
e
siento muy honrado al pedirme que dé esta charla
en el día de apertura de The Tablet. Siempre
me gustó venir al Cardinal s Arms una vez al
mes para la reunión de The Tablet, pero hasta
que no marché de Inglaterra y empecé a
vivir con la maleta siempre dispuesta, saltando de un
país a otro, no descubrí la importancia
de este periódico y cuánta gente depende
de él para saber 1o que está ocurriendo
en la Iglesia. En lo profundo del Amazonas podéis
encontraros con hermanos que discuten un artículo,
disputando por leer antes que los demás la publicación
siguiente.
El
año pasado tuve que dar una charla de diez minutos
a la Unión de Superiores Generales - los "jefes"
de las órdenes Religiosas - sobre los retos de
nuestra misión como religiosos en Occidente.
Parecía un trabajo un tanto irrealizable. ¿Qué
se puede decir en diez minutos? Por aquella época
fui a ver Parque Jurásico y me di cuenta de que
es ésta una historia que nos muestra un cuadro
maravilloso del mundo en que hemos de vivir nuestra
fe hoy. Es una de las películas de mayor éxito.
Se estaba exhibiendo en uno de cada tres cines en Italia
y el Ministro francés de Cultura la declaraba
como una amenaza a la nación. Nuestros niños
comen galletas en forma de dinosaurios. ¿Por
qué ha tenido tanto éxito? Seguramente
porque toda cultura vive de historias, de relatos que
conforman nuestra percepción del mundo y de nosotros
mismos, los cuales nos dicen qué significa ser
humano. Es ésta una narración en la que
millones de personas, tal vez inconscientemente, se
encuentran a sí mismas, encuentran la historia
de sus vidas.
Pero
nosotros, los cristianos, afirmamos vivir de otra historia,
que nos reúne para recordarla y reactualizarla
cada domingo, la historia de la última Cena;
la historia del hombre que congregó a sus amigos
a su alrededor y compartió con ellos una comida,
les entregó su propia persona, su cuerpo y su
sangre. Esta es la historia que debería, sobre
todo, conformar nuestras vidas y nuestra conciencia
personal. Por tanto el reto de ser cristiano no es para
nosotros el simple intentar ser buenos. No hay evidencia
que indique que los cristianos son, en general, mejores
que los demás, y, ciertamente, Jesús no
vino a llamar a los santos sino a los pecadores. El
desafío está más bien en vivir
de y por una historia que algunos de nuestros contemporáneos
pueden encontrar muy rara, y que ofrece una visión
distinta del mundo y del ser humano. Esta tarde quiero
mencionar sólo unas cuantas diferencias entre
estas dos historias.
Supongo que la mayoría de vosotros habéis
ido a ver Parque Jurásico. Probablemente llevasteis
a vuestros hijos, pretextando que sólo ibais
para que ellos pasaran un buen rato, pero seguro que
también disfrutasteis con ella. Por si alguno
no la ha visto, os cuento la historia. Un millonario,
Richard Attenborough, utiliza experimentos con el ADN
para devolver la vida a los dinosaurios. Crea un parque
especial por el que todos los dinosaurios pueden moverse
libremente. Desgraciadamente se escapan, comienzan a
matar a los visitantes y los seres humanos abandonan
la reserva, dejando tras de sí la jungla. Tal
vez os parezca que esto no tiene mucho que ver con la
vida de los barrios de Londres, a no ser que las cosas
hayan cambiado mucho desde que estoy en Roma, pero a
mí me sugiere que todo ello afecta a elementos
importantes de nuestra cultura contemporánea.
1.
Violencia
El
primer punto que quiero desarrollar es un tema bastante
común. Parque Jurásico nos habla de un
mundo violento, de una manada de dinosaurios vagabundeando
por las llanuras y devorando cuanto encuentran a su
paso. Se trata de una violencia a la que los seres humanos
sólo pueden replicar con nueva violencia. La
otra historia nuestra, la de la última Cena,
es también una historia de violencia, la violencia
que se inflige a Jesús y que él soporta:
"como oveja que es llevada al matadero, él
no abrió su boca" (Is 53, 7).
Cuando
hace poco pregunté a un grupo de dominicos americanos
-hermanos y hermanas- cuál era el primer reto
a nuestra predicación, sin dudarlo me respondieron
que la violencia. En los últimos meses he visitado
Ruanda, Burundi, Haití, Angola, Croacia y Nueva
York y he podido comprobar la cruda violencia de gran
parte de nuestro mundo. Supongo que la mayor parte de
la historia humana ha sido violenta y, si dejamos de
lado los horrores de las dos guerras mundiales, la nuestra
no ha sido mucho peor. En el pasado muchas sociedades
han glorificado la violencia. Creo que también
la nuestra lo hace, y de forma sutil y apenas explícita.
Parque
Jurásico nos presenta una resucitada selva darwiniana
en la que los animales compiten para sobrevivir. El
débil fracasa y muere llegando a extinguirse,
como los dinosaurios. La competición violenta
por la comida y el territorio es parte de un proceso
creativo a través del cual llegamos a existir.
Esa lucha brutal es la que nos introduce en la existencia.
Es nuestra cuna. Últimamente se sugiere que la
violencia es fructífera. Sin embargo la teoría
de Darwin -que yo no puedo afirmar haber estudiado-
es interesante solo como síntoma de la profunda
transformación en nuestra comprensión
de lo que significa ser humanos, que ha tenido lugar
hace doscientos años, más o menos. Es
la aparición del convencimiento de que toda sociedad
humana funciona y florece a través de una feroz
lucha entre individuos competitivos, cada cual persiguiendo
su propio bien. La metáfora de la supervivencia
del más preparado, de la vida como una jungla
darwiniana, aparece con frecuencia en nuestro lenguaje.
Sumner, el economista de Yale, escribió incluso
que "los millonarios son un producto de la selección
natural... Pueden ser objetivamente considerados como
agentes de la sociedad seleccionados naturalmente para
un determinado trabajo".
Uno
de los primeros indicios de este cambio profundo en
nuestra comprensión de la sociedad humana fue
una pequeña paradoja titulada "La parábola
de las abejas", escrita por un tal Mandeville en
el siglo dieciocho. Defendía que la avaricia,
la envidia, el orgullo, todos los vicios tradicionales,
pueden ser realmente muy útiles. Son los que
hacen que el mundo continúe y que la sociedad
humana prospere. Pueden ser vicios privados, pero son
virtudes públicas. La política de la avariciosa
competición viene de lejos. Es esta comprensión
de lo que significa ser humano la que hace de nuestras
ciudades Parques jurásicos urbanos, ciudades-selvas
con violencia interior, donde los débiles son
destruidos. Nuestra historia, la de la última
Cena, nos ofrece un profundo desafio, no sólo
porque aquí se nos presenta al hombre que soporta
la violencia y rehusa deshacerse de ella. Nuestra historia
ofrece una imagen radicalmente diferente de lo que significa
ser humano. Él nos ofrece su cuerpo. Esta es
la nueva alianza, nuestro hogar y nuestra morada. El
significado de las vidas no se da en la búsqueda
del propio interés, sino en la acogida del don
de comunión.
Creo
que la mayoría de nosotros estaríamos
de acuerdo - y se ha defendido con frecuencia - en que
el reto del momento es romper la fascinación
de lo que al fin es una imagen dolorosa y destructiva
de lo que significa ser humanos: la de vernos como mónadas
solitarias persiguiendo siempre nuestro propio provecho
individual. Somos carne de la carne del otro, una comunión
que encuentra la perfección en esa carne que
Cristo da, su propio cuerpo. Lo que buscamos es radicalmente
el bien común. El problema está en cómo
hemos de romper la influencia de este falso mito de
nuestra humanidad. ¿Qué hemos de hacer?
Como señaló David Marquand en "La
sociedad sin principios": "¿Cómo
puede una sociedad fragmentada hacerse a sí misma
un todo? ¿Cómo puede una cultura impregnada
de un individualismo egoísta restaurar los vínculos
de comunidad? Admito que el sentir común de casi
doscientos años es el principal obstáculo
para un ajuste fructífero tanto económico
como político. ¿Cómo se puede redefinir
el sentir común? (The Unprincipled Society: New
Demands and Old Politics (Glasgow, 1988), p. 223.).
Creo
que nuestro relato de la última Cena nos da unas
cuantas claves. Después de todo es la historia
de una comunidad que es profundamente desprendida, en
la cual el hombre que está en el corazón
de esa comunidad está a punto de ser traicionado
y negado. Todos sus amigos escaparán en un momento.
Es la historia del nacimiento de una comunidad que tira
por tierra toda forma de alienación, traición,
incluso la muerte. Nos ofrece esperanza.
2.
Palabras
El
acto central de Jesús es pronunciar una palabra.
Dice algo: "Esto es mi cuerpo y os lo entrego".
Pronuncia una palabra poderosa y transformadora. Las
palabras no son tan importantes en Parque Jurásico.
Hay muchos gruñidos y rugidos, el sonido de huesos
que se quiebran, pero no se nos anima a hablar con un
Tiranosaurus Rex. Un ruso o un chino podrían
ver la película en inglés y no echar muchas
cosas en falta. Esta diferencia es significativa. Una
de las formas con las que construimos la sociedad humana
y trascendemos la trampa del individualismo egoísta,
es recuperando el respeto por las palabras, y su capacidad
para formar y sostener la comunidad.
Somos
humanos y nos pertenecemos unos a otros porque podemos
hablar entre nosotros. Una sociedad en desintegración
es aquella en la que se da el desprecio por las palabras.
Cuando estuve en El Salvador visité la habitación
donde fueron tiroteados los jesuitas en la Universidad.
Los asesinos también dispararon contra sus libros.
Se puede ver un ejemplar del Diccionario teológico
del Nuevo Testamento de Kittel, abierto por la página
del Espíritu Santo, el que nos enseñó
a hablar en lenguas, atravesada por agujeros de bala.
Pienso en la biblioteca de un sacerdote de Haití
con todos los libros destruidos y rasgados; pienso en
un pueblecito en la frontera entre Croacia y Serbia
borrado del mapa, con los mismos cuerpos sacados de
las tumbas y esparcidos alrededor, y en la iglesia el
misal desgarrado y decorado con obscenidades. Lo que
todos estos incidentes muestran es, por una parte, el
odio a las palabras y, por otro, la fuerza que las mismas
conllevan.
Cuando,
durante mis viajes, aterrizo en Inglaterra para recuperarme
del desfase horario y hacer la colada, no leo nada referente
a que los parlamentarios irrumpan unos en las habitaciones
de los otros rompiendo los libros de los oponentes.
Sin embargo me da la impresión de que vivimos
en una cultura en la que nos soltamos unos a otros palabras
con poco contenido en lo tocante a sus consecuencias,
igual que hacen los niños cuando juegan a indios
y vaqueros, sin comprender que las pistolas que usan
son reales. Es como si hubiéramos olvidado que
hablar es un acto moral que exige la responsabilidad
más profunda. No puedo menos de sorprenderme
ante las cosas tan distintas que se decían del
señor Smith antes y después de su muerte.
¿Se trataba sólo de palabras?
El
libro del Génesis nos dice que la vocación
de Adán fue llamar a las cosas por su propio
nombre. Dios hizo a Adán para que le ayudara
en la creación. Le mostró un león
o un conejo y Adán les puso nombre. Sabía
lo que eran las cosas y así ayudó a Dios
a sacar del caos un mundo con sentido. Sus nombres no
eran marcas arbitrarias pegadas sobre las cosas de forma
que pudiera haber llamado liebre al conejo; los nombres
participaban del poder de las palabras de Dios para
traer a la existencia, para sacarlas a la luz. Hablar,
usar palabras, es casi una vocación divina. Como
Dios, el hablar nos da el poder de la vida o de la muerte.
La
violencia de nuestra sociedad impregna el lenguaje que
usamos. Vaclav Havel, el presidente de la República
Checa, contrasta las palabras de Salman Rushdie con
las de Jomeini: "palabras que iluminan a la sociedad
con su libertad y sinceridad se contraponen a palabras
que hipnotizan, engañan, inflaman, enloquecen,
seducen, palabras hirientes, letales incluso. La palabra
es como una flecha" (Citado en Independent, 9 de
diciembre de 1989, p. 29.). George Steiner escribió:
"En las palabras, como en la física de las
partículas, hay materia y antimateria. Construcción
y aniquilación. Padres e hijos, hombres y mujeres,
cuando se dirigen unos a otros en el intercambio de
palabras, están ante un riesgo definitivo. Una
palabra puede mutilar una relación humana, puede
poner en peligro la esperanza. Los cuchillos del habla
producen cortes muy profundos. Con todo es el mismo
instrumento, léxico, sintáctico, semántico,
que usamos para hablar de la revelación, el éxtasis,
el de la maravilla de comprender lo que es la comunión".
Una
hermana dominica de Taiwan contaba de una chica que
llevaba un niño a sus espaldas. Alguien le dijo:
"Chiquilla, llevas una pesada carga". Ella
le replicó: "No llevo una carga pesada.
Llevo a mi hermano". Una palabra transformadora.
Los
defensores de lo políticamente correcto están
en lo cierto aunque la forma sea incorrecta. Han visto
correctamente que importa mucho las palabras que yo
uso, ya que mis palabras pueden ser puñales que
matan a las personas. Ahora bien la comunidad humana
no se cura simplemente por prohibirnos usar ciertas
palabras. Como escribió Robert Hugues en "La
cultura de la queja": "Queremos crear una
especie de "Lourdes" lingüístico
donde el mal y la desgracia se desvanezcan por la inmersión
en las aguas del eufemismo". Destaca que no se
vence el horror a la muerte disponiendo, tal como lo
hacía el New England Journal of Medicine, que
al referirse a un cadáver se debería decir
una "persona no viva". Un cadáver grueso,
señala, se convierte en "una persona no
viviente de tamaño diferente". Los administradores
de la Universidad de S. Francisco, en Santa Cruz, se
equivocaron al creer que se podrían superar expresiones
racistas, tales como "estoy negro" y "esto
es un trabajo de chinos", con sólo admitir
que en algunos contextos podían parecer racialmente
despectivas.
Construimos
comunión y sanamos heridas no por prohibir palabras
desagradables, sino usando palabras que crean comunión,
que dan la bienvenida al extraño, que anulan
distancias. En el corazón de nuestro relato prototipo,
la última Cena, se habla de un hombre que pronuncia
palabras que dan origen a la comunidad: "esto es
mi cuerpo y os lo entrego". Y si la doctrina de
la Presencia Real, de estas palabras verdadera y profundamente
transformadoras, parece estúpida y absurda a
muchos de nuestros contemporáneos, seguramente
es porque hemos olvidado qué poderosas son las
palabras. Emily Dikinson escribió:
Podría
el labio mortal presagiar
la carga no desvelada
de una sílaba confiada,
que la desintegrara en su peso.
Las
palabras de Cristo en la consagración revelan
algo a lo que todo lenguaje humano aspira, la gracia
que perfecciona la naturaleza.
Cuando los monjes de la Edad Media huyeron hacia las
costas occidentales de Irlanda, llevaban consigo los
textos de los Evangelios que ellos copiaban, adornaban,
volvían a copiar y veneraban. Fundaban comunidades
que mantenían viva la veneración por estas
palabras santas. Tal vez lo que nosotros estamos llamados
a hacer es formar comunidades donde exista veneración
por el lenguaje, por las palabras veraces, palabras
que construyan comunidad. Si la iglesia ha de ser un
lugar donde la gente pueda redescubrir el sentido profundo
de lo que significa ser humano, ser eso que en nuestra
más profunda identidad somos unos para otros,
entonces debemos ser ante todo una comunidad en la que
las palabras se usan con veneración y responsabilidad.
Eso quiere decir que tenemos que ser una comunidad de
personas donde nos atrevemos a debatir, a discutir,
a dialogar en la búsqueda de la verdad que nunca
podemos dominar o amaestrar. Con frecuencia en nuestra
querida Iglesia hay miedo al debate. No me refiero al
desacuerdo. Hay mucho desacuerdo ruidoso. Me refiero
a esa difícil batalla con el otro, en la cual
ambos buscamos el mutuo esclarecimiento, esa apasionada
disputa en la que uno lucha con los otros porque espera
precisamente aprender de ellos. En la Suma, Sto. Tomás
comienza siempre con las objeciones de sus oponentes
no sólo para probar su error, sino para descubrir
exactamente en qué tienen razón. Luchamos
con el oponente como Jacob con el ángel para
reclamar una bendición.
Esa
especie de reverencia por la palabra que nosotros debemos
aprender, si la Iglesia tiene que construir el hogar
humano, implica humildad ante la verdad y ante la otra
persona. Nuestras palabras, tanto en la Iglesia, como
en nuestra sociedad, están con frecuencia cargadas
de arrogancia. Una última cita de Havel: "Deberíamos
luchar juntos contra las palabras altivas, estar alerta
a todo germen solapado de arrogancia que tiene la apariencia
de humildad. Este no es obviamente un trabajo de lingüística.
La responsabilidad por las palabras y con las palabras
es un trabajo intrínsecamente ético. Como
tal está situado más allá del horizonte
del mundo visible, en ese reino donde habita la Palabra
que existió en el principio y que no es la palabra
del hombre".
3.
Perdón
Cuando
nos reunimos el domingo para oír de nuevo nuestros
relatos fundacionales, las poderosas palabras que oímos
son las de perdón, las de sangre que es derramada
para el perdón de los pecados. La palabra es
una palabra que sana y absuelve. Sin embargo hay en
nuestra cultura una profunda resistencia a la idea del
perdón. Parte viene de la sospecha de que las
personas que hablan sin cesar de perdón, especialmente
los católicos, tienen probablemente una obsesión
malsana de culpa. Habiendo sido educado por los benedictinos,
hombres bondadosos, no es desde luego esa la clase de
catolicismo en la que yo me inicié. Me pregunto
de forma más radical si de hecho nuestra cultura
no desconfía del perdón porque sospecha
que el perdón puede que no sea una cosa muy buena.
Pudiera ser que en el fondo nuestra cultura contemporánea
mantenga la creencia de que, salvo en el sentido más
privado y personal, el perdón fuese dañino
e incluso peligroso. Si hubiera demasiado a nuestro
alrededor la sociedad se derrumbaría. Como la
mantequilla, el chocolate y esas otras cosas buenas,
debería ser estrictamente racionado. Y sin embargo
es algo central en nuestra fe.
Desde
luego después de Dachau y Auschwitchz -también
Spielberg realizó la Lista de Schindler - después
de Dresden y Hiroshima, uno podría dudar de la
idea de perdón como algo demasiado fácil.
Como si tales horrores fuesen fáciles de olvidar.
Sin embargo nuestra duda es aún más honda
y podemos ver las claves en Parque Jurásico.
En la jungla darwiniana no puede darse el perdón.
La extinción es la consecuencia necesaria de
la debilidad y el fallo. Y es bueno que suceda esto,
ya que de otra manera no habría evolución.
Nosotros, seres humanos, somos el resultado de un proceso
despiadado que elimina imnumerables especies ya que
fueron incapaces de adaptarse, pero así llega
hasta nosotros. Lo que es creativo de nuestra humanidad
es una historia implacable. En Parque Jurásico
estos dinosaurios son rescatados de la muerte y enseguida
descubrimos que ese es un gran error. Deberíamos
haber dejado su ADN incrustado en las gotas de ámbar.
Es verdad que no puedo alegar ninguna pericia en economía.
Cuando se explicaban las cuentas en inglés, no
me resultaba difícil perderme. Ahora que las
explicaciones se hacen en italiano, la oscuridad es
total. Sospecho, sin embargo, que la imagen de supervivencia
de los más preparados funciona de un modo implacablemente
semejante en mucho de la política y economía
contemporáneas y que una de las funciones del
gobierno es precisamente la de retirar todo lo que resguarda
y protege a las industrias débiles o desadaptadas.
Aquí no hay lugar para la misericordia. Los débiles
deberían perecer ya que la piedad es un sentimiento
peligroso. Sé que esto es una simplificación
excesiva: nosotros creemos en las redes de seguridad
y soñamos con el mercado social y con la benevolencia
del capitalismo; y, sin embargo, eso toca algún
profundo instinto de nuestra sensibilidad contemporánea.
Esa falta de piedad parece penetrar profundamente nuestra
cultura. Una de las alegrías de mi existencia
errante -sesenta países desde Julio de 1992 y
espero que mi hermano mayor no haya olvidado que me
prometió unas vacaciones gratis después
de los cincuenta primeros-, es, aparte de leer The Tablet,
toparme con algún periódico inglés.
Tal vez atrasado de varias semanas, pero caigo sobre
él como un hambriento. Y, sin embargo, es deprimente
lo poco que hablan de denuncia y acusación. El
modelo imperante en el acercamiento a la verdad es el
de la revelación, el de airear las faltas de
alguien. Es indudable que todo esto se dice hacerlo
en nombre de la moralidad, de volver a la base. Sin
embargo uno debe preguntarse: ¿Qué es
realmente lo que se expone? ¿Qué es lo
que se descubre y revela? La verdad de otro ser humano,
con todos sus vicios y virtudes, bondad y maldad, solamente
se puede alcanzar con una paciente atención.
Hay que escuchar con verdadero mimo, y dejar al otro
que se muestre a sí mismo. La verdad no se ofrece
como desenmascaramiento, sino en un momento de revelación.
Necesita ternura, no denuncia. La mirada verdadera es
siempre una mirada compasiva, incluso una mirada amorosa,
ya que, como nos enseña Sto. Tomás, la
verdad y la belleza son la misma cosa. El periodista
con una primicia me recuerda a Pompeyo cuando toma por
asalto el templo de Jerusalén, y exige ver lo
que se hallaba escondido detrás del velo del
Sancta Sanctorum. Cuando fue rasgado exclama: "¡Pero
no hay nada, nada en absoluto!". No había
nada que él pudiera ver.
El
perdón de la última Cena no es fundamentalmente
olvidar. No nos tranquiliza diciendo que nuestro Dios
desea pasar por alto nuestras faltas, mirar hacia otro
lado. Es un acto profundamente creativo de sanación.
El perdón, en nuestra tradición, es ese
momento totalmente creador en el que Jesús es
rescatado de la muerte. No es el que nos capacita para
olvidar. Hace posible el recuerdo. Es el misterio del
Dios siempre fecundo que, en la imagen medieval, hizo
que la madera muerta de la cruz se cubriera de flores,
y puede hacer que nuestras vidas muertas florezcan.
Estas dos historias, el Parque Jurásico y la
última Cena, difieren profundamente en su percepción
de la creatividad. En una los humanos son creados a
través de un proceso despiadado que destruye
al débil; en la otra se trata de una palabra
que sana y redime y nos lleva a la plenitud.
Los
héroes de Parque Jurásico son los dinosaurios.
Son, por supuesto, las víctimas, los que fueron
condenados por el proceso evolutivo. Y son los héroes
indicados de nuestra cultura en la que la víctima
con frecuencia tiene status de héroe. Y el hambre
y la amargura de la víctima, el abuso o la vejación,
o la injusticia, seguramente derivan del sentimiento
de que nada se puede hacer para curar el daño,
que ellos o nosotros estamos condenados a llevar nuestras
heridas para siempre, a ser víctimas. Mencionar,
incluso, la posibilidad del perdón sería
trivializar el dolor e intensificar la rabia. Todo lo
que se puede hacer es echar fuera al culpable. Seguramente
sólo la fe en un Dios absolutamente fecundo,
que hizo todo de la nada y resucitó a Jesús
de entre los muertos, puede darnos la fuerza para pensar
en aquellos a quienes hemos herido o que nos han hecho
sufrir, y esperar el perdón.
En la última Cena el perdón no es sólo
una absolución privada sino el nacimiento de
una comunidad. No es sólo el ofrecimiento de
una paz personal interior, sino la paz que nosotros
vivimos juntos. Así era como se veía en
Europa, cuando el sacramento de la reconciliación
era el sacramento en que la comunidad era curada, un
acontecimiento público hasta después del
Concilio de Trento cuando se inventaron los confesionarios.
Uno
de los ejemplos más conmovedores que vi de este
perdón compartido tuvo lugar en Burundi el año
pasado; durante las masacres. Los conflictos entre tutsis
y hutus que han diezmado Ruanda este año ya había
comenzado en Burundi. Nuestros hermanos pertenecían
a ambos grupos étnicos y entre ellos todos habían
perdido miembros de sus respectivas familias. Fue un
momento de un dolor intenso para estos hermanos nuestros.
¿Cómo podíamos sostener y edificar
una comunidad religiosa en la que enemigos tradicionales
vivían juntos? Esta era nuestra prioridad más
inmediata. Yo recorrí el país con el Asistente
del Consejo General para África, que es hutu,
y el superior local que es tutsi. No vimos más
que bandas ocasionales de hombres armados buscando a
sus enemigos. Visitamos campos de refugiados y encontramos
a las familias de nuestros hermanos y hermanas. Era
muy importante que estos aceptaran a los hermanos de
los dos bandos, tutsis y hutus juntos. Fue el primer
gesto de reconciliación y de mutuo perdón.
Luego, antes de que yo abandonara la capital, Bujumburu,
nos sentamos e intentamos hablar. Más que palabras
de denuncia o acusaciones, cada uno tenía que
escuchar, oír lo que el otro había sufrido,
de forma que él pudiera seguir siendo un hermano
y no se convirtiera en un extraño. Fue, tal vez,
el momento más extraordinario de escucha que
jamás he visto, de ofrecimiento de una escucha
acogedora a aquél que parecía hablar desde
otro mundo. Aquí el perdón no es amnesia
sino el don imposible de la comunión.
4.
Fatalismo
El
último contraste que me gustaría establecer
entre Parque Jurásico y la última Cena
está profundamente conectado con la posibilidad
del perdón. Se trata de la diferente forma de
entender la libertad que ambos proporcionan. Parque
Jurásico es una especie de parábola, como
la historia de Frankestein, sobre el fracaso de nuestra
cultura científica para vivir de acuerdo con
su sueño de control de la libertad. En el libro
esto se hace explícito cuando la sala de control
del parque deja de funcionar y, por ello, todos los
dinosaurios pueden escapar. Al pararse durante un momento
de reflexión, cuando el caos está a punto
de arrollarlos, el héroe dice: "Desde Newton
y Descartes, la ciencia nos ha ofrecido explícitamente
la visión del control total. La ciencia ha afirmado
su poder para controlar finalmente todo, a través
de su comprensión de las leyes naturales, pero
en el siglo veinte esa afirmación ha sido hecha
añicos sin posibilidad de reconstrucción"
(Michael CRICHTON, Jurassic Park, p. 313). Al final,
la única libertad que queda a nuestros héroes
es la libertad de huir, de escapar de la confusión
que ellos han producido. También se puede leer
como una forma de provocar la expectación para
ver Parque Jurásico 2. Es la libertad de no pertenecer,
libertad final de nuestro moderno ser humano, ese ser
aislado y solitario para quien pertenecer es estar atrapado.
Cosas maravillosas han tenido lugar estos últimos
años, se han alcanzado libertades inesperadas.
Hemos visto la caída del muro de Berlín,
la elección de Nelson Mandela como presidente
de África del Sur. Puede que estemos en el camino
de la paz en Oriente Medio. Sin embargo, a pesar de
todo esto, a veces nos tienta un triste fatalismo, un
sentimiento de que nada de lo que hacemos puede en realidad
afrontar y vencer la pobreza creciente, la crueldad
y la muerte. Es lo que Havel llama "la incapacidad
general de la humanidad moderna para ser dueña
de su propia situación". Quizá ese
sentido de fatalismo no sea sólo debido al fracaso
de la ciencia para ofrecer todas las respuestas. En
The culture of Contentment, el economista americano
John Kenneth Galbraith afirma que este fatalismo está
implícito de hecho en nuestro sistema económico,
que nuestra política está profundamente
influida, a lo largo de doscientos años más
o menos, por la filosofía del "dejar hacer"
("laissez faire", por tanto probablemente
sea culpa de los franceses). Sostiene que cualquier
interferencia en el mercado tendrá un efecto
nocivo. Debemos permitir que el mercado trabaje según
sus principios y al final todo funcionará bien.
"La vida económica tiene en sí misma
la capacidad para resolver sus propios problemas y para
que todo funcione bien al finaJ” (The culture
of Contentment (Londres, 1992), 79.) . Es la filosofía
que nos lleva a todos a pensar a corto plazo, ya que,
como dijo Keynes, "a largo plazo todos estaremos
muertos".
La
última Cena ofrece precisamente la libertad haciendo
frente a la muerte, esa perspectiva de largo o corto
plazo. Nos presenta el recuerdo de un hombre enfrentado
a la muerte. Es necesario - palabra clave en el Evangelio
de Marcos - que el Hijo del Hombre sea entregado para
sufrir y morir. Es su destino. Y sin embargo a pesar
de la destrucción, la noche antes de ser entregado,
él lleva a cabo un acto de loca libertad. Toma
su sufrimiento y su muerte, agarra su destino y hace
de él un don. Esto es mi cuerpo y os lo entrego.
El destino se transforma en libertad. Y la forma que
escoge es totalmente contraria a la de Parque Jurásico.
Es precisamente negándose a huir de los discípulos
que lo traicionarán y lo negarán. Se pone
él mismo en sus propias manos. Les deja hacer
lo que quieran con él. Es esta una libertad diferente
de la de los héroes de Parque Jurásico
huyendo del caos de los furiosos dinosaurios. Es la
libertad de pertenecer. Es la libertad más profunda
que tenemos ya que somos, más allá de
lo que estemos tentados a pensar, carne de la carne
de nuestro hermano y no podemos prosperar solos. La
libertad de huir de ello es alejarnos de lo que es más
propio de nuestra naturaleza.
Si
fuerais a preguntarme por lo más importante que
yo he aprendido a lo largo de estos dos años
como Maestro de la Orden, saltando de aeropuerto en
aeropuerto, os diría que he aprendido un poquitín
de lo que podría implicar la libertad de pertenecer.
He visto a tantas personas, hombres y mujeres, con frecuencia
miembros de órdenes religiosas, pero también
laicos, que se han atrevido a agarrar esa libertad de
pertenecer, de entregar sus vidas, a hacer de sus vidas
un don. He aprendido un poco más lo que quiere
decir celebrar la Eucaristía.
Acabo
de regresar de Argelia donde nuestros hermanos han decidido
quedarse, a pesar de las amenazas de muerte de los fundamentalistas
islámicos, como signo de esperanza y de comunión
futura. Para ellos cada Eucaristía se celebra
haciendo frente a la muerte.
Recuerdo un día en el norte de Ruanda, en la
zona de guerra antes de los problemas actuales. Había
visitado el campo de refugiados con 30.000 personas,
había visto mujeres intentando alimentar a sus
hijos que ya habían rechazado el comer puesto
que no tenían ánimo para seguir viviendo.
Había visitado el hospital atendido por las hermanas
y había visto sala tras sala con niños
y jóvenes cuyos miembros habían sido amputados.
Recuerdo un niño de ocho o nueve años
con ambas piernas cortadas, sin un brazo y sin un ojo,
con su padre llorando, sentado junto a su cama. Volvimos
a la casa de las hermanas. No había nada que
decir. No podíamos encontrar palabra alguna.
Pero pudimos celebrar la Eucaristía, pudimos
recordar la última cena. Fue lo único
que pudimos hacer y lo que dio ánimos a aquellas
hermanas para seguir, para pertenecer.
Para finalizar, ¿cómo romper el asidero,
el embelesamiento de la imagen de ser humano que mantiene
cautiva a nuestra cultura? ¿Cómo vamos
a liberarnos de este mito reciente de que somos realmente
seres solitarios, persiguiendo cada uno su propio provecho
en una competición feroz? ¿Cómo
podemos, como señaló Marquand, redefinir
el sentir común de los doscientos años
pasados y descubrir que somos hermanos y hermanas, hijos
de un único Dios, y hermanos de Cristo que comparten
la misma carne y no pueden encontrar satisfacción
solos? La verdad más honda de nuestra naturaleza
humana no es que somos avariciosos o egoístas,
sino que tenemos hambre y sed de Dios y en Dios nos
encontraremos unos a otros. Alasdair McIntyre sugiere
que deberíamos seguir el ejemplo de nuestros
antepasados en la Edad Media y formar comunidades locales
"dentro de las cuales la vida moral pudiera ser
sostenida para que tanto la moralidad como la cortesía
pudieran sobrevivir a los tiempos de barbarie y oscuridad
que están por llegar" (After Virtue (Londres,
1981), 244.).
Ciertamente
una de las formas a través de las cuales podremos
testimoniar lo que significa ser humano es juntarnos
en pequeñas comunidades locales y reactualizar
esta historia de la Última Cena con su misterio
de libertad y perdón. En Inglaterra llaman a
estas pequeñas comunidades parroquias. En el
mundo toman formas diferentes. Deberían ser comunidades
donde nos alimentáramos en el conocimiento de
que el bien que buscamos no es nuestra propia satisfacción
personal sino el bien común. Pero no deberían
ser pequeños grupos interesados sólo en
sí mismos, celebrando sus propia camaradería.
Personalmente no podría soportar tal cosa. Aquí
deberíamos alentar un sentido más amplio
de pertenencia, gustar nuestra comunión con todos
los demás hermanos, los santos y los pecadores,
y el vivir y el morir.

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