
uando
se me pidió hablar del Rosario debo confesar
que tuve un momento de pánico. Nunca había
leído nada del rosario y nunca reflexioné
sobre él en toda mi vida, estoy seguro que la
mayor parte de nosotros tiene sobre el rosario ideas
mucho más profundas que las mías, El rosario
es algo que he hecho sin pensar en ello, como el respirar.
Respirar es sumamente importante para mí. Respiro
todo el tiempo, pero nunca he dado una charla sobre
la respiración. Rezar el rosario, como respirar,
es muy simple. ¿qué hay que decir?
1. La simplicidad.
Puede parecer curioso que una plegaria tan simple como
el Rosario esté particularmente asociada a los
dominicos. Raramente se piensa en los Dominicos como
gente simple. Tenemos la reputación de las grandes
obras teológicas largas y complejas. Sin embargo
se nos hemos peleado por conservar el Rosario. Es nostra
sacra haeriditas, "nuestra santa herencia".
Hay una larga tradición iconográfica de
Nuestra Señora dando el Rosario a Santo Domingo.
En un determinado momento, otras órdenes religiosas
celosas, se pusieron a encargar cuadros de Nuestra Señora
dando el Rosario a otros santos: S. Francisco e incluso
S. Ignacio . Nos defendimos y creo que en el Siglo XVII
convencimos al Papa de poner fin a la competición.
Se permitió representar a la Virgen entregando
el Rosario sólo a Santo Domingo.
Pero, ¿porqué esta oración tan
simple es tan querida por los dominicos? Puede ser porque
en el corazón de nuestra tradición teológica,
reside una espiración a la simplicidad. Santo
Tomás de Aquino decía que no podemos comprender
a Dios porque Dios es perfectamente simple. Su simplicidad
sobrepasa todas nuestras concepciones. Estudiamos, afrontamos
problemas teológicos, probamos nuestros espíritus
con el objetivo de aproximarnos al misterio de Cristo
que es total simplicidad. Debemos de ir más allá
de la complejidad para llegar a la simplicidad.
Hay una falsa simplicidad, de la cual debemos desconfiar.
Es la simplicidad de los que tienen demasiado a menudo
respuesta para todo, los que saben todo por adelantado.
Son a veces muy perezosos, a veces incapaces de pensar.
Y hay la verdadera simplicidad, la del corazón,
la simplicidad de las miradas claras. No podemos llegar
a ella mas que lentamente y con la Gracia de Dio, acercándonos
a la cegadora simplicidad de Dios. El Rosario, en efecto,
es simple; bien simple. Pero de la simplicidad sabia
y profunda a la cual aspiramos y en la que encontraremos
la paz.
Se dice que cuando envejecía San Juan el Evangelista
se volvió totalmente simple. Que le gustaba jugar
con una paloma y todo lo que decía a la gente
que le venía a ver era "ámense los
unos a los otros". Ni ustedes ni yo nos contentaríamos
con esta respuesta. Nadie nos creería. Sólo
alguien como San Juan que escribió el más
rico y el más complejo de los Evangelios puede
llegar a la verdadera simplicidad de la sabiduría
y no decir más que ¨Ámense unos a
otros". De igual manera solo un santo como Santo
Tomás de Aquino pudo decir que todo lo que había
escrito era "como una brizna de hierba". Sí,
el Rosario es muy simple. Puede ser una invitación
a descubrir esta simplicidad profunda de la vida sabia.
Se dice de G. Lagrange, uno de los fundadores de los
estudios bíblicos modernos, que hacía
falta tres cosas cada día: estudiarla Biblia,
leer los periódicos y ¡rezar el Rosario!
Me gustaría mostrar que no solo el Rosario es
de una simplicidad verdadera y profunda, sino también
que muchas de sus características son auténticamente
dominicanas.
2. El angel, ese predicador.
El Dios te salve María comienza con las palabras
del ángel Gabriel: "Dios te salve María,
llena de gracia, el Señor esta contigo".
Los ángeles son predicadores profesionales. Su
mismo ser es proclamar la Buena Nueva. Las palabras
de Gabriel son un perfecto sermón. Y además
¡es corto! Proclama lo esencial de toda predicación:
"El Señor está contigo" Es ahí
donde encontramos el centro de nuestra vocación;
decirnos unos a otros: "Ave Daniel, Ave, Luisa,
el Señor está contigo". Es por eso
que Humberto de Romans uno de los primeros Maestros
de la Orden, decía que nosotros los dominicos,
estamos llamados a vivir como ángeles. ¡Incluso
si uno debe de dudar, según mi experiencia, de
si la mayor parte de los dominicos no son particularmente
angélicos!
En diciembre último, me encontraba en Ho Chi
Min City, durante la visita canónica a la Provincia
de Vietnam. Al final de la jornada de trabajo mi socio
y yo nos encantaba salir a perdernos en las callecitas
de la ciudad. Uno de los placeres consistía en
escapar del espionaje que el gobierno enviaba para saber
lo que tramábamos. Caminamos durante horas a
través del laberinto de calles estrechas llenas
de vida de gente que apostaban, comían, hablaban,
jugaban al billar. En muchas casas se veía la
imagen de Buda. Y de repente, una tarde a la vuelta
de una esquina entramos en un parquecito y allí
en medio se encontraba la inmensa estatua de un dominico
con alas. Era San Vicente Ferrer al que se representa
siempre como ángel. Era el gran predicador. Daniel
me dijo que se le consideraba el ángel del Apocalipsis
anunciando el fin del mundo. Bueno... ¡ningún
predicador tiene siempre razón! Así el
ángel Gabriel es un buen modelo para nosotros
los dominicos.
Pero todavía hay otro aspecto del "Dios
te salve María" que es una especie de homilía.
Una homilía no nos habla solo de Dios. Nace de
la Palabra que Dios nos dirige. La predicación
no es sólo el relato de acontecimientos ligados
a Dios. Nos da la Palabra de Dios, Palabra que rompe
el silencio entre Dios y nosotros.
Las primeras palabras de la oración son las que
el ángel dirige a María: "Dios te
salve, María llena de gracia". El comienzo
de toda cosa es la Palabra que escuchamos. San Juan
escribía: "En esto consiste el amor: no
es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que es él
quien nos ha amado y ha enviado a su Hijo como víctima
de propiciación por nuestros pecados" (1
Jn 4,10). De hecho en la época de Santo Domingo
el Ave María no estaba formado mas que por las
palabras del ángel y de Isabel. Nuestra oración
está hecha de palabras que nos han sido dadas,
No es sino más tarde después del concilio
de Trento que se añadió nuestro propio
discurso a María.
Muy a menudo concebimos la oración como el esfuerzo
hecho para hablar a Dios. La oración a veces
parece una lucha por llamar la atención de un
Dios distante. ¿Nos oirá? Esta simple
oración nos recuerda que la oración no
funciona así. No somos nosotros los que rompemos
el silencio. Cuando hablamos es como respuesta a palabras
recibidas. Penetramos en una conversación que
ha comenzado ya sin nosotros. El ángel proclama
la Palabra de Dios. Y ello crea un espacio en el cual
podemos responder "Santa María, madre de
Dios".
Nuestra vida sufre a menudo del silencio. Existe el
silencio del cielo que parece a veces habernos sido
cerrado. Está el silencio que nos separa a los
unos de los otros. Pero la Palabra de Dios viene a nosotros
por la buena predicación y abre todas estas grandes
barreras. Somos liberados de nuestro mutismo, haciéndosenos
capaces de palabra. Sentimos venir a las palabras: las
destinadas a Dios y las palabras entre nosotros.
Puede ser que podamos ir más lejos. El Maestro
Eckhart ha dicho: "No rezamos: somos rezados".
Nuestras propias palabras son la resonancia, la prolongación
de la Palabra que se nos ha dirigido. Nuestras oraciones
son Dios que reza en nosotros, bendice, glorifica en
nosotros. Como escribía San Pablo cuando gritamos
"Abba, Padre" "el Espíritu en
persona se une a nuestro espíritu para dar testimonio
de que somos hijos de Dios...".
Los
saludos del ángel y de Isabel a María
se prosiguen a través de las palabras que nosotros
le dirigimos. La segunda mitad de la oración
hace eco de la primera. El ángel ha dicho: "Dios
te salve, María, llena de gracia; en nuestra
boca eso se convierte en el mismo saludo: "Santa
María". Isabel dice: "Bendito el fruto
de tu vientre" y nosotros decimos "madre de
Dios". Hemos sido ganados por la Palabra de Dios.
Nuestra oración es Dios que habla en nosotros.
Hemos sido adiestrados en la conversación que
es la vida de la Trinidad.
También quisiera mirar esta simple oración
como una pequeña homilía modelo. Proclama
la Buena Nueva. Y como todas las buenas homilías
hace algo más. No se contenta con darnos pistas
moralizantes. Ofrece una Palabra de Dios, una palabra
que hace eco en nuestras propias palabras, una palabra
que va más allá de nuestro silencio y
nos da voz.
3. Una oración para la casa y una oración
para el viaje.
Todavía hay otro aspecto de esta oración
que es muy dominicano. Es una oración para la
casa y una oración para la ruta. Es una oración
que construye una comunidad al mismo tiempo que nos
lanza al viaje. Es esta una tensión muy dominicana.
Tenemos necesidad de nuestras comunidades. Tenemos necesidad
de lugares donde "estamos en casa" con nuestros
hermanos y hermanas. Y al mismo tiempo somos predicadores
itinerantes, no podemos situarnos demasiado tiempo,
sino que debemos lanzarnos a la predicación.
Somos contemplativos y activos. Permítanme explicar
ahora como el Ave María está marcado por
esta misma tensión.
Piensen en los grandes cuadros de la anunciación.
Nos presentan en general, una escena doméstica.
El ángel va a casa de María. María
está allí en su cuarto, en general, leyendo.
A menudo se puede ver al fundo una rueca apoyada contra
el muro. Fuera, un jardín. Es aquí donde
empieza la historia, en su casa. Y es justo que sea
así puesto que la Palabra de Dios hizo entre
nosotros su hogar. Dios viene a plantar su tienda entre
nosotros.
En cierta manera, el rosario es a menudo la oración
de casa de uno y de la comunidad. Tradicionalmente se
la rezaba cada día en las familias y en las comunidades.
A mitad del siglo XV tiene lugar la fundación
de las fraternidades del Rosario que se reunían
para rezar juntas. Así el rosario está
profundamente asociado a la comunidad, a la oración
compartida. Debo confesar que tengo recuerdos muy ambiguos
del Rosario en familia. En mi casa no se le rezaba pero
iba a menudo a casa de los primos que lo rezaban juntos
cada tarde. Frecuentemente era una catástrofe.
Por mas cuidado que se pusiera en cerrar las puertas
los perros hacían irrupción en la pieza
y en medio de la familia viniendo a lamer las caras.
Por eso, poco importaban nuestras piadosas intenciones,
acabábamos por explotar de risa. Llegué
a dudar del Rosario en familia.
Pero el saludo del ángel no deja a María
quedarse en su casa. El ángel viene a descomponer
su vida doméstica. Pienso muchas veces en una
maravillosa Anunciación pintada por nuestro hermano
dominico Petit que vive y trabaja en Japón. Muestra
a Gabriel el gran mensajero cubriendo una parte de la
tela; María es una jovencita japonesa, graciosa
y reservada a la cual la vida le cambió. Está
centrada en un viaje que la llevará a Belén,
a Egipto, a Jerusalén. Este viaje la llevará
hasta el punto de romper su corazón al pie de
la cruz. Este viaje la llevará finalmente hasta
el cielo y la gloria.
El Rosario es entonces también la oración
de los que viajan, de los peregrinos como vds. Yo he
aprendido a amar el Rosario justamente como oración
para mis viajes. Es una oración para los aeropuertos
y para los aviones. Es una oración que se dice
muy a menudo a aterrizar en un lugar nuevo cuando me
pregunto qué encontraré y qué les
podré aportar. Es una plegaria para despegar,
dar gracias por todo lo recibido de los hermanos y hermanas.
Es una plegaria de peregrinación a través
de la Orden.
Pienso que la estructura de este viaje marca el Rosario
de dos maneras. Está presente en las palabras
de cada "Dios te salve María". Y está
presente en el transcurso de los misterios del Rosario.
Dios te salve María - La historia del individuo
Cada Ave María evoca el viaje individual que
cada uno de nosotros debe hacer del nacimiento a la
muerte. Está marcado por el ritmo biológico
de toda vida humana. Cita los tres momentos de la vida
de los cuales podemos estar absolutamente seguros: hemos
nacido, vivimos ahora y moriremos un día. Empieza
en el principio de toda vida humana, la concepción
en el seno materno. Nos sitúa ahora, en el momento
en que pedimos a maría sus oraciones. Encara
la muerte, nuestra muerte. Es una oración increíblemente
física. Está marcada por el inevitable
drama corporal de todo cuerpo humano que ha nacido y
debe morir.
Y esto es bien dominicano. Porque la predicación
de Domingo empieza en el sur de Francia, no muy lejos
de aquí, contra los herejes que despreciaban
el cuerpo y que consideraban la creación entera
como maligna. Confrontaba Domingo una de las olas de
espiritualidad dualista que han venido llegando cada
cierto tiempo sobre Europa. San Agustín, cuya
regla seguimos, cayó en uno de esos movimientos
cuando, joven, fue maniqueo. Y todavía hoy, una
gran parte del pensamiento popular es profundamente
dualista. Los estudios han mostrado que los científicos
modernos piensan generalmente la salud en términos
de escapatoria del cuerpo.
Pero la tradición dominicana ha subrayado siempre
que somos seres físicos, corporales. Todo lo
que somos viene de Dios. Recibimos en alimento el sacramento
del cuerpo y la sangre de Jesús; esperamos la
resurrección de los cuerpos.
El viaje que cada uno de nosotros debe recorrer es,
en primer lugar, físico, biológico, y
nos lleva del vientre de nuestra madre, a la tumba.
Es en este espacio temporal en el que nos reencontraremos
con Dios y encontraremos la salvación, Y esta
simple oración nos ayuda en el transcurso del
camino.
La concepción.
Las palabras del ángel permiten la fertilidad
para una virgen y para una mujer estéril. La
bendición de Dios nos vuelve fértiles.
Cada uno de nosotros, por su nacimiento individual,
es el fruto bendito de un vientre.
Creo que la bendición prometida por el ángel
toma siempre forma de fertilidad en toda vida humana.
Es la bendición de los nuevos comienzos, la gracia
de la frescura. Puede ser que nosotros hayamos sido
creados a imagen y semejanza de Dios porque compartimos
la creatividad de Dios. Somos sus asociados en la creación
y la recreación del mundo. El ejemplo más
dramático y milagroso de ello, es el nacimiento
de un niño. Los hombres que sin embargo no pueden
hacer este milagro, son bendecidos por la fertilidad.
Frente a esterilidad, la aridez, la futilidad, Dios
viene a ofrecer un mundo fértil. Cada vez que
Dios se aproxima a nosotros es para hacernos creativos,
para transformarnos, para renovarnos ya sea labrando
la tierra, plantando o sembrando, o por el arte, la
poesía, la pintura.
"Bendito
el fruto de tu vientre". Puede ser entonces que
la mejor manera de predicar el milagro de esta fertilidad
sea el arte, la pintura, el canto, la poesía.
Porque son modestas participaciones de esta misma bendición
de esta infinita fertilidad de Dios.
Una historia encantadora citada Malreaux a Picasso cuenta
como, cuando Bernadette de Lourdes entró al convento,
una multitud de gentes le enviaron estatuillas de la
Virgen. Pero ella jamás las tenía en su
cuarto porque, decía ella, las estatuas no se
parecían a la mujer que ella había visto.
El obispo le envió álbumes de celebres
cuadros de la Virgen pintados por Rafael, Murillo y
otros. Ella observó las vírgenes barrocas
y renacentistas. Pero ninguna le parecía exacta.
Después vio la virgen de Cambrai, copia, datada
en el siglo XIV, de un muy antiguo icono bizantino y
que no se parecía a ninguno de los cuadros que
Bernadette había visto. Y dijo: "¡Es
ella!".
Puede no ser sorprendente que la muchachita que había
visto a la Virgen, la reconociera en un icono, fruto
del arte sacro, fruto de una santa creatividad. María
aparecía con mas claridad en la obra de un pintor
hecho fértil por la gracia de Dios.
Ahora.
El Rosario evoca también otro momento, no sólo
el del nacimiento, sino también el momento presente.
"Ruega por nosotros pecadores, ahora". Ahora
es el instante presente en la peregrinación de
nuestra vida cuando tenemos que mantener, sobrevivir,
proseguir nuestro camino hacia el Reino.
Es interesante destacar que este instante presente es
considerado como un momento en el que nosotros, pobres
pecadores, tenemos necesidad de compasión, Es
una compasión profundamente dominicana. ¿Recuerdan
la oración de Domingo?: "Señor, piedad
de tu pueblo. ¿Qué será de los
pecadores?" El presente es un momento en el que
tenemos necesidad de compasión, de misericordia.
En la capilla Sixtina hay en el fresco del juicio final,
un hombre izado fuera del purgatorio por un ángel
con un Rosario.
El presente es un tiempo durante el cual debemos sobrevivir
ignorando hasta cuando deberemos de esperar el Reino.
Un dominico americano que regresó a China hace
algunos años, encontró diversos grupos
de laicos dominicos que habían sobrevivido a
los años de persecución y de aislamiento.
La única cosa que habían conservado durante
todos estos años era el recitar el Rosario juntos.
Fué el pan cotidiano de la supervivencia. Y,
dirigiéndose a regiones aisladas de México
varios de nuestros frailes se encontraron con lo mismo.
La única práctica que proseguía
era la del Rosario. Es la oración para los supervivientes
del tiempo presente.
Bede Jarrett, provincial inglés en los años
30, envió a Africa del sur a un miembro de su
provincia llamado Bertrand Pike, para ayudar a la nueva
misión de la Orden. Pero Bertrand se sintió
sobrepasado e incapaz de afrontarla era mas de lo que
podía asumir. Le faltaba el valor de continuar.
Y Bede le recuerda en una carta, una época durante
la guerra, en la que él había puesto su
coraje en el Rosario.
"Recuerdas
el día terrible donde debías atravesar
las trincheras en Ypres, cuando el valor te faltaba
y que no fue más que después de 3 o 4
intentos que tu te viste forzado a pasar y entonces
te diste cuenta de que las cuentas de tu rosario habían
mordido la carne de tu dedo en tu movimiento inconsciente
de apretarlas para dar un nuevo ánimo a tu coraje...
Pues, querido Bertrand, ánimo y miedo no son
contrarios. No tienen valor mas que los que hacen su
deber incluso cuando tienen miedo"
Así, Bertrand debió de agarrar su rosario
bien apretado para encontrar coraje "ahora y en
la hora de su muerte". El Rosario es la plegaria
para todos los que tenemos necesidad de coraje para
continuar, para triunfar ante el miedo. Nos da el valor
del peregrino.
En la hora de nuestra muerte.
El último momento de nuestra vida corporal del
cual estamos seguros de el de la muerte. "Ruega
por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra
muerte". Ante la muerte, rezamos el Rosario. Acabo
de regresar de Kinshasa en el Congo, donde muchas de
nuestras hermanas han afrontado la muerte estos últimos
años. La provincial de las hermanas misioneras
de Granada, Sor Cristina me contó como, en la
última guerra, ella y sus hermanas debieron huir
de la misión en el norte del Congo. Unos amigos
las escondieron en la selva. Ella es médico y,
en su fuga, se cruzó con un hombre al cual había
salvado a su mujer. Le dijo que ahora era su turno de
salvarle la vida. Escuchaban alrededor suyo explosiones
de las metralletas. Les dijeron que los rebeldes habían
descubierto su escondrijo y que pronto vendrían
a matarlas. Ante esta muerte anunciada, las hermanas
rezaron el Rosario. Es la oración que María
hará por nosotros cuando estemos frente a la
muerte. No estaremos solos.
Pienso también en mi padre. Durante la segunda
guerra mundial mi madre y mis tres hermanos mayores
permanecieron en Londres. Yo iba a nacer pronto. A pesar
de las bombas que, noche tras noche, caían sobre
Londres, mi madre se preocupaba mucho de estar dispuesta
ante la eventualidad de que mi padre pudiera tener un
permiso y regresar a casa. Y mi padre hizo la promesa
de que si toda la familia sobrevivía a la guerra,
rezaría el Rosario todas las noches. Por eso,
entre mis recuerdos de infancia, veo a mi padre cada
noche, antes de la cena, paseando por la sala rezando
el Rosario. Daba gracias, cada noche, por que habíamos
sobrevivido a esta amenaza de muerte. Y uno de los últimos
recuerdos de mi padre se sitúa un poco antes
de su muerte. Estaba demasiado débil para rezar
por sí mismo. Entonces, su familia, su mujer
y sus seis hijos se reunían alrededor de la cama
rezando el Rosario por él. Era la primera vez
que no lo podía hacer por sí mismo. Su
muerte, rodeado de todos nosotros, era una respuesta
a aquella oración que tantas veces había
repetido. "Ruega por nosotros ahora y en la hora
de nuestra muerte".
T.S. Elliot implora en uno de sus poemas: "Rueguen
por nosotros ahora y en la hora de nuestro nacimiento".
Y tiene razón. Porque debemos afrontar estos
tres momentos de nuestra vida: el nacimiento, el presente
y nuestra muerte. Pero en cada instante aspiramos a
lo mismo: un nuevo nacimiento. A lo que aspiramos ahora,
como pecadores, es no a una piedad que se contentaría
con olvidar lo que hemos hecho, sino a una misericordia
que hará de nuestras acciones también
un momento de renacimiento, de comienzo de nuevo. Y
frente a la muerte, deseamos de nuevo que las palabras
del ángel vengan a anunciarnos una nueva fertilidad.
Porque toda nuestra vida está abierta a la infinita
novedad de Dios, a su insondable frescor. El ángel
viene y vuelve a venir con nuevas anunciaciones de la
Buena Nueva.
Los misterios del Rosario - La historia de la salvación.
El Ave María individual es entonces la oración
del viaje que cada uno de nosotros debe recorrer del
nacimiento a la muerte, pasando por el momento presente.
Pero, a fin de cuentas, nuestra vida no tiene sentido
en sí misma, como historia privada, individual.
Nuestra vida no tiene sentido más que unida a
una historia mas vasta que se extiende desde el principio
hasta el fin desconocido, desde la creación hasta
el Reino. Y esta extensión más amplia
está presente en los misterios del Rosario, que
recorren la historia de la salvación.
Se han comparado los misterios del Rosario con la Summa
theologica de Santo Tomás. Cuentan a su manera
como todo viene de Dios y todo vuelve a Dios. Porque
cada misterio del Rosario forma parte de un único
misterio, el de nuestra Redención en Cristo.
Como escribía Pablo a los efesios: "El nos
ha hecho conocer el misterio de su voluntad, ese deseo
amoroso que él había formado en él
por adelantado para realizarlo cuando se cumpliera el
tiempo: recapitular todas las cosas bajo un solo Señor,
Cristo, los seres celestes como los terrestres"
(Ef 1,9).
Se pudiera decir entonces que cada Ave María
representa una vida individual, con toda su historia
de la vida a la muerte. Pero todos esos Ave María
están abrazados en una historia más larga,
la de la Redención. Tenemos necesidad de dos
dimensiones, de una historia a dos niveles. Necesito
dar un sentido a mi vida, a la historia de mi carne
y de mi sangre, con mis derrotas y mis victorias. Si
no hay sitio para mi historia única estaré
simplemente perdido en la historia de la humanidad.
Porque Cristo me dice: "Hoy estarás conmigo
en el paraíso". Tengo necesidad de ese Ave
María individual, mi pequeño drama personal
para plantar cara a mi pequeña muerte personal.
Mi muerte puede ser que no signifique gran cosa para
la humanidad, pero para mí, será lo más
importante.
Sin embargo no es suficiente quedarse en este nivel
personal. Debo de ver mi vida inserta en el drama más
vasto del designio de Dios. Solo, mi historia no tiene
sentido. Mi Ave Maria individual debe encontrar lugar
en los misterios del Rosario. Así el Rosario
propone el perfecto equilibrio del cual tenemos necesidad
para la búsqueda de sentido de nuestra vida tanto
en el plano individual como en el plano colectivo.
4. La repetición.
He intentado dar sucintamente algunas razones por las
que el Rosario es claramente una devoción profundamente
dominicana. El Ave María lleva consigo todas
las características de una homilía perfecta
y breve. Y el Rosario en su conjunto está marcado
por el tema del camino (el nuestro y el de la humanidad).
Todo ello se conjuga muy bien con la vida de una Orden
de Predicadores itinerantes. Hubiera podido insistir
en otros aspectos como los fundamentos bíblicos
de los misterios. Porque hay una meditación prolongada
sobre la Palabra de Dios en las escrituras. Pero ¡ya
he hablado demasiado!
Sin embargo debo responder a otra objeción. He
querido evocar la riqueza teológica del Rosario.
Sin embargo la realidad es que rezando el Rosario muy
raramente se piensa en lo que se hace. En realidad no
pensamos en la naturaleza de la predicación o
en la historia humana y su relación con la historia
de salvación. Hacemos un gran vacío en
nuestra vida. Incluso a veces nos pasará por
la cabeza preguntarnos porque repetimos sin cesar las
mismas palabras sin pensar en ellas. ¡Esto no
parece ser dominicano! Sin embargo, desde el principio
de nuestra tradición nuestros frailes y nuestras
monjas han amado esta tradición. Se dice que
nuestro hermano Romeo, muerto en 1262, recitaba ¡mil
Ave Marías al día!
En primer lugar hay que decir que numerosas religiones
llevan la marca de la repetición de palabras
sagradas. El pasado domingo, preguntándome lo
que iba a decir del Rosario, escuché en la BBC
una ceremonia budista que consistía aparentemente
en una permanente repetición de palabras sagradas,
el "mantra". A menudo se ha recordado que
el Rosario es bastante parecido a estas tradiciones
de piedad oriental y que la constante repetición
de estas palabras puede hacer en nuestro corazón
una lenta pero profunda transformación. Es bien
conocido y no insisto más.
Se podría señalar también que esta
repetición no es necesariamente síntoma
de una falta de imaginación. Un puro placer,
un placer exuberante, puede hacernos repetir palabras.
Cuando amamos, sabemos bien que no basta nunca con decir
una sola vez "te amo", Queremos decirlo más
y más, esperando también que el otro desee
oírlo más y más.
Chesterton escribía: "Porque los niños
desbordan vitalidad por que son feroces y libres de
espíritu es por lo que quieren que las cosas
se repitan y no cambien nunca. Siempre piden ¿una
vez más!; y la persona mayor recomienza ya a
punto de hartarse porque las personas mayores no son
lo bastante fuertes para exultar en la monotonía.
Puede ser que Dios diga todas las mañanas al
sol "¡vamos, una vez más!"; y
todas las noches a la luna: "¡Vamos, otra
vez!". No es necesariamente por una absoluta necesidad
la que haga a todas las margaritas parecidas; pudiera
ser cree a cada margarita separadamente, pero no las
deje nunca de hacer así. Pudiera ser que Dios
tenga un eterno apetito de niño; porque si hemos
pecado y hemos crecido, nuestro Padre es más
joven que nosotros. La repetición en la naturaleza
puede ser no una simple recurrencia, sino, como en el
teatro un bis donde el cielo recordaría al pájaro
que ha puesto otra vez un huevo. ¡O una vez más
nuestra repetición del Rosario!
En fin, es verdad que rezando el Rosario no se piensa
siempre en Dios. Se puede continuar durante horas sin
el menor pensamiento. Sólo se está, se
dice nuestra oración. Y ello puede ser bueno
también. Cuando rezamos el Rosario, celebramos
que el Señor está verdaderamente con nosotros,
que estamos en su presencia. Repetimos las palabras
del ángel: "El Señor está
contigo". Es una plegaria de la presencia de Dios.
Y si estamos en grupo no tenemos que pensar en los otros.
Como lo ha escrito Simon Tugwell, "yo no pienso
en mi amigo cuando está a mi lado; estoy muy
ocupado saboreando su presencia. Cuando está
ausente es cuando empiezo a pensar en él. El
hecho de pensar en Dios nos lleva, curiosamente, a tratarle
como si estuviese ausente. Pero no lo está".
Por eso no intentemos, en el Rosario, pensar en Dios.
Al contrario, saboreemos las palabras del ángel
dirigidas a cada uno de nosotros: "El Señor
está contigo". Repitamos continuamente las
mismas palabras con la exhuberancia vital insondable
de los niños de Dios, que se regocijan con la
Buena Noticia. 
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