
uando
Santo Domingo daba el hábito a los hermanos, les prometía
"el pan de vida y el agua del cielo"(1). Si queremos ser predicadores de una palabra
de vida, tenemos que encontrar el "pan de vida" en nuestras
comunidades. ¿Nos ayudan a florecer o meramente a sobrevivir?
Muy
poco después de haber ingresado yo en la Orden, el entonces
Maestro de la Orden Fr. Aniceto Fernández visitó mi
Provincia. Solamente me preguntó una cosa, la clásica
de todos los visitadores: "¿Estás contento?" Habría
esperado alguna cuestión más profunda, por ejemplo acerca
de la predicación del Evangelio o de los retos que tenía
que afrontar la Provincia. Pero ahora me doy cuenta
de que es precisamente eso lo primero que debemos preguntar
a nuestros hermanos: "¿Estás contento?" Hay una manera
de estar contentos, una felicidad, que consiste en sentirse
vivos, con vitalidad como dominicos, que es la fuente
de nuestra predicación. No se trata de una alegría inagotable
ni de un buen humor inalterable. Supone capacidad de
sufrimiento. Puede abandonarnos durante un tiempo, incluso
largo. Es un saborcillo de la abundancia de vida que
predicamos, la alegría de los que han comenzado a participar
de la vida propia de Dios. Deberíamos tener capacidad
de gozo, porque somos hijos del Reino. "El gozo es el
carácter intrínseco de la vida bienaventurada y de la
vida que, por don del Espíritu Santo, se encamina hacia
la santidad"(2). Cuando
cantamos a Santo Domingo, terminamos diciendo: "Nos
junge beatis". Júntanos a los santos. Que podamos gustar
ya desde ahora un poco de su felicidad.
Si
queremos construir comunidades con vida en abundancia,
tenemos que comenzar siendo conscientes de quién somos
y de qué somos, y qué significa para nosotros tener
vida como hombres y mujeres, como hermanos y hermanas
y como predicadores.
No
somos ángeles. Somos seres con pasiones, movidos por
los deseos animales de alimento y cópula. Esta es la
naturaleza que la Palabra de vida aceptó cuando asumió
la naturaleza humana. Y no podemos hacer menos. Aquí
comienza nuestro viaje hacia la santidad.
Fuimos
creados por Dios a su imagen, destinados a gozar de
su amistad. Somos capax Dei, tenemos hambre de Dios.
Estar vivos significa embarcarnos en la aventura que
nos lleva al Reino, y por eso necesitamos comunidades
que nos ayuden en este camino. El Señor prometió: "Quitaré
de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón
de carne" (Ezequiel 36,26). Necesitamos hermanos y hermanas
que estén con nosotros cuando nuestros corazones están
destrozados y se vuelven tiernos.
Toda
persona juiciosa sabe desde siempre que no hay camino
hacia la vida que no le lleve a uno a través del desierto.
El viaje desde Egipto hasta la Tierra Prometida pasa
a través del desierto. Si fuéramos felices y estuviéramos
verdaderamente vivos, deberíamos pasar también por ese
camino. Necesitamos comunidades que nos acompañen en
esta travesía, que nos ayuden a creer que cuando el
Señor lleva a Israel al desierto es para "hablarle al
corazón" (Oseas 2, 16). Quizá muchos hermanos y hermanas
hayan abandonado la vida religiosa en los últimos treinta
años no por ser un poco más dura que antes, sino porque
hemos perdido a veces de vista que esas noches oscuras
forman parte de nuestro renacimiento como gente que
está viva con la alegría del Reino. Así, pues, nuestras
comunidades no deberían ser lugares en los que meramente
se sobrevive, sino en los que encontramos alimento para
el viaje.
Usando
una metáfora que desarrollé en otro lugar (3), las
comunidades religiosas son como los sistemas ecológicos,
concebidos para mantener formas poco comunes de vida.
Un espécimen raro de rana necesita su propio ecosistema
para florecer, e inicia su azarosa evolución de los
huevecillos al renacuajo y a la rana. Si la rana se
ve amenazada de extinción, hay que preparar un entorno
con alimento, una charca y un clima en el que pueda
desarrollarse. La vida dominicana requiere también su
propio ecosistema, si queremos vivir en plenitud y predicar
una palabra de vida. Pero no basta con hablar de ello;
tenemos que planificar y construir diligentemente estos
ecosistemas dominicanos.
Esto
incumbe, en primer lugar, a cada comunidad. Toca a los
hermanos y hermanas que viven juntos crear comunidades
en las que no podamos solamente sobrevivir sino florecer,
ofreciéndonos mutuamente "el pan de vida y el agua del
cielo". Esta es la finalidad fundamental del "proyecto
comunitario" propuesto por los tres últimos Capítulos
Generales. Pero sólo tendrá éxito si nos atrevemos a
hablarnos mutuamente sobre lo que nos impacta más profundamente
como seres humanos y como dominicos. Espero que esta
carta a la Orden dé pie para una discusión sobre algunos
aspectos de nuestra vida dominicana. Pienso en la vida
apostólica, la vida afectiva y la vida de oración. No
se trata de tres partes de cada vida (vida contemplativa:
7 am. -7: 30 am.; vida apostólica: 9 am.-5 pm.; ¿y la
vida afectiva?). Las tres forman parte de la plenitud
de toda vida verdaderamente humana y dominicana. Nicodemo
se preguntaba cómo puede uno renacer. Ese es también
nuestro problema: ¿cómo podemos ayudarnos mutuamente
a la hora de transformarnos para ser apóstoles de vida?
No
todas las comunidades serán capaces de renovarse por
sí mismas y de conseguir el ideal contemplado por nuestras
Constituciones y por los recientes Capítulos Generales.
Por eso, todas y cada una de las Provincias deben proponer
un plan de renovación gradual de las comunidades para
que los hermanos que vivan en ellas puedan florecer.
Y sólo a esas comunidades deberían ser asignados los
hermanos jóvenes, que son los portadores de la semilla
del futuro de la vida dominicana. Las Provincias morirán,
a menos que planifiquen la construcción de tales comunidades.
Una Provincia con tres comunidades donde los hermanos
progresan en su vida dominicana tiene un futuro, con
la gracia de Dios. Pero una con veinte comunidades donde
apenas se sobrevive, no lo tendrá.
1.
LA VIDA APOSTÓLICA
1.1
Una vida desgarrada
La
vida dominicana es apostólica, en primer lugar. Pero
esto podría dar a entender fácilmente que un buen dominico
tiene que estar siempre ocupado, dedicado a mil "apostolados".
No. La vida apostólica no es tanto lo que hacemos como
lo que somos, es decir, llamados a "vivir la vida de
los apóstoles según el modo ideado por Santo Domingo"(4). Cuando
Diego se encuentra con los delegados cistercienses enviados
a predicar a los albigenses, les dice: "Id humildemente,
siguiendo el ejemplo de nuestro amoroso Maestro, enseñando
y actuando, viajando a pie sin plata ni oro, imitando
en todo la vida de los apóstoles" (5). Ser
apóstol significa tener una vida, no un empleo.
Y
la primera característica de esta vida apostólica consiste
en ser una participación en la vida del Señor. Los apóstoles
son los que anduvieron con el Señor "todo el tiempo
que el Señor Jesús convivió con nosotros" (Hch 1, 21).
Fueron llamados por él, caminaron con él, le escucharon,
descansaron y rezaron con él, discutieron con él, y
fueron enviados por él. Compartieron la vida de uno
que es Emmanuel, "Dios con nosotros". La culminación
de esta vida tuvo lugar en la Última Cena, el sacramento
del pan de vida. Aunque uno de ellos se fue pronto,
porque tenía mucho que hacer.
Para
nosotros, la vida apostólica es más que los diferentes
apostolados que hacemos. Es un modo de vivir. Hablando
de la predicación, Yves Congar OP escribió: "es una
vocación que es la sustancia de mi vida y de mi ser"
(6).
Si las exigencias de apostolado nos impiden rezar y
comer con nuestros hermanos, para compartir su vida,
no seremos apóstoles en el pleno sentido de la palabra,
por muy ocupados que estemos. El Maestro Eckhart escribió:
"La personas no deberían preocuparse tanto acerca de
lo que hacen, sino de lo que deberían ser. Si somos
buenos y lo son también nuestras costumbres, estaremos
radiantes" (7). Domingo
fue un predicador con todo su ser.
Pero
esta vida apostólica crea tensiones en nuestro interior.
Es el precio y la fuente de su fertilidad. Porque la
Palabra de Dios, cuya vida comparten los apóstoles,
se extiende y abraza todo lo que está más alejado de
él. Según Eckhart, la Palabra sigue estando unida al
Padre mientras se desborda sobre el mundo. Nada humano
le es ajeno. La vida de Dios se extiende y se abre para
encontrar un hueco para todo lo que somos nosotros;
se hace como nosotros en todo, excepto el pecado. Toma
sobre sí nuestras dudas y temores; entra en nuestra
experiencia del absurdo, en ese desierto en el que nada
tiene sentido.
Vivir
plenamente la vida apostólica significa, pues, descubrir
que también nosotros estamos a la intemperie en nuestro
interior, en tensión hacia afuera. Ser predicador no
significa solamente hablar de Dios a la gente, sino
asumir en nuestras vidas la distancia que hay entre
la vida de Dios y la más alejada, alienada y herida.
Sólo tendremos una palabra de esperanza si vislumbramos
desde dentro las penas y desesperanzas de aquellos a
los que predicamos. No tendremos palabras de compasión
a no ser que vivamos en cierto modo sus fracasos y tentaciones
como nuestros. No tendremos una palabra que pueda ofrecer
un significado para la vida de la gente si antes no
hemos sido tocados por sus dudas y hemos vislumbrado
el abismo. Pienso en algunos de mis hermanos franceses
que, después de haber pasado el día enseñando teología
e investigando, salen a las aceras por la noche para
encontrar a las prostitutas, para escuchar sus aflicciones
y sufrimientos y para darles una palabra de esperanza.
¡No es de extrañar que nosotros, los dominicos, hayamos
tenido una mala reputación desde el comienzo!. Es un
riesgo de la vocación. Jordán de Rivalto, en el siglo
catorce, pide a la gente que no sea dura con los frailes
si están un poco "sucios". Forma parte de nuestra vocación:
"Estando entre la gente, viendo las cosas del mundo,
es imposible que no estén un poco sucios. Son hombres
de carne y sangre como vosotros, y en la lozanía de
la juventud; es una maravilla que estén tan limpios
como están. ¡Este no es un lugar para monjes"! (8).
La
vida apostólica no nos procura un "estilo de vida" equilibrado
y saludable, con perspectivas de una buena carrera,
porque nos desequilibra, nos inclina hacia algo completamente
otro. Si participamos así de la vida del Verbo de Dios,
nos vaciaremos de nosotros mismos, nos dilataremos hasta
conseguir espacio y silencio para que nazca una palabra
nueva, como si fuera por vez primera. Somos gente de
fe que se emplea a fondo para abrir el corazón a quienes
que no creen. A veces no estaremos seguros nosotros
mismos de lo que todo eso significa. Somos como los
apóstoles, que fueron llamados por Cristo y que caminaron
con él hacia Jerusalén, sabiendo que sólo él tenía palabras
de vida eterna. Pero discutían sobre quién era el más
importante, y muchas veces no tenían ni idea de hacia
donde se estaban encaminando.
La
vida apostólica nos invita a vivir una tensión. Hemos
prometido construir nuestras vidas junto con nuestros
hermanos y hermanas dominicos. "Para nosotros ser humanos,
ser nosotros mismos significa ser un hermano predicador,
nuestra vida no tiene otra historia" (9). Esta
es nuestra casa, no tenemos otra. Pero el impulso de
la vida apostólica nos lleva hacia mundos diferentes.
Llevó a muchos de nuestros hermanos al mundo industrial,
al mundo de las fábricas y sindicatos. A otros los lleva
a las universidades. Nos lleva al mundo cibernético
del Internet. Un nuevo proyecto de los dominicos franceses,
Jubilatio, nos lleva al mundo de la juventud. Un proyecto
en Benin nos lleva al mundo de la agricultura ecológica.
Estamos presentes en el mundo del Islam y del Judaísmo.
Esta tensión puede desgarrarnos, porque la única vida
que tenemos no está construida ni planeada por nosotros,
sino que la recibimos como un don de cada día, el "pan
de vida" que prometió Santo Domingo.
1.2.
El trabajo en la sociedad contemporánea
Pero
en nuestra sociedad contemporánea, esta tensión puede
convertirse fácilmente en división. Podemos llegar a
ser gente con dos vidas, la vida como dominicos en nuestra
comunidad y la vida en nuestro apostolado. Esto se debe
a la manera de entender hoy el trabajo. Pero si esto
llega a suceder en nosotros, entonces se rompe la hermosa,
dolorosa y fértil tensión que existe en el corazón mismo
de la vida apostólica, y podemos ser simplemente como
una persona que tiene un empleo, y que vuelve cada noche
al hotel de la comunidad. Veamos por qué éste es un
reto muy especial que tenemos que afrontar hoy.
a)
La fragmentación de nuestras vidas
La
sociedad occidental contemporánea fragmenta la vida.
Los días de la semana se separan del fin de semana,
el trabajo del tiempo libre, la vida de trabajo de
la jubilación, al menos para los que tienen la suerte
de tener un trabajo. Se puede ser profesor de historia
durante el día, padre por la noche y cristiano el
domingo. Esta fragmentación puede hacernos difícil
tener una vida unificada y total. Los dominicos predican
en una variedad casi infinita de maneras. Somos párrocos
y profesores, asistentes sociales y capellanes universitarios,
poetas y pintores. ¿Cómo vivimos esos apostolados
como frailes, miembros de nuestras comunidades, hermanos
y hermanas consagrados? Recuerdo que me impresionó
mucho una conversación con un joven periodista dominico,
que me exponía las dificultades de vivir en el mundo
de los medios de comunicación social. Durante el día
vivía en un mundo, con sus presupuestos morales y
su "estilo de vida", y por la noche volvía a su comunidad
religiosa. ¿Cómo podía ser religioso y periodista
en una sola persona? Cuando volvemos a la comunidad
por la noche, queremos olvidar los agobios del día,
como cualquier otro. Lo que hacemos en el trabajo
es "otra vida".
b)
La profesionalización del trabajo
Cada
vez se profesionaliza más el trabajo. Para la predicación
del Evangelio nos hacemos muchas veces profesionales
cualificados. Se puede obtener un diploma en predicación
o un doctorado en estudios pastorales. ¡Ninguno de
los llamados por Jesús estaba graduado en "apostolado"!
No hay nada malo en esa profesionalización. Tenemos
que ser tan cualificados y profesionales como aquellos
con los que trabajamos. Pero aun así debemos ser conscientes
de las seducciones que tiene ser un "profesional".
Confiere un status y una posición. Da un puesto en
una sociedad estratificada. Da identidad y nos invita
a un estilo de vida. Podemos traer un salario a la
comunidad. ¿Cómo puede ser un mendicante, un hermano
o hermana itinerante, este doctor, profesor, párroco?
Nuestra profesión, ¿nos obliga acaso a movernos por
una estrecha vereda con la promoción como única meta?
¿Nos deja libres para responder a peticiones inesperadas
de nuestros hermanos y de Dios?
c)
La ética del trabajo
Finalmente,
en la sociedad occidental ha triunfado la ética del
trabajo. Es lo que justifica nuestra existencia. La
salvación por el trabajo. Los que no tienen trabajo
están excluidos del Reino. Prediquemos lo que prediquemos,
no cabe duda que el activismo febril que encontramos
tan frecuentemente en la Orden puede sugerir que a
veces también nosotros creamos que podemos salvarnos
por lo que hacemos. Ensalzamos a Domingo como Praedicator
gratiae, pero aunque prediquemos que la salvación
es un don, ¿lo vivimos así? ¿Vivimos como aquellos
para los cuales la vida, la plenitud de vida, es un
don? ¿Miramos así a nuestros hermanos? ¿Competimos
entre nosotros para demostrar lo ocupados que estamos
y, por consiguiente, lo importantes que somos?
1.3
El desierto de la falta de sentido
Así,
pues, ser predicador significa vivir la vida a la intemperie.
Tenemos que participar en cierto modo del Éxodo de la
Palabra de Dios, que sale del Padre para asumir todo
lo humano. A veces este Éxodo puede llevarnos al desierto,
sin un camino aparente hacia la Tierra Prometida. Podemos
ser como Job que se sienta sobre un montón de estiércol
y proclama que su Redentor vive. Sólo que a veces nos
limitamos simplemente a sentarnos en un montón de estiércol.
Si nos dejamos tocar por las dudas y creencias de nuestros
contemporáneos, podemos encontrarnos en un desierto
donde el Evangelio no tiene ya sentido alguno. "Ha vallado
mi ruta" (Job 19, 8).
La
crisis fundamental de nuestra sociedad es quizá una
crisis de sentido. La violencia, la corrupción y la
drogadicción son síntomas de una enfermedad más profunda,
que es el hambre de un sentido para nuestra existencia
humana. Para hacernos predicadores, Dios puede llevarnos
a ese desierto. Y allí colapsarán nuestras antiguas
certezas, y el Dios que hemos conocido y amado desaparecerá.
Y entonces quizá tengamos que participar en la noche
oscura de Getsemaní, cuando todo parece absurdo y sin
sentido, y el Padre parece estar ausente. Y, sin embargo,
sólo si nos dejamos llevar allí, donde nada tiene ya
sentido, podremos oír la palabra de gracia que Dios
ofrece a nuestro tiempo:
"La
gracia se hace presente cuando pasamos, a través de
la desesperación, a una afirmación de alabanza"
(10).
De
frente al vacío, podemos caer en la tentación de querer
llenarlo con tópicos creídos a medias, con sustitutos
del Dio vivo. El fundamentalismo que vemos tan frecuentemente
hoy en la Iglesia es quizá la reacción asustada de quienes
estuvieron al borde de ese desierto pero no se atrevieron
a soportarlo. El desierto es un lugar de silencio aterrador,
que podemos intentar ahogar repitiendo viejas fórmulas
con una terrible sinceridad. Pero el Señor nos lleva
al desierto para mostrarnos su gloria. Por eso dice
el Maestro Eckhart: "Manténte firme y no vaciles en
tu vacuidad" (11)
1.4
Comunidades de vida apostólica
¿Cómo
pueden nuestras comunidades apoyarnos en esta vida apostólica?
¿Cómo podemos sostenernos mutuamente cuando un hermano
o hermana se encuentran en este desierto, donde absolutamente
ya nada tiene sentido?
a)
El apóstol es el enviado. ¡Los apóstoles no solicitaron
un empleo! Entregamos nuestras vidas a la Orden para
poder ser enviados a su misión. En la mayor parte
de las comunidades dominicanas hay un ritmo regular
de salir por la mañana y volver por la noche. Pero
no salimos precisamente a trabajar, como podría hacerlo
un profesional que sale de su casa. Es la comunidad
la que nos envía. Y "Cuando los apóstoles regresaron,
le contaron cuanto habían hecho" (Lucas 9, 10). ¿Escuchamos
nosotros lo que hicieron nuestros hermanos durante
el día cuando vuelven por la tarde? ¿Les damos oportunidad
para que compartan con nosotros los retos que encuentran
en sus apostolados? Nosotros estamos en la parroquia
o en el aula, por ellos, de su parte, representándolos.
La comunidad está presente aquí, en este hermano o
hermana.
¿Cómo
pueden las oraciónes que compartimos por la mañana
y por la tarde ser no solamente el cumplimiento común
de una obligación sino parte del ritmo de la comunidad
que envía a sus miembros y los recibe a su vuelta?
¿Rezamos por y con nuestros hermanos en sus apostolados?
Si no es así, ¿cómo puede llamarse apostólica nuestra
comunidad? Puede convertirse exactamente en un hotel.
El
Capítulo General de Caleruega dio unas sugerencias
claras y excelentes acerca de cómo pueden nuestras
comunidades planificar y evaluar la misión común de
la comunidad, de modo que los hermanos progresen en
el verdadero sentido de colaboración. Urjo firmemente
a todas las comunidades a ejecutar estas recomendaciones
(nº. 44).
b)
En nuestras comunidades debemos ser capaces de compartir
nuestra fe y nuestras dudas. Para la mayor parte de
nosotros, especialmente para muchos de los que entran
hoy en la Orden, no basta con recitar juntos los salmos.
Necesitamos compartir la fe que nos trajo a la Orden
y que nos mantiene hoy. Este es el fundamento de nuestra
fraternidad. Quizá sólo podamos hacerlo con titubeos,
con timidez, pero aun así podemos ofrecer a nuestros
hermanos y hermanas "el pan de vida y el agua del
cielo". Los Capítulos Generales recomiendan frecuentemente
que se predique en toda liturgia pública. No es solamente
porque somos una Orden de Predicadores sino también
para poder compartir mutuamente nuestra fe.
Debemos
ser también capaces de compartir nuestras dudas. Es,
sobre todo, cuando el hermano entra en ese desierto
donde nada tiene ya sentido, cuando debemos dejarle
hablar. Tenemos que respetar sus luchas y no aplastarlo
nunca. Si un hermano se decide a compartir esos momentos
de oscuridad e incomprensión y nos atrevemos a escucharle,
puede ser el mejor regalo que jamás haya recibido.
El Señor puede llevar a un hermano a la noche oscura
de Getsemaní. ¿Podríamos ir a dormir mientras él está
sufriendo? Nada une más íntimamente a una comunidad
que una fe que luchamos por conseguir juntos. Puede
ser en una facultad teológica o en un barrio pobre
de Latinoamérica. Esforzándonos juntos para dar un
sentido de quiénes somos y a qué estamos llamados
a la luz del Evangelio seguramente que nos asombraremos
del Dios que es siempre nuevo e inesperado del todo.
Podemos incluso sorprendernos de encontrarnos y descubrirnos
mutuamente, como si fuera por vez primera.
2.
LA VIDA AFECTIVA
2.1
En esto consiste el amor.
"En
esto consiste el amor; no en que nosotros hayamos amado
a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo
como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si
Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos
amarnos unos a otros" (1Juan 4, 10).
Toda
vida apostólica es una participación de este amor redentor
de Dios por la humanidad. Si no fuera así, nuestra predicación
sería en el mejor de los casos como un empleo, y en
el peor como un ejercicio de manipulación de los demás,
de propaganda de una ideología. Quizá en algunos países
las iglesias estén vacías porque la predicación del
Evangelio se ve como un ejercicio de control más que
como la expresión del amor ilimitado de Dios. Así, pues,
estar vivos, abundantemente vivos, como predicadores,
significa descubrir cómo amar rectamente. "Ma vocation
c'est l'amour"(12)
"Mi vocación es el amor".
Pero
podríamos plantearlo de otra manera. Para nosotros dominicos,
aprender a amar es inseparable de ser atrapados en el
misterio de la redención de la humanidad por Dios. Esta
es nuestra escuela de amor. Actualmente los formadores
religiosos de todo el mundo están comenzando a afrontar
la cuestión de la "afectividad", palabra que no me gusta.
¿Cómo podemos formar a los que vienen a la Orden para
que puedan amar recta y plenamente, como religiosos
castos? La mayor parte de nosotros tuvimos poca o ninguna
formación para afrontar nuestras emociones, nuestra
sexualidad, nuestra hambre de amar y de ser amados.
Yo no recuerdo haber recibido nunca una formación en
este campo. Se daba por supuesta, o quizá se esperaba
con nerviosismo que una buena carrera o una ducha de
agua fría podría resolver el "problema". Por desgracia
¡yo no puedo correr y no me gustan las duchas de agua
fría!.
No
voy a hablar en esta carta de las cuestiones específicas
relativas a la formación y a la afectividad, porque
espero que habrá pronto una carta a la Orden sobre el
tema de la formación. Diré solamente esto. No basta
con esperar que todo irá bien si reclutamos hombres
y mujeres jóvenes bien equilibrados, libres de desórdenes
emotivos obvios. ¿Serían capaces los jóvenes bien equilibrados
de dar su vida por sus amigos? ¿Dejarían las noventa
y nueve ovejas para ir en busca de la que está perdida?
¿Comerían y beberían con prostitutas y pecadores?. Me
temo que serían demasiado sensatos para ello. Comentando
el Evangelio de San Juan, Agustín escribió lo siguiente:
"Dame un corazón amante y sentirá lo que digo" (13).
Es posible que sólo los que son capaces de amar puedan
comprender la pasión de la vida apostólica. A menos
que nos dejemos envolver en la ola de ese inmenso amor,
todos nuestros intentos para ser castos pueden terminar
siendo ejercicios de control. Podremos tener éxito,
pero a riesgo de un gran daño para nosotros mismos.
Podemos fallar, con el riesgo de un terrible daño para
otros. Por eso, si nuestro impulso apostólico y nuestra
capacidad de amar no están profundamente integrados
terminarán por ser objeto de control de los demás o
de mí mismo. Pero Jesús renunció al control de su vida
y la puso en nuestras manos.
2.2
"Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos" (Juan 15,13)
Amar
a la humanidad puede ser muy digno de admiración pero
puede parecer como un sustituto pálido y abstracto del
amor profundo y personal por el que suspiramos algunas
veces. ¿Es realmente bastante?. Esto podemos sentirlo
sobre todo en la sociedad contemporánea en la que el
modelo dominante de amor es el amor sexual apasionado
entre un hombre y una mujer. ¿Podemos sentirnos satisfechos
sólo con amar a la humanidad cuando sentimos esta urgencia
de amar?.
Este
amor apasionado, esponsal, es ciertamente una necesidad
humana profunda, y diré algo sobre ello más adelante.
Puede ser también una imagen de nuestra relación con
Dios, por ejemplo, en los comentarios medievales sobre
el Cantar de los Cantares. Pero hay otra tradición complementaria
que es quizá más típicamente dominicana. Está en el
corazón del Evangelio de Juan. "Nadie tiene mayor amor
que el que da su vida por sus amigos". A esto se parece
el misterio del amor, a alguien que da su vida por sus
amigos. Tenemos un amor profundamente apasionado en
la relación de Jesús con sus discípulos, con las prostitutas
y publicanos, con los enfermos y leprosos e incluso
con los fariseos. Es una pasión que encuentra su última
expresión en la pasión que lleva al Gólgota. ¿No es
esto tan apasionante como cualquier aventura amorosa?
Nuestra
sociedad no comprende nuestra manera de amar, porque
hemos rechazado, según parece, la experiencia típica
del amor, la unión sexual con otra persona. Podemos
sentir a veces hasta nosotros mismos que hemos desaprovechado
"la gran experiencia", y que no hemos vivido. Pero Santo
Tomás de Aquino enseñó que en lo íntimo de la vida del
Dios que es amor está la amistad, la indecible amistad
del Padre y del Hijo, que es el Espíritu. Para nosotros
vivir, estar indeciblemente vivos, es poner nuestra
casa en esa amistad y ser transformados por ella. Desbordará
sobre todo lo que somos y hacemos. Como escribió Don
Goergen OP: "El celibato no da testimonio de nada. Los
que dan testimonio son los célibes" (14).
Damos testimonio del Reino si nos ven como personas
cuya castidad nos libera para vivir.
Nuestras
comunidades deberían ser escuelas de amistad. Cuando
San Jacinto estaba muriendo, repetía las palabras de
Santo Domingo a los hermanos: "Tened bondad y dulzura
(dulcedo) de corazón. Conservad el amor de Dios y la
caridad fraterna" (15).
¿Somos siempre suficientemente buenos y dulces de corazón
los unos con los otros?. En la vida religiosa hubo frecuentemente
miedo a la amistad, pero quizá éste no estuvo tan presente
en la tradición dominicana. Desde el principio hubo
amistades profundas y cariñosas, de Domingo por sus
hermanos y hermanas, de Jordán de Sajonia por su querida
Diana y por Enrique, de Catalina de Siena y Raimundo
de Capua. Recuerdo a un anciano dominico que decía en
Capítulo, cuando yo era joven: "No tengo nada contra
las amistades particulares, es a las enemistades particulares
a las que me opongo". La amistad nunca es exclusiva,
sino profundamente transformadora, dolorosa y lentamente
liberadora de todo lo que es dominador o posesivo, de
todo lo que es amparador o despectivo. Si es una participación
en la vida de la Trinidad, será un amor que eleva al
otro a la misma altura y lo libera. Según escribió Bede
Jarrett, Provincial inglés, en 1932: "¡Oh querida amistad,
qué don de Dios!. No habléis mal de ella. Alabad más
bien a su Hacedor y Modelo, la Santa Trinidad" (16).
Si es una verdadera amistad que viene de Dios, nos impulsará
a la misión de predicar la buena nueva.
La
culminación de nuestro amor será un desposeimiento.
A los que amamos, debemos dejarlos partir; debemos dejarlos
que sean ellos mismos. Mi amor a otros, ¿les da la libertad
para construir sus propias vidas y me deja a mí libre
para la misión de la Orden?. Mi amor por esta mujer,
por ejemplo, ¿la ayuda a profundizar en su amor por
su marido o estoy atando su vida a la mía haciéndola
depender de mí?. Este desposeimiento, que es penoso
pero liberador, nos invita a quedar periféricos a las
vidas de los que amamos. Deberíamos descubrir que desaparecemos
del centro de sus vidas para que puedan olvidarnos y
ser libres, libres para otro, libres para Dios. Esto
es lo más duro de todo, pero creo firmemente que puede
darnos más alegría de lo que nunca pudimos imaginar.
Es el momento en que nuestro costado queda abierto para
que pueda fluir de él el agua de vida.
Uno
de los ejemplos bellos dentro de nuestra tradición dominicana,
es sin duda, alguna el de la amistad entre el beato
Jordán de Sajonia, sucesor de Santo Domingo como Maestro
de la Orden, y la monja dominica, beata Diana de Andalò.
Está claro que se amaban profundamente. ¿Cuántos Maestros
de la Orden han escrito con tanta franqueza a una mujer?:
"¿Es que yo no soy tuyo y no estoy siempre con vosotras,
tuyo en el trabajo y en el descanso, tuyo estando presente
o cuando me encuentro lejos?" (17).
Y está claro que ella le enseñó mucho sobre el modo
de amar. Pero en sus cartas, Jordán la está remitiendo
siempre al Señor. Es el amigo del esposo, cuyo papel
consiste en llevar la novia al novio:
"Lo
que te falta de mi presencia, recupéralo con tu mejor
amigo, tu esposo Jesucristo, a quien puedes tener siempre
presente en espíritu y en verdad. Él te habla más suave
y saludablemente que Jordán" (18).
Tenemos
que desprendernos también , en cierto sentido, de nuestras
propias familias. Las amaremos debidamente y nos complaceremos
en su amor por nosotros, pero una vez que hicimos profesión
en la Orden deberíamos quedar libres para ir adonde
nos necesite la misión de la Orden, incluso si es lejos
del hogar de nuestra familia. Esto forma parte de nuestra
pobreza. Pero ahora nos debemos, en primer lugar, a
la Orden y a la predicación del Evangelio.
2.3
Sexo, cuerpos y deseo
a)
¿Un ideal inasequible?
Es
un ideal hermoso, pero puede parecer remoto e inasequible.
Cuando luchamos contra los deseos sexuales, contra
las fantasías y la posesividad, puede parecernos que
esta amistad desinteresada está más allá de nuestro
alcance. Los medios de comunicación social aseguran
día tras día que este ideal es "irrealista". Pero
Dios no transforma la humanidad invitándonos a hacer
esfuerzos agotadores para subir al cielo. La vida
divina llega hasta donde estamos nosotros, carne y
sangre. Jesús invita a Zaqueo a bajar del árbol y
reunirse con él abajo. La Palabra se hace carne, asume
nuestros deseos, nuestra pasión, nuestra sexualidad.
Si queremos encontrar al Señor y ser curados, tenemos
que encarnarnos también nosotros en nuestros cuerpos,
con todas nuestras pasiones, con todas nuestras heridas
y anhelos.
Comenzamos
desde lo que somos y quién somos. Cuando tomamos el
hábito, traemos a la Orden a esta persona concreta,
que es fruto de una historia, y trae consigo sus heridas.
Esta es la persona que llamó el Señor, no un ser humano
ideal. Llegamos con las cicatrices de la experiencia
pasada, quizá con el recuerdo aun vivo de fracasos
en el amor, de abusos, de sexo. Nuestras familias
nos enseñaron a amar; pero quizá nos hayan producido
heridas ellas también, que necesitan tiempo para curar.
Progresar en un amor como el de Cristo requiere su
tiempo, y este tiempo nos es dado. Es un don y Dios
siempre da sus dones a través del tiempo. Esperó siglos
hasta formar a su pueblo, preparando el camino para
el nacimiento de su Hijo. Dios nos da la vida con
paciencia, no en un instante. Si aceptamos esos dones,
debemos aceptar el modo en que Dios nos los da: "no
os doy como da el mundo" (Juan 14, 17). Aceptar estos
dones de tiempo es quizá especialmente importante
en nuestra sociedad, en la que la adolescencia se
prolonga, y sólo bastante tarde llegamos, la mayor
parte de nosotros, a la madurez. Tenemos que comenzar
con nuestros deseos, nuestras ansias, nuestro cuerpo.
No somos ni ángeles ni bestias, sino carne, sangre
y espíritu, destinados al Reino. Pero, como dijo Pascal,
si cometemos el error de pensar que somos ángeles
entonces sí que nos convertiremos en bestias.
b)
Deseo
"Quitaré
de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un
corazón de carne" (Ezequiel 36,26). Si nuestros corazones
deben ser de carne, tenemos que permitir que nuestros
deseos sean transformados.
¿Qué
deseos modelan nuestro corazón, que ocultamos a los
demás y quizá a nosotros mismos?. "Ninguno de nosotros
es tan transparente como para saber exactamente dónde
tenemos de hecho nuestro corazón" (19).
Mientras no miremos cara a cara honradamente a nuestros
deseos y aprendamos a desear honestamente, estaremos
sujetos a su control y seremos sus prisioneros. Esto
es especialmente arduo en una sociedad que tiene la
cultura del deseo. Nuestra sociedad se está muriendo
no de hambre sino por exceso de deseo. Todos los anuncios
nos incitan a desear más y más, interminablemente,
sin fin, El mundo se está consumiendo por un deseo
voraz, inconmensurable, que puede consumirnos a todos.
El deseo sexual sin bridas es simplemente uno de los
síntomas de cómo se nos enseña a mirar al mundo, como
material para tomar y consumir.
En
primer lugar, el amor que es amistad nos invita a
ver al otro sin querer poseerlo. Nos deleitamos en
él sin ánimo de propiedad. Es difícil llegar a esta
libertad de corazón si somos presa de la cultura del
mercado, en el que todo se adquiere y usa, incluso
a las personas. Por eso la verdadera amistad nos pide
romper con la cultura dominante de nuestro tiempo.
Tenemos que aprender a ver correctamente, con claridad,
con ojos que no devoren los unos a los otros ni al
mundo. Santo Tomás escribió: "ubi amor, ibi oculus".
"Donde está el amor, ahí está el ojo" (20).
Dice esto cuando movidos por la lujuria vemos al otro
como el león ve al ciervo como comida para devorar.
Es, por tanto, inseparable de una verdadera pobreza
de corazón. Como preguntaba William Blake: "¿Puede
haber un amor que absorba a los otros como una esponja
absorbe el agua?" (21).
Así,
pues, sanar los deseos implica un modo diferente de
estar en el mundo, una verdadera pobreza. Pero ¿qué
tipo de signo puede ser la castidad, si seguimos siendo
tan codiciosos en otros sentidos?. Como escribió Don
Georgen OP: "Si formo parte de una sociedad de consumo,
defiendo el capitalismo, tolero el machismo, creo
que la cultura occidental es superior a las demás,
y soy célibe, estoy dando simplemente testimonio de
lo que defendemos: capitalismo, sexismo, arrogancia
occidental y abstinencia sexual. La última, en este
contexto, es muy poco significativa y comprensiblemente
cuestionable" (22).
Tenemos
que ver también la sexualidad con toda claridad y
liberarnos de la mitología sexual de la sociedad contemporánea.
Tenemos que desmitificar el sexo. Por una parte, la
relación sexual es vista normalmente como la culminación
de todas nuestras ansias de comunión y la única manera
de escapar de la soledad. Se dijo que era el último
sacramento que quedaba de la trascendencia, el único
signo de que existimos para el otro, o incluso de
que existimos sencillamente. No tener relaciones sexuales
significa, por tanto, estar medio muerto. Pero por
otra parte, se trivializa la sexualidad. Una inglesa
gestora de un prostíbulo declaraba recientemente que
hacer el amor no tiene más importancia que tomar una
taza de té. Es la combinación de la deificación de
la sexualidad y su banalización lo que hace el celibato
tan duro de llevar. Se nos dicen ambas cosas: que
debemos practicar el sexo y que nos corresponde hacerlo
sin la más mínima duda. La re-educación del corazón
humano pide que veamos la sexualidad con franqueza.
No cabe duda que es un hermoso sacramento de comunión
con otro, el don de sí mismo, por lo que no puede
nunca ser banalizado. Pero hay otra manera de amar
plenamente y a fondo, por lo que la ausencia de relaciones
sexuales no nos condena al aislamiento ni a la soledad.
Finalmente,
ante los insaciables deseos del mercado, no se nos
invita a la represión sino a ansiar más. Somos seres
con pasiones, y matar toda pasión sería atrofiar y
aplastar nuestra humanidad. Nos convertiría en predicadores
de la muerte. En cambio, debemos liberarnos para deseos
más profundos, para la bondad ilimitada de Dios. Como
decía Oshida, un dominico japonés, pedimos a Dios
que se haga irresistible. Nuestros deseos pueden equivocarse
pero no porque pedimos demasiado sino porque nos hemos
conformado con poco, con satisfacciones insignificantes.
"El ideal para nosotros no consiste en absoluto en
controlar nuestros apetitos, sino en darles rienda
suelta en pos del apetito incontrolado de Dios" (23).
Los anuncios que están en los bordes de nuestras carreteras
nos invitan a luchar los unos contra los otros, a
competir pisoteándonos unos a otros para satisfacer
nuestros inacabables deseos; nuestro Dios ofrece la
satisfacción de un deseo infinito libremente y como
don. Deseemos cada vez más profundamente.
Esta
transformación del deseo exigirá sin duda un cierto
ascetismo. ¡A esta conclusión me he venido resistiendo
por largo tiempo!. Santo Domingo consiguió su libertad,
su espontaneidad, su alegría, en parte porque era
un hombre muy moderado, que comía y bebía poco. Hacía
fiesta con sus hermanos pero también ayunaba. Hay
un ascetismo que no es un rechazo maniqueo del mundo
creado por Dios sino que nos enseña a disfrutarlo
apropiadamente. "No se trata de renunciar al deseo
en sí mismo -lo cual sería inhumano- sino a su violencia.
Se trata de morir a la violencia del placer, a su
omnipotencia" (24).
La templanza mide nuestros apetitos con respecto a
las necesidades reales de nuestro cuerpo, liberándonos
así de las decepciones de la fantasía y de la tiranía
del deseo.
c)
Cuerpos
No
puedo tener una relación madura con mi sexualidad
si no aprendo a aceptar e incluso a deleitarme en
los cuerpos humanos, el mío y el de los demás. Este
es el cuerpo que tengo y que soy, que se va haciendo
viejo, gordo, que pierde el cabello; evidentemente
un cuerpo mortal. Debo sentirme cómodo con los cuerpos
de las demás personas, bellos y feos, enfermos y sanos,
viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Santo Domingo
fundó la Orden para liberar a la gente de la tragedia
de una religión dualista, que condenaba como malo
a este mundo creado. Es central en nuestra tradición
desde el comienzo, la estima de la corporeidad. En
ella nos encuentra y redime Dios, haciéndose un ser
mortal de carne y sangre como nosotros. El sacramento
central de nuestra fe es la participación en su cuerpo
y nuestra esperanza final es la resurrección del cuerpo.
El voto de castidad no es un refugio contra nuestra
existencia corpórea. Si Dios se hizo carne y sangre,
debemos atrevernos a hacerlo también nosotros.
Descubrimos
lo que significa para nosotros estar corporalmente
en ese momento culminante de la vida de Jesús, cuando
nos da su cuerpo: "Esto es mi cuerpo, entregado por
vosotros". Vemos aquí que el cuerpo no es precisamente
una masa informe de carne, un paquete de músculos,
sangre y grasa. La eucaristía nos enseña la vocación
de nuestros cuerpos humanos: convertirse en dones
los unos de los otros, posibilidad de comunión.
El
enorme sufrimiento del celibato está en que renunciamos
a un momento de intensa corporeidad, cuando los cuerpos
se entregan los unos a los otros, sin reserva. Aquí
se revela el cuerpo en su identidad profunda, no como
una masa de carne sino como sacramento de presencia.
Este acto sexual expresa, hace carne y sangre, nuestro
profundo deseo de compartir nuestras vidas. Por eso
es un sacramento de la unidad de Cristo y de la Iglesia.
También
nosotros los religiosos, en nuestra corporeidad, podemos
hacer a Cristo presente a nuestra manera. El predicador
da nacimiento a la Palabra, no sólo con sus palabras
sino con todo lo que es. La compasión de Dios busca
convertirse en carne y sangre en nosotros, en nuestra
delicadeza, incluso en nuestros rostros.
En
el Antiguo Testamento encontramos con frecuencia una
oración pidiendo que el rostro de Dios brille sobre
nosotros. A esta oración se respondió finalmente en
forma de un rostro humano, el rostro de Cristo. Posa
su mirada en el joven rico, lo ama y le pide que lo
siga; mira a Pedro en el patio después de su traición;
mira a María Magdalena en el jardín y la llama por
su nombre. Como predicadores, carne y sangre, podemos
dar cuerpo a esta mirada compasiva de Dios. Nuestra
corporeidad no está excluida de nuestra vocación.
"Y quien es predicador y hermano al mismo tiempo puede
aprender, con trabajo y probablemente con progreso
inconstante, lo que significa ser un rostro para Dios
precisamente teniendo un rostro humano, un rostro
que puede sonreír y reír, llorar y parecer aburrido
... Y es precisamente en toda nuestra unicidad e individualidad,
eternamente válida y deseada por Dios, que somos también
la revelación, la manifestación, la expresión de aquél
que es el Verbo Único que se revela desde toda la
eternidad en el silencio de Dios" (25).
La
verdadera pureza de corazón no consiste en estar liberados
de la contaminación de este mundo, sino más bien en
estar plenamente presentes en lo que hacemos y somos,
con un rostro y un cuerpo que nos expresan por encima
de todo engaño y duplicidad. Los puros de corazón
no se esconden detrás de sus caras para mirar con
cautela. Son transparentes, con la desnudez y vulnerabilidad
de Cristo. Conservan su libertad y espontaneidad.
"Sólo el que tiene un corazón limpio es capaz de reír
con una libertad que crea libertad en los demás" (26).
d)
Fecundidad
Quizá
lo que más he echado de menos es no haber tenido hijos.
Y si yo, que soy hombre, lo siento, ¿qué puede significar
para una mujer no haber dado a luz?. Es un deseo fundamental,
tenemos que reconocerlo. Pero seremos fructíferos
si nuestra vida apostólica está asumida en el fértil
amor de Dios por la humanidad. El Maestro Eckhart
dice que este amor de Dios en nosotros es lozano y
fértil. Dios está en nosotros "siempre verde y floreciente
en todo el gozo y gloria que él es en sí mismo." (27).
"El propósito principal de Dios es dar vida. No está
satisfecho hasta que no engendre a su Hijo en nosotros.
Y tampoco el alma está nunca satisfecha hasta que
el Hijo nazca en ella" (28).
Nuestro
amor por los hermanos y hermanas debe ayudarlos a
ser fructíferos. La vida apostólica no consiste simplemente
en trabajar incesantemente. Si nuestros apostolados
están vivos con la abundancia de la vida de Dios,
participaremos de su creatividad.
Pero
ser padre significa vivir en la alegría y el dolor
de dejar que los hijos se vayan. La consumación de
ser padres consiste hacer que los hijos sean libres,
en dejarles que orienten su vida incluso en una forma
diferente de la que habrían esperado para ellos. También
nosotros debemos desasirnos de lo que hemos creado.
Sabremos que hemos sido realmente fructíferos cuando
los proyectos que hemos iniciado, y a los que hemos
dedicado nuestra vida, toman nuevos rumbos y están
en manos de otros. Esto es duro, pero la generosidad
de los padres consiste en dar libertad a sus hijos.
2.4.
¿Cómo podemos ayudarnos mutuamente?
Si
dejamos que el amor, que es Dios, nos toque reviviremos
poco a poco. Puede parecer más seguro seguir muertos,
invulnerables, intocables. Pero ¿es eso verdad? "La
naturaleza aborrece el vacío. Pueden suceder cosas terribles
a quien tiene el corazón vacío. En último análisis,
es mejor correr el riesgo de un escándalo ocasional
que tener un monasterio -un coro, un refectorio, una
sala de recreación- llenos de muertos. Nuestro Señor
no dijo 'He venido para que tengan seguridad y para
que la tengan en abundancia'. Algunos de entre nosotros
darían cualquier cosa para sentirse seguros en su vida,
en este mundo y en el futuro, pero no podemos tener
las dos cosas: seguridad y vida, tenemos que escoger"
(29).
Si optamos por la vida, necesitamos comunidades que
nos apoyen según vamos reviviendo, que nos ayuden a
crecer en un amor que sea verdaderamente santo, en una
participación en el Verbo de Dios revelado.
a)
Comunidades de esperanza
Ante
todo, deberíamos brindarnos mutuamente esperanza y
misericordia. Lo que nos atrae con frecuencia hacia
la Orden es nuestra admiración por los hermanos. Esperamos
llegar a ser como ellos. Pero descubrimos muy pronto
que son, de hecho, como nosotros, frágiles, pecadores
y egoístas. Y esto puede causar una profunda decepción.
Recuerdo un novicio que se quejaba de haber hecho
tan triste descubrimiento. El Maestro de novicios
le contestó: "Me encanta oírte decir que ya no nos
admiras. Ahora hay una oportunidad de que puedas llegar
a amarnos". El misterio redentor del amor de Dios
no hay que verlo en una comunidad de héroes espirituales,
sino de hermanos y hermanas que se animan mutuamente,
con esperanza y misericordia, en su camino hacia el
Reino. El Señor resucitado se aparece a una comunidad
de hombres tímidos y débiles. Si queremos encontrarlo
debemos atrevernos a estar allí con ellos. Jordán
de Sajonia escribía a los hermanos de París, que eran
sin duda exactamente como nosotros: "No puede ser
que Jesús se aparezca a los que se separan de la unidad
de la fraternidad. A Tomás le fue negado ver a Jesús,
por no haber estado con los demás discípulos cuando
Él se les apareció. Y ¿pensáis que vosotros sois más
santos que Tomás?" (30).
Pero
necesitamos de nuestras comunidades sobre todo si
fallamos en el amor. Y podemos fallar, porque entramos
en un período de esterilidad en el que sentimos que
somos absolutamente incapaces de amar, en el que nuestros
corazones de carne han sido reemplazados por corazones
de piedra. Y entonces necesitaremos nuestras comunidades
para creer por nosotros que:
"Oculta
en lo más profundo de uno mismo,
-a pesar de la traición cometida o del peso de la propia
debilidad-
oculta en lo más profundo de uno mismo
la semilla del amor permanece" (31)
Nuestras
comunidades deben ser lugares en los que no hay acusaciones
"porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos"
(Apoc. 12, 10). Podemos pecar y pensar que hemos destruido
nuestra vocación, y que tenemos que abandonar la Orden
avergonzados. Es entonces cuando nuestros hermanos
y hermanas pueden tener que creer, por nosotros, en
la misericordia de Dios si nos resulta difícil creer
nosotros mismos. Si Dios puede hacer florecer el árbol
muerto del Gólgota, puede también sacar provecho de
mis pecados. Podemos necesitar de nuestros hermanos
para creer, cuando nosotros no podemos hacerlo, que
un fallo no es el fin sino que Dios, en su infinita
fertilidad, puede convertirlo en parte de nuestro
viaje hacia la santidad. Incluso nuestros pecados
pueden formar parte de nuestros torpes intentos de
amar. Los años que duraron las aventuras sexuales
de San Agustín formaban quizá parte de su búsqueda
de un amor más grande, y la castidad no significó
el cese sino la culminación de ese deseo.
b)
Comunidad y orientación sexual
Aquí
es donde se perciben más claramente las diferencias
culturales. Se necesita una gran delicadeza para no
escandalizar ni herir a hermanos y hermanas. En algunas
culturas, la admisión a la vida religiosa de gente
con orientación homosexual es virtualmente impensable.
En otras, se acepta sin problemas. Todo lo que se
escribe sobre este tema corre el riesgo de ser escudriñado
para ver si se está "a favor" o "en contra" de la
homosexualidad. Y aquí está el error. No nos corresponde
a nosotros decir a Dios a quién puede o no llamar
a la vida religiosa. El Capítulo General de Caleruega
afirmó que hay que aplicar a todos los hermanos, de
cualquier orientación sexual que sean, las mismas
exigencias de castidad y, por tanto, nadie puede ser
excluido por esa razón. Hubo un gran debate en dicho
Capítulo sobre este particular, y estoy seguro que
continuará.
¿Cómo
pueden nuestras comunidades ayudar y sostener a los
hermanos a la hora de confrontarse con su orientación
sexual? Lo primero que debemos reconocer es que toca
profundamente a nuestra propia idea de quién somos.
Y, por eso, es un tema importante y delicado para
muchos jóvenes que vienen a la Orden, por dos razones.
En primer lugar, hay frecuentemente un ansia profunda
por tener una propia identidad. Para muchos, la cuestión
predominante es: ¿Quién soy yo?. En segundo lugar,
la cuestión de la orientación sexual no se soluciona
con frecuencia hasta bastante tarde debido a la adolescencia
prolongada que caracteriza hoy a muchas culturas.
A veces recibimos de algunos hermanos peticiones de
dispensa porque hasta bastante tarde en su vida no
se dieron cuenta de que eran fundamentalmente heterosexuales
y, por ende, hábiles para casarse.
Si
un hermano llega a creer que es homosexual, es importante
que sepa que se le acepta y ama tal cual es. Puede
vivir en el terror del rechazo y de la acusación.
Pero esta aceptación es "pan para el camino" según
va logrando descubrir una identidad más profunda,
la de hijo de Dios. Porque ninguno de nosotros, heterosexuales
u homosexuales, puede encontrar esta identidad en
su orientación sexual. Es en Cristo en quien debemos
descubrir lo que somos en profundidad. "Queridos,
ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado
lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste,
seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual
es" (1 Juan 3, 2). Por nuestros votos nos comprometemos
a seguir a Cristo y a descubrir en él nuestra identidad.
Forma parte de nuestra pobreza el superar esas pequeñas
identidades. "A la raíz de todas las demás ansias
de posesión está por último el deseo de ser uno mismo:
el deseo de que, en el centro de mí mismo, debe estar
no ese innombrable abismo al que se lanza inevitablemente,
como a un vacío, al Dios innominado, sino una identidad
que puedo poseer, una identidad que se define como
propiedad mía" (32).
El hermano que hace de su orientación sexual un elemento
central de su identidad pública se está equivocando
sobre quién es en lo más profundo de sí mismo. Se
parará al borde del camino, siendo así que está llamado
a caminar hasta Jerusalén. Lo fundamental es que podamos
amar y ser hijos de Dios, no hacia quién nos sentimos
atraídos sexualmente. Pero esto no es solamente cuestión
de un sentido personal de la identidad del individuo.
Tenemos una identidad como hermanos y hermanas los
unos de los otros. Somos responsables de las consecuencias
que puede tener para nuestros hermanos nuestra manera
de presentarnos a nosotros mismos, especialmente en
un área tan sensible como la de la orientación sexual.
Así,
pues, todo hermano debe ser aceptado tal y como es.
Pero la emergencia de cualquier subgrupo dentro de
una comunidad, basados en su orientación sexual, podría
ser una causa grande de división. Puede amenazar a
la unidad de la comunidad; puede hacer aun más difícil
para los hermanos guardar la castidad que hemos consagrado.
Puede forzar a los hermanos a pensar de sí mismos
de un modo que no es central para su vocación de predicadores
del Reino, y quizá un día descubran eventualmente
que no es cierto.
c)
Enamorarse
Sin
embargo, por mucho que presentemos la amistad como
la revelación suprema de un amor, que es la vida de
Dios, podemos aun enamorarnos, y ésta puede ser una
de las experiencias más significativas de nuestra
vida. Una de las primeras preguntas públicas que me
hicieron después de mi elección como Maestro de la
Orden en una reunión con un grupo grande de estudiantes
dominicos filipinos, fue ésta: "Timothy, ¿te enamoraste
alguna vez?". Y la segunda cuestión fue: "¿Sucedió
antes o después de haber ingresado en la Orden?" Si
esto sucede, entonces necesitamos de verdad la ayuda
y amor de nuestras comunidades.
Para
un hermano o hermana que han consagrado sus vidas
a la Orden, enamorarse es casi con seguridad un momento
de crisis. Pero como nos recuerda con frecuencia Jean-Jacques
Pérennès en el Consejo Generalicio, una crisis es
un momento de oportunidad. Puede ser fructífera. Cualquier
experiencia de amor puede ser un encuentro con el
Dios que es amor. Enamorarse puede significar el momento
en el que nuestro egocentrismo queda desenmascarado
y descubrimos que no somos el centro del mundo. Puede
ser demoledora, al menos por algún tiempo, esta preocupación
por nosotros mismos que nos mata. Enamorarse es "para
mucha gente la experiencia más extraordinaria y reveladora
de sus vidas, por la cual uno mismo deja de ser el
centro de significación y el ego soñador se ve estremecido
al descubrir una realidad completamente distinta"
(33).
Una
vez que hemos pasado por este profundo "desposeimiento"
de nosotros mismos, no podemos seguir viviendo como
si no hubiera pasado nada. No podemos pretender que
no hemos encontrado nunca a esa persona y que podemos
volver a nuestra antigua vida como si no hubiera pasado
nada. Y ésta puede ser una razón por la que si un
hermano se enamora puede pedir la dispensa de votos,
porque esa antigua vida que había prometido ya quedó
atrás.
Cuando
Thomas Merton, un cisterciense americano, estaba en
el ápice de su fama como escritor espiritual, se enamoró
perdidamente de una enfermera que lo había cuidado
en el hospital. Y escribió en su diario que estaba
"atormentado al darme cuenta de que estábamos enamorados
y yo no sabía cómo podría vivir sin ella" (34). Como
dice Otelo enfrentado a la pérdida de su amada Desdémona,
"en ella había refugiado mi corazón, en ella tengo
que vivir o no tener vida, ella es el manantial del
que brota mi corriente, porque si no se seca".
Así,
pues, no podemos imaginar una vida fuera de la persona
que amamos y por eso tenemos que pedir el don de una
vida que no podemos imaginar, una vida que sólo puede
venir como don de Dios. Sobre la cruz, Jesús espera
no una vida imaginable, sino sólo la inconcebible
y abundante vida que el Padre le da. Nosotros no podemos
hacer una vida. Debe ser dada.
Es
muy difícil abandonarnos en las manos del Padre en
ese momento, confiando en que esa muerte dará paso
a la resurrección. Necesitaremos como nunca a nuestros
amigos, hermanos y hermanas que quizá tengan que creer
por nosotros, cuando nosotros no podemos, que en ese
desierto podemos encontrar al Señor de la vida. Posiblemente
no nos hayamos sentido nunca tan vivos, con tanta
vitalidad. Podemos pensar que este amor es lo que
habíamos estado buscando durante toda nuestra vida.
¿Cómo arriesgarnos a perderlo? Podemos convertirnos
en secos, malhumorados y frustrados. En ese momento
tenemos que creer que si seguimos fieles a nuestros
votos Dios será fiel también y recibiremos vida en
abundancia. El biógrafo de Merton dice que, finalmente,
su experiencia de haberse enamorado le dio "una liberación
interna que le confirió un nuevo sentido de convicción,
de despreocupación y de indefensión en su vocación
y en lo más profundo de sí mismo"(35)
Podría
parecer que estoy sugiriendo esta experiencia como
un paso casi necesario en el camino de nuestro progreso
espiritual. No eso lo que estoy diciendo en absoluto.
"Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por
sus amigos". Como religiosos, nos comprometemos a
vivir la plenitud de la vida en el misterio de esta
amistad de desprendimiento. También nosotros, sacerdotes
y religiosos, podemos infligirnos un daño tremendo
a nosotros mismos y a los demás cuando nos enamoramos.
Podemos parecer a otros tan "seguros" y considerarnos
también seguros a nosotros mismos. Podemos abusar
fácilmente permitiéndonos una forma de "turismo emocional",
que nos deja libres para volver a nuestra comunidad
cuando las cosas comienzan a resultar peligrosas,
pero dejamos posiblemente a otras personas dañadas,
y minada para siempre su fe en la Iglesia e incluso
en Dios.
d)
El desierto de la soledad
En
nuestro crecimiento como gente capaz de amar, podemos
tener que pasar a veces a través del desierto. Puede
ser porque nos sentimos incapaces de amar, o porque
nos enamoramos, o quizá fallamos en nuestros votos.
Si la vida apostólica nos lleva a la perplejidad de
Getsemaní, donde la vida pierde todo su sentido, entonces
la crisis en el amor puede confrontarnos con la soledad
de la cruz.
La
experiencia de la soledad revela una verdad fundamental
acerca de nosotros mismos: que solos estamos incompletos.
Contrariamente a la percepción dominante de gran parte
de la sociedad occidental, no somos seres autosuficientes,
independientes. La soledad revela que no puedo vivir,
existir por mí mismo. Sólo existo por mis relaciones
con los demás. Solo, me muero. La soledad revela un
vacío, una carencia en lo más profundo de mi ser.
Podemos vernos tentados a llenar este vacío con variedad
de cosas: comida, bebida, sexo, poder o trabajo. Pero
el vacío sigue ahí. El alcohol o cualquiera otra cosa,
es simplemente una sed de Dios disfrazada. Sospecho
que no podemos llenarla ni siquiera con la presencia
de otras personas. Una habitación llena de gente solitaria
no cambia nada. "El horror de esta soledad se muestra
precisamente en el hecho que todos la comparten, pero
nadie puede aliviarla" (36).
Cuando Merton se enamoró, descubrió que lo que estaba
buscando no era quizá a su amada sino una solución
al hueco que había en lo más profundo de su corazón.
Ella era "la persona cuyo nombre intentaría usar como
magia para romper el cerco de la terrible soledad
de mi corazón" (37).
En
definitiva, creo que esta soledad no debe ser simplemente
soportada. Hay que vivirla como un acceso a la soledad
de Cristo en su muerte, que asume todas las soledades
humanas y las transforma. "Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?". Si lo hacemos así, el velo
del templo se rasgará en dos y descubriremos que Dios
está en lo más profundo de nuestro ser, dándonos la
existencia a cada instante. "Tu autem eras interior
intimo meo", "Tú estabas más dentro de mí que yo mismo"
(38).
Si tomamos sobre nosotros la cruz de la soledad y
caminamos con ella, se revelará que la percepción
moderna del yo no es verdadera. La verdad más profunda
de nosotros mismos es que no estamos solos. En el
punto más profundo de mi ser está Dios, dándome vida
en abundancia. Santa Catalina se describe a sí misma
en el Diálogo como "habitando en la celda del conocimiento
de sí misma para conocer mejor la bondad de Dios para
con ella". El conocimiento profundo de uno mismo no
revela el ser solitario de la modernidad sino el único
cuya existencia es inseparable de Dios que nos está
dando continuamente la vida.
Si
logramos entrar en ese desierto y encontrar allí a
Dios, seremos libres para amar gratuitamente, libremente,
sin dominio ni manipulación. Seremos capaces de ver
a los demás no como una solución a mis necesidades
o como respuestas a mi soledad sino simplemente para
deleitarnos en ellos. "Por consiguiente, manténte
firme y no vaciles en tu vacuidad". Fue a los pies
de la cruz, donde Jesús dio a su madre al discípulo
amado y viceversa, que nació la comunidad de la Iglesia.
3.
LA VIDA DE ORACIÓN
"A
vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he
oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Juan 15,
15)
Quien
es tocado por la abundancia de vida ama desinteresadamente,
espontánea y alegremente. Su corazón de piedra se convierte
en un corazón de carne. Esta profunda transformación
de nuestra humanidad implica, según nuestra tradición,
estudio y oración al mismo tiempo. Jordán de Sajonia
nos dice que ambos nos son tan necesarios como comer
y beber. Mediante el estudio rehacemos el corazón humano,
descubrimos esa "formación del entendimiento por lo
cual el entendimiento se transforma en amor" (39).
Ambos, estudio y oración, pertenecen a la vida contemplativa
a la que está llamado todo dominico. Pero os ahorro
las reflexiones sobre el estudio porque ya escribí una
carta sobre el tema. Expondré, en cambio, unas ideas
sobre la oración y la vida.
3.1.
Comunidad de la Palabra
Al
final de la mayor parte de las visitas canónica, el
visitador suele hacer algunas observaciones edificantes
acerca de la necesidad de la oración. Inclinamos la
cabeza sabiamente y hacemos algunos vagos propósitos.
¿Se tiene la impresión de que lo que está en juego es
cómo esos huesos secos pueden revivir?
Cuando
nace un niño, sus padres comienzan a hablarle inmediatamente.
Mucho antes de que pueda entender, el niño es alimentado
con palabras, bañado y tranquilizado con palabras. Su
madre y su padre no hablan a su hijo para transmitirle
informaciones. Le están hablando para despertarle a
la vida. Se humaniza en ese mar de lenguaje. Poco a
poco será capaz de encontrar un lugar en el amor que
comparten sus padres. Se va desarrollando hacia una
existencia humana.
También
nosotros somos transformados por inmersión en la Palabra
de Dios dirigida a nosotros. No leemos la Palabra para
buscar información. La consideramos, la estudiamos,
la meditamos, vivimos con ella, la comemos y la bebemos.
"Queden grabadas en tu corazón estas palabras que yo
te mando hoy. Se las repetirás a tus hijos, se las dirás
tanto si estás en casa como si vas de viaje, cuando
te acuestes y cuando te levantes" (Dt 6,6). Esta palabra
de Dios actúa en nosotros, nos hace humanos, nos trae
a la vida formándonos en esa amistad que es la verdadera
vida de Dios. Como escribía Jordán a Diana en su carta
de Navidad en 1229: "Esta palabra léela en tu corazón,
rúmiala en tu mente y que ella ponga tu boca dulce como
la miel. Que permanezca en ti y habite siempre contigo
(40).
Unos
amigos míos adoptaron a un niño. Lo encontraron en la
sala de un gran hospital en Saigón, huérfano de la guerra
vietnamita. Durante los primeros meses en la sala del
hospital nadie había tenido tiempo para mirarle ni hablarle.
Creció incapaz de sonreír. Pero sus padres adoptivos
le hablaban y le sonreían, con una amorosa dedicación.
Recuerdo el día en que sonrió por vez primera. La Palabra
de Dios nos alimenta para que revivamos, para que seamos
humanos e incluso capaces de devolverle la sonrisa a
Dios. Una comunidad que ofrece vida es aquella en la
que encontramos esta palabra de Dios atesorada y compartida.
No basta con decir más oraciones. Pueden sofocarnos,
sobre todo cuando se dicen a gran velocidad. Cuando
Santo Domingo oraba, disfrutaba de la palabra de Dios
"saboreándola en su boca, tal y como era, y gozaba recitándola
para sí mismo" (quinto modo), como quien degusta un
buen vino francés. San Alberto Magno dice que "necesitamos
ser alimentados con frecuencia por la dulzura (una vez
más dulcedo) de la palabra de Dios" (41).
A
medida que el niño es alimentado con las palabras de
sus padres va haciendo el descubrimiento terrible y
liberador de que no es el centro del universo. Detrás
del pecho hay una madre. No todo está a sus órdenes.
Se descubre a sí mismo como parte de la comunidad humana.
En la conversación de nuestros padres descubrimos un
mundo al que podemos pertenecer. Así, del mismo modo,
somos nutridos con la palabra de Dios, somos conducidos
a un mundo más amplio. El buen pastor que vino para
que tengamos vida, y en abundancia, es el que abre la
puerta para que podamos salir y encontrar amplios espacios.
En la oración hacemos un éxodo, más allá del caparazón
de nuestra insignificante obsesión por nosotros mismos.
Entramos en el amplio mundo de Dios. La oración es una
"disciplina que me impide dar por supuesto que soy el
centro de un pequeño universo, y me permite encontrarme,
perderme y volver a encontrarme en el entretejido de
modelos de un mundo que yo no hice y que yo no controlo"
(42).
El
niño madura en la conversación de sus padres y descubre
que no está solo. Del mismo modo, nosotros somos también
atrapados en la amistad de Dios y curados de la obsesión
por nosotros mismos, comenzando a vislumbrar el verdadero
mundo. Yeats escribió: "Hemos alimentado el corazón
de fantasías, y el corazón se ha vuelto salvaje"(43).
La oración cura nuestro corazón de fantasías. Santo
Tomás dice que "la oración dominical sirve de norma
a todos nuestros afectos" (44).
Pidiendo que se haga la voluntad de Dios y que venga
su Reino remodelamos nuestro corazón.
Liberados
de nuestras fantasías auto-obsesivas y adentrados en
el más amplio mundo de Dios, descubrimos que los demás
sufren violencia y tristeza. Fr. Vicente de Couesnongle
hablaba de "la contemplación de la calle". Para Santo
Domingo, los afligidos y oprimidos "forman parte de
'contemplata' en 'contemplata aliis tradere' ... El
doloroso conocimiento que abre la mente y el corazón
de Domingo a la contemplación, permitiéndole experimentar
con una imponente indefensión el dolor y las necesidades
de su prójimo, no puede explicarse simplemente por ciertos
imborrables recuerdos del dolor que presenció, ni por
su simpatía natural" (45).
Es, dice Paul Murray, una "herida contemplativa". Por
eso la vida contemplativa está en el centro mismo de
toda búsqueda de un mundo justo. La contemplación nos
hace capaces de ver desinteresadamente.
3.2.
Comunidades de celebración y silencio
Según
va creciendo el niño, va dejando de chillar y siendo
capaz de usar la palabra y el silencio. Aprenderá a
hablar y a escuchar. Sucede igual con nosotros, construir
comunidades de oración implica más que añadir otro salmo
en las vísperas. Debemos crear un entorno en el que
podamos hablar y escuchar, alegrarnos y estar en silencio.
Este es el ecosistema que necesitamos si queremos florecer.
Según
la tradición dominicana hablar a Dios es, ante todo,
pedir lo que queremos. No es ésta una actitud infantil
sino realista. Nos demuestra que estamos despertando
del pequeño mundo de fantasía del mercado donde todo
se vende, y reconociendo que en el mundo real todo es
un don de aquél que es "el autor de nuestros bienes"
(46).
Cuando comenzamos a preguntar vamos camino de ser adultos.
Cuando oramos juntos, ¿osamos pedir a Dios aquello que
más profundamente deseamos? ¿Recitamos meramente unas
pocas peticiones del breviario?
El
éxodo del Egipto de la auto-obsesión es un momento de
éxtasis. Somos liberados del oscuro y restringido pequeño
mundo del ego. Como Miriam después de haber atravesado
el Mar Rojo, estaremos seguramente exuberantes. Exultaremos
por haber entrado en los amplios y abiertos espacios
de la amistad de Dios. David danzó frenéticamente ante
el arca; María exultó en el Señor y en las maravillosas
cosas que hizo por ella. La oración del predicador debería
ser exultante, sin duda alguna, extática. Estamos llamados
a "alabar, bendecir y predicar". Cuando el salmo dice:
"Cantemos al Señor un canto nuevo", ¡hagámoslo, pues!.
Santo Domingo era exuberante en su oración. Usaba todo
su cuerpo, extendiendo los brazos, postrándose en tierra,
arrodillándose y haciendo un gran ruido. Todo el cuerpo
está salvado por la gracia, y por eso ora. Algunos de
mis más hermosos recuerdos de oración con los hermanos:
pienso en la eucaristía extática celebrada en Haití,
en medio de una gran pobreza y violencia; la danza y
canto de nuestras Hermanas Zulú en Sudáfrica; el maravilloso
y apasionado canto de la Vigilia Pascual en Cracovia;
los petardos y el gong un año después en Taiwan. ¿Celebramos
la liturgia y exultamos juntos en el Señor que hizo
cosas maravillosas por nosotros? ¿La vemos como una
mera obligación que tenemos que cumplir? Es una obligación,
por supuesto, la obligación más solemne que procede
de la amistad. Y nos encanta hacer cosas por nuestros
amigos.
Eckhart
escribió que "el mejor y más noble logro en esta vida
consiste en estar en silencio y dejar que el Señor actúe
y hable dentro de nosotros" (47).
No hay amistad sin silencio. Si no hemos aprendido a
pararnos, a estar en silencio y a escuchar al otro,
permaneceremos encerrados en nuestro pequeño mundo,
del que somos el centro y los únicos habitantes reales.
En el silencio hacemos el maravilloso y liberador descubrimiento
de que no somos dioses, sino precisamente criaturas.
Hay
diversos tipos de silencio. Está el silencio de las
mujeres en la tumba, que "no dijeron nada a nadie porque
tenían miedo" (Lc 16, 8). Está el silencio con el que
excluimos lo totalmente inesperado, lo nuevo, lo impensable.
Está el silencio con el que excluimos las palabras molestas
que pueden robar la paz de mi espíritu. Y está el silencio
de los discípulos camino de Emaús, mientras escuchaban
al Señor mientras les exponía las Escrituras. No dijeron
nada entonces, pero después exclamaron: "¿No estaba
ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos
hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?"
(Lc 24, 32). Paul Phillibert OP llama oración a nuestra
apertura a las iniciativas secretas de Dios. En este
vulnerable silencio, le dejamos que haga cosas nuevas
e inesperadas. Estamos dispuestos a dejarnos asombrar
por la novedad del Dios de las sorpresas: "Mira que
hago un mundo nuevo" (Apoc. 21, 5)
Este
es el silencio que prepara el camino para la predicación.
Ignacio de Antioquía dijo que la Palabra vino desde
el silencio del Padre. Era una palabra fuerte, clara,
decisiva y verdadera, porque había nacido en el silencio.
"Él no fue sí y no; en él no hubo más que sí. Pues todas
las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él"
(2 Cor. 1, 19). Nuestras palabras adolecen con frecuencia
de autoridad, porque son sí y no; insinúan y empujan;
están coloreadas por insinuaciones y ambigüedades, son
portadoras de pequeños dardos y resentimientos. Tenemos
que crea