran asumir
esta responsabilidad para la que fueron elegidos. Hay
etapas en este proceso. La comunidad vota; el superior
debe decidir si confirma o casa; el hermano elegido
puede aceptar o renunciar; el superior debe decidir
si acepta la renuncia o insiste. En cada uno de esos
momentos se nos debe permitir ejercer nuestra propia
responsabilidad, sin interferencias o presiones, para
que podamos descubrir que se hace de verdad en pro del
bien común.
3.4.
El Maestro de la Orden y el Consejo Generalicio
El
gobierno general de la Orden se relaciona con los demás
niveles de gobierno de acuerdo con los mismos principios
indicados en 3.1.: itinerancia, mutua ayuda y búsqueda
del bien común.
a)
Confirmar a los hermanos
La
tarea primordial del Maestro de la Orden y del Consejo
Generalicio consiste su apoyar a los hermanos, y por
supuesto a toda la Familia Dominicana. Donde quiera
que voy en mis viajes veo hermanos y hermanas que predican
el evangelio con un coraje admirable, frecuentemente
en situaciones de pobreza y violencia. Esto es una inspiración
para mí y para el Consejo.
El
modo principal en el que Maestro de la Orden confirma
a los hermanos es mediante visitas, intentando encontrarse
con cada uno de ellos. Es un privilegio y una alegría.
El programa está tan cargado que apenas queda tiempo
para otra cosa. Entre el pasado noviembre y este mes
de mayo he estado en Roma menos de cuatro semanas. No
pude visitar, como había querido, a los hermanos y hermanas
en la región de los Grandes Lagos de África, para ofrecerles
el apoyo que necesitan. Una cuestión que plantearé al
Capítulo General de Bolonia es si no podríamos volver
a reflexionar sobre cómo se hacen las visitas, para
que el Maestro de la Orden quede libre para responder
a las necesidades de la Orden de otras maneras.
Cuando
una Provincia pasa por un proceso de renovación o afronta
un período de crisis, no basta una visita ocasional.
El Consejo Generalicio ve cada vez más la necesidad
de acompañar a algunas Provincias de la Orden cuando
tienen que hacer frente a retos difíciles. Tenemos que
apoyarlos para que tengan la fuerza y el coraje de tomar
las decisiones necesarias para su renovación. El Socio
del Maestro para esa Provincia jugará frecuentemente
un papel exigente, acompañando a los hermanos cuando
afrontan los retos de reconstruir el gobierno y la vida
dominicanos.
Raramente
es necesario que el Maestro de la Orden intervenga de
modo directo en el gobierno de una Provincia. Y cuando
lo hace, puede resultar difícil para los hermanos aceptarlo.
Se puede dar la impresión de haber suplantado sus derechos
democráticos a tomar decisiones acerca de su vida y
misión. Pero dicha intervención significa siempre un
intento de confirmar a los hermanos, de ayudarles para
que se renueven en su libertad y responsabilidad. Si
el gobierno a nivel Provincial resulta débil o está
paralizado, el Maestro puede tener que intervenir directamente
para que los hermanos puedan volver a ser de nuevo libres
para afrontar el futuro. Este es frecuentemente el caso
cuando tenemos que tratar de la unificación de Provincias.
b)
Un bien común más amplio
El
Maestro de la Orden tiene que promover la unidad de
la Orden en su misión común. Donde más claramente vemos
esta misión común es en la institución de nuevas fundaciones,
en la renovación de la Orden allí donde sea débil y
en las casas que están directamente bajo la jurisdicción
del Maestro.
Una
de las tareas más arduas del Maestro de la Orden es
encontrar hermanos para esta misión común. Humberto
de Romans escribió a la Orden en el siglo XIII que uno
de los mayores obstáculos para la misión de la Orden
era "el amor de los hermanos a la tierra natal, cuyo
atractivo tiene a muchos de tal modo atados, pues su
naturaleza todavía no ha sido transformada por la gracia,
que no quieren salir de su tierra y de la casa paterna
y olvidarse de su pueblo, y quieren vivir y morir entre
sus familiares, incluso sin asustarse de que ni siquiera
entre éstos pudiera encontrar al Salvador su propia
Madre". ¡Hay cosas que no cambian!.
Debo
decir, en honor a la verdad, que muchos hermanos, especialmente
los jóvenes, tienen un sentido profundo y cada vez más
grande de esta misión común de la Orden a la que estamos
llamados. Algunas Provincias son profundamente generosas
dando a sus hermanos para esta misión común. Por ejemplo,
hemos encontrado hermanos para que nos ayuden a restablecer
la Orden en la ex Unión Soviética. Pero, con todo, frecuentemente
es difícil encontrar los hermanos que se necesitan,
por ejemplo, para apoyar a los hermanos en Ruanda y
Burundi en este tiempo de sufrimientos. Necesitamos
hermanos para la fundación de la Orden en la parte occidental
de Canadá. Necesitamos hermanos para renovar y mantener
nuestros Centros de estudios internacionales.
¿Qué
hacer para profundizar cada vez más en esta participación
en la misión común de la Orden?. La solución es crecer
juntos en la gracia y verdad del Verbo Encarnado.
- Estamos llamados a la absoluta y graciosa generosidad de la Palabra.
No se trata de la generosidad de una Provincia que
cede a un hermano que está libre o que pide voluntarios.
Frecuentemente se necesita a los hermanos que no
están libres. Y esto implica una redefinición de
las prioridades de la Provincia a la luz de las
necesidades de nuestra misión común. Por ejemplo,
en Latinoamérica estamos intentando renovar la Orden
pidiendo a las Provincias más fuertes que trabajen
en estrecha unión con las Provincias más débiles.
Estamos caminando hacia una especie de asociación
por la cual puede pedirse a una Provincia que acompañe
a otra entidad. Estamos pidiendo a esas Provincias
que redefinan su misión a la luz de las necesidades
de la Orden.
- Esto nos pide vivir en la verdad. En primer lugar, la verdad de
lo que significa ser hermano dominico. Hemos hecho
nuestra profesión al Maestro de la Orden para la
misión de la Orden. Por supuesto que la misión de
las Provincias es una expresión de esta misión.
Pero a veces tenemos que expresar nuestra identidad
dominicana más profunda, quedando libres para la
misión por encima de las fronteras de nuestra Provincia.
- Esto nos pide que intentemos juntos saber con verdad los recursos
de que disponemos para la misión común. Y ésta nos
exige una mutua confianza. Cuando el Maestro de
la Orden pregunta a un Provincial si hay un hermano
apto para cierta tarea en nuestra misión común,
puede haber un instinto comprensible de proteger
los intereses de la Provincia. Necesitamos, para
discernir el bien común, una profunda confianza
y transparencia, para poder dialogar sobre cómo
podremos proveer a las necesidades de la Orden aunque
respetando la situación de la Provincia. En el pasado
era corriente que los Maestros de la Orden asignasen
simplemente a los hermanos fuera de sus Provincias,
incluso contra la voluntad de los Provinciales.
Aún es necesario hacerlo algunas veces, igual que
un Provincial puede a veces tener que asignar a
un hermano de un convento a otro, a pesar de la
resistencia del superior. Pero nuestra misión común
nos pide, en el fondo, confianza y franqueza mutuas,
gracia y verdad.
3.5.
La encarnación del gobierno dominicano en las diversas
culturas
La
Palabra se hizo carne en una cultura particular. Pero
la Palabra transforma todo lo que toca, es levadura
de una vida nueva. Nació una nueva forma de comunidad,
y la carne se hizo palabra y comunión.
También
el gobierno dominicano está marcado por el tiempo y
lugar de su nacimiento, un momento particular de la
historia europea. Hemos nacido en un tiempo en el que
se experimentaban nuevas formas de instituciones democráticas
y de intenso fermento intelectual. ¿Cómo puede este
gobierno convertirse en carne y sangre de la Orden en
los próximos años, en los que dos tercios de los hermanos
en formación provienen de culturas no occidentales?.
¿Cómo puede encarnarse en la cultura occidental tal
y como es hoy día, con sus fuerzas y debilidades, con
su amor a la libertad y su tentación ante el consumismo?.
Es algo central en nuestra tradición de gobierno la
búsqueda de la verdad por medio del debate y del diálogo.
¿Cómo podremos sostener el gobierno dominicano en una
sociedad en la que el mismo concepto de verdad está
en crisis?. La encarnación del gobierno dominicano en
todas las culturas es siempre un reto y un riesgo. Debe
dar testimonio de una libertad y responsabilidad que
son profundamente evangélicas, pero esas diferentes
culturas pueden