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San Domingo  Matisse
Promesa de Vida
"Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Juan 10,10)

25 de febrero, Miércoles de Ceniza 1998

Fr. Timothy Radcliffe, O.P.

Timothy Radcliffe, OPuando Santo Domingo daba el hábito a los hermanos, les prometía "el pan de vida y el agua del cielo"(1). Si queremos ser predicadores de una palabra de vida, tenemos que encontrar el "pan de vida" en nuestras comunidades. ¿Nos ayudan a florecer o meramente a sobrevivir?

Muy poco después de haber ingresado yo en la Orden, el entonces Maestro de la Orden Fr. Aniceto Fernández visitó mi Provincia. Solamente me preguntó una cosa, la clásica de todos los visitadores: "¿Estás contento?" Habría esperado alguna cuestión más profunda, por ejemplo acerca de la predicación del Evangelio o de los retos que tenía que afrontar la Provincia. Pero ahora me doy cuenta de que es precisamente eso lo primero que debemos preguntar a nuestros hermanos: "¿Estás contento?" Hay una manera de estar contentos, una felicidad, que consiste en sentirse vivos, con vitalidad como dominicos, que es la fuente de nuestra predicación. No se trata de una alegría inagotable ni de un buen humor inalterable. Supone capacidad de sufrimiento. Puede abandonarnos durante un tiempo, incluso largo. Es un saborcillo de la abundancia de vida que predicamos, la alegría de los que han comenzado a participar de la vida propia de Dios. Deberíamos tener capacidad de gozo, porque somos hijos del Reino. "El gozo es el carácter intrínseco de la vida bienaventurada y de la vida que, por don del Espíritu Santo, se encamina hacia la santidad"(2). Cuando cantamos a Santo Domingo, terminamos diciendo: "Nos junge beatis". Júntanos a los santos. Que podamos gustar ya desde ahora un poco de su felicidad.

Si queremos construir comunidades con vida en abundancia, tenemos que comenzar siendo conscientes de quién somos y de qué somos, y qué significa para nosotros tener vida como hombres y mujeres, como hermanos y hermanas y como predicadores.

No somos ángeles. Somos seres con pasiones, movidos por los deseos animales de alimento y cópula. Esta es la naturaleza que la Palabra de vida aceptó cuando asumió la naturaleza humana. Y no podemos hacer menos. Aquí comienza nuestro viaje hacia la santidad.

Fuimos creados por Dios a su imagen, destinados a gozar de su amistad. Somos capax Dei, tenemos hambre de Dios. Estar vivos significa embarcarnos en la aventura que nos lleva al Reino, y por eso necesitamos comunidades que nos ayuden en este camino. El Señor prometió: "Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne" (Ezequiel 36,26). Necesitamos hermanos y hermanas que estén con nosotros cuando nuestros corazones están destrozados y se vuelven tiernos.

Toda persona juiciosa sabe desde siempre que no hay camino hacia la vida que no le lleve a uno a través del desierto. El viaje desde Egipto hasta la Tierra Prometida pasa a través del desierto. Si fuéramos felices y estuviéramos verdaderamente vivos, deberíamos pasar también por ese camino. Necesitamos comunidades que nos acompañen en esta travesía, que nos ayuden a creer que cuando el Señor lleva a Israel al desierto es para "hablarle al corazón" (Oseas 2, 16). Quizá muchos hermanos y hermanas hayan abandonado la vida religiosa en los últimos treinta años no por ser un poco más dura que antes, sino porque hemos perdido a veces de vista que esas noches oscuras forman parte de nuestro renacimiento como gente que está viva con la alegría del Reino. Así, pues, nuestras comunidades no deberían ser lugares en los que meramente se sobrevive, sino en los que encontramos alimento para el viaje.

Usando una metáfora que desarrollé en otro lugar (3), las comunidades religiosas son como los sistemas ecológicos, concebidos para mantener formas poco comunes de vida. Un espécimen raro de rana necesita su propio ecosistema para florecer, e inicia su azarosa evolución de los huevecillos al renacuajo y a la rana. Si la rana se ve amenazada de extinción, hay que preparar un entorno con alimento, una charca y un clima en el que pueda desarrollarse. La vida dominicana requiere también su propio ecosistema, si queremos vivir en plenitud y predicar una palabra de vida. Pero no basta con hablar de ello; tenemos que planificar y construir diligentemente estos ecosistemas dominicanos.

Esto incumbe, en primer lugar, a cada comunidad. Toca a los hermanos y hermanas que viven juntos crear comunidades en las que no podamos solamente sobrevivir sino florecer, ofreciéndonos mutuamente "el pan de vida y el agua del cielo". Esta es la finalidad fundamental del "proyecto comunitario" propuesto por los tres últimos Capítulos Generales. Pero sólo tendrá éxito si nos atrevemos a hablarnos mutuamente sobre lo que nos impacta más profundamente como seres humanos y como dominicos. Espero que esta carta a la Orden dé pie para una discusión sobre algunos aspectos de nuestra vida dominicana. Pienso en la vida apostólica, la vida afectiva y la vida de oración. No se trata de tres partes de cada vida (vida contemplativa: 7 am. -7: 30 am.; vida apostólica: 9 am.-5 pm.; ¿y la vida afectiva?). Las tres forman parte de la plenitud de toda vida verdaderamente humana y dominicana. Nicodemo se preguntaba cómo puede uno renacer. Ese es también nuestro problema: ¿cómo podemos ayudarnos mutuamente a la hora de transformarnos para ser apóstoles de vida?

No todas las comunidades serán capaces de renovarse por sí mismas y de conseguir el ideal contemplado por nuestras Constituciones y por los recientes Capítulos Generales. Por eso, todas y cada una de las Provincias deben proponer un plan de renovación gradual de las comunidades para que los hermanos que vivan en ellas puedan florecer. Y sólo a esas comunidades deberían ser asignados los hermanos jóvenes, que son los portadores de la semilla del futuro de la vida dominicana. Las Provincias morirán, a menos que planifiquen la construcción de tales comunidades. Una Provincia con tres comunidades donde los hermanos progresan en su vida dominicana tiene un futuro, con la gracia de Dios. Pero una con veinte comunidades donde apenas se sobrevive, no lo tendrá.


1. LA VIDA APOSTÓLICA

1.1 Una vida desgarrada

La vida dominicana es apostólica, en primer lugar. Pero esto podría dar a entender fácilmente que un buen dominico tiene que estar siempre ocupado, dedicado a mil "apostolados". No. La vida apostólica no es tanto lo que hacemos como lo que somos, es decir, llamados a "vivir la vida de los apóstoles según el modo ideado por Santo Domingo"(4). Cuando Diego se encuentra con los delegados cistercienses enviados a predicar a los albigenses, les dice: "Id humildemente, siguiendo el ejemplo de nuestro amoroso Maestro, enseñando y actuando, viajando a pie sin plata ni oro, imitando en todo la vida de los apóstoles" (5). Ser apóstol significa tener una vida, no un empleo.

Y la primera característica de esta vida apostólica consiste en ser una participación en la vida del Señor. Los apóstoles son los que anduvieron con el Señor "todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros" (Hch 1, 21). Fueron llamados por él, caminaron con él, le escucharon, descansaron y rezaron con él, discutieron con él, y fueron enviados por él. Compartieron la vida de uno que es Emmanuel, "Dios con nosotros". La culminación de esta vida tuvo lugar en la Última Cena, el sacramento del pan de vida. Aunque uno de ellos se fue pronto, porque tenía mucho que hacer.

Para nosotros, la vida apostólica es más que los diferentes apostolados que hacemos. Es un modo de vivir. Hablando de la predicación, Yves Congar OP escribió: "es una vocación que es la sustancia de mi vida y de mi ser" (6). Si las exigencias de apostolado nos impiden rezar y comer con nuestros hermanos, para compartir su vida, no seremos apóstoles en el pleno sentido de la palabra, por muy ocupados que estemos. El Maestro Eckhart escribió: "La personas no deberían preocuparse tanto acerca de lo que hacen, sino de lo que deberían ser. Si somos buenos y lo son también nuestras costumbres, estaremos radiantes" (7). Domingo fue un predicador con todo su ser.

Pero esta vida apostólica crea tensiones en nuestro interior. Es el precio y la fuente de su fertilidad. Porque la Palabra de Dios, cuya vida comparten los apóstoles, se extiende y abraza todo lo que está más alejado de él. Según Eckhart, la Palabra sigue estando unida al Padre mientras se desborda sobre el mundo. Nada humano le es ajeno. La vida de Dios se extiende y se abre para encontrar un hueco para todo lo que somos nosotros; se hace como nosotros en todo, excepto el pecado. Toma sobre sí nuestras dudas y temores; entra en nuestra experiencia del absurdo, en ese desierto en el que nada tiene sentido.

Vivir plenamente la vida apostólica significa, pues, descubrir que también nosotros estamos a la intemperie en nuestro interior, en tensión hacia afuera. Ser predicador no significa solamente hablar de Dios a la gente, sino asumir en nuestras vidas la distancia que hay entre la vida de Dios y la más alejada, alienada y herida. Sólo tendremos una palabra de esperanza si vislumbramos desde dentro las penas y desesperanzas de aquellos a los que predicamos. No tendremos palabras de compasión a no ser que vivamos en cierto modo sus fracasos y tentaciones como nuestros. No tendremos una palabra que pueda ofrecer un significado para la vida de la gente si antes no hemos sido tocados por sus dudas y hemos vislumbrado el abismo. Pienso en algunos de mis hermanos franceses que, después de haber pasado el día enseñando teología e investigando, salen a las aceras por la noche para encontrar a las prostitutas, para escuchar sus aflicciones y sufrimientos y para darles una palabra de esperanza. ¡No es de extrañar que nosotros, los dominicos, hayamos tenido una mala reputación desde el comienzo!. Es un riesgo de la vocación. Jordán de Rivalto, en el siglo catorce, pide a la gente que no sea dura con los frailes si están un poco "sucios". Forma parte de nuestra vocación: "Estando entre la gente, viendo las cosas del mundo, es imposible que no estén un poco sucios. Son hombres de carne y sangre como vosotros, y en la lozanía de la juventud; es una maravilla que estén tan limpios como están. ¡Este no es un lugar para monjes"! (8).

La vida apostólica no nos procura un "estilo de vida" equilibrado y saludable, con perspectivas de una buena carrera, porque nos desequilibra, nos inclina hacia algo completamente otro. Si participamos así de la vida del Verbo de Dios, nos vaciaremos de nosotros mismos, nos dilataremos hasta conseguir espacio y silencio para que nazca una palabra nueva, como si fuera por vez primera. Somos gente de fe que se emplea a fondo para abrir el corazón a quienes que no creen. A veces no estaremos seguros nosotros mismos de lo que todo eso significa. Somos como los apóstoles, que fueron llamados por Cristo y que caminaron con él hacia Jerusalén, sabiendo que sólo él tenía palabras de vida eterna. Pero discutían sobre quién era el más importante, y muchas veces no tenían ni idea de hacia donde se estaban encaminando.

La vida apostólica nos invita a vivir una tensión. Hemos prometido construir nuestras vidas junto con nuestros hermanos y hermanas dominicos. "Para nosotros ser humanos, ser nosotros mismos significa ser un hermano predicador, nuestra vida no tiene otra historia" (9). Esta es nuestra casa, no tenemos otra. Pero el impulso de la vida apostólica nos lleva hacia mundos diferentes. Llevó a muchos de nuestros hermanos al mundo industrial, al mundo de las fábricas y sindicatos. A otros los lleva a las universidades. Nos lleva al mundo cibernético del Internet. Un nuevo proyecto de los dominicos franceses, Jubilatio, nos lleva al mundo de la juventud. Un proyecto en Benin nos lleva al mundo de la agricultura ecológica. Estamos presentes en el mundo del Islam y del Judaísmo. Esta tensión puede desgarrarnos, porque la única vida que tenemos no está construida ni planeada por nosotros, sino que la recibimos como un don de cada día, el "pan de vida" que prometió Santo Domingo.

1.2. El trabajo en la sociedad contemporánea

Pero en nuestra sociedad contemporánea, esta tensión puede convertirse fácilmente en división. Podemos llegar a ser gente con dos vidas, la vida como dominicos en nuestra comunidad y la vida en nuestro apostolado. Esto se debe a la manera de entender hoy el trabajo. Pero si esto llega a suceder en nosotros, entonces se rompe la hermosa, dolorosa y fértil tensión que existe en el corazón mismo de la vida apostólica, y podemos ser simplemente como una persona que tiene un empleo, y que vuelve cada noche al hotel de la comunidad. Veamos por qué éste es un reto muy especial que tenemos que afrontar hoy.

 

a) La fragmentación de nuestras vidas

La sociedad occidental contemporánea fragmenta la vida. Los días de la semana se separan del fin de semana, el trabajo del tiempo libre, la vida de trabajo de la jubilación, al menos para los que tienen la suerte de tener un trabajo. Se puede ser profesor de historia durante el día, padre por la noche y cristiano el domingo. Esta fragmentación puede hacernos difícil tener una vida unificada y total. Los dominicos predican en una variedad casi infinita de maneras. Somos párrocos y profesores, asistentes sociales y capellanes universitarios, poetas y pintores. ¿Cómo vivimos esos apostolados como frailes, miembros de nuestras comunidades, hermanos y hermanas consagrados? Recuerdo que me impresionó mucho una conversación con un joven periodista dominico, que me exponía las dificultades de vivir en el mundo de los medios de comunicación social. Durante el día vivía en un mundo, con sus presupuestos morales y su "estilo de vida", y por la noche volvía a su comunidad religiosa. ¿Cómo podía ser religioso y periodista en una sola persona? Cuando volvemos a la comunidad por la noche, queremos olvidar los agobios del día, como cualquier otro. Lo que hacemos en el trabajo es "otra vida".

b) La profesionalización del trabajo

Cada vez se profesionaliza más el trabajo. Para la predicación del Evangelio nos hacemos muchas veces profesionales cualificados. Se puede obtener un diploma en predicación o un doctorado en estudios pastorales. ¡Ninguno de los llamados por Jesús estaba graduado en "apostolado"! No hay nada malo en esa profesionalización. Tenemos que ser tan cualificados y profesionales como aquellos con los que trabajamos. Pero aun así debemos ser conscientes de las seducciones que tiene ser un "profesional". Confiere un status y una posición. Da un puesto en una sociedad estratificada. Da identidad y nos invita a un estilo de vida. Podemos traer un salario a la comunidad. ¿Cómo puede ser un mendicante, un hermano o hermana itinerante, este doctor, profesor, párroco? Nuestra profesión, ¿nos obliga acaso a movernos por una estrecha vereda con la promoción como única meta? ¿Nos deja libres para responder a peticiones inesperadas de nuestros hermanos y de Dios?

c) La ética del trabajo

Finalmente, en la sociedad occidental ha triunfado la ética del trabajo. Es lo que justifica nuestra existencia. La salvación por el trabajo. Los que no tienen trabajo están excluidos del Reino. Prediquemos lo que prediquemos, no cabe duda que el activismo febril que encontramos tan frecuentemente en la Orden puede sugerir que a veces también nosotros creamos que podemos salvarnos por lo que hacemos. Ensalzamos a Domingo como Praedicator gratiae, pero aunque prediquemos que la salvación es un don, ¿lo vivimos así? ¿Vivimos como aquellos para los cuales la vida, la plenitud de vida, es un don? ¿Miramos así a nuestros hermanos? ¿Competimos entre nosotros para demostrar lo ocupados que estamos y, por consiguiente, lo importantes que somos?

1.3 El desierto de la falta de sentido

Así, pues, ser predicador significa vivir la vida a la intemperie. Tenemos que participar en cierto modo del Éxodo de la Palabra de Dios, que sale del Padre para asumir todo lo humano. A veces este Éxodo puede llevarnos al desierto, sin un camino aparente hacia la Tierra Prometida. Podemos ser como Job que se sienta sobre un montón de estiércol y proclama que su Redentor vive. Sólo que a veces nos limitamos simplemente a sentarnos en un montón de estiércol. Si nos dejamos tocar por las dudas y creencias de nuestros contemporáneos, podemos encontrarnos en un desierto donde el Evangelio no tiene ya sentido alguno. "Ha vallado mi ruta" (Job 19, 8).

La crisis fundamental de nuestra sociedad es quizá una crisis de sentido. La violencia, la corrupción y la drogadicción son síntomas de una enfermedad más profunda, que es el hambre de un sentido para nuestra existencia humana. Para hacernos predicadores, Dios puede llevarnos a ese desierto. Y allí colapsarán nuestras antiguas certezas, y el Dios que hemos conocido y amado desaparecerá. Y entonces quizá tengamos que participar en la noche oscura de Getsemaní, cuando todo parece absurdo y sin sentido, y el Padre parece estar ausente. Y, sin embargo, sólo si nos dejamos llevar allí, donde nada tiene ya sentido, podremos oír la palabra de gracia que Dios ofrece a nuestro tiempo:

"La gracia se hace presente cuando pasamos, a través de la desesperación, a una afirmación de alabanza" (10).

De frente al vacío, podemos caer en la tentación de querer llenarlo con tópicos creídos a medias, con sustitutos del Dio vivo. El fundamentalismo que vemos tan frecuentemente hoy en la Iglesia es quizá la reacción asustada de quienes estuvieron al borde de ese desierto pero no se atrevieron a soportarlo. El desierto es un lugar de silencio aterrador, que podemos intentar ahogar repitiendo viejas fórmulas con una terrible sinceridad. Pero el Señor nos lleva al desierto para mostrarnos su gloria. Por eso dice el Maestro Eckhart: "Manténte firme y no vaciles en tu vacuidad" (11)

1.4 Comunidades de vida apostólica

¿Cómo pueden nuestras comunidades apoyarnos en esta vida apostólica? ¿Cómo podemos sostenernos mutuamente cuando un hermano o hermana se encuentran en este desierto, donde absolutamente ya nada tiene sentido?

 

a) El apóstol es el enviado. ¡Los apóstoles no solicitaron un empleo! Entregamos nuestras vidas a la Orden para poder ser enviados a su misión. En la mayor parte de las comunidades dominicanas hay un ritmo regular de salir por la mañana y volver por la noche. Pero no salimos precisamente a trabajar, como podría hacerlo un profesional que sale de su casa. Es la comunidad la que nos envía. Y "Cuando los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían hecho" (Lucas 9, 10). ¿Escuchamos nosotros lo que hicieron nuestros hermanos durante el día cuando vuelven por la tarde? ¿Les damos oportunidad para que compartan con nosotros los retos que encuentran en sus apostolados? Nosotros estamos en la parroquia o en el aula, por ellos, de su parte, representándolos. La comunidad está presente aquí, en este hermano o hermana.

¿Cómo pueden las oraciónes que compartimos por la mañana y por la tarde ser no solamente el cumplimiento común de una obligación sino parte del ritmo de la comunidad que envía a sus miembros y los recibe a su vuelta? ¿Rezamos por y con nuestros hermanos en sus apostolados? Si no es así, ¿cómo puede llamarse apostólica nuestra comunidad? Puede convertirse exactamente en un hotel.

El Capítulo General de Caleruega dio unas sugerencias claras y excelentes acerca de cómo pueden nuestras comunidades planificar y evaluar la misión común de la comunidad, de modo que los hermanos progresen en el verdadero sentido de colaboración. Urjo firmemente a todas las comunidades a ejecutar estas recomendaciones (nº. 44).

b) En nuestras comunidades debemos ser capaces de compartir nuestra fe y nuestras dudas. Para la mayor parte de nosotros, especialmente para muchos de los que entran hoy en la Orden, no basta con recitar juntos los salmos. Necesitamos compartir la fe que nos trajo a la Orden y que nos mantiene hoy. Este es el fundamento de nuestra fraternidad. Quizá sólo podamos hacerlo con titubeos, con timidez, pero aun así podemos ofrecer a nuestros hermanos y hermanas "el pan de vida y el agua del cielo". Los Capítulos Generales recomiendan frecuentemente que se predique en toda liturgia pública. No es solamente porque somos una Orden de Predicadores sino también para poder compartir mutuamente nuestra fe.

Debemos ser también capaces de compartir nuestras dudas. Es, sobre todo, cuando el hermano entra en ese desierto donde nada tiene ya sentido, cuando debemos dejarle hablar. Tenemos que respetar sus luchas y no aplastarlo nunca. Si un hermano se decide a compartir esos momentos de oscuridad e incomprensión y nos atrevemos a escucharle, puede ser el mejor regalo que jamás haya recibido. El Señor puede llevar a un hermano a la noche oscura de Getsemaní. ¿Podríamos ir a dormir mientras él está sufriendo? Nada une más íntimamente a una comunidad que una fe que luchamos por conseguir juntos. Puede ser en una facultad teológica o en un barrio pobre de Latinoamérica. Esforzándonos juntos para dar un sentido de quiénes somos y a qué estamos llamados a la luz del Evangelio seguramente que nos asombraremos del Dios que es siempre nuevo e inesperado del todo. Podemos incluso sorprendernos de encontrarnos y descubrirnos mutuamente, como si fuera por vez primera.


2. LA VIDA AFECTIVA

2.1 En esto consiste el amor.

"En esto consiste el amor; no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros" (1Juan 4, 10).

Toda vida apostólica es una participación de este amor redentor de Dios por la humanidad. Si no fuera así, nuestra predicación sería en el mejor de los casos como un empleo, y en el peor como un ejercicio de manipulación de los demás, de propaganda de una ideología. Quizá en algunos países las iglesias estén vacías porque la predicación del Evangelio se ve como un ejercicio de control más que como la expresión del amor ilimitado de Dios. Así, pues, estar vivos, abundantemente vivos, como predicadores, significa descubrir cómo amar rectamente. "Ma vocation c'est l'amour"(12) "Mi vocación es el amor".

Pero podríamos plantearlo de otra manera. Para nosotros dominicos, aprender a amar es inseparable de ser atrapados en el misterio de la redención de la humanidad por Dios. Esta es nuestra escuela de amor. Actualmente los formadores religiosos de todo el mundo están comenzando a afrontar la cuestión de la "afectividad", palabra que no me gusta. ¿Cómo podemos formar a los que vienen a la Orden para que puedan amar recta y plenamente, como religiosos castos? La mayor parte de nosotros tuvimos poca o ninguna formación para afrontar nuestras emociones, nuestra sexualidad, nuestra hambre de amar y de ser amados. Yo no recuerdo haber recibido nunca una formación en este campo. Se daba por supuesta, o quizá se esperaba con nerviosismo que una buena carrera o una ducha de agua fría podría resolver el "problema". Por desgracia ¡yo no puedo correr y no me gustan las duchas de agua fría!.

No voy a hablar en esta carta de las cuestiones específicas relativas a la formación y a la afectividad, porque espero que habrá pronto una carta a la Orden sobre el tema de la formación. Diré solamente esto. No basta con esperar que todo irá bien si reclutamos hombres y mujeres jóvenes bien equilibrados, libres de desórdenes emotivos obvios. ¿Serían capaces los jóvenes bien equilibrados de dar su vida por sus amigos? ¿Dejarían las noventa y nueve ovejas para ir en busca de la que está perdida? ¿Comerían y beberían con prostitutas y pecadores?. Me temo que serían demasiado sensatos para ello. Comentando el Evangelio de San Juan, Agustín escribió lo siguiente: "Dame un corazón amante y sentirá lo que digo" (13). Es posible que sólo los que son capaces de amar puedan comprender la pasión de la vida apostólica. A menos que nos dejemos envolver en la ola de ese inmenso amor, todos nuestros intentos para ser castos pueden terminar siendo ejercicios de control. Podremos tener éxito, pero a riesgo de un gran daño para nosotros mismos. Podemos fallar, con el riesgo de un terrible daño para otros. Por eso, si nuestro impulso apostólico y nuestra capacidad de amar no están profundamente integrados terminarán por ser objeto de control de los demás o de mí mismo. Pero Jesús renunció al control de su vida y la puso en nuestras manos.

2.2 "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Juan 15,13)

Amar a la humanidad puede ser muy digno de admiración pero puede parecer como un sustituto pálido y abstracto del amor profundo y personal por el que suspiramos algunas veces. ¿Es realmente bastante?. Esto podemos sentirlo sobre todo en la sociedad contemporánea en la que el modelo dominante de amor es el amor sexual apasionado entre un hombre y una mujer. ¿Podemos sentirnos satisfechos sólo con amar a la humanidad cuando sentimos esta urgencia de amar?.

Este amor apasionado, esponsal, es ciertamente una necesidad humana profunda, y diré algo sobre ello más adelante. Puede ser también una imagen de nuestra relación con Dios, por ejemplo, en los comentarios medievales sobre el Cantar de los Cantares. Pero hay otra tradición complementaria que es quizá más típicamente dominicana. Está en el corazón del Evangelio de Juan. "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos". A esto se parece el misterio del amor, a alguien que da su vida por sus amigos. Tenemos un amor profundamente apasionado en la relación de Jesús con sus discípulos, con las prostitutas y publicanos, con los enfermos y leprosos e incluso con los fariseos. Es una pasión que encuentra su última expresión en la pasión que lleva al Gólgota. ¿No es esto tan apasionante como cualquier aventura amorosa?

Nuestra sociedad no comprende nuestra manera de amar, porque hemos rechazado, según parece, la experiencia típica del amor, la unión sexual con otra persona. Podemos sentir a veces hasta nosotros mismos que hemos desaprovechado "la gran experiencia", y que no hemos vivido. Pero Santo Tomás de Aquino enseñó que en lo íntimo de la vida del Dios que es amor está la amistad, la indecible amistad del Padre y del Hijo, que es el Espíritu. Para nosotros vivir, estar indeciblemente vivos, es poner nuestra casa en esa amistad y ser transformados por ella. Desbordará sobre todo lo que somos y hacemos. Como escribió Don Goergen OP: "El celibato no da testimonio de nada. Los que dan testimonio son los célibes" (14). Damos testimonio del Reino si nos ven como personas cuya castidad nos libera para vivir.

Nuestras comunidades deberían ser escuelas de amistad. Cuando San Jacinto estaba muriendo, repetía las palabras de Santo Domingo a los hermanos: "Tened bondad y dulzura (dulcedo) de corazón. Conservad el amor de Dios y la caridad fraterna" (15). ¿Somos siempre suficientemente buenos y dulces de corazón los unos con los otros?. En la vida religiosa hubo frecuentemente miedo a la amistad, pero quizá éste no estuvo tan presente en la tradición dominicana. Desde el principio hubo amistades profundas y cariñosas, de Domingo por sus hermanos y hermanas, de Jordán de Sajonia por su querida Diana y por Enrique, de Catalina de Siena y Raimundo de Capua. Recuerdo a un anciano dominico que decía en Capítulo, cuando yo era joven: "No tengo nada contra las amistades particulares, es a las enemistades particulares a las que me opongo". La amistad nunca es exclusiva, sino profundamente transformadora, dolorosa y lentamente liberadora de todo lo que es dominador o posesivo, de todo lo que es amparador o despectivo. Si es una participación en la vida de la Trinidad, será un amor que eleva al otro a la misma altura y lo libera. Según escribió Bede Jarrett, Provincial inglés, en 1932: "¡Oh querida amistad, qué don de Dios!. No habléis mal de ella. Alabad más bien a su Hacedor y Modelo, la Santa Trinidad" (16). Si es una verdadera amistad que viene de Dios, nos impulsará a la misión de predicar la buena nueva.

La culminación de nuestro amor será un desposeimiento. A los que amamos, debemos dejarlos partir; debemos dejarlos que sean ellos mismos. Mi amor a otros, ¿les da la libertad para construir sus propias vidas y me deja a mí libre para la misión de la Orden?. Mi amor por esta mujer, por ejemplo, ¿la ayuda a profundizar en su amor por su marido o estoy atando su vida a la mía haciéndola depender de mí?. Este desposeimiento, que es penoso pero liberador, nos invita a quedar periféricos a las vidas de los que amamos. Deberíamos descubrir que desaparecemos del centro de sus vidas para que puedan olvidarnos y ser libres, libres para otro, libres para Dios. Esto es lo más duro de todo, pero creo firmemente que puede darnos más alegría de lo que nunca pudimos imaginar. Es el momento en que nuestro costado queda abierto para que pueda fluir de él el agua de vida.

Uno de los ejemplos bellos dentro de nuestra tradición dominicana, es sin duda, alguna el de la amistad entre el beato Jordán de Sajonia, sucesor de Santo Domingo como Maestro de la Orden, y la monja dominica, beata Diana de Andalò. Está claro que se amaban profundamente. ¿Cuántos Maestros de la Orden han escrito con tanta franqueza a una mujer?: "¿Es que yo no soy tuyo y no estoy siempre con vosotras, tuyo en el trabajo y en el descanso, tuyo estando presente o cuando me encuentro lejos?" (17). Y está claro que ella le enseñó mucho sobre el modo de amar. Pero en sus cartas, Jordán la está remitiendo siempre al Señor. Es el amigo del esposo, cuyo papel consiste en llevar la novia al novio:

"Lo que te falta de mi presencia, recupéralo con tu mejor amigo, tu esposo Jesucristo, a quien puedes tener siempre presente en espíritu y en verdad. Él te habla más suave y saludablemente que Jordán" (18).

Tenemos que desprendernos también , en cierto sentido, de nuestras propias familias. Las amaremos debidamente y nos complaceremos en su amor por nosotros, pero una vez que hicimos profesión en la Orden deberíamos quedar libres para ir adonde nos necesite la misión de la Orden, incluso si es lejos del hogar de nuestra familia. Esto forma parte de nuestra pobreza. Pero ahora nos debemos, en primer lugar, a la Orden y a la predicación del Evangelio.

2.3 Sexo, cuerpos y deseo

a) ¿Un ideal inasequible?

Es un ideal hermoso, pero puede parecer remoto e inasequible. Cuando luchamos contra los deseos sexuales, contra las fantasías y la posesividad, puede parecernos que esta amistad desinteresada está más allá de nuestro alcance. Los medios de comunicación social aseguran día tras día que este ideal es "irrealista". Pero Dios no transforma la humanidad invitándonos a hacer esfuerzos agotadores para subir al cielo. La vida divina llega hasta donde estamos nosotros, carne y sangre. Jesús invita a Zaqueo a bajar del árbol y reunirse con él abajo. La Palabra se hace carne, asume nuestros deseos, nuestra pasión, nuestra sexualidad. Si queremos encontrar al Señor y ser curados, tenemos que encarnarnos también nosotros en nuestros cuerpos, con todas nuestras pasiones, con todas nuestras heridas y anhelos.

Comenzamos desde lo que somos y quién somos. Cuando tomamos el hábito, traemos a la Orden a esta persona concreta, que es fruto de una historia, y trae consigo sus heridas. Esta es la persona que llamó el Señor, no un ser humano ideal. Llegamos con las cicatrices de la experiencia pasada, quizá con el recuerdo aun vivo de fracasos en el amor, de abusos, de sexo. Nuestras familias nos enseñaron a amar; pero quizá nos hayan producido heridas ellas también, que necesitan tiempo para curar. Progresar en un amor como el de Cristo requiere su tiempo, y este tiempo nos es dado. Es un don y Dios siempre da sus dones a través del tiempo. Esperó siglos hasta formar a su pueblo, preparando el camino para el nacimiento de su Hijo. Dios nos da la vida con paciencia, no en un instante. Si aceptamos esos dones, debemos aceptar el modo en que Dios nos los da: "no os doy como da el mundo" (Juan 14, 17). Aceptar estos dones de tiempo es quizá especialmente importante en nuestra sociedad, en la que la adolescencia se prolonga, y sólo bastante tarde llegamos, la mayor parte de nosotros, a la madurez. Tenemos que comenzar con nuestros deseos, nuestras ansias, nuestro cuerpo. No somos ni ángeles ni bestias, sino carne, sangre y espíritu, destinados al Reino. Pero, como dijo Pascal, si cometemos el error de pensar que somos ángeles entonces sí que nos convertiremos en bestias.

b) Deseo

"Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne" (Ezequiel 36,26). Si nuestros corazones deben ser de carne, tenemos que permitir que nuestros deseos sean transformados.

¿Qué deseos modelan nuestro corazón, que ocultamos a los demás y quizá a nosotros mismos?. "Ninguno de nosotros es tan transparente como para saber exactamente dónde tenemos de hecho nuestro corazón" (19). Mientras no miremos cara a cara honradamente a nuestros deseos y aprendamos a desear honestamente, estaremos sujetos a su control y seremos sus prisioneros. Esto es especialmente arduo en una sociedad que tiene la cultura del deseo. Nuestra sociedad se está muriendo no de hambre sino por exceso de deseo. Todos los anuncios nos incitan a desear más y más, interminablemente, sin fin, El mundo se está consumiendo por un deseo voraz, inconmensurable, que puede consumirnos a todos. El deseo sexual sin bridas es simplemente uno de los síntomas de cómo se nos enseña a mirar al mundo, como material para tomar y consumir.

En primer lugar, el amor que es amistad nos invita a ver al otro sin querer poseerlo. Nos deleitamos en él sin ánimo de propiedad. Es difícil llegar a esta libertad de corazón si somos presa de la cultura del mercado, en el que todo se adquiere y usa, incluso a las personas. Por eso la verdadera amistad nos pide romper con la cultura dominante de nuestro tiempo. Tenemos que aprender a ver correctamente, con claridad, con ojos que no devoren los unos a los otros ni al mundo. Santo Tomás escribió: "ubi amor, ibi oculus". "Donde está el amor, ahí está el ojo" (20). Dice esto cuando movidos por la lujuria vemos al otro como el león ve al ciervo como comida para devorar. Es, por tanto, inseparable de una verdadera pobreza de corazón. Como preguntaba William Blake: "¿Puede haber un amor que absorba a los otros como una esponja absorbe el agua?" (21).

Así, pues, sanar los deseos implica un modo diferente de estar en el mundo, una verdadera pobreza. Pero ¿qué tipo de signo puede ser la castidad, si seguimos siendo tan codiciosos en otros sentidos?. Como escribió Don Georgen OP: "Si formo parte de una sociedad de consumo, defiendo el capitalismo, tolero el machismo, creo que la cultura occidental es superior a las demás, y soy célibe, estoy dando simplemente testimonio de lo que defendemos: capitalismo, sexismo, arrogancia occidental y abstinencia sexual. La última, en este contexto, es muy poco significativa y comprensiblemente cuestionable" (22).

Tenemos que ver también la sexualidad con toda claridad y liberarnos de la mitología sexual de la sociedad contemporánea. Tenemos que desmitificar el sexo. Por una parte, la relación sexual es vista normalmente como la culminación de todas nuestras ansias de comunión y la única manera de escapar de la soledad. Se dijo que era el último sacramento que quedaba de la trascendencia, el único signo de que existimos para el otro, o incluso de que existimos sencillamente. No tener relaciones sexuales significa, por tanto, estar medio muerto. Pero por otra parte, se trivializa la sexualidad. Una inglesa gestora de un prostíbulo declaraba recientemente que hacer el amor no tiene más importancia que tomar una taza de té. Es la combinación de la deificación de la sexualidad y su banalización lo que hace el celibato tan duro de llevar. Se nos dicen ambas cosas: que debemos practicar el sexo y que nos corresponde hacerlo sin la más mínima duda. La re-educación del corazón humano pide que veamos la sexualidad con franqueza. No cabe duda que es un hermoso sacramento de comunión con otro, el don de sí mismo, por lo que no puede nunca ser banalizado. Pero hay otra manera de amar plenamente y a fondo, por lo que la ausencia de relaciones sexuales no nos condena al aislamiento ni a la soledad.

Finalmente, ante los insaciables deseos del mercado, no se nos invita a la represión sino a ansiar más. Somos seres con pasiones, y matar toda pasión sería atrofiar y aplastar nuestra humanidad. Nos convertiría en predicadores de la muerte. En cambio, debemos liberarnos para deseos más profundos, para la bondad ilimitada de Dios. Como decía Oshida, un dominico japonés, pedimos a Dios que se haga irresistible. Nuestros deseos pueden equivocarse pero no porque pedimos demasiado sino porque nos hemos conformado con poco, con satisfacciones insignificantes. "El ideal para nosotros no consiste en absoluto en controlar nuestros apetitos, sino en darles rienda suelta en pos del apetito incontrolado de Dios" (23). Los anuncios que están en los bordes de nuestras carreteras nos invitan a luchar los unos contra los otros, a competir pisoteándonos unos a otros para satisfacer nuestros inacabables deseos; nuestro Dios ofrece la satisfacción de un deseo infinito libremente y como don. Deseemos cada vez más profundamente.

Esta transformación del deseo exigirá sin duda un cierto ascetismo. ¡A esta conclusión me he venido resistiendo por largo tiempo!. Santo Domingo consiguió su libertad, su espontaneidad, su alegría, en parte porque era un hombre muy moderado, que comía y bebía poco. Hacía fiesta con sus hermanos pero también ayunaba. Hay un ascetismo que no es un rechazo maniqueo del mundo creado por Dios sino que nos enseña a disfrutarlo apropiadamente. "No se trata de renunciar al deseo en sí mismo -lo cual sería inhumano- sino a su violencia. Se trata de morir a la violencia del placer, a su omnipotencia" (24). La templanza mide nuestros apetitos con respecto a las necesidades reales de nuestro cuerpo, liberándonos así de las decepciones de la fantasía y de la tiranía del deseo.

c) Cuerpos

No puedo tener una relación madura con mi sexualidad si no aprendo a aceptar e incluso a deleitarme en los cuerpos humanos, el mío y el de los demás. Este es el cuerpo que tengo y que soy, que se va haciendo viejo, gordo, que pierde el cabello; evidentemente un cuerpo mortal. Debo sentirme cómodo con los cuerpos de las demás personas, bellos y feos, enfermos y sanos, viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Santo Domingo fundó la Orden para liberar a la gente de la tragedia de una religión dualista, que condenaba como malo a este mundo creado. Es central en nuestra tradición desde el comienzo, la estima de la corporeidad. En ella nos encuentra y redime Dios, haciéndose un ser mortal de carne y sangre como nosotros. El sacramento central de nuestra fe es la participación en su cuerpo y nuestra esperanza final es la resurrección del cuerpo. El voto de castidad no es un refugio contra nuestra existencia corpórea. Si Dios se hizo carne y sangre, debemos atrevernos a hacerlo también nosotros.

Descubrimos lo que significa para nosotros estar corporalmente en ese momento culminante de la vida de Jesús, cuando nos da su cuerpo: "Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros". Vemos aquí que el cuerpo no es precisamente una masa informe de carne, un paquete de músculos, sangre y grasa. La eucaristía nos enseña la vocación de nuestros cuerpos humanos: convertirse en dones los unos de los otros, posibilidad de comunión.

El enorme sufrimiento del celibato está en que renunciamos a un momento de intensa corporeidad, cuando los cuerpos se entregan los unos a los otros, sin reserva. Aquí se revela el cuerpo en su identidad profunda, no como una masa de carne sino como sacramento de presencia. Este acto sexual expresa, hace carne y sangre, nuestro profundo deseo de compartir nuestras vidas. Por eso es un sacramento de la unidad de Cristo y de la Iglesia.

También nosotros los religiosos, en nuestra corporeidad, podemos hacer a Cristo presente a nuestra manera. El predicador da nacimiento a la Palabra, no sólo con sus palabras sino con todo lo que es. La compasión de Dios busca convertirse en carne y sangre en nosotros, en nuestra delicadeza, incluso en nuestros rostros.

En el Antiguo Testamento encontramos con frecuencia una oración pidiendo que el rostro de Dios brille sobre nosotros. A esta oración se respondió finalmente en forma de un rostro humano, el rostro de Cristo. Posa su mirada en el joven rico, lo ama y le pide que lo siga; mira a Pedro en el patio después de su traición; mira a María Magdalena en el jardín y la llama por su nombre. Como predicadores, carne y sangre, podemos dar cuerpo a esta mirada compasiva de Dios. Nuestra corporeidad no está excluida de nuestra vocación. "Y quien es predicador y hermano al mismo tiempo puede aprender, con trabajo y probablemente con progreso inconstante, lo que significa ser un rostro para Dios precisamente teniendo un rostro humano, un rostro que puede sonreír y reír, llorar y parecer aburrido ... Y es precisamente en toda nuestra unicidad e individualidad, eternamente válida y deseada por Dios, que somos también la revelación, la manifestación, la expresión de aquél que es el Verbo Único que se revela desde toda la eternidad en el silencio de Dios" (25).

La verdadera pureza de corazón no consiste en estar liberados de la contaminación de este mundo, sino más bien en estar plenamente presentes en lo que hacemos y somos, con un rostro y un cuerpo que nos expresan por encima de todo engaño y duplicidad. Los puros de corazón no se esconden detrás de sus caras para mirar con cautela. Son transparentes, con la desnudez y vulnerabilidad de Cristo. Conservan su libertad y espontaneidad. "Sólo el que tiene un corazón limpio es capaz de reír con una libertad que crea libertad en los demás" (26).

d) Fecundidad

Quizá lo que más he echado de menos es no haber tenido hijos. Y si yo, que soy hombre, lo siento, ¿qué puede significar para una mujer no haber dado a luz?. Es un deseo fundamental, tenemos que reconocerlo. Pero seremos fructíferos si nuestra vida apostólica está asumida en el fértil amor de Dios por la humanidad. El Maestro Eckhart dice que este amor de Dios en nosotros es lozano y fértil. Dios está en nosotros "siempre verde y floreciente en todo el gozo y gloria que él es en sí mismo." (27). "El propósito principal de Dios es dar vida. No está satisfecho hasta que no engendre a su Hijo en nosotros. Y tampoco el alma está nunca satisfecha hasta que el Hijo nazca en ella" (28).

Nuestro amor por los hermanos y hermanas debe ayudarlos a ser fructíferos. La vida apostólica no consiste simplemente en trabajar incesantemente. Si nuestros apostolados están vivos con la abundancia de la vida de Dios, participaremos de su creatividad.

Pero ser padre significa vivir en la alegría y el dolor de dejar que los hijos se vayan. La consumación de ser padres consiste hacer que los hijos sean libres, en dejarles que orienten su vida incluso en una forma diferente de la que habrían esperado para ellos. También nosotros debemos desasirnos de lo que hemos creado. Sabremos que hemos sido realmente fructíferos cuando los proyectos que hemos iniciado, y a los que hemos dedicado nuestra vida, toman nuevos rumbos y están en manos de otros. Esto es duro, pero la generosidad de los padres consiste en dar libertad a sus hijos.

2.4. ¿Cómo podemos ayudarnos mutuamente?

Si dejamos que el amor, que es Dios, nos toque reviviremos poco a poco. Puede parecer más seguro seguir muertos, invulnerables, intocables. Pero ¿es eso verdad? "La naturaleza aborrece el vacío. Pueden suceder cosas terribles a quien tiene el corazón vacío. En último análisis, es mejor correr el riesgo de un escándalo ocasional que tener un monasterio -un coro, un refectorio, una sala de recreación- llenos de muertos. Nuestro Señor no dijo 'He venido para que tengan seguridad y para que la tengan en abundancia'. Algunos de entre nosotros darían cualquier cosa para sentirse seguros en su vida, en este mundo y en el futuro, pero no podemos tener las dos cosas: seguridad y vida, tenemos que escoger" (29). Si optamos por la vida, necesitamos comunidades que nos apoyen según vamos reviviendo, que nos ayuden a crecer en un amor que sea verdaderamente santo, en una participación en el Verbo de Dios revelado.

 

a) Comunidades de esperanza

Ante todo, deberíamos brindarnos mutuamente esperanza y misericordia. Lo que nos atrae con frecuencia hacia la Orden es nuestra admiración por los hermanos. Esperamos llegar a ser como ellos. Pero descubrimos muy pronto que son, de hecho, como nosotros, frágiles, pecadores y egoístas. Y esto puede causar una profunda decepción. Recuerdo un novicio que se quejaba de haber hecho tan triste descubrimiento. El Maestro de novicios le contestó: "Me encanta oírte decir que ya no nos admiras. Ahora hay una oportunidad de que puedas llegar a amarnos". El misterio redentor del amor de Dios no hay que verlo en una comunidad de héroes espirituales, sino de hermanos y hermanas que se animan mutuamente, con esperanza y misericordia, en su camino hacia el Reino. El Señor resucitado se aparece a una comunidad de hombres tímidos y débiles. Si queremos encontrarlo debemos atrevernos a estar allí con ellos. Jordán de Sajonia escribía a los hermanos de París, que eran sin duda exactamente como nosotros: "No puede ser que Jesús se aparezca a los que se separan de la unidad de la fraternidad. A Tomás le fue negado ver a Jesús, por no haber estado con los demás discípulos cuando Él se les apareció. Y ¿pensáis que vosotros sois más santos que Tomás?" (30).

Pero necesitamos de nuestras comunidades sobre todo si fallamos en el amor. Y podemos fallar, porque entramos en un período de esterilidad en el que sentimos que somos absolutamente incapaces de amar, en el que nuestros corazones de carne han sido reemplazados por corazones de piedra. Y entonces necesitaremos nuestras comunidades para creer por nosotros que:

"Oculta en lo más profundo de uno mismo,
-a pesar de la traición cometida o del peso de la propia debilidad-
oculta en lo más profundo de uno mismo
la semilla del amor permanece"
(31)

 

Nuestras comunidades deben ser lugares en los que no hay acusaciones "porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos" (Apoc. 12, 10). Podemos pecar y pensar que hemos destruido nuestra vocación, y que tenemos que abandonar la Orden avergonzados. Es entonces cuando nuestros hermanos y hermanas pueden tener que creer, por nosotros, en la misericordia de Dios si nos resulta difícil creer nosotros mismos. Si Dios puede hacer florecer el árbol muerto del Gólgota, puede también sacar provecho de mis pecados. Podemos necesitar de nuestros hermanos para creer, cuando nosotros no podemos hacerlo, que un fallo no es el fin sino que Dios, en su infinita fertilidad, puede convertirlo en parte de nuestro viaje hacia la santidad. Incluso nuestros pecados pueden formar parte de nuestros torpes intentos de amar. Los años que duraron las aventuras sexuales de San Agustín formaban quizá parte de su búsqueda de un amor más grande, y la castidad no significó el cese sino la culminación de ese deseo.

b) Comunidad y orientación sexual

Aquí es donde se perciben más claramente las diferencias culturales. Se necesita una gran delicadeza para no escandalizar ni herir a hermanos y hermanas. En algunas culturas, la admisión a la vida religiosa de gente con orientación homosexual es virtualmente impensable. En otras, se acepta sin problemas. Todo lo que se escribe sobre este tema corre el riesgo de ser escudriñado para ver si se está "a favor" o "en contra" de la homosexualidad. Y aquí está el error. No nos corresponde a nosotros decir a Dios a quién puede o no llamar a la vida religiosa. El Capítulo General de Caleruega afirmó que hay que aplicar a todos los hermanos, de cualquier orientación sexual que sean, las mismas exigencias de castidad y, por tanto, nadie puede ser excluido por esa razón. Hubo un gran debate en dicho Capítulo sobre este particular, y estoy seguro que continuará.

¿Cómo pueden nuestras comunidades ayudar y sostener a los hermanos a la hora de confrontarse con su orientación sexual? Lo primero que debemos reconocer es que toca profundamente a nuestra propia idea de quién somos. Y, por eso, es un tema importante y delicado para muchos jóvenes que vienen a la Orden, por dos razones. En primer lugar, hay frecuentemente un ansia profunda por tener una propia identidad. Para muchos, la cuestión predominante es: ¿Quién soy yo?. En segundo lugar, la cuestión de la orientación sexual no se soluciona con frecuencia hasta bastante tarde debido a la adolescencia prolongada que caracteriza hoy a muchas culturas. A veces recibimos de algunos hermanos peticiones de dispensa porque hasta bastante tarde en su vida no se dieron cuenta de que eran fundamentalmente heterosexuales y, por ende, hábiles para casarse.

Si un hermano llega a creer que es homosexual, es importante que sepa que se le acepta y ama tal cual es. Puede vivir en el terror del rechazo y de la acusación. Pero esta aceptación es "pan para el camino" según va logrando descubrir una identidad más profunda, la de hijo de Dios. Porque ninguno de nosotros, heterosexuales u homosexuales, puede encontrar esta identidad en su orientación sexual. Es en Cristo en quien debemos descubrir lo que somos en profundidad. "Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (1 Juan 3, 2). Por nuestros votos nos comprometemos a seguir a Cristo y a descubrir en él nuestra identidad. Forma parte de nuestra pobreza el superar esas pequeñas identidades. "A la raíz de todas las demás ansias de posesión está por último el deseo de ser uno mismo: el deseo de que, en el centro de mí mismo, debe estar no ese innombrable abismo al que se lanza inevitablemente, como a un vacío, al Dios innominado, sino una identidad que puedo poseer, una identidad que se define como propiedad mía" (32). El hermano que hace de su orientación sexual un elemento central de su identidad pública se está equivocando sobre quién es en lo más profundo de sí mismo. Se parará al borde del camino, siendo así que está llamado a caminar hasta Jerusalén. Lo fundamental es que podamos amar y ser hijos de Dios, no hacia quién nos sentimos atraídos sexualmente. Pero esto no es solamente cuestión de un sentido personal de la identidad del individuo. Tenemos una identidad como hermanos y hermanas los unos de los otros. Somos responsables de las consecuencias que puede tener para nuestros hermanos nuestra manera de presentarnos a nosotros mismos, especialmente en un área tan sensible como la de la orientación sexual.

Así, pues, todo hermano debe ser aceptado tal y como es. Pero la emergencia de cualquier subgrupo dentro de una comunidad, basados en su orientación sexual, podría ser una causa grande de división. Puede amenazar a la unidad de la comunidad; puede hacer aun más difícil para los hermanos guardar la castidad que hemos consagrado. Puede forzar a los hermanos a pensar de sí mismos de un modo que no es central para su vocación de predicadores del Reino, y quizá un día descubran eventualmente que no es cierto.

c) Enamorarse

Sin embargo, por mucho que presentemos la amistad como la revelación suprema de un amor, que es la vida de Dios, podemos aun enamorarnos, y ésta puede ser una de las experiencias más significativas de nuestra vida. Una de las primeras preguntas públicas que me hicieron después de mi elección como Maestro de la Orden en una reunión con un grupo grande de estudiantes dominicos filipinos, fue ésta: "Timothy, ¿te enamoraste alguna vez?". Y la segunda cuestión fue: "¿Sucedió antes o después de haber ingresado en la Orden?" Si esto sucede, entonces necesitamos de verdad la ayuda y amor de nuestras comunidades.

Para un hermano o hermana que han consagrado sus vidas a la Orden, enamorarse es casi con seguridad un momento de crisis. Pero como nos recuerda con frecuencia Jean-Jacques Pérennès en el Consejo Generalicio, una crisis es un momento de oportunidad. Puede ser fructífera. Cualquier experiencia de amor puede ser un encuentro con el Dios que es amor. Enamorarse puede significar el momento en el que nuestro egocentrismo queda desenmascarado y descubrimos que no somos el centro del mundo. Puede ser demoledora, al menos por algún tiempo, esta preocupación por nosotros mismos que nos mata. Enamorarse es "para mucha gente la experiencia más extraordinaria y reveladora de sus vidas, por la cual uno mismo deja de ser el centro de significación y el ego soñador se ve estremecido al descubrir una realidad completamente distinta" (33).

Una vez que hemos pasado por este profundo "desposeimiento" de nosotros mismos, no podemos seguir viviendo como si no hubiera pasado nada. No podemos pretender que no hemos encontrado nunca a esa persona y que podemos volver a nuestra antigua vida como si no hubiera pasado nada. Y ésta puede ser una razón por la que si un hermano se enamora puede pedir la dispensa de votos, porque esa antigua vida que había prometido ya quedó atrás.

Cuando Thomas Merton, un cisterciense americano, estaba en el ápice de su fama como escritor espiritual, se enamoró perdidamente de una enfermera que lo había cuidado en el hospital. Y escribió en su diario que estaba "atormentado al darme cuenta de que estábamos enamorados y yo no sabía cómo podría vivir sin ella" (34). Como dice Otelo enfrentado a la pérdida de su amada Desdémona, "en ella había refugiado mi corazón, en ella tengo que vivir o no tener vida, ella es el manantial del que brota mi corriente, porque si no se seca".

Así, pues, no podemos imaginar una vida fuera de la persona que amamos y por eso tenemos que pedir el don de una vida que no podemos imaginar, una vida que sólo puede venir como don de Dios. Sobre la cruz, Jesús espera no una vida imaginable, sino sólo la inconcebible y abundante vida que el Padre le da. Nosotros no podemos hacer una vida. Debe ser dada.

Es muy difícil abandonarnos en las manos del Padre en ese momento, confiando en que esa muerte dará paso a la resurrección. Necesitaremos como nunca a nuestros amigos, hermanos y hermanas que quizá tengan que creer por nosotros, cuando nosotros no podemos, que en ese desierto podemos encontrar al Señor de la vida. Posiblemente no nos hayamos sentido nunca tan vivos, con tanta vitalidad. Podemos pensar que este amor es lo que habíamos estado buscando durante toda nuestra vida. ¿Cómo arriesgarnos a perderlo? Podemos convertirnos en secos, malhumorados y frustrados. En ese momento tenemos que creer que si seguimos fieles a nuestros votos Dios será fiel también y recibiremos vida en abundancia. El biógrafo de Merton dice que, finalmente, su experiencia de haberse enamorado le dio "una liberación interna que le confirió un nuevo sentido de convicción, de despreocupación y de indefensión en su vocación y en lo más profundo de sí mismo"(35)

Podría parecer que estoy sugiriendo esta experiencia como un paso casi necesario en el camino de nuestro progreso espiritual. No eso lo que estoy diciendo en absoluto. "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos". Como religiosos, nos comprometemos a vivir la plenitud de la vida en el misterio de esta amistad de desprendimiento. También nosotros, sacerdotes y religiosos, podemos infligirnos un daño tremendo a nosotros mismos y a los demás cuando nos enamoramos. Podemos parecer a otros tan "seguros" y considerarnos también seguros a nosotros mismos. Podemos abusar fácilmente permitiéndonos una forma de "turismo emocional", que nos deja libres para volver a nuestra comunidad cuando las cosas comienzan a resultar peligrosas, pero dejamos posiblemente a otras personas dañadas, y minada para siempre su fe en la Iglesia e incluso en Dios.

d) El desierto de la soledad

En nuestro crecimiento como gente capaz de amar, podemos tener que pasar a veces a través del desierto. Puede ser porque nos sentimos incapaces de amar, o porque nos enamoramos, o quizá fallamos en nuestros votos. Si la vida apostólica nos lleva a la perplejidad de Getsemaní, donde la vida pierde todo su sentido, entonces la crisis en el amor puede confrontarnos con la soledad de la cruz.

La experiencia de la soledad revela una verdad fundamental acerca de nosotros mismos: que solos estamos incompletos. Contrariamente a la percepción dominante de gran parte de la sociedad occidental, no somos seres autosuficientes, independientes. La soledad revela que no puedo vivir, existir por mí mismo. Sólo existo por mis relaciones con los demás. Solo, me muero. La soledad revela un vacío, una carencia en lo más profundo de mi ser. Podemos vernos tentados a llenar este vacío con variedad de cosas: comida, bebida, sexo, poder o trabajo. Pero el vacío sigue ahí. El alcohol o cualquiera otra cosa, es simplemente una sed de Dios disfrazada. Sospecho que no podemos llenarla ni siquiera con la presencia de otras personas. Una habitación llena de gente solitaria no cambia nada. "El horror de esta soledad se muestra precisamente en el hecho que todos la comparten, pero nadie puede aliviarla" (36). Cuando Merton se enamoró, descubrió que lo que estaba buscando no era quizá a su amada sino una solución al hueco que había en lo más profundo de su corazón. Ella era "la persona cuyo nombre intentaría usar como magia para romper el cerco de la terrible soledad de mi corazón" (37).

En definitiva, creo que esta soledad no debe ser simplemente soportada. Hay que vivirla como un acceso a la soledad de Cristo en su muerte, que asume todas las soledades humanas y las transforma. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Si lo hacemos así, el velo del templo se rasgará en dos y descubriremos que Dios está en lo más profundo de nuestro ser, dándonos la existencia a cada instante. "Tu autem eras interior intimo meo", "Tú estabas más dentro de mí que yo mismo" (38). Si tomamos sobre nosotros la cruz de la soledad y caminamos con ella, se revelará que la percepción moderna del yo no es verdadera. La verdad más profunda de nosotros mismos es que no estamos solos. En el punto más profundo de mi ser está Dios, dándome vida en abundancia. Santa Catalina se describe a sí misma en el Diálogo como "habitando en la celda del conocimiento de sí misma para conocer mejor la bondad de Dios para con ella". El conocimiento profundo de uno mismo no revela el ser solitario de la modernidad sino el único cuya existencia es inseparable de Dios que nos está dando continuamente la vida.

Si logramos entrar en ese desierto y encontrar allí a Dios, seremos libres para amar gratuitamente, libremente, sin dominio ni manipulación. Seremos capaces de ver a los demás no como una solución a mis necesidades o como respuestas a mi soledad sino simplemente para deleitarnos en ellos. "Por consiguiente, manténte firme y no vaciles en tu vacuidad". Fue a los pies de la cruz, donde Jesús dio a su madre al discípulo amado y viceversa, que nació la comunidad de la Iglesia.


3. LA VIDA DE ORACIÓN

"A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Juan 15, 15)

Quien es tocado por la abundancia de vida ama desinteresadamente, espontánea y alegremente. Su corazón de piedra se convierte en un corazón de carne. Esta profunda transformación de nuestra humanidad implica, según nuestra tradición, estudio y oración al mismo tiempo. Jordán de Sajonia nos dice que ambos nos son tan necesarios como comer y beber. Mediante el estudio rehacemos el corazón humano, descubrimos esa "formación del entendimiento por lo cual el entendimiento se transforma en amor" (39). Ambos, estudio y oración, pertenecen a la vida contemplativa a la que está llamado todo dominico. Pero os ahorro las reflexiones sobre el estudio porque ya escribí una carta sobre el tema. Expondré, en cambio, unas ideas sobre la oración y la vida.

3.1. Comunidad de la Palabra

Al final de la mayor parte de las visitas canónica, el visitador suele hacer algunas observaciones edificantes acerca de la necesidad de la oración. Inclinamos la cabeza sabiamente y hacemos algunos vagos propósitos. ¿Se tiene la impresión de que lo que está en juego es cómo esos huesos secos pueden revivir?

Cuando nace un niño, sus padres comienzan a hablarle inmediatamente. Mucho antes de que pueda entender, el niño es alimentado con palabras, bañado y tranquilizado con palabras. Su madre y su padre no hablan a su hijo para transmitirle informaciones. Le están hablando para despertarle a la vida. Se humaniza en ese mar de lenguaje. Poco a poco será capaz de encontrar un lugar en el amor que comparten sus padres. Se va desarrollando hacia una existencia humana.

También nosotros somos transformados por inmersión en la Palabra de Dios dirigida a nosotros. No leemos la Palabra para buscar información. La consideramos, la estudiamos, la meditamos, vivimos con ella, la comemos y la bebemos. "Queden grabadas en tu corazón estas palabras que yo te mando hoy. Se las repetirás a tus hijos, se las dirás tanto si estás en casa como si vas de viaje, cuando te acuestes y cuando te levantes" (Dt 6,6). Esta palabra de Dios actúa en nosotros, nos hace humanos, nos trae a la vida formándonos en esa amistad que es la verdadera vida de Dios. Como escribía Jordán a Diana en su carta de Navidad en 1229: "Esta palabra léela en tu corazón, rúmiala en tu mente y que ella ponga tu boca dulce como la miel. Que permanezca en ti y habite siempre contigo (40).

Unos amigos míos adoptaron a un niño. Lo encontraron en la sala de un gran hospital en Saigón, huérfano de la guerra vietnamita. Durante los primeros meses en la sala del hospital nadie había tenido tiempo para mirarle ni hablarle. Creció incapaz de sonreír. Pero sus padres adoptivos le hablaban y le sonreían, con una amorosa dedicación. Recuerdo el día en que sonrió por vez primera. La Palabra de Dios nos alimenta para que revivamos, para que seamos humanos e incluso capaces de devolverle la sonrisa a Dios. Una comunidad que ofrece vida es aquella en la que encontramos esta palabra de Dios atesorada y compartida. No basta con decir más oraciones. Pueden sofocarnos, sobre todo cuando se dicen a gran velocidad. Cuando Santo Domingo oraba, disfrutaba de la palabra de Dios "saboreándola en su boca, tal y como era, y gozaba recitándola para sí mismo" (quinto modo), como quien degusta un buen vino francés. San Alberto Magno dice que "necesitamos ser alimentados con frecuencia por la dulzura (una vez más dulcedo) de la palabra de Dios" (41).

A medida que el niño es alimentado con las palabras de sus padres va haciendo el descubrimiento terrible y liberador de que no es el centro del universo. Detrás del pecho hay una madre. No todo está a sus órdenes. Se descubre a sí mismo como parte de la comunidad humana. En la conversación de nuestros padres descubrimos un mundo al que podemos pertenecer. Así, del mismo modo, somos nutridos con la palabra de Dios, somos conducidos a un mundo más amplio. El buen pastor que vino para que tengamos vida, y en abundancia, es el que abre la puerta para que podamos salir y encontrar amplios espacios. En la oración hacemos un éxodo, más allá del caparazón de nuestra insignificante obsesión por nosotros mismos. Entramos en el amplio mundo de Dios. La oración es una "disciplina que me impide dar por supuesto que soy el centro de un pequeño universo, y me permite encontrarme, perderme y volver a encontrarme en el entretejido de modelos de un mundo que yo no hice y que yo no controlo" (42).

El niño madura en la conversación de sus padres y descubre que no está solo. Del mismo modo, nosotros somos también atrapados en la amistad de Dios y curados de la obsesión por nosotros mismos, comenzando a vislumbrar el verdadero mundo. Yeats escribió: "Hemos alimentado el corazón de fantasías, y el corazón se ha vuelto salvaje"(43). La oración cura nuestro corazón de fantasías. Santo Tomás dice que "la oración dominical sirve de norma a todos nuestros afectos" (44). Pidiendo que se haga la voluntad de Dios y que venga su Reino remodelamos nuestro corazón.

Liberados de nuestras fantasías auto-obsesivas y adentrados en el más amplio mundo de Dios, descubrimos que los demás sufren violencia y tristeza. Fr. Vicente de Couesnongle hablaba de "la contemplación de la calle". Para Santo Domingo, los afligidos y oprimidos "forman parte de 'contemplata' en 'contemplata aliis tradere' ... El doloroso conocimiento que abre la mente y el corazón de Domingo a la contemplación, permitiéndole experimentar con una imponente indefensión el dolor y las necesidades de su prójimo, no puede explicarse simplemente por ciertos imborrables recuerdos del dolor que presenció, ni por su simpatía natural" (45). Es, dice Paul Murray, una "herida contemplativa". Por eso la vida contemplativa está en el centro mismo de toda búsqueda de un mundo justo. La contemplación nos hace capaces de ver desinteresadamente.

3.2. Comunidades de celebración y silencio

Según va creciendo el niño, va dejando de chillar y siendo capaz de usar la palabra y el silencio. Aprenderá a hablar y a escuchar. Sucede igual con nosotros, construir comunidades de oración implica más que añadir otro salmo en las vísperas. Debemos crear un entorno en el que podamos hablar y escuchar, alegrarnos y estar en silencio. Este es el ecosistema que necesitamos si queremos florecer.

Según la tradición dominicana hablar a Dios es, ante todo, pedir lo que queremos. No es ésta una actitud infantil sino realista. Nos demuestra que estamos despertando del pequeño mundo de fantasía del mercado donde todo se vende, y reconociendo que en el mundo real todo es un don de aquél que es "el autor de nuestros bienes" (46). Cuando comenzamos a preguntar vamos camino de ser adultos. Cuando oramos juntos, ¿osamos pedir a Dios aquello que más profundamente deseamos? ¿Recitamos meramente unas pocas peticiones del breviario?

El éxodo del Egipto de la auto-obsesión es un momento de éxtasis. Somos liberados del oscuro y restringido pequeño mundo del ego. Como Miriam después de haber atravesado el Mar Rojo, estaremos seguramente exuberantes. Exultaremos por haber entrado en los amplios y abiertos espacios de la amistad de Dios. David danzó frenéticamente ante el arca; María exultó en el Señor y en las maravillosas cosas que hizo por ella. La oración del predicador debería ser exultante, sin duda alguna, extática. Estamos llamados a "alabar, bendecir y predicar". Cuando el salmo dice: "Cantemos al Señor un canto nuevo", ¡hagámoslo, pues!. Santo Domingo era exuberante en su oración. Usaba todo su cuerpo, extendiendo los brazos, postrándose en tierra, arrodillándose y haciendo un gran ruido. Todo el cuerpo está salvado por la gracia, y por eso ora. Algunos de mis más hermosos recuerdos de oración con los hermanos: pienso en la eucaristía extática celebrada en Haití, en medio de una gran pobreza y violencia; la danza y canto de nuestras Hermanas Zulú en Sudáfrica; el maravilloso y apasionado canto de la Vigilia Pascual en Cracovia; los petardos y el gong un año después en Taiwan. ¿Celebramos la liturgia y exultamos juntos en el Señor que hizo cosas maravillosas por nosotros? ¿La vemos como una mera obligación que tenemos que cumplir? Es una obligación, por supuesto, la obligación más solemne que procede de la amistad. Y nos encanta hacer cosas por nuestros amigos.

Eckhart escribió que "el mejor y más noble logro en esta vida consiste en estar en silencio y dejar que el Señor actúe y hable dentro de nosotros" (47). No hay amistad sin silencio. Si no hemos aprendido a pararnos, a estar en silencio y a escuchar al otro, permaneceremos encerrados en nuestro pequeño mundo, del que somos el centro y los únicos habitantes reales. En el silencio hacemos el maravilloso y liberador descubrimiento de que no somos dioses, sino precisamente criaturas.

Hay diversos tipos de silencio. Está el silencio de las mujeres en la tumba, que "no dijeron nada a nadie porque tenían miedo" (Lc 16, 8). Está el silencio con el que excluimos lo totalmente inesperado, lo nuevo, lo impensable. Está el silencio con el que excluimos las palabras molestas que pueden robar la paz de mi espíritu. Y está el silencio de los discípulos camino de Emaús, mientras escuchaban al Señor mientras les exponía las Escrituras. No dijeron nada entonces, pero después exclamaron: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24, 32). Paul Phillibert OP llama oración a nuestra apertura a las iniciativas secretas de Dios. En este vulnerable silencio, le dejamos que haga cosas nuevas e inesperadas. Estamos dispuestos a dejarnos asombrar por la novedad del Dios de las sorpresas: "Mira que hago un mundo nuevo" (Apoc. 21, 5)

Este es el silencio que prepara el camino para la predicación. Ignacio de Antioquía dijo que la Palabra vino desde el silencio del Padre. Era una palabra fuerte, clara, decisiva y verdadera, porque había nacido en el silencio. "Él no fue sí y no; en él no hubo más que sí. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él" (2 Cor. 1, 19). Nuestras palabras adolecen con frecuencia de autoridad, porque son sí y no; insinúan y empujan; están coloreadas por insinuaciones y ambigüedades, son portadoras de pequeños dardos y resentimientos. Tenemos que crea