
e
entusiasmó extremadamente que se me pidiera dirigirme
a esta asamblea de la familia dominicana. Estoy convencido
de que, si conseguimos participar en una común
predicación del Evangelio, renovaremos toda la
Orden. Pero a la vez no me vi como la persona adecuada.
¿Quién soy yo para articular una visión
de esta misión común? ¿Cómo
puede un fraile o un hermano o hermana hacer esto individualmente?
Ha de ser juntos, escuchándonos mutuamente, como
hemos de descubrir esta nueva visión. Y para
eso estamos aquí en Manila. Pienso, por tanto,
que lo que debo hacer es escuchar con vosotros la Palabra
de Dios. Toda predicación comienza con la escucha
del evangelio. Llegaremos a ser predicadores en común
cuando en común sepamos escuchar.
Cuando
escuchemos el evangelio podremos llevarlo a nuestra
experiencia. Es la luz del evangelio la que da sentido
a nuestra experiencia. Nos permite ver de nuevo, con
nuevos ojos, lo que hemos vivido. Pero, a la vez, la
experiencia nos ayuda a entender mejor el evangelio.
Lo leemos a la luz de lo que vivimos. Es como un coloquio
entre la Palabra de Dios y la experiencia humana. El
fruto de este coloquio es nuestra predicación.
Nunca sabemos adónde nos va a llevar un buen
coloquio, y sobre todo cuando es un coloquio con Dios.
Lo
que hoy deseo, pues, es escuchar con vosotros el texto
del evangelio. Confío en que pueda iluminar lo
que ahora estamos viviendo: la familia dominicana tratando
de aprender a predicar en común. Espero que a
la vez nuestra experiencia nos ayudará a comprender
mejor el evangelio. Somos predicadores de la resurrección,
de ahí que el texto que he escogido sea el de
san Juan que relata la aparición de Cristo resucitado
a los apóstoles.
Al
anochecer de aquel día, el día primero
de la semana, estaban los discípulos en una casa,
con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
En esto entró Jesús, se puso en medio
de ellos y les dijo: “Paz a vosotros”. Y
diciendo esto, les enseñó las manos y
el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría
al ver al Señor. Jesús repitió:
“Paz a vosotros. Como el Padre me envió,
así también os envío yo. Y dicho
esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
“Recibid el Espíritu Santo; a quienes les
perdonéis los pecados, les quedan perdonados;
a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”
(Juan 20, 19-23).
La
escena de los discípulos parece estar muy lejos
de este encuentro de la Familia dominicana. Allí
eran unos pocos discípulos, recluidos en una
habitación a causa del miedo que les daba salir
al exterior. Aquí estamos a nueve mil kilómetros
de distancia y dos mil años más tarde
en un gran recinto de reuniones. Era un pequeño
grupo de judíos y nosotros somos ciento sesenta
de cincuenta y ocho nacionalidades, además de
nuestros hermanos y hermanas de la familia dominicana
de Filipinas. Ellos no se atrevían a abandonar
la habitación y nosotros hemos venido de todos
los rincones del planeta.
Pero
de algún modo somos como ellos. Su historia es
nuestra historia. Nosotros estamos también recluidos
en nuestros pequeños recintos. Somos también
prisioneros de nuestros miedos. Cristo resucitado viene
también a nosotros a abrirnos las puertas y enviarnos
por los caminos del mundo. Descubriremos también
nuestra condición de familia dominicana y realizaremos
nuestra misión, no mirándonos a nosotros
mismos, sino encontrándonos con Cristo resucitado.
Él nos dice "la paz con vosotros" y
nos envía a predicar perdón y reconciliación.
Por eso quiero reflexionar sobre este texto y descubrir
qué nos dice. Podría parecer absurdo comparar
la renovación de la familia dominicana con la
resurrección de la muerte. Pero para los cristianos
toda vida nueva siempre es participar de esta victoria.
Pablo nos habla de una diaria muerte y resurrección
de Cristo. Las más pequeñas derrotas y
victorias están conformadas por estos tres días
que van del viernes santo al domingo de la Resurrección.
Al
anochecer de aquel día, el día primero
de la semana, estaban los discípulos en una casa,
con las puertas cerradas por medio a los judíos…
Los
discípulos están encerrados en la estancia
superior del edificio. Es tiempo de esperar, entre dos
vidas. Las mujeres dicen que han encontrado al Señor
resucitado, pero los hombres no lo han visto. Como de
costumbre, ¡los hombres son más lentos!
Sólo han visto una tumba vacía, pero ¿eso
qué significa? Su vida anterior con Jesús,
cuando andaban con él hacia Jerusalén,
escuchaban las parábolas y participaban de su
vida, ha terminado. Y no ha comenzado aún la
nueva vida de la resurrección. Han oído
que Jesús ha resucitado, pero no le han visto
cara a cara. Así que esperan o vuelven a lo que
antes hacían, "pescar peces". Es un
momento de transición.
En
menor escala la familia dominicana está viviendo
un momento semejante. Desde el primer momento Domingo
se rodeó de una familia de predicadores, hombres
y mujeres, religiosos y laicos, contemplativos y predicadores,
que con gusto se lanzó a los caminos. Podemos
ver inscripciones en Santa Sabina que se remontan a
los orígenes de la Orden que hablan de la familia
dominicana. Ella ha sido siempre parte de lo que somos.
Pero ahora proclamamos que algo nuevo está sucediendo.
En todo el mundo hermanas y laicos están clamando
por su identidad de predicadores. Al leer las actas
de los capítulos generales de los frailes vemos
que este es un momento nuevo en la historia. Proclamamos
que todos los miembros de la Familia dominicana somos
iguales y participamos de una misión común.
Son muchas y bellas las palabras y los documentos que
lo dicen. Pero algunos de nosotros somos como los discípulos.
No tenemos aún clara evidencia del cambio. La
mayoría de las cosas parece seguir en gran parte
como antes. Oímos hablar de nuevas magníficas
colaboraciones. ¡Pero parece que eso sucede en
algún lugar, distinto de donde nosotros estamos!
Así que, como los discípulos, nos encerramos
en la estancia superior, esperanzados, pero con incertidumbre.
Es
parte de la experiencia que se vive en la Iglesia en
todo el mundo. Tenemos magníficos documentos
del Vaticano II que proclaman la dignidad de la vocación
laical. Tenemos declaraciones de Roma sobre el lugar
de la mujer en la vida y misión de la Iglesia.
Tenemos una nueva visión de la Iglesia como Pueblo
peregrino de Dios. Pero a veces tenemos el sentimiento
de que no es mucho lo que realmente ha cambiado. De
hecho algunas veces la Iglesia aparece ahora más
clerical que antes. Este tiempo es, así, para
muchos católicos tiempo de sentimientos encontrados:
de esperanza y desánimo, de renovación
y frustración, de alegría y enfado.
Y
además está el miedo. Por miedo están
los discípulos encerrados en la habitación
de arriba. ¿A qué tenemos miedo? ¿Qué
miedos nos tienen recluidos en ese pequeño espacio,
renuentes a enfrentarnos con algo nuevo? Hemos de atrevernos
a descubrir los miedos que nos atenazan y nos impiden
lanzarnos sin reservas a llevar a cabo nuestra misión
de familia dominicana. Puede que el miedo sea perder
los distintivos propios de cada congregación,
heredados de su fundador, su historia y sus pequeñas
historias. ¿Perderemos algo especial nuestro,
nuestra identidad? Puede que tengamos miedo a fracasar
si intentamos algo nuevo. ¿Vamos a abandonar
un buen ministerio por un proyecto que podría
no funcionar? Puede que tengamos miedo a pedir a nuestros
hermanos y hermanas la colaboración en un nuevo
proyecto, porque podríamos ser humillados y no
tomados en serio. Puede que tengamos miedo a no estar
a la altura para ello, porque estimamos que nos falta
preparación teológica o habilidad organizativa.
Es más seguro continuar haciendo lo que siempre
hemos hecho. Ir a "pescar peces".
Entró
Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo:
“Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó
las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron
de alegría al ver al Señor”
Ver
a Cristo llagado libró a los discípulos
del miedo y les llenó de alegría. Es el
Cristo herido el que los transforma en predicadores.
No
se puede ser predicador sin sentirse herido. La Palabra
se hizo carne y fue herida y asesinada. Estaba sin poder
frente a los poderes de este mundo. Se atrevió
a ser vulnerable a todo lo que con ella podían
hacer. Si somos predicadores de esa Palabra, también
seremos heridos. En el corazón de la predicación
de santa Catalina de Siena estaba su visión de
Cristo llagado y le fue concedido participar de sus
llagas. Podemos participar de pequeñas llagas,
siendo objeto de burlas, no siendo tomados en serio,
o considerados locos. Podemos ser torturados como nuestro
hermanos Tito de Alencar en Brasil y asesinados como
Pierre Claverie en Argelia o Joaquín Bernardo
en Albania o como lo fueron en los setenta nuestras
hermanas en Zimbawe. Es la visión de Cristo llagado,
pero vivo, lo que puede librarnos del miedo a ser nosotros
también heridos. Podemos correr el riesgo de
ser heridos o algo peor porque la victoria no es ni
de las heridas ni de la muerte.
Cuando
estamos ante Cristo llagado podemos afrontar el hecho
de estar ya heridos nosotros. Heridos quizás
ya en nuestra niñez, al crecer en familia desestructurada
o por nuestra experiencia de la vida religiosa o por
intentos de amor echados a perder o por conflictos ideológicos
en la Iglesia, por el pecado. Todos somos predicadores
heridos. La buena noticia es que somos predicadores
porque hemos sido heridos. Gerald Vann, dominico inglés,
es uno de los más famosos escritores de habla
inglesa sobre la espiritualidad desde de la segunda
guerra mundial. Toda su vida luchó contra el
alcoholismo y la depresión. Por eso ha tenido
algo que decir. Tenemos palabras de esperanza y misericordia
porque nosotros mismos las hemos necesitado. En mis
estanterías tengo un libro escrito por un viejo
dominico francés que se titula "Les cicatrices",
"Las cicatrices". Cuenta que llegó
a Cristo a través de las heridas recibidas en
su vida. Cuando me lo regaló escribió
esta dedicatoria: "A Timothy, que sabe que las
cicatrices pueden llegar a ser la puerta del sol".
Cada una de nuestras heridas pueden convertirse en puertas
del levantarse del sol. Me sugería un hermano
que os mostrase mis heridas. ¡Me temo que habrá
que esperar a mis memorias!
Lo
más doloroso para los discípulos es ver
a un Jesús a quien ellos han herido. Le han negado,
han desertado de él, han huido. Ellos le han
herido. Jesús no les acusa, les muestra sus llagas.
Hemos de afrontar el hecho de que nos herimos unos a
otros. He visto cómo hermanos han herido sin
quererlo a otros miembros de la familia dominicana,
con palabras paternalistas, por no tratar como iguales
a las mujeres o a los laicos. Pero esto no sólo
lo hacen los frailes. ¡Es algo de todos! Jesús
fue herido por los poderes de este mundo, y todos tenemos
el poder de herir: el poder de pronunciar palabras que
hieren, el poder de los sacerdotes sobre los laicos,
de hombres sobre las mujeres y de las mujeres sobre
los hombres, de religiosos sobre los laicos, de los
superiores sobre los miembros de su comunidad, del rico
sobre el pobre, del seguro de sí mismo sobre
el medroso.
Podemos
arriesgarnos a ver las heridas que hemos recibido e
infligido y aun así estar alegres, porque Jesús
ha resucitado de la muerte. Podemos cojear al andar,
pero el Señor nos ha hecho felices. Esta era
la alegría de Domingo. No hay predicación
de la buena nueva sin ella. Este año un equipo
de la televisión francesa pasó unos días
en Santa Sabina rodando un programa. Al final el director
me dijo: "Esto es muy raro. En esta comunidad se
habla de cosas serias y los frailes están siempre
riéndose". Somos alegres predicadores heridos.
Jesús
repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre
me envió, así también os envío
yo”
Jesús
envía a sus discípulos fuera de la seguridad
de la habitación cerrada. Este envío es
el comienzo de la predicación. Ser predicador
es ser alguien enviado por Dios, pero no todos somos
enviados de la misma manera. Para los frailes y religiosas
significa con frecuencia ser enviados literalmente a
otro lugar. Mis hermanos me enviaron a Roma. Yvon y
Margaret podrían ser enviados al polo sur a predicar
a los pingüinos. Mi esperanza es que con el desarrollo
del movimiento del Voluntariado veamos a laicos enviados
a otras partes del mundo a participar en nuestra predicación.
Para muchos de nosotros ser enviados significa estar
preparados para hacer nuestras maletas e irnos. Recuerdo
un viejo fraile que me decía que ningún
fraile debería poseer más que lo que pudiera
llevar con sus dos manos.
Para
muchos miembros de la familia dominicana ser enviados
no significa viajar. Las monjas son miembros de un monasterio
y es ahí donde normalmente pasarán toda
su vida. Muchos laicos están casados o tienen
empleos que no pueden abandonar e irse. Ser enviado
significa más que una física movilidad.
Significa ser desde Dios. Es nuestro ser. Jesús
es "alguien que fue enviado" (Heb. 3,1). Fue
enviado desde el Padre, lo que no significa que realizó
un viaje, dejó los cielos y vino a otro lugar
llamado tierra. Sino que su verdadera existencia es
desde el Padre. Un enviado, he ahí lo que es,
ahora y siempre.
Ser
predicador significa que cada uno de nosotros es alguien
enviado desde Dios a aquellos con quienes nos encontramos.
La esposa es enviada hacia el marido y el esposo hacia
la esposa. Cada uno es Palabra de Dios al otro. A la
monja no le es posible abandonar el monasterio, pero
es tan enviada como un fraile. Es enviada a sus hermanas
de comunidad, y todo el monasterio es una palabra de
Dios enviada a nosotros. Nuestra misión a veces
consiste en permanecer donde estamos y ser allí
una palabra de vida.
En
Norfolk prisión de Massachusetts, en Estados
Unidos, está una de mis fraternidades laicales
favoritas. Los miembros de esta fraternidad no pueden
abandonar la prisión. Si lo pretendieran serían
obligados por la fuerza a no moverse. Pero son predicadores
dentro de la prisión. Son enviados a ser palabra
de vida y esperanza a un lugar de desesperanza y sufrimiento.
Son predicadores en un lugar donde la mayoría
de nosotros no podríamos acceder.
Jesús
no sólo envía a sus discípulos
fuera de la estancia cerrada; sino que también
les reúne en comunidad. Les envía a los
confines de la tierra y les manda ser uno como él
y el Padre son uno. Juzgo que es central a la vida dominicana
esta paradoja. Cuando Domingo recibió la bula
de la confirmación de la Orden volvió
a su pequeña comunidad de Toulouse y dispersó
a los frailes. Tan pronto quedó constituida la
comunidad la disolvió. Los frailes no tenían
ningún entusiasmo en irse, pero Domingo esta
vez insistió.
Para
Domingo la orden dispersa a los frailes y los congrega
en la unidad. Somos enviados fuera como predicadores,
pero permanecemos uno. Somos uno porque predicamos el
Reino al que toda la humanidad es convocada. Como Pablo
escribe, nosotros predicamos "un cuerpo y un espíritu,
como una es la esperanza a la que habéis sido
llamados. Un solo señor, una sola fe, un solo
bautismo, un solo Dios y padre de todos…"(Efesios,
4, 4). No podemos predicar el Reino y estar divididos.
Por eso siempre hemos luchado contra las escisiones
que querían dividir la Orden. ¡En algún
caso la unidad se mantuvo por muy poco!
Desde
el principio el latir de nuestras vidas de frailes era
el ser enviados fuera y congregarnos a la vuelta en
unidad. Es el respirar de la Orden. El genio de Domingo
consistió en dotar de fuertes pulmones para este
respirar, ellos son la forma democrática de gobierno.
El gobierno no es sólo una forma de administración.
Encarna una espiritualidad propia de la misión.
Este estilo democrático son los fuertes pulmones
que nos envían a la misión y nos congregan
de nuevo en la unidad. En los primeros siglos de la
Orden el capítulo general se celebraba todos
los años. Cada año los frailes se reunían
en Bolonia o en París y enviaban frailes a nuevas
misiones. A lo largo del año había frailes
por los caminos hacia Bolonia o París para encontrarse
en el capítulo; luego se iban a exóticos
lugares de misión, ¡como Inglaterra! En
esto consistían los pulmones que daban vida.
Hemos
visto que, como familia dominicana, tenemos distintos
modos de ser enviados. ¿Cómo conseguir
la unidad? ¿Qué forma adquirirá
nuestra comunión? ¿Cuáles son nuestros
pulmones, que nos espiran y juntos nos aspiran de nuevo?
Estamos justo en el inicio de esta reflexión.
Los monasterios de monjas se sienten profundamente parte
de la Orden, por más que cada uno tenga su preciosa
autonomía. Para muchas ramas de la familia la
unidad nunca ha sido tan importante. Muchas congregaciones
de religiosas son producto de un proceso de escisión,
a través de divisiones, como las células.
La unidad jurídica no ha sido importante para
vosotras. Con "Hermanas Dominicas Internacionales"
muchas religiosas están en el inicio de un proceso
para ver cómo ciento sesenta congregaciones pueden
colaborar juntas y hallar la unidad. Aún no existe
una estructura mundial que abarque el laicado dominicano.
Creo
que debemos empezar buscando la unidad en la misión.
Nosotros nos sentimos enviados juntos a predicar un
Reino en el que toda la humanidad está reconciliada.
Descubriremos la unidad entre nosotros cuando salgamos
a misiones conjuntas. Necesitamos nuevas estructuras
para construir la misión común. Han empezado
a emerger. El capítulo general de Bolonia animaba
a la familia dominica que vivía en el mismo lugar
a encontrar un plan de misión común. En
la ciudad de México o en París, por ejemplo,
la familia dominicana puede reunirse para decidir cuál
es nuestra misión allí. En el ámbito
internacional el consejo generalicio de los frailes
se encuentra regularmente con el equipo coordinador
de las Dominicas Internacionales para compartir asuntos
que nos atañen. Cuando fundamos la Orden en un
lugar nuevo deberíamos tratar desde el principio
de planificar esa nueva presencia como una iniciativa
de toda la familia dominicana.
En
este encuentro nuestro objetivo no es crear nuevas estructuras
jurídicas. No tenemos autoridad para hacerlo.
En el futuro, juntos, podemos descubrir qué estructuras
sirven mejor a la unidad. Hoy tenemos como tarea mucho
más importante descubrir una idea común
de nuestra misión. Este es el primer paso hacia
la unidad. Volvamos a la manifestación de Cristo
resucitado y veamos qué visión de la misión
descubrimos en ella.
Jesús
dice a los discípulos: “Os envío”
Él
da a los discípulos autoridad para hablar. El
predicador no es alguien que comunica simplemente información.
Él o ella habla con autoridad. Si queremos proclamar
nuestra identidad de predicadores, debemos reconocer
que cada uno de nosotros tiene autoridad para predicar
el evangelio.
En
primer lugar, todos nosotros tenemos autoridad para
predicar porque estamos bautizados. Esta es una enseñanza
clara de la Iglesia en Evangelii Nuntiandi, Redemptoris
Missio, y Christifideles Laici. Hemos sido bautizados
en la muerte y resurrección de Cristo, y por
eso podemos proclamarlo. Además cada uno de nosotros
tiene una autoridad única por quien es, por la
vida que ha vivido, y los dones recibidos. Cada uno
de nosotros tiene una palabra que proclamar que no se
ha dado a ningún otro. Dios está en nuestras
vidas, como casados o célibes, como padres o
hijos. Desde estas experiencias humanas del amor, de
sus triunfos o fracasos, tenemos una palabra que decir
sobre Dios que es amor. También tenemos autoridad
por nuestros dones y conocimientos. Somos políticos
y cocineros, carpinteros y físicos; somos profesores
y taxistas, abogados y economistas. Yo asistí
en Goias (Brasil) a un encuentro de miembros de la familia
dominicana que eran abogados. Ellos tenían su
autoridad específica como abogados para enfrentarse
con los problemas de justicia y paz en el continente.
Por
último, la autoridad de nuestra predicación
es la de la verdad, Veritas. Esta es la verdad para
la que los seres humanos han sido creados y que reconocen
instintivamente. Cuando fr. Luis Munio de Zamora OP
compuso la primera regla para las fraternidades dominicanas
en el siglo XIII, no los invitó a ser penitentes,
según la tradición de entonces. Quiso
que fueran hombres y mujeres de la verdad, “verdaderos
hijos de Domingo en el Señor, rebosantes de un
celo fuerte y ardiente por la verdad católica,
manteniendo su propio estilo de vida”. Es una
verdad que debemos buscar juntos, así sucede
en lugares como el Instituto Aquinas de San Luis (Estados
Unidos), donde laicos, religiosas y frailes dominicos
estudian y enseñan juntos. La búsqueda
puede ser dolorosa. Puede llevarnos a la incomprensión
e incluso a la condena, como a nuestro hermano Marie-Joseph
Lagrange. Pero da autoridad a nuestras palabras y responde
al deseo más profundo de la humanidad.
Para
ser realmente una familia de predicadores, debemos reconocer
la autoridad de unos para con otros. Yo debo admitir
la autoridad de una hermana porque habla desde la verdad
de su experiencia como mujer, o también como
profesora o teóloga. Debo dar autoridad al laico
dominico que sabe más que yo de muchas cosas:
quizá del matrimonio, o de la pobreza, o de alguna
ciencia o arte. Si reconocemos la autoridad de unos
y de otros, seremos verdaderamente una familia de predicadores,
con una voz fuerte. Juntos podemos hallar una autoridad
que ninguno de nosotros tiene individualmente. Debemos
encontrar juntos nuestra voz.
Para
muchos dominicos, el descubrimiento de que todos tenemos
la autoridad para predicar ha sido emocionante y liberador.
Y la restricción de predicar después del
evangelio en la Eucaristía es muy dolorosa para
muchas hermanas y laicos. Se siente como una negación
de vuestra plena identidad de predicadores. Como me
pidió el Capítulo General, he nombrado
una comisión para que examine este problema,
pero por desgracia sus conclusiones no se harán
públicas hasta marzo del próximo año.
¡Ojalá pudiera haberlas leído antes
de preparar esta intervención!
Todo
lo que os puedo decir es que no os desaniméis.
Aceptad cualquier otra ocasión para predicar.
Creemos juntos nuevas ocasiones. Estemos en acuerdo
o en desacuerdo con esta norma, para nosotros no es
el punto esencial del problema. Predicar en el púlpito
ha sido siempre sólo una pequeña parte
de nuestra predicación. De hecho se puede argüir
que Domingo deseaba llevar la predicación del
evangelio fuera de los límites de la iglesia
a la calle. Quería llevar la predicación
de Dios adonde está la gente, viviendo o estudiando,
discutiendo o divirtiéndose. Para nosotros el
reto es predicar en nuevos lugares, en Internet, a través
del arte, de mil maneras. Sería paradójico
que pensáramos que la predicación desde
el púlpito era el único modo real de proclamar
el evangelio. Sería una forma de fundamentalismo
que iría en contra de la creatividad de Domingo,
un paso atrás en la Iglesia.
Sé
que esto puede parecer una evasiva, una disculpa para
privar a los laicos y a las religiosas de la predicación
activa en el sentido normal de la palabra. Podría
parecer como si estuviéramos diciendo que los
no ordenados tuvieran que contentarse con una forma
menor de predicación. Pero no es eso. La Orden
de Predicadores existe para anunciar y compartir la
buena noticia, sobre todo para los que no vienen a nosotros.
Los frailes lo practican con una increíble variedad
de modos: escribiendo libros, apareciendo en televisión,
visitando los enfermos. Por más que la exclusión
del púlpito pueda ser dolorosa y no se acepte,
yo no creo que sea éste el gran problema.
Todos
nosotros somos “buenos administradores de la múltiple
gracia de Dios” (1 Pt 4,10) de formas diversas.
Los mártires dominicos de Vietnam, China y Japón,
en el siglo XVII, fueron hombres y mujeres, laicos y
religiosos, con una diversidad extraordinaria de maneras
de ser predicadores. Santo Domingo Uy fue un dominico
laico vietnamita conocido como “El Maestro Predicador”,
no hay duda que proclamó la palabra; Peter Ching
fue un laico chino que participó en públicos
debates en Fogan para defender la verdad del cristianismo,
lo mismo que Domingo con los albigenses. En cambio,
otros laicos dominicos mártires fueron catequistas,
mesoneros, comerciantes, intelectuales.
Predicamos
la Palabra que se ha hecho carne, y esta Palabra de
Dios puede hacerse carne en todo lo que somos, no sólo
en lo que decimos. San Francisco de Asís decía:
“Predicad el evangelio en todo momento. Si es
necesario, ¡usad las palabras!”. Tenemos
que ser palabras vivas de verdad y esperanza. San Pablo
escribió a los Corintios: “Vosotros sois
una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio,
escrita no con tinta, sino con el Espíritu del
Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas
de carne del corazón” (2 Cor 3, 3). En
algunas situaciones la palabra más efectiva puede
ser incluso el silencio. En Japón quedé
impresionado por cómo nuestros monasterios son
testigos poderosos del evangelio. Es posible que los
budistas encuentren a Cristo con más profundidad
en el silencio que en todas las palabras que nosotros
podamos decir. Pienso en las colonias de leprosos aquí
en Filipinas, regentadas por los hermanos de San Martín,
que son una encarnación de la compasión
de Domingo. La Palabra también se hace visible
en la poesía y en la pintura, en la música
y en la danza. Cualquier destreza nos proporciona un
modo de propagar la palabra. Por ejemplo, Hilary Pepler,
famoso laico dominico e impresor, escribió que
“El trabajo del impresor, como todo trabajo, debería
hacerse para gloria de Dios. El trabajo del impresor
es multiplicar la palabra escrita, de ahí que
el impresor sirva al creador de las palabras, y el creador
de las palabras sirve, -o debiera servir- a la Palabra
hecha Carne” .
Nosotros
no predicamos esta palabra como individuos aislados,
sino como comunidad. Christifideles Laici dice que la
comunión con Jesús “aumenta la comunión
de los cristianos entre sí… La comunión
aumenta la misión y la misión se consuma
en la comunión” (nº 32). Como todos
sabéis, en un principio, a la comunidad de los
hermanos se la llamaba sacra praedicatio, la santa predicación.
Cuando Antonio de Montesinos predicó su famosa
homilía en defensa de los Indios en la Española
en 1511, los conquistadores fueron a quejarse al prior,
Pedro de Córdoba. Y el prior les dijo que cuando
Antonio predicaba, era toda la comunidad la que predicaba.
Deberíamos ser comadronas unos para otros, ayudando
a nuestras hermanas y hermanos a decir la palabra que
se les ha dado. Tenemos que ayudarnos mutuamente a encontrar
la autoridad dada a cada uno. Juntos somos una palabra
viva que no podemos ser por separado.
Hace poco conocí en Estados Unidos a un fraile
que había sufrido una operación de cáncer
y perdido parte de la lengua. Tuvo que aprender a hablar
de nuevo. Descubrió qué complejo es decir
una sola palabra. Necesitamos partes del cuerpo en las
que nunca pensamos: nuestra mente, pulmones, garganta,
cuerdas vocales, lengua, dientes y boca. Todo ello es
necesario para decir simplemente: “La paz con
vosotros”. Si hemos de proclamar esto al mundo,
nos necesitamos mutuamente para poder formar juntos
estas palabras de vida. Juntos somos la mente, los pulmones,
la lengua, la boca, los dientes, las cuerdas vocales
que pueden formar una palabra de paz.
A
primeros de año asistí a un encuentro
de la familia dominicana en Bolonia. Había un
grupo de laicos que trabajaban con las hermanas y hermanos
en misiones de predicación en las parroquias.
Había otro grupo laico y frailes, cuyo amor es
la filosofía, y que veían su misión
como una confrontación con el vacío intelectual
existente en el corazón de la vida de las gentes.
Predican enseñando. Y había otro grupo
de hermanas que dirigen una Universidad para personas
retiradas y sin empleo. Y había otro grupo de
laicos que decían que querían apoyar la
misión de los otros con la oración. No
existía competencia alguna entre estos dominicos.
Ningún grupo pretendía ser “verdaderos
dominicos” o que los demás fueran “ciudadanos
de segunda clase”. Por ejemplo, las fraternidades
juegan un papel central en la vida de la Orden que ningún
grupo nuevo puede amenazar. Pero estas fraternidades
pueden fortalecer la familia dominicana ayudando a encontrar
grupos juveniles, nuevas asociaciones, que, a su vez,
renuevan a las fraternidades. Para ser una auténtica
familia de predicadores, no puede haber competencia
entre nosotros. Si así fuera, no encarnaríamos
el evangelio.
Y
dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les
dijo: “Recibid el Espíritu Santo”
Jesús
sopla sobre los discípulos. Es un eco deliberado
de la creación de la humanidad, cuando Dios exhaló
su aliento sobre Adán y lo hizo ser viviente.
Jesús infunde su espíritu sobre los discípulos
para que se llenen de vida. Es la culminación
de la creación. Pedro dice a Jesús: “Tú
tienes palabras de vida eterna” (Juan 6, 28).
El fin de la predicación no es comunicar información,
sino vida. El Señor dice a Ezequiel: “Pronuncia
un oráculo sobre estos huesos y diles: ¡Huesos
secos, escuchad la palabra del Señor! Así
dice el Señor a estos huesos: Yo mismo traeré
sobre vosotros espíritu y viviréis”
(37, 4). ¡Nosotros predicadores deberíamos
decir palabras que hagan resucitar a los huesos secos!
Debemos
ser honrados y admitir que la mayoría de nuestras
predicaciones resultan aburridas, y más propensas
a hacernos dormir que a despestarnos. Al menos nos llevan
a la oración: pasados diez minutos, miramos discretamente
al reloj y rezamos para que acabe pronto el predicador.
Los dominicos colombianos dicen: “Cinco minutos
para el público, cinco para las paredes, y lo
restante para el diablo”. Hasta Pablo, el más
grande predicador de todos, consiguió que Eutiquio
se durmiera, cayera de la ventana y a punto estuviera
de morir! Pero Dios a veces nos da la gracia de decir
palabras que dan vida a los demás.
Conocí
a una mujer en Filipinas llamada Clarentia. Había
cogido la lepra a los catorce años, y pasó
toda su vida en una leprosería, viviendo con
nuestros Hermanos de San Martín. Apenas se atrevía
a salir de ese lugar donde era aceptada y acogida con
cariño. Ahora que está en los sesenta,
ha descubierto su vocación de predicadora. Ha
encontrado el coraje de dejar cerrada la “habitación
de arriba” e ir a visitar las leproserías
para animar a la gente de allí a encontrar también
la libertad; dirige asociaciones y agencias de gobierno.
Ella ha hallado su voz y autoridad luchando contra esta
horrible enfermedad. Esto es lo que significa predicar
una palabra de vida.
Para
nosotros predicadores todas las palabras tienen importancia.
Todas nuestras palabras pueden ofrecer a otros vida
o muerte. Nuestras palabras pueden sostener y renovar
a otras personas, o arruinarlas y destruirlas. Durante
todo el día estamos ofreciendo palabras unos
a otros; bromeamos, intercambiamos información,
murmuramos, repetimos las noticias, y hablamos de la
gente que no está presente. Nuestras vidas se
llenan de palabras, que hacen bien o mal. Desde esta
misma ciudad de Manila se lanzó este año
un virus cibernético. Se disfrazaba bajo un mensaje
llamado “I LOVE YOU”. A todos nos gusta
recibir mensajes como éste. Sin embargo, al abrir
ese mensaje se destruían todos los archivos del
ordenador. A veces nuestras palabras pueden tener un
efecto semejante. Podemos dar la impresión de
que somos sinceros, justos y honrados, “te lo
digo sólo por tu bien, amigo”, ¡al
tiempo que sembramos veneno!
Un
lema de la Orden es “Laudare, benedicere, praedicare”,
“alabar, bendecir, predicar”. Ser un predicador
es más que aprender a hablar sobre Dios. Es descubrir
el arte de alabar y bendecir todo lo bueno. No hay predicación
sin celebración. No podemos predicar a no ser
que veamos la bondad de lo que Dios ha creado, la alabemos
y la bendigamos. A veces el predicador debe, como Las
Casas, confrontar y denunciar la injusticia, pero solamente
para que la vida pueda salir victoriosa sobre la muerte,
y la resurrección sobre la tumba, y la alabanza
sobre la queja.
Por
tanto floreceremos como familia de predicadores sólo
si nos fortalecemos unos a otros y nos damos mutuamente
vida. Tenemos que insuflar unos en otros el aliento
de Dios, como Jesús hizo con sus discípulos.
Santa Catalina de Sena fue predicador no sólo
por lo que dijo o escribió, sino por la fuerza
que dio a los otros. Cuando el Papa se desanimaba ella
le hizo recobrar el ánimo. Cuando su querido
Raimundo de Capua, Maestro de la Orden tuvo miedo, ella
le impulsó a seguir adelante. Algo que de vez
en cuando necesitamos los maestros de la Orden. Cuando
un criminal fue condenado a muerte, ella le ayudó
a afrontar la ejecución. Le decía: "ánimo,
querido hermano, pronto estaremos en la fiesta de las
bodas... Nunca olvides esto. Estaré esperándote
en el lugar de la ejecución" .
La
familia dominicana en Brasil ha establecido lo que se
ha llamado "The Dominican mutirão".
Mutirão significa “trabajar juntos”.
Todos los años un pequeño grupo de frailes,
religiosas y laicos va a estar con el pueblo que lucha
en favor de la vida o la justicia, sobre todo con aquellos
más pobres y olvidados. Van a estar con ellos
precisamente para mostrarles su apoyo, para escuchar
cómo es su vida, para hacerles ver que hay quien
se acuerda de ellos. Necesitamos de esto si hemos de
ser fuertes.
Creceremos
en familia dominicana en la medida que aprendamos a
fortalecernos unos a otros, a darnos vida, en la medida
que reconozcamos la autoridad de los otros y alabemos
a Dios por lo que vemos. La mayoría de nosotros
aprendimos a ser persona humana en la familia. Nuestros
padres y hermanos, tías y tíos, primos
nos enseñaron cómo hablar y escuchar,
cómo jugar y reír, cómo andar y
cómo levantarnos cuando caíamos. No podéis
ser humanos solos. Quizás por eso Domingo siempre
pensó en la amplitud de una familia, con frailes,
monjas y laicos. Domingo era eminentemente humano y
predicaba a un Dios que abrazaba nuestra humanidad.
Necesitamos nuestra familia dominicana para hacernos
predicadores humanos y llenarnos de vida. Necesitamos
la sabiduría de las mujeres, la experiencia de
casados y padres y la profundidad del contemplativo
si queremos formarnos como predicadores. De este modo
toda formación dominicana sería formación
mutua. En muchas partes del mundo novicios de frailes
y novicias de religiosas pasan parte de su formación
juntos. Podemos enseñarnos unos a otros a decir
palabras de vida.
Y
las últimas palabras de Jesús que comentaré
muestran lo que está en el corazón de
esta palabra de vida.
“A
quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan
retenidos”
Por
dos veces Jesús dice "la paz con vosotros
", y tras ello les da poder para perdonar o retener
los pecados. Esto es el corazón de nuestra predicación.
Incluye el perdón de nuestros pecados individuales.
Santo Domingo lloraba por los pecadores. También
incluye la curación de las divisiones entre los
pueblos, la reconciliación entre ellos y el nacer
de un mundo justo.
De
nuevo esta vocación se vive de diversa manera.
Hubo una laica dominica francesa, llamada Maïti
Gistanner, fue una brillante pianista. En el año
1940, durante la ocupación nazi fundó
un grupo de resistencia. Acabó siendo capturada
por la Gestapo y torturada por un joven médico.
Éste le destruyó el sistema nervioso.
El resto de su vida fue un continuo sufrimiento. Destruyó
su carrera de pianista. Cuarenta años más
tarde este médico entendió que antes de
morir debía pedirle perdón. Localizó
a Maïti y le rogó la reconciliación.
Fue perdonado y volvió a su casa con fuerzas
para enfrentarse a sí mismo, a su familia y a
su muerte. Maïti le había dicho: "vous
voyez: le mal n`est pas le plus fort" "Ya
ve usted: el mal no es lo más fuerte". Eso
es lo que encarna la predicación de Jesús.
Pienso
en la "Acción Dominicana por la Paz"
en Gran Bretaña, grupo de monjas, religiosas,
laicos y frailes que constituyen un comité para
trabajar juntos en favor de la paz y en concreto para
la abolición de las armas nucleares, a través
de escritos, predicación, infringiendo incluso
la ley. A nuestra comunidad de Santa María la
Mayor se le ha confiado escuchar las confesiones en
esa basílica. Durante horas, todos los días
especialmente en este año jubilar, en innumerables
lenguas, ofrecen el perdón de Dios. Todos estos
son modos de predicar las palabras "la paz con
vosotros".
Ahora
bien, no podemos predicar la paz si no la vivimos entre
nosotros. Cuando los hermanos y las hermanas hacen su
profesión piden la misericordia de Dios y de
la Orden. Nada tendremos que decir sobre la paz y el
perdón si no nos lo ofrecemos unos a otros, como
familia dominicana.
Cuando
estalló la guerra entre Argentina y Gran Bretaña
por el conflicto de las islas Malvinas en 1982, los
frailes de la comunidad de Oxford salieron a las calles
con sus hábitos, con velas en las manos. Fuimos
en procesión hasta al monumento a los caídos
en la guerra para rezar por la paz. El año pasado
estuve en Argentina y coincidí con el "día
de las Malvinas", el día en que la nación
renueva su compromiso con las islas. Estaba en Tucumán,
en el norte del país. Las calles estaban adornadas
con banderas y estandartes argentinos. Debo confesar
que me pregunté si había acertado en el
día de estar allí. A la tarde fui a un
encuentro de un millar de miembros de la familia dominicana,
¡allí estaba también una pequeña
bandera inglesa! Celebramos juntos una eucaristía
por todos los muertos. La paz que predicamos es la paz
que nosotros debemos vivir.
En
el norte de Burundi hay un monasterio de monjas dominicas.
Todo el país ha sido destruido por una violenta
guerra civil entre hutus y tutsis. Por todos los sitios
se encuentran pueblos vacíos y campos quemados.
Pero cuando te acercas a la colina sobre la que está
el monasterio puedes observar que todo está verde.
La gente viene aquí a atender sus campos. Es
un oasis de paz en un desierto de guerra. Y lo es porque
las monjas viven juntas y en paz, a pesar de que unas
son hutus y otras tutsis. Todas han perdido familia
res en la guerra. La paz y el perdón se han hecho
carne en la comunidad.
La
paz que compartimos es mucho más que la ausencia
de conflictos. Es más que perdonarnos cuando
actuamos mal. Es la amistad, corazón de la espiritualidad
dominicana. Antes de morir, Jesús dijo a sus
discípulos: "Os llamo amigos". Tres
días más tarde, después de la traición,
la negación, el sufrimiento y la muerte, aparece
entre ellos y les ofrece de nuevo su amistad: "paz
a vosotros". Es esta amistad la que puede superar
la traición, la cobardía y el pecado.
Amistad que es la propia vida de Dios, el amor que existe
en el corazón de la Trinidad.
La
amistad está en el fundamento de la igualdad
entre nosotros. Lo que quiere decir que todos somos
miembros por igual de la familia dominicana. No podemos
entrar en competición entre frailes y religiosas,
entre éstas y monjas, entre las fraternidades
y las nuevas formas de grupos laicos. Esto supone que
hemos de ser fieles unos a otros. Debemos apoyarnos
mutuamente, nunca denunciarnos en público.
La
familia dominicana es nuestra casa común. Estamos
chez nous, en casa. Sé que a veces las religiosas
y los laicos tienen la sensación de que en nuestra
casa dominicana los frailes ocupan la habitación
de arriba y han intentado dejar fuera a los demás.
Uno de los mayores desafíos es construir una
conciencia compartida de la Orden como lugar que a todos
nos pertenece. Estar en casa significa que no hay por
qué justificar que se está en ella, y
sí sentirse a gusto. Uno es aceptado como es.
Ciertamente cada comunidad necesita su proprio tiempo
y su proprio espacio. No podemos todos irrumpir en los
monasterios y pedir participar en la vida de las monjas.
Las comunidades de frailes y de religiosas, y las familias
de los laicos necesitan su intimidad. Es obvio. Santo
Tomás dice que la amistad no consiste en vivir
bajo el mismo techo o comer en la misma mesa "como
el ganado", sino en la comunicación y en
el placer de la conversación . Lo que implica
reconocernos unos a otros como hermanos y hermanas.
Se ha de mostrar en nuestros gestos, palabras, en la
acogida que nos dispensamos.
Muchas
pequeñas tensiones dentro de la familia dominicana,
como quién y qué siglas se pueden añadir
tras su nombre, quién y cuándo puede usar
el hábito, son síntomas de un anhelo más
importante y profundo de amistad, de sentirse en casa,
de pertenencia, de tener asegurado un lugar. Antes se
hablaba de pertenecer a la primera, segunda y tercera
Orden. Esta terminología la abolió el
capítulo general de Rivest Forest en 1968 para
establecer un plano de igualdad. No hay primera, segunda,
tercera clase. Pero con ello hemos perdido el modo de
establecer nuestra unidad en la Orden común.
Todos hemos de encontrar vías para llegar a construir
esa casa común.
Ha
de ser una casa abierta, que dé la bienvenida
a amigos de nuestros amigos, que acoge nuevos grupos
cuya identidad dominicana no está quizás
clara, pero que desean ser parte de la familia. La amistad
que Jesús ofrece es amplia y abierta. A todos
acoge. Se muestra impaciente con ellos cuando los discípulos
deciden impedir a algunos que prediquen porque no son
de su grupo. No cierra las puertas, sino que las atraviesa.
Encarnemos esta gran y cordial amistad. Seamos signo
de esta acogida de modo que nos sintamos a gusto en
la familia dominicana, sabiendo que pertenecemos a ella.
Que Domingo nos libre del miedo que cierra las puertas.

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