
Se me pidió hablaros sobre "qué sentido
tiene hoy la vida religiosa". La pregunta se impone
con urgencia a los religiosos hoy porque muchos de entre
nosotros se preguntan si el modo de vida, con el que
estamos comprometidos, tiene el menor sentido. Hay menos
vocaciones que antes en Europa Occidental; en Francia
muchas Congregaciones disminuyen y algunas mueren; ser
religioso hoy no aporta ya el mismo estatus ni el respeto
que suscitaba.
1.
A la búsqueda de una historia
Nos
parece haber perdido nuestro papel en la Iglesia que
parece convertirse en algo más clerical, y haber
perdido, también, nuestra importancia en una
sociedad donde los laicos hacen ahora tantas cosas realizadas
antes, en gran parte, por los religiosos. Con el nuevo
sentido de la santidad del matrimonio, nuestro modo
de vida ya no se considera más perfecto que los
otros. Es comprensible, pues, que muchos religiosos
se pregunten: ¿Qué sentido tiene hoy la
vida religiosa?"
En
esta situación sería natural intentar
encontrar el sentido de la vida religiosa en algo que
nos es peculiar, algo que hacemos nosotros y que nadie
más hace, algo que nos dé nuestro puesto
especial, nuestra identidad específica. Somos
como herreros en un mundo de automóviles a la
búsqueda de un nuevo papel. Tengo la sensación
de que ésta es una de las razones por las cuales
nosotros, religiosos, con frecuencia hablamos con ardor
de nosotros mismos como profetas. Decimos ser la parte
profética de la vida de la Iglesia, ¡pero
no como solución a nuestra crisis de identidad!
Me gustaría, más bien, salir a otras partes
a conocer el sentido de la crisis que atraviesa la sociedad
occidental. Creo que la vida religiosa es más
importante que antes y esto por la manera en que somos
llamados a afrontar la crisis de sentido de nuestros
contemporáneos. Nuestra vida debe ser una respuesta
a la pregunta: "¿Qué sentido tiene
hoy la vida humana?". Quizá éste
haya sido siempre el testimonio primero de la vida religiosa.
Cómo
se puede empezar a reflexionar en una cuestión
tan amplia como la crisis contemporánea de sentido.
Para decir algo que sea apropiado, sería necesario
haber estudiado libros sobre lo modernidad y la postmodernidad.
No los he leído. Mi excusa es que, viviendo en
la carretera, no he tenido tiempo. Pero la verdad es
que, si tuviera que leer estos libros, probablemente
tampoco los comprendería. Están escritos
principalmente para franceses inteligentes y ¡superan
la comprensión de un inglés! Intentaré,
por el contrario, un acercamiento más sencillo.
Me gustaría proponeros el contraste entre dos
imágenes, dos historias implícitas de
la vida humana.
Toda
cultura tiene necesidad de historias para encarnar la
comprensión de lo que significa ser un ser humano,
de lo que es un modelo de vida. Tenemos necesidad de
historias que nos digan quiénes somos y a dónde
vamos. Cuando una sociedad vive una crisis de sentido,
uno de los síntomas es que las historias contadas
por esta sociedad no dan ya sentido a nuestra experiencia.
Ya no se adaptan. Cuando una sociedad atraviesa un momento
de cambio profundo, entonces tiene necesidad de un nuevo
tipo de historias que den sentido a su vida.
Mostraré
que la crisis fundamental del sentido en nuestra sociedad
es que la historia subyacente en la cultura europea,
desde hace varios siglos, no tiene ya sentido. Es una
historia de progreso, de supervivencia del más
adaptado, del triunfo del más fuerte. El héroe
de esta historia es el yo moderno. Él (generalmente
es un hombre) está solo y está libre.
Es la historia implícita de nuestras novelas,
de nuestras películas, de nuestra filosofía,
de nuestra economía y de nuestra política.
Pero ha cesado de dar sentido a nuestra experiencia.
Tomaré como símbolo de esta historia el
cartel de un oso que, con bastante frecuencia, he visto
en las paredes de Roma.
Así
somos nosotros: una sociedad hambrienta de una nueva
historia que dé algún sentido a nuestra
identidad. Creo que el sentido de la vida religiosa
consiste en responder a esta pregunta: "¿Qué
sentido tiene hoy la vida humana?". La gente debe
poder reconocer en nuestras vidas una invitación
a ser, de una forma nueva, un ser humano. El símbolo
de esta otra historia será para mí una
monja cantando en las tinieblas de la noche junto al
cirio pascual.
Deseo,
pues, ofreceros este contraste entre dos imágenes,
dos historias: la de un oso y una monja. Me gustaría
ponerlos en contraposición considerando los tres
elementos necesarios en toda narración: una historia
que evoluciona en el tiempo; los acontecimientos que
hacen avanzar la historia y los actores. Si nuestros
contemporáneos se sienten perdidos y desorientados,
hambrientos de sentido, es porque las historias modernas
no dan ya sentido a nuestra experiencia del tiempo,
de los acontecimientos y de lo que significa ser una
persona. Nosotros, religiosos, deberíamos encarnar
otra manera de estar en la vida.
2.
La trama y el tiempo
Permitidme
comenzar contandoos la historia del oso. Hace un año
los muros de Roma estaban cubiertos de carteles con
un gran oso enfurecido. Y la leyenda del cartel decía:
"la forza del prezzo giusto": la fuerza del
justo precio. Esperando el autobús tuve mucho
tiempo de contemplar este oso. Refleja bien la historia
de la modernidad.
En
primer lugar, este oso sugiere que la trama fundamental
de la historia es un progreso irresistible. Es un oso
del que Darwin hubiera estado orgulloso, un vencedor
en el proceso de la evolución. La historia humana
es un proceso hacia adelante. Es también un símbolo
de la economía mundial, del mercado. Lo que hace
avanzar la historia humana es la economía. "La
forza del prezzo giusto": la fuerza del justo precio.
La historia humana es la narración de un proceso
inevitable, a través de la liberalización
del mercado. El mejor sistema económico debe
triunfar. El oso es el vencedor.
Cuando
yo era niño (y observandoos imagino que muchos
de vosotros también erais niños en esa
época) se podía todavía creer justamente
que la humanidad estaba en el camino de un futuro radiante.
Pero también se perfilaban ya sombras. Nací
una semana antes del fin de una guerra que tuvo cincuenta
millones de muertos. Hemos sabido, poco a poco, del
holocausto y los seis millones de judíos muertos
en los campos de exterminio. Crecí bajo la amenaza
de las bombas. Recuerdo a mi madre haciendo acopio de
cajas de conservas en la bodega, por si estallaba una
guerra nuclear. Y, sin embargo, era posible aún
agarrarse a la idea de que la humanidad avanzaba. Cada
año veíamos la independencia otorgada
a nuestras antiguas colonias; la medicina eliminaba
enfermedades como la tuberculosis y la malaria. Seguramente
pronto se vería también el final de la
pobreza. Incluso los aviones y los coches iban más
deprisa cada año. Las cosas irían a mejor.
Hoy estamos menos seguros de nosotros. La zanja entre
ricos y pobres continúa ahondándose. La
malaria y la tuberculosis están de vuelta y,
de aquí a un año, habrá probablemente
cuarenta millones de personas afectadas de sida. Sólo
en Europa el paro afecta a veinte millones de personas.
Los sueños de un mundo justo parecen estar alejándose.
¿A dónde va la humanidad? ¿Tiene
sentido nuestra historia, tiene alguna dirección?
O bien ¿estamos dando vueltas, vagando en el
desierto, sin acercarnos, en absoluto, al país
de la tierra prometida? Incluso la Iglesia que parecía
orientarse hacia una renovación y una nueva vida
en el Concilio Vaticano II, no parece saber a dónde
va.
Hay
en el corazón de la modernidad una contradicción,
y eso es lo que hace que su historia ya no sea plausible.
Por un lado, el oso es efectivamente irresistible. Por
todas partes el mercado mundial triunfa de todos sus
enemigos. El comunismo ha caído en la Europa
del Este, e incluso, en China parece estar a punto de
sucumbir. Pero por otro lado la historia no nos conduce
al Reino. Lo que nosotros tenemos ante los ojos es la
pobreza creciente y la guerra. Incluso los tigres asiáticos
están enfermos. El oso es irresistible, pero
está despedazándonos. Así la trama
de los tiempos modernos contiene una insoportable contradicción.
Ya no podemos encontrarnos ahí.
No
podemos vivir sin historia. Como hemos llegado a dudar
de la marcha del futuro de la humanidad se necesitan
otras historias para llenar el vacío. Serán
quizás historias milenarias del fin del mundo,
historias de extraterrestres, historias de victoria
en la copa del mundo (bravo por Francia…). Con
bastante frecuencia es lo que llamamos en inglés
"soap operas", las series insignificantes
de televisión. Recientemente el último
episodio de una "soap operas"
ha
sido vista en los Estados Unidos por ochenta millones
de personas. Los restaurantes cerraron por la tarde.
El anuncio de que un asteroide gigante chocaba contra
la tierra el 26 de Octubre del 2028 ha levantado menos
interés. Habiendo cesado de creer en el mito
del progreso, nos refugiamos en la ficción.
Es
quizá la sed de una historia lo que explica la
extraordinaria reacción ante la muerte de la
princesa Diana. Los ingleses son, como sabéis,
gente muy poco emotiva o, al menos, así les gusta
imaginárselos a los franceses, pero nunca he
visto una pena semejante. Era como si la historia en
el corazón de la humanidad se hubiera cerrado
bajo el puente de París. Millones de personas
han llorado como si hubieran perdido a su mujer, su
marido, su hijo o su madre. Por todas partes adonde
voy sé que al final van a preguntarme por la
princesa. Después de esta conferencia espero
responder alguna pregunta sobre ella… En Vietnam
me dijeron, incluso, que me parecía al príncipe
Guillermo. Me encantó oírlo, pero estas
gentes son de una cortesía tan extrema…
Fue el "soap operas" del mundo. Tal vez su
historia decía algo a tanta gente justamente
porque en ella podíamos vernos nosotros mismos.
Era una persona buena, pero no perfecta, que se interesaba
realmente por los otros, alguien para quien la vida
hubiera debido ser maravillosa y, sin embargo, inexplicablemente
fue un fracaso. Es una historia triste y fútil,
evocando la futilidad resentida de tantas personas que
se preguntan a dónde va su vida.
¿En
qué sentido puede la vida religiosa sugerir otra
trama, una historia alternativa?
Dejadme
que os proponga otra imagen. Este año celebré
la Pascua en un monasterio de monjas dominicas contemplativas.
El monasterio estaba edificado en una colina detrás
de Caracas, en Venezuela. La iglesia estaba llena de
gente joven. Encendimos el cirio pascual y lo colocamos
en su soporte. Una monja joven, acompañándose
de la guitarra, entonó un canto de amor junto
al cirio. El canto tenía toda la ronca pasión
de Andalucía. Confieso que me conmovió
enormemente contemplar esta imagen de la monja entonando,
en medio de la oscuridad de la noche, un canto de amor
al fuego recién nacido. Esta imagen sugería
que estamos cogidos por otro drama, por otra historia.
Esta es nuestra historia, y no la del oso enfurecido
que devora a sus rivales.
En
primer lugar la monja que canta en la noche sugiere
que la trama fundamental de la historia de la humanidad
no es ya la que representaba el oso. Allá afuera,
en el jardín, el celebrante había grabado
el cirio diciendo estas palabras: "Cristo ayer
y hoy, principio y fin, alfa y omega. El tiempo entero
le pertenece y todas las edades. A El poder y gloria
por los siglos de los siglos. Amén".
La
vida religiosa es, quizá, ante todo, un Amén
viviente a esta perspectiva temporal más larga.
Es en esta extensión de la historia entre el
alfa y el omega, desde la creación hasta el Reino,
donde todo ser humano debe encontrar su sentido. Nosotros
somos los que viven para el Reino, para el tiempo en
que, como dijo Julián de Norwich, "todo
estará bien, toda suerte de cosas serán
buenas".
La
vocación que saca más radicalmente a la
luz esta apertura del futuro es la de los monjes y monjas
contemplativos. Su vida no tiene ningún sentido
si no están en el camino del Reino. El cardenal
Basil Hume es el cristiano más respetado en Inglaterra
en parte porque es monje. Él ha escrito esto
de los monjes: "Nosotros no consideramos que hayamos
tenido una misión o una función particular
en la Iglesia. No fuimos destinados a cambiar el curso
de la historia. Estamos allí, es todo, casi por
accidente desde un punto de vista humano. Y, felizmente,
continuamos estando allí. Es todo".
Los
monjes están allí, es todo, y su vida
no tiene ningún sentido sino es anunciar el final
de los tiempos, este encuentro con Dios. Están
como esas gentes que esperan la parada del autobús.
Sólo el hecho de que ellos estén allí
indica que el autobús debe llegar con toda seguridad.
No tiene sentido provisional o sentido parcial. Ni niños,
ni carrera, ni realizaciones, ni promoción, ni
utilidad. Es por una ausencia de sentido por lo que
su vida revela una plenitud de sentido que no podemos
definir. Todo, como la tumba vacía, anuncia la
Resurrección o el destello en la órbita
de una estrella, señala al invisible planeta.
El
monacato occidental nació en un momento de crisis.
Mientras el Imperio Romano moría lentamente bajo
los asaltos de los bárbaros, Benito marchó
a Subiaco y fundó una comunidad de monjes. Entonces,
cuando la historia de la humanidad parecía no
ir a parte alguna, Benito fundó una comunidad
de gentes para quienes la vida no tenía otro
sentido que el de indicar este fin último, el
Reino.
Se
podría decir que la vida religiosa nos fuerza
a vivir abiertamente y a descubrir la crisis moderna.
La mayoría de la gente sigue un modelo de vida
y una historia que permite mantener la pregunta principal
a distancia. Una vida puede tener su propia significación
en el enamorarse, casarse, tener hijos, luego nietos.
La historia de otro encontrará su sentido en
una carrera, en escalar puestos de promoción,
haciendo fortuna e, incluso, alcanzando notoriedad.
Se pueden contar muchas historias para dar un modelo
provisional en un sentido a nuestra estancia en la tierra.
Y esto es justo y bueno. Pero nuestros votos no nos
ofrecen esta consolación. No tenemos matrimonio
que dé forma a nuestra vida. No tenemos carreras.
Estamos desnudos frente a la pregunta ¿qué
sentido tiene la vida humana?.
No
basta con sentarse y esperar la venida del Reino. Los
hermanos más jóvenes no están,
a veces, de acuerdo conmigo, pero es preciso salir de
la cama cada mañana para hacer algo. Incluso
los monjes y las monjas deben hacer algo. Recuerdo haber
preguntado un día a un hermano, particularmente
perezoso, por lo que él hacía. Me respondió
que él era "signo escatológico",
esperando la venido del Reino. ¿Cómo valoramos
lo que hacemos ahora? La mayoría de nosotros
pasamos nuestros días en actitudes útiles,
enseñando, trabajando en los hospitales, ayudando
en las Parroquias, ocupándonos de los olvidados.
¿Qué dice nuestra vida diaria de la historia
de la humanidad?
Volvamos
a esta monja joven. Estamos en el corazón de
la noche y ella entona ese canto salvaje. Es en la noche
cuando canta las alabanzas de Dios. Incluso en la oscuridad,
entre el comienzo y el fin, se puede encontrar a Dios
y glorificarlo. Ahora es el momento. Cuando espera ser
asesinado, Jesús dice a sus discípulos:
"En el mundo tendréis que sufrir. Pero ¡tened
ánimo! Yo he vencido al Mundo (Jn. 16,33). Ahora
es el momento de la victoria y la alabanza.
Esto
sugiere un nuevo sentido del tiempo. Lo que da su forma
al tiempo no es la historia del inevitable progreso
hacia la riqueza y el éxito. La forma escondida
de nuestra vida, es el crecimiento en la amistad de
Dios, cuando nosotros Lo encontramos en el camino y
decimos Amén. No es solamente el fin de la historia
lo que le da sentido. El motivo de mi vida es el encuentro
con Dios y mi respuesta a su invitación. Es lo
que hace de mi vida no una simple continuación
de acontecimientos sino un destino. Como dijo Cornelius
Ernst, O.P.: "El destino es la llamada y la invitación
del Dios del amor, a lo que nosotros deberíamos
responderle con un sentimiento creador y lleno de amor".
Incluso en las tinieblas, en la desesperación,
cuando ya nada tiene sentido, podemos encontrar al Dios
de la vida. Como escribió un filósofo
judío: "Cada instante puede ser la pequeña
puerta por la que el Mesías puede entrar".
La historia de nuestras vidas es la historia de este
encuentro con el Dios que viene en la oscuridad como
un amante. Es lo que nosotros celebramos glorificándolo.
Algunos
de los momentos más emotivos que yo he vivido
durante estos seis últimos años, han sido
ocasiones de compartir con mis hermanos y hermanas la
alabanza de Dios en las circunstancias más difíciles.
En un monasterio, en Burundi, después de haber
viajado a través de un país desgarrado
por la violencia étnica; en Iraq, mientras esperábamos
que cayeren las bombas; en Argelia, con nuestro hermano
Pedro Claverie antes de su asesinato. Es esencial para
la vida religiosa que cantemos las alabanzas de Dios,
incluso en la noche. Cantamos los salmos, el tehillim,
el libro de las alabanzas. Medimos la jornada por las
horas del Oficio Divino, en la Liturgia de los salmos,
y no solamente por las horas mecánicas del reloj.
"Siete veces al día te glorifico".
Al menos dos veces para la mayoría de nosotros.
Recuerdo
una historia que ilustra bien cómo el tiempo
de la alabanza puede coincidir con el tiempo del reloj,
el tiempo de la modernidad. Cuando uno de mis hermanos
era pequeño, en la escuela, vino un día
un dentista a dar un curso de higiene dental a los niños.
Preguntó en la clase cuándo era preciso
lavarse los dientes. Silencio absoluto. El insistió:
"¡Vamos!, ¿no sabéis cuándo
debéis cepillaros los dientes? ¿Por la
mañana, por la tarde…?". Esto debió
desencadenar un resorte en el espíritu de estos
buenos pequeños católicos que sabían
bien su catecismo. Respondieron todos: "Antes y
después de las comidas". "Excelente",
dijo el dentista, y los niños añadieron:
"En la tentación y a la hora de nuestra
muerte". Pues bien, ¡si nosotros nos cepilláramos
siempre los dientes en el instante de las tentaciones,
podríamos evitar muchos pecados!.
Este
ritmo regular de la alabanza es algo más que
el simple optimismo de que todo acabará bien
al final. Proclamamos que, incluso ahora, en el desierto,
el Señor de la vida viene a nosotros y da forma
a nuestra existencia. En este sentido la vida religiosa
debería ser verdaderamente profética,
pues es el profeta el que ve el futuro haciendo irrupción
en el presente. Como dijo Habaquq: "Pues aunque
la higuera no brotara ya; y aunque no hubiera ya nada
que cosechar en las viñas, y aunque el fruto
del olivo fallara,(…). ¡yo, sin embargo,
me regocijaré en Yahvé, saltaré
de alegría en Dios, mi salvador! (3,17-18).
Recientemente
me encontré con los promotores de Justicia y
Paz de la Orden para América Latina. Es una nueva
generación, ¡no viejos sexagenarios como
yo! Hombres y mujeres jóvenes que tienen un sueño
en la vida. Yo esperaba encontrarlos desanimados, vista
la situación económica que empeoraba,
la violencia que se acrecentaba, la desintegración
social en su continente. ¡En absoluto! Dicen que
es justamente ahora, cuando han desaparecido todas las
utopías, cuando el Reino parece más lejano
que nunca, cuando nosotros, los religiosos, debemos
jugar nuestro papel. Nadie más podría
soñar ahora. Pero se lucha hoy por un mundo más
justo, cuando se tiene la impresión de no avanzar.
Esto significa que es preciso ser una persona de profunda
oración. Como ha escrito nuestro hermano brasileño,
Frey Betto: "Hoy, para creer en la justicia y en
la paz, es necesario ser un místico".
3. La acción
Hay
un segundo contraste que me gustaría destacar
entre la historia del oso y de la monja, y se refiere
a la manera como tienen lugar las cosas. ¿Cuál
es el motor de la historia? ¿Qué es lo
que hace avanzar la narración? Necesitamos tanto
una trama como unos hechos.
Hemos
visto ya que el oso representa la lucha competitiva
por la supervivencia. Lo que anima la historia es esta
competición en la cual los débiles perecen
y los fuertes prosperan. Se estudie la evolución
o la economía, así es exactamente como
suceden las cosas. Es el principio básico de
la historia moderna. El motor que empuja la historia
es la libre competición que elimina lo defectuoso,
lo desesperado, lo no viable.
Pero,
una vez más, vemos allí una contradicción.
Este oso simboliza la libertad que está en el
corazón de la modernidad: libertad para competir
en el libre mercado donde cada uno es libre de escoger
lo que quiera. Sin embargo, nosotros hemos visto que
esta libertad es también, hasta cierto punto,
ilusoria. Estamos cogidos por una transformación
general del mundo que nos vuelve impotentes, y que nadie
es capaz de detener, una transformación que destruye
comunidades y devora el planeta. Así el corazón
de la historia moderna encuentra una doble contradicción.
Se nos ofrece el progreso, y encontramos la pobreza;
se nos ofrece la libertad, nos hallamos impotentes.
¿Qué otra historia puede encarnar la vida
religiosa?
Volvamos
nuevamente a esta monja joven que entona su canto de
amor en la oscuridad de la noche. Representa otra manera
de relatar la historia. La que ella celebra es la de
un hombre derribado por los fuertes, pero que vive para
siempre. Los voluminosos osos de Roma y de Jerusalén
devoran al pequeño hombre de Galilea. Lo que
celebramos en esta historia no es la fuerza superior
de Dios, Dios el oso más grande, sino su absoluta
creatividad en la Resurrección de Jesús
de entre los muertos.
No
puede haber historia a no ser que suceda algo nuevo.
Las historias nos dicen cómo cambian las cosas.
Pero el modelo del cambio en la modernidad es el de
la supervivencia del más fuerte. La evolución,
biológica o económica, aporta cambio,
pero a través de la competición para sobrevivir.
Es entonces cuando la historia de nuestra monja propone
una novedad todavía más radical, el inimaginable
don de una vida nueva. Glorificamos a Dios que dice:
"he aquí que hago nuevas todas las cosas".
Nosotros, los religiosos, estamos llamados a ser signos
de la indecible novedad de Dios, de su inefable creatividad.
¿Cómo
hemos de ser, nosotros religiosos, signos de esta extraña
historia del Dios de los muertos y de la resurrección?
El signo más evidente aparecía en la presencia
de todos estos religiosos que rehusan abandonar los
lugares de muerte y violencia, confiados en el Señor
que resucita a los muertos. Por todas partes donde la
violencia castiga, en Ruanda, en Burundi, en el Congo,
en Chiapas, se pueden encontrar religiosos y religiosas
cuya presencia es un signo de esta otra historia, la
cantada por nuestra monja. Naturalmente, aquí,
en Francia, pensamos en los numerosos religiosos muertos
en Argelia. Todos conocéis demasiado bien estas
palabras maravillosas de Christian de Chergé,
prior de los monjes trapenses, cuando escribió
su último testimonio espiritual, poco antes de
su muerte. Espero que me permitiréis repetirlas
una vez más:
"Cuando
se presiente un a-diós
Si
me sucediera un día - y esto podría ser
hoy - ser víctima del terrorismo que parece querer
amenazar ahora a todos los extranjeros viviendo en Argelia,
me gustaría que mi comunidad, mi Iglesia, mi
familia, recordaran que mi vida estuvo entregada a todos
y a este país. Que acepten que el Maestro único
de toda mi vida no podría ser extranjero en esta
partida brutal. Que recen por mi. ¿Cómo
seré hallado digno de una ofrenda semejante?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentamente
perdidas en la indiferencia del anonimato(…) Esta
vida perdida, totalmente mía, y totalmente suya,
rinde gracias a Dios que parece haberla querido toda
entera para aquella ALEGRÍA, a pesar de todo".
La
preparación de semejante testimonio consiste
ciertamente en que toda comunidad religiosa sea un lugar
donde aprender cómo nacer a través de
la muerte y resurrección. Una de mis tías
abuelas se hizo religiosa del Sagrado Corazón.
A la edad de siete años, asustó a sus
numerosas hermanas clavando en la pared de la habitación
de los niños una hoja de papel que decía:
"Quiero ser disuelta y unida a Cristo". Dudo
que muchos candidatos a la vida religiosa hagan este
tipo de gesto en nuestros días, ¡gracias
a Dios!, pero una comunidad religiosa debería
ciertamente ser un lugar donde aprendiéramos
a morir y resucitar, un lugar de transformación.
No somos los prisioneros de nuestro pasado. Podemos
crecer en santidad. Podemos morir y renovarnos.
Esto
sucederá, probablemente, sólo si no rechazamos
enfrentarnos con la muerte de nuestras propias instituciones.
Hoy, en Europa Occidental, numerosas congregaciones,
comunidades, monasterios y provincias, deben afrontar
la muerte. Hay muchas estrategias para evitar esta verdad.
Se puede beatificar al fundador, iniciar caros programas
de construcción, escribir magníficos documentos
sobre proyectos que nunca se llevarán a la práctica.
Cuando enviamos hermanos o hermanas a Filipinas, Colombia,
Brasil ¿es por un repentino y nuevo celo misionero
o porque queremos vocaciones para sobrevivir? Si no
podemos afrontar la perspectiva de la muerte, ¿qué
tenemos que decir del Señor de la vida? Visitaba
yo un día un monasterio dominicano en Inglaterra
con un hermano ya mayor. El monasterio se acercaba,
con toda evidencia, al final de sus días, pero
una de las monjas dijo a mi compañero: "Padre,
seguramente, que nuestro querido Señor no dejaría
nunca que este monasterio muriera…!". A lo
que él respondió: "Sin embargo, Él
dejó morir a su Hijo, ¿verdad?".
Una
de las maneras de vivir esta inimaginable historia de
muerte y de resurrección es ofrecer seguramente
el nacimiento de una nueva vida en los lugares inesperados.
Debemos ser aquéllos que caminan por el valle
de la muerte y mostramos nuestra fe en el Dios que resucita
a los muertos. Recuerdo a uno de mis hermanos escoceses,
poeta y batallador, asociación increíble,
pero de todas formas un hombre estupendo. Lanzó
un programa en Escocia para iniciar a los presos en
el arte. Estaba convencido de que si no creemos en su
creatividad, no se curarían nunca. Su primer
intento tuvo lugar en una prisión muy dura, en
Glasgow. Preguntó a los detenidos con qué
les gustaría empezar: pintura, poesía,
escultura, danza… ¡Podéis imaginaros
las reacciones! Entonces él se remangó
y dijo: "Si alguno de entre vosotros piensa que
el arte no es para los verdaderos hombres, de acuerdo;
lucharé con él". Fue lo que hizo…
con cada uno de ellos. Y todos comenzaron cursos de
poesía y pintura. Afortunadamente, no es la única
manera de llevar a las gentes a la fe en Dios que hace
todas las cosas nuevas.
Quizás
otra manera más tradicional, como los religiosos
han sido siempre un signo del Dios eterno creador, ha
sido a través de la belleza. En Francia habéis
sido siempre más conscientes de esto que en otros
países. Hace algunas semanas encontré
en Alemania a un viejo dominico pintor y escultor. Le
pregunté qué es lo que más le gustaba
hacer. Respondió que a él siempre le encantó
grabar lápidas. Hay heridas tan profundas que
sólo la belleza puede curarlas. Ante ciertos
sufrimientos la esperanza no puede expresarse más
que por el arte. Una hermosa lápida puede hablar
con elocuencia de la esperanza de la resurrección,
del Dios que puede resucitar a los muertos.
Existe,
finalmente, la belleza de la Liturgia, la belleza del
canto de alabanza a Dios, que habla del Dios que transforma
todas las cosas. Es la belleza por la que hemos comenzado,
la de la joven monja entonando un canto de amor en la
noche, delante de un cirio encendido. Es la belleza
de un canto lleno de pasión, de las gentes del
sur de España que siempre me ha conmovido. Esto
me recuerda a Pablo Neruda quien decía que, entre
los dramas del nacimiento y de la muerte, él
había escogido la guitarra.
4. El actor
En
fin, no hay historia sin actores, sin personajes. Cada
historia debe tener su héroe. Y qué mejor
imagen del yo moderno podría encontrarse que
nuestro oso, enfurecido y solitario. Pero este "yo
moderno" está en crisis.
Este
nuevo sentimiento de lo que significa ser un ser humano
es fundamental para la era moderna; un yo separado y
autónomo, desprendido y libre, y a fin de cuentas,
solo. Es el fruto de una evolución que dura desde
siglos, donde los lazos sociales se han disuelto y donde
lo privado ha llegado a ser posible e, incluso, un ideal.
Es nuestro héroe desde la época de Descartes.
Lo vemos en cualquier película del oeste americano,
una figura solitaria.
La
crisis de la modernidad es en parte debida a lo que
el yo moderno encierra, una contradicción. Porque
no se puede ser un "yo" totalmente solo. No
se puede existir como un átomo solitario, autónomo.
No se puede existir sin comunidad, sin personas a quienes
hablar, sin lo que Charles Taylor llama "redes
de interlocución". Es la contradicción
que está en el corazón de la historia
moderna: nos vemos como esencialmente solitarios, cuando,
de hecho, nadie puede ser un individuo al margen de
alguna forma de comunidad. No es posible ser por mucho
tiempo un "yo moderno". El oso del cartel
representa un ideal imposible: en solitario, el oso
moriría.
Volvamos,
por última vez, a nuestra monja, cantando ante
el cirio pascual. No está sola. Apenas visible
a la luz del cirio hay una muchedumbre de jóvenes.
La Vigilia Pascual es la reunión del pueblo de
Dios. Lo que nace aquella noche es una comunidad. Nos
reunimos para recordar nuestro Bautismo en el cuerpo
de Cristo y recitar juntos una fe común. Esto
representa otra visión de lo que significa ser
persona.
"¿Qué
sentido tiene hoy la vida humana?" Una de las maneras
de intentar responder a esta pregunta en la vida religiosa,
es vivir en comunidad. Encontrar su identidad en esta
comunidad, como hermanos, como hermanas, es vivir otra
imagen del yo, otra forma de ser un ser humano. Encarna
una historia alternativa frente a la del héroe
moderno. En los comienzos se llamaba a la comunidad
una "sacra predicatio", una "santa predicación".
Vivir juntos como hermanos "con un solo corazón
y una sola alma" era una predicación, antes
incluso de que cualquiera hubiera pronunciado una sola
palabra. Probablemente los jóvenes se sienten
atraídos a la vida religiosa más por la
búsqueda de la Comunidad, que por ninguna otra
razón. Según la exhortación apostólica
postsinodal sobre la vida religiosa, somos un signo
de comunión para la Iglesia entera, un testimonio
de la vida de la Trinidad.
Pero
si es la comunidad la que atrae a los jóvenes
a la vida religiosa, es también la dificultad
de la vida común la que conduce al mismo tiempo
al abandono. Aspiramos a la comunión y, sin embargo,
es bien dolorosa de vivir. Cuando encuentro jóvenes
dominicos en formación, les pregunto con frecuencia
qué es lo que encuentran de mejor y de peor en
la vida religiosa. En general dan la misma respuesta
a las dos preguntas: vivir en comunidad. Somos los hijos
de nuestra época, modelados por su percepción
del yo moderno. Somos lobos con piel de corderos. Somos
osos con piel de monja.
Se
podría, quizá, decir que en la vida religiosa
vivimos en espejo las imágenes de la crisis del
yo moderno. El individuo moderno aspira a una autonomía,
a una libertad, a una separación, que son insostenibles,
porque no se puede ser un ser humano en solitario. Tenemos
necesidad de pertenecer a comunidades para ser seres
humanos, a pesar de lo que podamos pensar. Pero nosotros,
religiosos, vivimos el reflejo de este drama. Entramos
en la vida religiosa aspirando a la comunidad, deseando
verdaderamente ser hermanos y hermanas los unos de los
otros, pero somos, a pesar de todo, productos de la
era moderna, marcados por su individualismo, su miedo
al compromiso, su sed de independencia. La mayoría
de nosotros nacimos en familias de 1,5 hijos y es duro
vivir con la multitud. Así el yo moderno y el
religioso son dos aspectos de una misma tensión.
El yo moderno sueña con una imposible autonomía,
y nosotros, religiosos, aspiramos a una comunidad que
es dura de soportar.
El
oso no puede convertirse en monja en el espacio de un
año de noviciado. Hay una lenta educación
para llegar a ser un ser humano, aprender a hablar y
escuchar, romper el dominio del egocentrismo y del egoísmo,
que hacen de mi el centro del mundo. Es el lento renacer
a la oración y la conversación que me
libera de las falsas imágenes de Dios y de los
otros.
En
esto vivimos, intensamente el drama de la Iglesia moderna.
Nunca antes la Iglesia fue presentada con tanta insistencia
como una comunidad. "Koinonía" es el
corazón de todas las eclesiologías contemporáneas.
Y, sin embargo, nunca antes la Iglesia, al menos en
Europa occidental, había ofrecido tan poco de
verdadera comunión. Hablamos el lenguaje de la
comunión, pero vivimos raramente esa comunión.
El lenguaje y la realidad están separados. Una
de nuestras tentativas para dar cuerpo a este sueño
de comunión es, seguramente, el de atreverse
a construir comunidades en los lugares imposibles, allí
donde todos los demás han abandonado. Con frecuencia,
estos últimos años, he encontrado pequeñas
comunidades de religiosos, en general de mujeres, que
habían edificado una comunidad allí donde
todos los otros parecían desesperar, donde los
seres humanos son aplastados y viven desesperados en
medio de la violencia y la pobreza. Allí donde
todo parece sin esperanza, se encontrarán algunas
hermanas instalando una casa con la puerta abierta.
Una
sola imagen perdurará entre tantos recuerdos.
Al día siguiente de la Vigilia Pascual, celebrada
en el monasterio de esta monja, fui a visitar una capillita
atendida por los hermanos, en Caracas, en uno de los
barrios más violentos de América Latina.
La capilla estaba acribillada de agujeros de proyectiles.
Un promedio de veintiocho personas son asesinadas con
bala cada fin de semana en la parroquia. En la pared,
detrás del altar, hay un fresco pintado por los
niños del barrio. Es una mural de la cena de
Jesús comiendo, rodeado de dominicos y dominicas.
Domingo acaricia su perro. Pero el discípulo
amado, adormecido al lado de Jesús, es un niño
del barrio, un muchacho de las calles. Símbolo
del niño que, al fin, ha encontrado un lugar
al que pertenecer en este mundo violento: la promesa
de un hogar.
5.
Conclusión
Tengo
que concluir. Afirmaba, al comenzar, que no podemos
encontrar el sentido de la vida religiosa más
que comprendiendo que es una respuesta a la búsqueda
del sentido de la vida humana. Sugerí a continuación
que una de las maneras de comprender la actual crisis
de sentido de la sociedad occidental se formula así:
la historia fundamental que contamos para decir quiénes
somos y a dónde vamos no funciona ya. Esto está
simbolizado por nuestro querido oso. Es una historia
llena de contradicciones. Habla de progreso, pero parece
conducirnos a la pobreza. Ofrece la libertad y, sin
embargo, nos encontramos con frecuencia impotentes.
Invita a ser el "yo moderno", autónomo
y solitario, pero descubrimos que no podemos ser humanos
sin comunidad.
Así
la vida religiosa no puede responder a este hambre más
que encarnando otra historia, otra visión de
lo que es el ser humano, y a quien nosotros vemos simbolizado
en nuestra querida monja que canta en la noche delante
del cirio. Y es esta una historia que ofrece otro sentido
del tiempo. No es ya tanto la inevitable marca del progreso,
cuanto la narración de cómo encontramos
al Señor que nos llama. Y lo que anima esta historia,
no es la libre competición, sino la inimaginable
creatividad de Dios que resucita a los muertos. Y el
héroe de esta historia no es el héroe
solitario de los tiempos modernos, cuanto el hermano
y la hermana que se encuentra en comunidad y construye
comunidad para los demás.
La
vida religiosa no es nada más que una tentativa
de vivir esta otra historia, la historia pascual de
la muerte y la resurrección. Como escribió
Bruno Chenu, en su excelente libro, que leí demasiado
tarde: "Los religiosos quieren poner en obra una
cierta lógica del bautismo, una vida en Cristo
llevada hasta sus últimas consecuencias".
Los votos no dan un sentido diferente o especial a nuestra
vida. Pero vuelven público y explícito
nuestro rechazo de la historia del oso. La obediencia,
por ejemplo, es un claro rechazo de la imagen del yo
autónomo, solitario y descomprometido. Es una
declaración de nuestra intención de vivir
para esta otra historia, de descubrir quiénes
somos en la vida común de hermanos. Es un compromiso
de liberarse del insostenible peso del yo moderno y
solitario. En la obediencia, rechazamos también
la imagen de la vida como combate para ser fuerte, lo
mismo que en la pobreza renunciamos públicamente
a la lucha competitiva por el éxito, a la carrera
descontrolada de la sociedad de consumo. En la castidad
aceptamos que la fertilidad más profunda que
jamás pudiéramos tener es la del Dios
creador que resucita a los muertos.
Estos
votos nos dejan desnudos y expuestos. Deforman cualquier
otra historia que podría dar un sentido provisional
a nuestra vida y me capacitan para seguir un día
más. Prometemos abandonar carrera, éxito
financiero, todos los escondrijos que pudieran sugerir,
después de todo, que el oso tiene razón.
Si esta historia pascual no es verdadera, entonces nuestras
vidas no tienen ningún sentido y "somos
los más desgraciados de los hombres""(Co.
15,19).
Esto
no es fácil. Somos los hijos de la era moderna
y hemos sido formados por sus historias, hemos compartido
sus sueños. Yo sé, por ejemplo, que me
parezco más al oso que a la monja. Mis respuestas
instintivas son, con frecuencia, más las de mi
yo solitario que las de un hermano. Sé que apenas
he comenzado el proceso de nacer de nuevo. Mi imaginación
no está más que a medias convertida. Cuando
esperando al autobús, en Roma, miro los carteles
me estoy viendo a mí mismo.
De
esto saco dos conclusiones. Primeramente, puedo, al
menos, compartir con mis contemporáneos un combate
para dejar la máscara del oso y tomar figura
humana. Si no compartiera este combate, no tendría
nada que responder a la pregunta: ¿Qué
sentido tiene hoy la vida humana? El religioso no es
un ser celestial, aislado de la modernidad, sino una
persona cuyos votos le han vuelto inevitable y sin escapatoria
en el combate por renacer. Compartimos con los otros
las angustias del nuevo nacimiento. Si somos sinceros
en nuestro combate, quizás otros vengan a compartir
nuestra esperanza.
En
segundo lugar, porque es difícil, debemos dedicarnos
realmente construir comunidades en las cuales sea posible
esta nueva vida pascual. Una comunidad religiosa debe
ser algo más que un lugar donde tomar nuestras
comidas, recitar oraciones, regresar a dormir todas
las noches. Es un lugar de muerte y resurrección,
donde nos ayudamos recíprocamente a hacernos
nuevos. Comienzo a adherirme a la idea de la vida religiosa
como ecosistema, concepto que he desarrollado en otros
lugares. Un ecosistema es lo que permite que se desarrollen
formas extrañas de vida. Toda forma de vida extraña
tiene necesidad de su ecosistema. Esto es particularmente
cierto para los jóvenes que vienen ahora a la
vida religiosa, sin haber descubierto con frecuencia
la fe en Dios más que recientemente. Una rana
rara no puede vivir y reproducirse y tener un futuro
si no dispone de todos los elementos indispensables
de su ecosistema: un estanque, sombra, diversas plantas,
mucho barro, y otras ranas. Ser religioso es escoger
una forma de vida extraña y cada uno de nosotros
tendrá necesidad de su medio ambiente que el
sostenga: oración, silencio, comunidad, de otra
forma no se desarrollará. También un buen
superior es un ecologista que ayuda a sus hermanos a
construir los ambientes necesarios para su buen desarrollo.
Pero los ecosistemas no son pequeñas prisiones
que nos separan del mundo moderno. Un ecosistema permite
a una forma de vida desarrollarse y reaccionar de manera
creativa con otras formas de vida.
Tenemos
necesidad de ecosistemas que sostengan en nosotros el
sentido del tiempo pascual, el ritmo del año
litúrgico que nos lleva del Adviento a Pentecostés.
Necesitamos comunidades que estén marcadas por
sus ritmos, por sus modelos de celebración y
de ayuno. Tenemos necesidad de comunidades donde no
nos contentemos con recitar rápidamente unos
salmos antes de salir a trabajar, sino donde somos apoyados
como personas que, incluso en el desierto, pueden finalmente
llegar a cantar las alabanzas. Tenemos necesidad de
construir comunidades donde compartir nuestra fe y compartir
nuestra desesperanza, a fin de ayudarnos mutuamente
a atravesar el desierto. Tenemos necesidad de comunidades
donde lentamente podamos renacer como hermanos y hermanas,
hijos del Dios vivo.
La
monja canta en la oscuridad, como Domingo cantaba mientras
caminaba por el Sur de Francia. Tal es la vocación
cristiana. San Agustín decía: "Seguid
el camino. Cantad mientras camináis. Es lo que
hacen los viajeros para aligerar la carga… Cantad
un cántico nuevo. No dejéis que nadie
cante las viejas canciones. Cantad las canciones de
amor de vuestra tierra… como hacen los viajeros
y, con frecuencia, en la noche. Todos los ruidos que
oyen alrededor son aterrorizantes. Y, sin embargo, ellos
cantan, incluso, cuando tienen miedo a los bandidos".
O a los osos.

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