
lo largo de la peregrinación de mi vida, las abadías
benedictinas han sido como unos oasis En cualquiera
de estos lugares he podido encontrar a muchas personas
que visitaban los monasterios. ¿Por qué lo hacen? No
hay duda de que algunos son turistas que han venido
a pasar una tarde esperando, quizá, ver algún monje,
del mismo modo que se puede ver un mono en un zoo. Incluso
puede que alguno espere encontrar carteles que digan:
«No dar de comer a los monjes». Otros se sienten atraídos
por la belleza de los edificios o de la liturgia. Muchos,
en cambio, vienen esperando algún tipo de encuentro
con Dios, deseando poder vislumbrar el misterio. A menudo
se habla hoy de la «secularización». Sin embargo, vivimos
en un tiempo marcado por una profunda búsqueda religiosa.
Hay hambre de trascendencia. La gente la busca en las
religiones orientales, en las sectas, la Nueva Era,
lo exótico y lo esotérico. Y, a la vez, a menudo se
sospecha de la Iglesia y de toda religión institucionalizada,
excepto, quizá, de los monasterios. Todavía existe ,
una cierta confianza en que en los monasterios se pueda
vislumbrar el misterio de Dios y descubrir alguna huella
de la trascendencia.
En
realidad, el papel de los monasterios no es otro que
dar acogida a los huéspedes. La Santa Regla nos dice
que han de ser acogidos como el mismo Cristo en persona.
Deben ser saludados con reverencia, se les debe lavar
los pies y se les debe dar de comer. Ésta ha sido siempre
mi experiencia. Recuerdo cuando fui a Santa Otilia,
durante el abadiato del Padre Viktor Dammertz. Yo era
un pobre estudiante dominico inglés, desharapado y sucio,
que hacía autostop. Fui acogido por estos pulquérrimos
benedictinos alemanes, que me lavaron, me restregaron
bien y me cortaron el pelo. Casi parecía una persona
digna cuando me fui del monasterio para proseguir mi
viaje.
¿Por
qué la gente se siente tan atraída por los monasterios?
Quisiera compartir algunas ideas que den respuesta a
esta pregunta. Es probable que consideren que mis pensamientos
son descabellados, siendo ello la prueba de que un dominico
no tiene ni idea de lo que es la vida benedictina. Si
resultara ser así, les ruego que tengan a bien perdonarme.
Lo que tengo la intención de exponer es que los monasterios
revelan la presencia de Dios, no por lo que ustedes
puedan hacer o decir, sino porque la vida monástica
tiene como centro un espacio, un vacío, en el que Dios
puede manifestarse a Si mismo. Es mi propósito en esta
ponencia sugerir que la Regla de San Benito les propone
a ustedes tener en sus vidas una especie de «centro»
vacío en el que Dios pueda vivir y ser vislumbrado.
La
gloria de Dios siempre se manifiesta en un espacio vacío.
Cuando los israelitas salieron del desierto, Dios les
acompañaba y se manifestaba sentado en el espacio que
media entre las alas de los querubines, por encima del
trono de la misericordia. Por eso el trono mismo de
la gloria estaba vacío. Era solamente un pequeño espacio,
del tamaño de un palmo. Dios no necesita mucho espacio
para mostrar su gloria. Un poco más abajo, en el Aventino,
como a unos doscientos metros de aquí, se encuentra
la Basílica de Santa Sabina. Sobre su puerta se encuentra
tallado un bajorrelieve que representa la primera crucifixión
que se conoce. En ella podemos contemplar un trono de
la gloria. Este trono está también vacío: es un vacío,
es la ausencia que se percibe cuando un hombre muere
gritando al Dios que parece haberle abandonado. En el
Evangelio, el último trono de la gloria es una tumba
vacía en la que no hay ningún cuerpo.
Abrigo
la esperanza de que los monasterios benedictinos continúen
siendo lugares en los que la gloria de Dios se manifieste;
que sean tronos del misterio. Y que lo sean precisamente
por lo que ustedes no son y no hacen. En los últimos
años, los astrónomos han recorrido los cielos buscando
nuevos planetas. Hasta hace muy poco, no se había logrado
ver directamente ningún planeta. Pero se podían detectar,
gracias a la variación que se daba en la órbita de una
estrella. Quizá pase lo mismo con los que siguen la
Regla de San Benito. La órbita visible de sus vidas
revela la presencia de la estrella escondida que no
podemos ver directamente. «Verdaderamente tú eres un
Dios escondido, el Dios de Israel» (Is 45,13).
Me
gustaría poder pensar que el centro invisible de sus
vidas se revela en la manera en que viven ustedes. La
gloria de Dios se muestra a través de un vacío, de un
espacio hueco en sus vidas. Me parece que hay tres aspectos
diversos de la vida monástica que abren este vacío y
hacen hueco para Dios: en primer lugar, en sus vidas
no desempeñan ninguna función concreta. También se puede
decir, en segundo lugar, que no conducen a ninguna meta
específica. Finalmente, son vidas marcadas por la humildad.
Cada uno de estos tres aspectos de la vida monástica
abre un espacio para Dios. Quisiera añadir que, en cada
uno de estos tres casos, lo que da sentido a ese vacío
es la celebración de la liturgia. El canto del Oficio
Divino varias veces al día es lo que muestra que este
espacio está ocupado por la gloria de Dios.
Estar
ahí
Lo
que resulta más obvio de la vida monástica es precisamente
que ustedes no desempeñan ninguna función concreta.
Trabajan la tierra, pero no son agricultores. Enseñan,
pero no son profesores. Quizá incluso tienen a su cargo
hospitales o misiones, pero su papel no es ser ante
todo médicos o misioneros. Ustedes son únicamente monjes
que siguen la Regla de San Benito. No tienen como misión
hacer algo en particular. Habitualmente, los monjes
son personas que están muy ocupadas. Raramente se encuentran
ociosos, pero la actividad no es el propósito de su
vida. El Cardenal Hume escribió una vez sobre los monjes:
«Cuando nos miramos a nosotros mismos, no vemos que
tengamos una misión o función particular en la Iglesia.
No nos ponemos en camino para cambiar el curso de la
historia. En ella, desde el punto de vista humano, sólo
estamos casi por accidente. Y afortunadamente, seguimos
adelante, sencillamente estamos ahí». Es la ausencia
específica de un objetivo explícito lo que revela a
Dios como la razón de ser, escondida y secreta, de sus
vidas. Dios se manifiesta como el centro invisible de
nuestras vidas cuando no intentamos buscar la razón
de nuestra existencia en otra cosa. La característica
fundamental de la vida cristiana es solamente estar
con Dios. Jesús dice a sus discípulos: «permaneced en
mi amor» (Jn 15,10). Los monjes están llamados a permanecer
en su amor.
Nuestro
mundo es lo más parecido a un mercado. Todo el mundo
compite por captar la atención de los demás e intentar
convencerles de que lo que venden es necesario para
que su vida vaya bien. En todo momento se nos dice lo
que necesitamos para ser felices: un microondas, un
ordenador, unas vacaciones en el Caribe o incluso una
nueva marca de jabón. Resulta tentador para cualquier
religión entrar en este mercado e intentar gritar como
un competidor más. Así, la religión sería necesaria
para ser feliz, para tener éxito e incluso para ser
rico. Una de las razones del rápido crecimiento de las
sectas en Hispanoamérica es, precisamente, que prometen
salud y dinero. Así el cristianismo llega a la plaza
del mercado y se presenta como una opción válida. Esta
semana le toca al yoga; la próxima, a la aromaterapia.
¡A ver cuándo podremos persuadir a la gente de que pruebe
el cristianismo...! Recuerdo que una vez vi en los servicios
de un bar de Oxford una pintada escrita en letras pequeñas
en una esquina del techo. Decía: «Si has llegado a leer
en este sitio tan recóndito, entonces es que estás buscando
algo. ¿Por qué no pruebas la Iglesia Católica?».
No
hay duda de que necesitamos que haya cristianos por
ahí fuera gritando junto a los demás, uniéndose al bullicio
del mercado, intentando captar la atención de la gente.
Ése es el lugar que les corresponde, por ejemplo, a
los Franciscanos y a los Dominicos. Pero los monasterios
encarnan otra verdad fundamental. En última instancia,
adoramos a Dios, no porque sea importante para nuestras
vidas, sino únicamente porque Él es. La voz que se escuchaba
en la zarza ardiente proclamaba: «Soy el que soy». Lo
que importa no es que Dios sea válido para nosotros,
sino que en Dios encontramos la revelación de todo aquello
que es verdaderamente valioso, el norte de nuestra existencia.
Me parece que aquí radicaba precisamente el secreto
de la autoridad única del Cardenal Hume. No intentó
poner en venta la religión, hacer «marketing» mostrando
que el catolicismo era el ingrediente secreto que podía
proporcionar éxito a una vida. El no era más que un
monje que oraba. En el fondo, la gente sabe que cuando
un dios tiene que demostrarnos su utilidad, no merece
la pena ser adorado. Un dios que tiene que ser importante
no es Dios. La vida de los monjes da testimonio de que
a Dios no se le puede atribuir ningún valor, puesto
que las cosas sólo encuentran su valor si están en relación
con Dios. Las vidas de los monjes lo testimonien al
no hacer nada en concreto, excepto permanecer en Dios.
Sus vidas tienen en su centro un vacío similar al espacio
que existía entre las alas de los querubines. Es ahí
donde podemos vislumbrar la gloria de Dios.
Quizá
el papel del abad sea precisamente el de ser la persona
que, de manera evidente, no hace nada en concreto. Otros
monjes pueden desempeñar un oficio particular, como
ser mayordomo o enfermero, encargarse de la granja o
de la imprenta. Pero yo me atrevería a ser tan osado
como para proponer que el abad sea la persona que custodie
la identidad más profunda de los monjes como aquellos
que no tienen nada concreto que hacer, excepto ser monjes.
Hubo un dominico inglés, Bede Jarret, que fue provincial
durante muchos años, famoso predicador y prolífico escritor
de libros. Sin embargo, parecía que nunca hacía nada.
Cuando le visitaban, se dice que habitualmente se le
encontraba ocioso. Si se le preguntaba qué hacia, normalmente
respondía: «estoy esperando a que alguien venga». Llevó
a la perfección el arte de hacer mucho mientras parecía
hacer muy poco. La mayoría de nosotros -y me incluyo
a mí mismo- hacemos lo contrario: siempre afirmamos
estar muy ocupados.
La
gente abarrota los monasterios, ve a los monjes, se
queda para el canto de las Vísperas... ¿Cómo pueden
descubrir que esta «nada» que hacen los monjes es la
revelación de Dios? ¿Por qué no piensan, por el contrario,
que los monjes no son más que unos vagos, unas personas
sin ambición, incluso unos fracasados que no son competitivos
en la lucha diaria de la vida por ganarse el pan? ¿Cómo
pueden vislumbrar que es Dios el que está en el centro
de sus vidas? Sospecho que lo hacen cuando escuchan
su canto. La autoridad que está detrás de esa interpelación
que siente la gente se encuentra en la belleza de la
alabanza que ustedes elevan a Dios. Unas vidas que no
tienen ningún propósito especial son para los demás
un rompecabezas y un interrogante. «¿Por qué están ahí
esos monjes y qué fin tienen sus vidas? ¿Cuál es su
propósito?». Lo que pone de manifiesto la razón por
la que ustedes están ahí es la belleza de la alabanza
de Dios. Tengo que confesar que yo no era muy religioso
cuando era un joven estudiante en la abadía de Downside.
Fumaba detrás de las aulas y me escapaba por la noche
a los bares. Casi fui expulsado de la escuela por leer
durante la bendición un conocido libro de mala fama,
El amante de Lady Chatterley. Si
algo me mantuvo anclado en mi fe, no fue otra cosa que
la belleza que descubrí allí: la belleza del Oficio
cantado, la luminosidad del amanecer en la abadía, el
resplandor del silencio. Era la belleza que ya no me
dejaría escapar.
Seguramente
no es casual que el gran teólogo de la belleza, Hans
Urs von Balthasar, recibiera su primera educación en
Engelberg, un colegio benedictino famoso por su tradición
musical. Balthasar habla de la «auto-manifestación»
de la belleza, de su «intrínseca autoridad». No se pueden
poner en duda las interpelaciones que la belleza nos
hace, ni tampoco descartarlas. Y aquí radica, probablemente,
la forma más importante de autoridad que Dios puede
tener en nuestra época, en la que el arte se ha transformado
en un tipo de religión. Poca gente va a misa los domingos,
pero millones van a conciertos, galerías de arte o museos.
En el arte podemos vislumbrar la gloria de la belleza
de la sabiduría de Dios, que danzó en el momento en
que creó el mundo, que fue creado «más bello que el
sol» (Sab 7). En los LXX, cuando Dios hizo el mundo,
vio que era bello. La bondad nos congrega bajo la forma
de lo bello. Cuando la gente escucha la belleza del
canto, entonces puede verdaderamente adivinar por qué
los monjes están ahí y cuál es el centro secreto de
sus vidas: la alabanza de la gloria. Era costumbre de
Dom Basil que, cuando hablaba de los más profundos deseos
de su corazón, lo hacía en términos de belleza: «¡Qué
experiencia tan maravillosa seria si pudiera conocer
aquello que, entre las cosas más bellas, fuese lo más
hermoso...! Ésta sería la experiencia más elevada de
todas las experiencias de alegría y de plenitud total.
Yo llamo Dios a la más bella de todas las cosas»
Y
si sucede, como Santo Tomás de Aquino pensaba, que la
belleza es verdaderamente la revelación del bien y la
verdad, entonces forma parte de la vocación de la Iglesia
ser lugar de revelación de la verdadera belleza. Una
gran parte de la música moderna, incluida la que se
escucha en las iglesias, es tan trivial que es una parodia
de la belleza. Ese mal gusto ha sido descrito como la
«pornografía de lo insignificante». Quizá lo sea porque
hemos caído en la trampa de ver la belleza en términos
utilitarios, en lo que es útil para entretener a la
gente, en lugar de ver que lo que es verdaderamente
bello revela el bien.
Espero
que no piensen que es demasiado extravagante el que
yo considere que la vida monástica es bella en sí misma.
Cuando leí la Regla, quedé fascinado al ver que dice
al principio que «se llama regla porque regula las vidas
de los que la obedecen». La «regula» regula. Inicialmente,
eso puede dar la impresión a un dominico de un excesivo
control. Desde mi experiencia, puedo decirles que resulta
muy difícil regular a los frailes. Pero puede que la
palabra «regula» no sugiera control, sino medida, ritmo,
vidas que tienen un aspecto y una forma determinados.
Probablemente sugiera la disciplina de la música. San
Agustín consideraba que vivir en la virtud era vivir
musicalmente, estar en armonía. Amar al prójimo era,
según decía, «guardar
el orden musical». La gracia es gratuidad, y la
vida que se vive en la gracia es bella.
Por
eso, es el canto de la liturgia, una vez más, lo que
revela el significado de nuestras vidas. Santo Tomás
decía que la belleza en la música estaba esencialmente
unida a la «temperancia». Nada debería nunca ser excesivo.
La música debe mantener igualmente el compás adecuado:
ni demasiado rápido ni demasiado lento. Se debe mantener
siempre la medida adecuada. Y Santo Tomás pensaba que
la vida atemperada nos mantenía jóvenes y bellos. Lo
que parece que la Regla ofrece es una vida mesurada,
que no tenga nada de excesiva. Lo que no alcanzo yo
a saber es si, a causa de este género de vida, los monjes
permanecen más jóvenes y bellos que los demás. La Santa
Regla comenta cómo en el pasado los monjes no bebían
en absoluto, pero, «dado que no se les puede convencer
en la actualidad de dejar el vino, que lo beban al menos
con moderación». Que nada sea excesivo.
Recuerdo
que mi tío abuelo, benedictino, sentía un gran amor
por el vino y consideraba que era necesario para su
salud. Dado que llegó casi a ser centenario, es de suponer
que probablemente tenía razón. Convenció a mi padre
y a mis tíos para que le tuvieran bien provisto de botellas
de clarete. Supongo que este tipo de vino podría ser
llamado «moderado», de acuerdo con la Regla, que establece
que se beba una hemina (Regla de San Benito, 40). Cuando
metía a escondidas botellas en el monasterio, los monjes
siempre se preguntaban qué era lo que causaba el tintineo
que se escuchaba en su bolsa. Ya antes de meter las
botellas, con ayuda de los sobrinos, había preparado
complicadas explicaciones.
Cuando
los monjes cantan, vislumbramos la música que son sus
vidas, siguiendo el ritmo y el compás de la melodía
de la Regla de San Benito. La gloria de Dios se entroniza
en las alabanzas de Israel.
Ir
a ninguna parte
Las
vidas de los monjes dan que pensar a los que se encuentran
fuera del monasterio, no sólo porque ustedes no desempeñan
ninguna función particular, sino también porque sus
vidas no van a ninguna parte. Como los miembros de todas
las órdenes religiosas, sus vidas no adquieren forma
o significado ascendiendo un escalafón o siendo promovidos.
Somos tan sólo hermanos y hermanas, frailes, monjes
y monjas. Nunca podemos aspirar a más. Un soldado o
un universitario que tenga éxito puede subir procesionalmente
a través de diversos grados. Sus vidas demuestran su
valor, porque son promovidos hasta ser catedráticos
o generales. Pero eso no se cumple en nuestro caso.
La única escala que existe en la Regla de San Benito
es la escala de la humildad. Estoy seguro de que los
monjes, al igual que los frailes, algunas veces alimentan
deseos secretos de hacer carrera y sueñan con la gloria
de ser mayordomos o incluso abades. Creo que muchos
monjes se miran al espejo imaginándose cómo estarían
con pectoral, o incluso con mitra, y puede que alguno
esboce una bendición cuando cree que nadie le mira.
Pero bien sabemos todos que nuestras vidas adquieren
su forma, no por ser promovidos, sino porque nos encontramos
en camino hacia el Reino. La Regla se nos da, dice San
Benito, para apresurar nuestra llegada a nuestro hogar
celestial.
No
puedo olvidar un abad muy querido para mí que venía
habitualmente a pasar las Navidades con nuestra familia.
Era admirable en todo, excepto por una pequeña tendencia
que tenía a tomarse demasiado en serio eso de ser abad,
a diferencia, estoy seguro, de cuantos hoy están presentes
aquí. Esperaba siempre que toda la familia acudiera
a esperarlo a la estación de ferrocarril, y que los
seis hijos hiciéramos la genuflexión y besáramos el
anillo abacial en el andén cuatro. Este culto a la reverencia
estaba tan dentro de mi familia, que una prima mía creía
que tenía que hacer también la genuflexión cuando la
colocaban en su butaca del cine. Siempre que nuestro
abad familiar venía de visita, se daba el combate anual
a causa de la celebración de la misa. Él defendía con
vigor que, como abad, tenía derecho a cuatro candelabros
de plata, pero mi padre insistía en que, en su casa,
todos los sacerdotes tenían el mismo numero de candelabros.
Para
la mayoría de la gente de nuestra sociedad, una vida
así no tiene ningún sentido, puesto que tienen claro
que la vida es una lucha por el éxito: avanzar o morir.
Por eso nuestras vidas son para ellos un rompecabezas,
un signo interrogativo. Aparentemente, no van a ninguna
parte. Uno se nace monje o fraile y no necesita nunca
ser nada más. Recuerdo que, cuando fui elegido Maestro
de la Orden, un periodista muy conocido escribió un
artículo en el New
Catholic Reporter que concluía señalando que al
final de mi período como Maestro tendría sólo 55 años.
«¿Qué hará entonces Radcliffe?», se preguntaba. Cuando
leí este artículo, me quedé preocupado. Sentí como si
el significado de mi vida me estuviera siendo robado
y fuera forzado a adaptarse a categorías nuevas. ¿Qué
haría entonces Radcliffe? Esta pregunta implicaba que
mi vida sólo tendría sentido a través de una nueva «promoción».
Pero ¿por qué debería hacer cualquier otra cosa que
no fuera seguir siendo un hermano? Nuestras vidas tienen
sentido porque hay en ellas una ausencia de ascenso
en la que se puede revelar la gloria de Dios.
Una
vez más, deseo afirmar que es precisamente en el canto
del Oficio Divino, en el que recordamos la dilatada
historia de la redención, donde adquieren sentido las
observaciones que estoy haciendo. A principios de año
fui a visitar la catedral de Monreale, en Sicilia, que
se encuentra junto a una antigua abadía benedictina.
Tenía muy poco tiempo libre, pero me habían dicho que
quien visita Palermo y no visita Monreale llega como
persona, pero termina su estancia en Sicilia como asno.
Y verdaderamente fue una experiencia asombrosa. La totalidad
del interior de la iglesia es un deslumbrante puzzle
de mosaicos que relata la historia de la creación y
la redención. Entrar en esa iglesia es encontrar el
lugar propio dentro de la historia, dentro de nuestra
historia. Ésta es la verdadera historia de la humanidad,
y no la que relata la lucha por encaramarse en lo más
alto del árbol. Estas escenas muestran la revelación
de la estructura del tiempo real. La verdadera historia
no es la del éxito individual, la de la promoción y
el ascenso, sino la historia del viaje de la humanidad
hacia el Reino, que se celebra cada año durante el ciclo
litúrgico, desde Adviento hasta Pentecostés, y que alcanza
su vértice en el color verde del tiempo ordinario, que
es nuestro tiempo real.
Éste
es el tiempo verdadero,
el tiempo que abarca todos los pequeños acontecimientos
y dramas de nuestras vidas. Éste es el tiempo que reúne
esos pequeños dramas que suceden en el curso de nuestra
existencia, las pequeñas derrotas y victorias, otorgándoles
un sentido. La celebración monástica del año litúrgico
debería ser una revelación de este tiempo verdadero,
que es la única historia que tiene importancia. Cada
uno de los diferentes tiempos que se suceden a lo largo
del año (tiempo ordinario, Adviento, Navidad, Cuaresma
y Pascua) deberían ser sentidos de manera distinta,
con melodías diferentes, colores diversos, tan distintos
como distinta es la primavera del verano, y el verano
del otoño. Tendrían que ser tan peculiares como para
dejarse diluir por los otros ritmos que se dan en nuestras
vidas, como el año financiero, el año académico, los
años que cumplimos mientras envejecemos. Uno de nuestros
hermanos, Kim en Joong, pintor dominico coreano, ha
diseñado unas magníficas casullas que son una verdadera
explosión de colores, en función de las estaciones.
Con
frecuencia, la liturgia actual no comunica en absoluto
este tipo de sentimientos. Cuando se asiste a las vísperas,
podría ser cualquier tiempo del año. Sin embargo, en
nuestra comunidad de Oxford, en la que viví durante
veinte años, compusimos antífonas para cada tiempo del
año. Todavía hoy, cuando estoy de viaje, puedo escucharlas
en mi interior. A mí, el Adviento me sugiere un determinado
himno, con antífonas propias para el Benedictus
y el Magníficat. La llegada de la Navidad
se sabe que es inminente gracias al canto de las excepcionales
«antífonas de la O». La Semana Santa se asocia a las
Lamentaciones de Jeremías. El ritmo del año litúrgico
ha de ser vivido como el ritmo más profundo de nuestras
vidas. La liturgia monástica nos recuerda que el lugar
al que nos dirigimos no es otro que el Reino.
Quisiera
añadir un matiz final. Es fácil decir que los religiosos
viven para que venga el Reino, pero, de hecho, a menudo
no estamos en esa tónica. El año litúrgico traza el
camino real hacia la libertad pero muchas veces no transitamos
por él. De acuerdo con Santo Tomás, podemos decir que
la formación, especialmente la formación moral, siempre
es una formación para la libertad. Pero la entrada en
la libertad es lenta y costosa, no está exenta de errores,
de equivocaciones y de pecado. Dios nos libera de la
esclavitud de Egipto y nos conduce a la libertad del
desierto; pero nosotros nos asustamos y nos esclavizamos
a nosotros mismos, adorando al becerro de oro o intentando
volver a Egipto. El verdadero drama de la vida cotidiana
del monje no consiste en saber si va a ascender en el
escalafón de sus funciones, sino en el aprendizaje de
la libertad, con lo que conlleva de frecuentes caídas
en el infantilismo y la esclavitud. ¿Cómo daremos sentido
a nuestro lento ascenso hacia la libertad de Dios y
nuestras frecuentes bajadas hacia la esclavitud? Una
vez más, quizá podamos encontrar la clave en la música.
San
Agustín escribió una historia de la humanidad en la
que ésta aparece como una partitura musical en la que
son posibles todas las disonancias y desafinaciones,
pero que, a la postre, se resuelve en un final en el
que todo encuentra su lugar adecuado. En su magnífica
obra, De música, escribió que «la disonancia puede ser redimida sin
ser destruida». La historia de la redención es como
una gran sinfonía que abraza todos nuestros errores
y equivocaciones, y en la que, al final, la belleza
triunfa. La victoria no consiste en que Dios borre nuestras
notas desafinadas o niegue su existencia, sino en que
Él encuentra para ellas un sitio adecuado en la sinfonía
musical que las redime. Esta melodía culmina en la Eucaristía.
En palabras de Catherine Pickstock, «la música más elevada que existe en
el mundo caído, la música redentora... no es otra que
el reiterado sacrificio del mismo Cristo, que es la
música de la Eucaristía eternamente repetido».
La
Eucaristía es la repetición del momento culminante de
la historia dramática de nuestra liberación. Jesucristo
nos da libremente su cuerpo, pero los discípulos lo
rechazan, reniegan de él, huyen lejos de él, pretenden
no conocerlo. En la música de nuestra relación con Dios
encontramos enormes disonancias. Pero en la Eucaristía
quedan unidas, abrazadas y transfiguradas por la belleza,
en un gesto de amor y de donación. En esa música de
la Eucaristía somos rehechos, recreados, y volvemos
a encontrar la armonía. Es una resolución armónica que
no borra nuestras negaciones del amor y la libertad,
ni pretende hacer creer que nunca han existido, sino
que las transforma en etapas de nuestro itinerario.
En nuestras celebraciones nos abrevemos a hacer memoria
de la debilidad de los apóstoles.
Así
el monje significa con su vida que el término es el
Reino. Nuestra historia es la historia de la humanidad
en su caminar hacia el Reino. Lo escenificamos en el
ciclo anual del año litúrgico, desde la Creación hasta
el Reino. Pero el drama cotidiano de la vida del monje
es más completo, con sus luchas y sus fallos en el camino
de la libertad. La sinfonía anual de la peregrinación
hacia el Reino necesita ser acompañada por la música
cotidiana de la Eucaristía, reconociendo que continuamente
nos negamos a tomar el camino de Jerusalén que conduce
a la muerte y a la resurrección, y que preferimos la
esclavitud. Necesitamos reencontrarnos cada día en la
música de la Eucaristía, en la que ninguna disonancia,
por fuerte que sea, queda fuera del alcance de la resolución
creadora de Dios.
EI
espacio interior
Finalmente,
llegamos a lo que constituye el elemento fundamental
de la vida monástica, lo que es más bello y difícil
de describir, es decir, la humildad. Es lo que resulta
menos inmediatamente visible a la gente que viene a
visitar sus monasterios y, a pesar de ello, es la base
de todo lo demás. En palabras del Cardenal Hume, «es
muy hermoso ver la humildad en otro; pero el proceso
de hacerse humilde es verdaderamente arduo». Es
la humildad la que crea en nosotros para Dios un espacio
vacío en el que Él pueda habitar y contemplar su gloria.
En última instancia, es la humildad la que hace de nuestras
comunidades el trono de Dios.
Nos
resulta difícil hoy encontrar palabras para hablar de
la humildad. Nuestra sociedad nos invita a cultivar
las actitudes opuestas, como la afirmación propia y
una burda confianza en uno mismo. Las personas que tienen
éxito se esfuerzan agresivamente por seguir subiendo.
Hoy nos acobardamos cuando leemos, en el séptimo grado
de la humildad, que debemos aprender a decir con el
profeta: «soy un gusano, no un hombre». ¿Acaso porque
somos demasiado orgullosos? ¿O será porque estamos inseguros
de nosotros mismos y no tenemos confianza en nuestro
valor? Quizá no nos abrevemos a decir que somos gusanos
porque nos asusta el temor de que sea verdad.
¿Cómo
podemos construir comunidades que sean signos vivientes
de la belleza de la humildad? ¿Cómo podemos mostrar
el poder de atracción de la humildad en un mundo marcado
por la agresividad? Sólo ustedes pueden dar respuesta
a estas preguntas. San Benito fue el gran maestro de
la humildad, que no estoy yo muy seguro de que haya
sido la virtud más eminente de muchos dominicos. Sin
embargo, me gustaría hacer una pequeña propuesta. Cuando
pensamos en la humildad, puede que la consideremos como
una cosa extremadamente personal y privada: me contemplo
a mí mismo y veo mi indignidad. Al profundizar en mi
interior, descubro en mí muchas cualidades propias de
un gusano. Ésta es, cuando menos, una perspectiva deprimente.
Quizá lo que pretende San Benito es invitarnos a hacer
algo infinitamente más liberador: construir una comunidad
en la que nos liberemos de toda rivalidad, competición
y lucha por el poder Un nuevo tipo de comunidad que
quede estructurada por la deferencia mutua y la recíproca
obediencia. Una comunidad en la que nadie esté en el
centro, sino que en el centro haya un espacio vacío,
un vacío que se llene con la gloria de Dios. Esto conlleva
un gran desafío a la imagen que hoy tenemos del yo,
que es un yo solitario, absorto en sí mismo, centro
del mundo, eje en torno al cual gravita todo. En el
corazón de esta identidad está la conciencia de sí mismo:
«Pienso, luego existo».
La
vida monástica nos invita a desplazar el centro y entrar
en el campo de gravedad de la gracia. Nos invita a descentramos.
Una vez más, encontramos a Dios revelado en un vacío,
en una oquedad: esta vez es el espacio hueco que se
encuentra en el centro de la comunidad y está reservado
para Dios. Tenemos que preparar un hogar para la Palabra,
para que venga y habite entre nosotros; un espacio para
que Dios exista. Siempre que estemos compitiendo para
estar en el centro, no hay espacio para Dios. Por eso
la humildad no puede consistir en el desprecio de sí
mismo, sino que consiste en configurar, vaciándolo,
el corazón de la comunidad para abrir un espacio en
el que la Palabra pueda poner su tienda.
Una
vez más, pienso que es en la liturgia donde se pone
de manifiesto esta belleza. Dios queda entronizado en
las alabanzas que eleva el Pueblo de Israel. Cuando
la gente ve a los monjes cantando la alabanza de Dios,
puede vislumbrar la libertad y la belleza de la humildad.
En la Edad Media se creía que una música buena y armoniosa
iba pareja con la construcción de una comunidad igualmente
armoniosa. La música cura el alma y la comunidad. No
podemos cantar juntos si cada uno de nosotros está luchando
por cantar más alto, compitiendo por que le iluminen
en el escenario. De manera parecida, estoy seguro de
que, cuando se canta juntos en armonía, cuando se aprende
a cantar la nota que corresponde a cada uno, cuando
se aprende a encontrar el lugar propio en la melodía,
ésta nos hace hermanos, mostrando a los demás cómo es
posible vivir juntos sin competencia ni rivalidad.
¿Cuál
es el papel del abad en todo esto? No sé si contarlo,
pero entre los dominicos sólo hemos tenido un abad,
un tal Matthew, que fue más bien un desastre; por eso
no hemos tenido nunca ninguno más. Pero seguramente
todos los superiores religiosos tienen la función de
asegurar que haya un espacio en el que Dios se encuentre
en el centro. Por eso el abad, por decirlo de alguna
manera, ha de ser la persona que rechace el imponerse
y dominar en el canto, ahogando las voces de los otros
monjes, apropiándose del centro, siendo el Pavarotti
de la abadía. Debe dejar que la armonía gobierne. Se
puede ver si una comunidad vive en armonía cuando se
escucha su canto. Y también se puede ver lo diferentes
que son los benedictinos de los dominicos en la manera
de cantar.
El
punto culminante de la humildad es cuando uno descubre
que no sólo no es el centro del mundo, sino que ni siquiera
es el centro de sí mismo. No sólo hay un vacío en el
centro de la comunidad, destinado a que Dios ponga su
morada en él, sino también un hueco en el centro de
nuestro ser, donde Dios puede poner su tienda. Soy una
criatura a la que Dios otorga su existencia en cada
momento. En los mosaicos de Monreale se puede ver cómo
Dios modela a Adán. Dios le da la respiración y le sostiene
en el ser. En el corazón de mi existencia, no estoy
solo. Dios está ahí, dándome el aliento en cada momento,
dándome la existencia. En mi centro no hay un yo solitario,
no hay un ego cartesiano, sino un espacio que se llena
con Dios.
Quizá
sea ésta la vocación última del monje: mostrar la belleza
de esa oquedad; ser, individual y comunitariamente,
templos destinados a que la gloria de Dios habite en
ellos. A estas alturas, ya no se sorprenderán si afirmo
que eso se revela en el canto de las alabanzas del Señor.
Llegado a este punto, quisiera ir más allá de los limites
de mi capacidad. Sin embargo, sólo haré una pequeña
incursión en este campo, que es verdaderamente fascinante.
Si ustedes consideran que lo que digo no tiene sentido,
probablemente tengan razón.
Toda
creación artística refleja en sí la primera creación.
En el arte nos acercamos a vislumbrar lo que ha supuesto
para Dios crear el mundo de la nada. La originalidad
en el arte hace que nos remontemos hasta el origen de
todo cuanto existe. Todo poema, pintura, escultura o
pieza musical nos da una pista de lo que crear puede
suponer para Dios. George Steiner escribió: «En
el fondo de todo acto de creación artística yace el
sueño de dar un salto absoluto para salir de la nada,
el sueño de poder formular un enunciado en la mente
del que lo concibe tan nueva, tan singular que, literalmente,
dejaría atrás todo el mundo preexistente».
Dentro
de la tradición cristiana, esto se ha verificado particularmente
en la música. San Agustín dijo que es precisamente en
la música, en la que el sonido sale del silencio, donde
podemos ver lo que significa que el universo está fundado
en la nada, que sea contingente, y que nosotros seamos,
por tanto, criaturas. «En
la alternancia de sonidos y silencios en la músico ve
Agustín una manifestación de la alternancia entre el
venir a la existencia y el pasar al no ser que caracteriza
al universo creado de la nada». En la música escuchamos,
citando de nuevo a Steiner, «el siempre renovado vestigio del original,
el nunca totalmente accesible momento de la creación...
el inaccesible primer fiat». Es el eco del «Big
bang» o, como dice Tavener, el pre-eco del divino silencio.
En
el corazón de la vida monástica se encuentra la humildad.
No la humildad opresiva y deprimente de los que se odian
a sí mismos, sino la humildad de quienes se saben criaturas
y ven su existencia como un don. Y así es absolutamente
verdad que en el centro de sus vidas debe estar el canto.
Puesto que en el canto podemos mostrar cómo Dios hace
que todo exista. Y ustedes cantan la Palabra de Dios,
por la que todo ha sido creado. Es ahí donde podemos
ver una belleza que es mucho más que simplemente placentera.
Es la belleza que celebra que hemos sido creados y recreados.
En el centro de nuestro ser ha puesto Dios su morada
y su trono.
Para
concluir, me gustaría recordar que lo que he intentado
exponer en esta charla es que la gloria de Dios siempre
necesita un espacio, un vacío para automanifestarse.
Es el vacío que existía entre las alas de los querubines
en el Templo; la tumba vacía, el Jesús que desaparece
en Emaús. Lo que he propuesto es que, si ustedes dejan
que esos espacios vacíos se produzcan en sus vidas,
siendo personas que no desempeñen sus funciones por
ninguna razón en concreto, cuyas vidas no llevan a ningún
sitio y que arrostran su condición de criaturas sin
temor, entonces sus comunidades serán tronos de la gloria
de Dios.
Lo
que esperamos ver en los monasterios es más de lo que
podemos decir. La gloria de Dios es más de lo que nuestras
palabras pueden expresar. El misterio rompe nuestros
pequeños conceptos ideológicos. Como Santo Tomás de
Aquino, vemos que lo único que podemos decir es sólo
paja. ¿Significa eso que tan sólo podemos guardar silencio?
No, porque los monasterios no son sólo lugares de silencio,
sino también de canto. Tenemos que encontrar modos de
cantar que rocen los límites del lenguaje, que estén
en el filo del sentido. Es lo que llama San Agustín
la canción de júbilo, y es lo que podemos aprender a
cantar en el Año jubilar.
«Preguntáis qué es lo que es cantar con júbilo. Significa darse
cuenta de que las palabras no son suficientes para expresar
lo que cantan nuestros corazones. Durante la vendimia,
en el viñedo, siempre que los jornaleros deben trabajar
duro, empiezan a cantar cantos que expresan alegría.
Pero cuando su alegría rebosa, y no bastan las palabras,
abandonan incluso esto coherencia y se dan por completo
al canto. ¿Qué es este júbilo, esta canción exultante?
Es la melodía que expresa que nuestros corazones arden
con sentimientos que las palabras no pueden expresar.
¿Y a quién se atribuye de un modo más adecuado este
júbilo? Seguramente a Dios, que es inexpresable».

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