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carta se dirige en primer lugar a vosotras, monjas,
porque trata de vuestra vida. Quiero dar gracias a Dios
por vuestra presencia en el centro de la Orden. Con
frecuencia durante las agitadas visitas canónicas,
los momentos pasados en los monasterios han sido momentos
de alegría, de risas y de refrigerio. Yo no soy
monja, por tanto ¿qué tengo que decir
sobre vuestra vida? También yo, como vosotras,
soy dominico llamado a la contemplación. Habéis
compartido abiertamente conmigo vuestras esperanzas
para la renovación de la vida contemplativa en
el corazón de la Orden, y los retos que afrontáis.
Por eso, en esta carta deseo compartir con todas las
monjas el fruto de nuestras conversaciones. Perdonadme,
si alguna vez da la impresión de no haber entendido
vuestra vocación. La Orden sólo florecerá
si nos atrevemos a decir lo que está en nuestros
corazones, confiados en ese perdón.
También
quiero compartirla con toda la Familia Dominicana. Antes
de morir, Santo Domingo “encomendó las
monjas, como parte que eran de la misma Orden, a la
solicitud fraterna de sus frailes” (LMC 1 §
I). La primera comunidad dominicana que fundó
fue la de las monjas de Prulla, y una de sus últimas
preocupaciones fue la construcción del monasterio
de Bolonia: “Es absolutamente necesario, hermanos,
que se edifique una casa de monjas, aunque esto signifique
dejar por un tiempo el trabajo en nuestra propia casa”
. Es decir, los monasterios están confiados a
todos nosotros. Y nosotros estamos encomendados a la
oración y cuidado de las monjas. Esta reciprocidad
pertenece al corazón de la Orden. Por lo tanto,
aunque me dirija directamente a las monjas, espero que
todos los dominicos la leerán a escondidas.
1.
Una vida contemplativa
Los monasterios no son la rama contemplativa de la Orden.
No podemos dejar la contemplación para las monjas.
Todos nosotros estamos llamados a ser contemplativos,
y la renovación de la vida contemplativa es uno
de los desafíos más grandes a los que
se enfrenta la Orden. Estoy dudando en dar una definición
de “contemplación”, pero ¡seamos
audaces! Por contemplación entiendo nuestra búsqueda
de Dios, que lleva a nuestro encuentro con el Dios que
viene a nuestro encuentro. Buscamos a Dios en el silencio
y en la oración, en el estudio y en el debate,
en la soledad y en el amor. Con todas las facultades
del corazón y de la mente, buscamos las huellas
de Dios. Pero Dios nos encuentra cuando menos lo esperamos.
María Magdalena, la primera Patrona de la Orden,
es una verdadera contemplativa, tanto cuando busca el
cuerpo de Jesús como cuando se sorprende al oír
su nombre pronunciado por el Señor Resucitado.
Nuestra oración brota de este deseo profundo.
Como dijo Catalina, “El deseo mismo es ya oración”.
Fr.
Vicente de Couesnongle habló de “la contemplación
de la calle” . La Palabra se ha hecho carne y
habita entre nosotros, en los más pequeños
de nuestros hermanos y hermanas” (Mt 25), en nuestras
familias, en los lugares de trabajo, en nuestros amigos
y en nuestros enemigos, en las horas de gozo y de desolación.
La Palabra está ahí, sólo basta
que abramos los ojos para verla. Eric Borgman, un laico
dominico holandés, escribió: “Los
dominicos están convencidos de que el mundo en
que vivimos, turbulento e inquieto, a veces violento
y aterrador, es al mismo tiempo el lugar donde lo sagrado
sale a la luz, el lugar donde encontramos y escuchamos
–‘contemplamos’- a Dios” . De
ahí que todo dominico está llamado a la
contemplación, ya sean laicos, religiosas, frailes
o monjas. Nuestra más grande contemplativa, Santa
Catalina de Siena, fue una laica.
Predicar
es un acto contemplativo. Don Georgen escribió:
“En la predicación el buscador y lo buscado
se juntan, lo perdido y lo encontrado. Dios nos encuentra
en medio de nuestras mismas palabras que intentan hacerle
evidente. Dios nunca nos abandona” . Predicar
no es simplemente abrir la boca y hablar. Comienza con
la escucha silenciosa del evangelio, la lucha por comprender,
la oración para la iluminación, y concluye
con las reacciones de los oyentes. Cuando yo era fraile
joven, recuerdo la visita de un obispo, del que se esperaba
que predicase, que dijo a uno de los frailes un minuto
antes de la Misa: “Si eres buen dominico, deberías
ser capaz de predicar ahora mismo sin preparación”.
El fraile respondió: “Precisamente porque
soy dominico, no creo que predicar sea simplemente decir
lo primero que me venga a la cabeza”.
Si
todos los dominicos están llamados a ser contemplativos,
¿cuál es entonces lo específico
de vuestra vida? Vuestra vida está enteramente
configurada por la búsqueda de Dios. La vocación
de la monja “es un llamada para todo el pueblo
cristiano a la fundamental vocación de cada uno
al encuentro con Dios” (Verbi Sponsa 4). Como
escribió Fr. Marie-Dominique Chenu, “la
vida mística no es fundamentalmente distinta
de la vida cristiana” . Vosotras no escapáis
de los dramas y las crisis de la vida humana ordinaria.
Los vivís más lisa e intensamente, conociendo
el gozo y desesperanza de toda vida humana, sin la protección
de muchas de las cosas que dan sentido a la mayoría
de las vidas humanas: el matrimonio, los hijos, una
carrera. El monasterio es el lugar donde no hay ningún
sitio para esconderse del interrogante fundamental de
cualquier vida humana. Una monja escribió: “Yo
entré en el monasterio no para huir del mundo,
ni para olvidar o ignorar su existencia, sino para estar
presente en él de un modo más profundo,
para vivir en el corazón del mundo, de una forma
escondida, pero creo que más real. Llegué
aquí no buscando una vida tranquila o seguridad,
sino para compartir, para embarcarme con el sufrimiento,
el dolor, las esperanzas de toda la humanidad”
.
Vuestras
vidas tienen sentido sólo si la búsqueda
de Dios conduce al encuentro en el huerto y a la escucha
del proprio nombre. Vuestra vida no tienen ningún
objetivo intermedio que conseguir a lo largo de los
días y los años. El monasterio es como
la cola en la parada del autobús, un signo de
esperanza de que vendrá el autobús. Esta
es la verdad de todos los que viven la vida monástica
de clausura. En una conferencia al Congreso de Abades
Benedictinos , sostenía que Dios a menudo se
nos muestra en la ausencia, en el hueco: el espacio
vacío entre las alas del querubín en el
Templo, y en última instancia en la tumba vacía
en el huerto. La vida de una monja y de un monje está
santificada por el vacío. Vuestras vidas están
vacías de finalidad, fuera de estar ahí
por Dios. No hacéis nada especialmente útil.
Pero este vacío es un espacio sagrado en el que
Dios pone su tienda y donde nosotros vislumbramos su
gloria.
Y
lo hacéis como monjas de la Orden de Predicadores.
La Iglesia hace un llamamiento a las contemplativas
de familias religiosas diferentes a que vivan de la
riqueza de su propia tradición y carisma –
benedictino, carmelita, franciscano o dominicano –
que “constituyen una espléndida colección
de variedad” . ¿Qué significa que
un monasterio sea dominicano? Compartiré lo que
he aprendido de vosotras, considerando cómo vuestras
vidas están marcadas por la Misión de
la Orden, por la vida comunitaria dominicana, por la
búsqueda de la Verdad, y por la pertenencia a
la Orden entera. Hay muchos otros aspectos de vuestra
vida que no voy a tocar, sólo éstos que
son centrales para vuestra identidad dominicana.
2.
Misión
¿Qué significa ser monja en una Orden
misionera? ¿Cómo es posible ser contemplativa
de clausura y misionera?
Ser enviada
Ser
misionera es literalmente ser enviada. Los frailes y
las religiosas pueden ser enviados en misión
a los confines de la tierra, como Jesús mandó
a los discípulos. Vosotras podéis ser
enviadas a fundar un nuevo monasterio o a reforzar un
monasterio que está débil, pero normalmente
permanecéis donde estáis. ¿En qué
sentido sois enviadas? Para Jesús ser enviado
por el Padre no fue ir de un sitio para otro. Él
no salió de viaje. Su verdadera existencia era
desde el Padre. Vosotras sois misioneras tanto como
los frailes, no yendo a parte alguna sino viviendo vuestras
vidas desde Dios y para Dios. Como dijo Jordán
a Diana, “tu papel en la quietud de tu casa y
el mío en mi continuo ajetreo de mis viajes lo
realizamos únicamente por su amor” . Vosotras
sois una Palabra predicada en vuestro ser.
El
séptimo modo de orar de Domingo era elevando
“todo su cuerpo hacia el cielo en oración,
como flecha en el arco apuntando al alto” . Vosotras
apuntáis a Dios como una flecha, simplemente
estando ahí, con ningún otro fin. Vosotras
sois una palabra para vuestros hermanos, hermanas y
laicos dominicos en vuestra vida, y una palabra para
el lugar donde se encuentra el monasterio. Lo he visto
muy claramente en lugares de sufrimiento, como Angola,
Nicaragua, en los barrios de grandes ciudades como Karachi,
o en el Bronx de Nueva York o en los suburbios de París.
En tales lugares un monasterio es una Palabra que se
hace carne y sangre, “llena de gracia y de verdad”
(Jn 1, 18).
María
Magdalena va a los apóstoles y les dice: “He
visto al Señor”. Algunas de vosotras quizá
estéis llamadas a predicar a través de
los libros. Muchos de los teólogos más
importantes han sido monjes y monjas, y esto sería
algo especialmente apropiado para una monja dominica.
El LCM 106 § II es explícito en que el trabajo
de las monjas puede ser también intelectual.
También
podéis ser enviadas a hacer nuevas fundaciones.
Olmedo es una inspiración, con sus ocho fundaciones
en cuatro continentes. La Orden está creciendo
en muchas partes del mundo, sobre todo en Asia, y nosotros
estamos incompletos sin vosotras. Algunas veces vosotras
habéis ido antes que nosotros. Puede implicar
gran coraje enviar monjas a fundar un nuevo monasterio,
sobre todo porque son quienes dan más a sus comunidades
las que serían capaces de tal aventura. Recordad
el coraje de Domingo, que dispersó a los frailes
tan pronto como se fundó la Orden, para que la
semilla produjera fruto.
Compasión
La
compasión es parte de vuestra misión,
que perpetúa el carisma de Domingo “para
con los pecadores, los pobres y los afligidos, llevándolos
en el sagrario íntimo de su compasión”
(LCM 35 § I). El Dios de Domingo es un Dios de
misericordia. Compasión significa ir liberándose
de esa dureza de corazón que se manifiesta en
el juicio sobre los otros, despojarse de la armadura
que mantiene a los demás a raya, aprender la
vulnerabilidad ante el dolor y desorientación
del otro, escuchar su grito de ayuda. Esto lo aprendemos
ante todo en nuestras comunidades. ¿Nos atrevemos
a conmovernos por el sufrimiento de la hermana que está
a nuestro lado? ¿Osamos arriesgarnos a oír
sus peticiones de ayuda a medio expresar? Si no, ¿cómo
podemos encarnar la compasión de Domingo por
el mundo?
Compasión
es más que un sentimiento, es abrir los ojos
para ver a Cristo entre nosotros todavía sufriente,
como Las Casas vio a Cristo crucificado en los indios
de La Española. Es una educación del corazón
y de los ojos lo que nos hace estar atentos al Señor
que está con nosotros en los agobiados y heridos.
La compasión es, así, verdaderamente contemplativa,
clarividencia. Como dice Borgman, “Conmoverse
e impresionarse ante lo que sucede a la gente y lo que
esto significa para ellos es un modo de percibir la
presencia de Dios. Compasión es contemplación
en el sentido dominicano” . Compasión contemplativa
es aprender a mirar a los otros de manera desinteresada.
De este modo está profundamente unida con la
pasión por un mundo justo. El compromiso de la
Orden con la justicia se queda con facilidad en ideológico
si no nace de la compasión contemplativa. “Una
sociedad que no entiende la contemplación no
entenderá la justicia, porque habrá olvidado
cómo mirar al otro desinteresadamente. Se refugiará
en generalidades, prejuicios, clichés egoístas”
.
La
compasión nos lleva más allá de
nuestras propias divisiones. El monasterio de Rweza
en Burundi está rodeado por la guerra. Las hermanas
proceden de diferentes grupos étnicos que están
en lucha, y todas han perdido miembros de su familia.
Cuando se las preguntó qué es lo que las
mantenía unidas, dijeron que la unidad es un
don de Dios que nunca podrían agradecer suficientemente.
También dijeron que escuchan juntas las noticias
por la radio, por más que sea doloroso. El compartir
ese dolor las hace uno.
Por
consiguiente, la compasión implica un conocimiento
de las necesidades de la Orden y del mundo. He visto
que en los monasterios florecientes hay a veces un deseo
de saber de la Orden y de sus necesidades, lo mismo
que Diana importunaba a Jordán pidiéndole
noticias de sus misiones. “¿Para qué
quieres que recemos?”. Existe una sed de entender
lo que sucede en lugares de guerra, tales como Argelia
o Ruanda. Por eso el monasterio necesita tener acceso
a la información y a un análisis real,
más bien que a noticias que simplemente entretienen,
para que podáis llevar a Dios las necesidades
del mundo.
Oración
La
compasión se desborda en oración. Los
primeros frailes siempre estaban pidiendo a las monjas
que rezasen por ellos porque tenían poco tiempo.
Raimundo de Peñafort se quejaba a la priora de
Bolonia de que estaba tan absorbido por los trabajos
de la corte papal que “a duras penas soy capaz
de alcanzar o, para ser del todo honrado, incluso de
ver desde lejos la tranquilidad de la contemplación…
Por eso es una gran alegría y un enorme consuelo
saber que me siento ayudado por vuestras oraciones”
. Jordán escribe a Diana: “Reza por mí
con frecuencia y con fidelidad al Señor, pues
lo necesito más que nunca a causa de mis muchos
defectos, pues raramente rezo” .
Esto
podría dar la impresión de que los frailes
y las monjas están empeñados en dos actividades
totalmente diferentes, los frailes en la predicación
y las monjas en la oración, lo mismo que en una
casa la esposa puede hacer la comida y luego dejar al
marido que friegue los platos, ¡si tiene suerte!
Pero en la predicación compartimos la palabra
que se nos da. Por ello orar esa palabra es parte del
acto de la predicación. No precede simplemente
a la predicación, como el cocinar precede al
fregado de los platos. Es parte de la venida de la Palabra,
y por eso las monjas están muy íntimamente
envueltas en el acto de la predicación. “La
misión de las monjas consiste en buscarle en
el silencio, pensar en Él e invocarlo, de tal
manera que la palabra que sale de la boca de Dios no
vuelva a él vacía, sino que prospere en
aquellos a quienes ha sido enviada” (LCM Fund.
I § 2). Para Jordán son las oraciones de
Diana y de su comunidad las que hacen su predicación
poderosa y las que atraen una riada de vocaciones.
Para
Santo Tomás de Aquino la forma más típica
de oración es la intercesión y la acción
de gracias. Pedimos a Dios lo que necesitamos y le agradecemos
cuando se nos concede. Esto puede sugerir un modo infantil
de estar en el mundo, como si fuésemos incapaces
de hacer nada por nosotros mismos. En realidad, es la
madurez de los que comprenden que todo es gracia. En
el mundo del consumismo, donde todo tiene un precio,
pedir se considera un fracaso. Pero, si vivimos en el
mundo real, creado por Dios, pedir lo que necesitamos
es ser auténticos, es el reconocimiento de que
Dios “es el autor de todos nuestros bienes”
. Más aún, es contestando a nuestras oraciones
como Dios a veces actúa en el mundo. Dios quiere
que pidamos, para que él pueda darlo en respuesta.
La oración no es forzar a Dios para que cambie
de opinión. Pertenece a la amistad que Dios nos
dé lo que pedimos. Por tanto, con vuestras oraciones
participáis en la acción de Dios en el
mundo.
La celebración de la liturgia
Otro
modo vuestro de oración es a través de
la pública y bella celebración de la liturgia,
como recomienda encarecidamente Venite Seorsum. En nuestra
sociedad existe un hambre de Dios, pero a menudo un
recelo de la doctrina. Sé por experiencia que,
en el momento en que uno empieza a predicar, en algunas
caras se ve que desconectan. Pero la belleza puede tocar
los resortes más profundos de nuestro anhelo
de Dios. La belleza nos atrapa sin esclavizarnos. Tiene
su propia autoridad, que es más profunda que
un argumento.
La
liturgia dominicana debe ser alegre . Domingo cantaba
con gozo. Jordán narra una historia sobre un
valdense amargado llamada Pedro, que no simpatizaba
mucho con los dominicos porque “los frailes eran
demasiado alegres y contagiosos del buen humor.”
. Él creía que los religiosos debían
estar serios y tristes. Y a continuación soñó
que estaba en un prado. “En él vio una
multitud de Frailes Predicadores en círculo,
con rostros risueños elevados hacia el cielo.
Uno de ellos tenía el Cuerpo de Cristo en sus
manos alzadas”. Se despertó “con
el corazón lleno de alegría” y entró
en la Orden. La alegría de la liturgia es parte
de nuestra predicación de la Buena Nueva. Nunca
olvidaré la alegría de las monjas de Nairobi,
bailando en torno al altar con el evangelio. El gozo
de la buena nueva era visible en su movimiento. ¡No
pude menos de bailar yo también!
3. Comunidad
Todas
las comunidades monásticas deben ser lugares
de amor mutuo donde Dios pone su morada. “Gracias
al amor recíproco que entraña, la vida
fraterna es un espacio teologal” (Verbi Sponsa
6). Pero la tradición dominicana tiene una comprensión
particular de la vida común. Vosotras hacéis
también los votos en la Regla de San Agustín,
teniendo presente que el fin para el que sois llamadas
“es vivir unánimes en la casa y tener un
solo corazón y una sola alma en Dios”.
Jesús llamó a los apóstoles a estar
con él antes de ser enviados a predicar. Para
vosotras, también, la vida común es parte
de vuestra predicación.
Comunidad y Amistad
La
tradición dominicana de comunidad está
profundamente marcada por cómo entendemos nuestra
relación con Dios. En la Iglesia hay dos tradiciones
principales. Una entiende nuestra relación con
Dios en términos esponsales, el amor del Esposo
y de la Esposa. La otra la ve en términos de
amistad. Ambas se encuentran en la Orden, pero nosotros
hemos mantenido viva sobre todo la teología de
amistad de Juan, que ha sido con frecuencia descuidada.
Para Santo Tomás de Aquino, el corazón
de la vida de Dios era la amistad del Padre y del Hijo,
que es el Espíritu Santo. En el Espíritu
somos amigos de Dios. De ahí que rezar es hablar
con Dios como con un amigo. Según Carranza, un
dominico español del siglo XVI, la oración
es “comunicar con Dios familiarmente… Es
tratar con Dios todas sus cosas, altas y bajas, las
del cielo y del suelo, las del alma y las del cuerpo,
lo mucho y lo poco; y abrirle el corazón y derramárselo
delante todo, sin que le quede nada dentro. Decirle
sus trabajos, sus pecados, sus deseos, y todo lo demás
que en el alma estuviere. Y descansar con Él,
como descansa un amigo con otro de quien se fía”
.
La
tradición esponsalicia también se encuentra
en la Orden, por ejemplo en Jordán de Sajonia,
Catalina de Siena e Inés de Langeac. Pero para
ellos este amor no es una relación privada con
Dios, sino que se encarna en el amor a los hermanos
y hermanas. “¿Cómo puedes amar a
Dios a quien no ves, si no amas a tu hermano a quien
ves?” (1 Jn 4,20). Jordán escribe a Diana:
“El lazo con el que mi espíritu está
unido con el tuyo y en el que siempre te tengo presente
adondequiera que vaya es Cristo” . “Amémonos
también nosotros mutuamente en Él, por
Él y para Él” . Catalina dice de
un modo tajante que su amor a Cristo Esposo es el mismo
amor que tiene a sus amigos. El Señor le dice:
“El amor a mí y el amor al prójimo
son una e idéntica cosa” . Esto quiere
decir que nuestra vida contemplativa debe tener los
ojos abiertos a nuestras hermanas y hermanos. Cuando
rezamos el Rosario, seguimos los misterios de la vida
de Cristo, momentos de gozo, dolor y gloria. ¿Somos
conscientes de los “misterios” de las vidas
de los miembros de nuestra comunidad, que no son siempre
gozosos y gloriosos?
Nuestra
amistad con Dios se hace carne y sangre en la contextura
de la vida de comunidad. Yo he visto el fruto de esto
en la alegría de muchas recreaciones con vosotras.
Sor Barbara de Herne escribió: “Es allí,
en la recreación, donde las monjas expresan su
alegría estando juntas, se ríen mucho,
incluso hasta el punto de sorprender a los que están
de retiro en la hospedería, que oyen estos signos
de alborozo durante media hora más o menos todas
las noches”. Estas monjas son las herederas de
una larga tradición. Una vez que Domingo regresó
tarde a San Sixto, levantó a las monjas de la
cama para poder instruirlas y luego relajarse con ellas
con un vaso de vino. Él siguió animándolas
a que bebieran más, “bibite satis”
. Según mi experiencia, ¡son normalmente
las monjas quienes dicen esto a los frailes! Esta alegría
es hasta tal punto parte de nuestra tradición,
que Jordán incluso interpreta la frase “entra
en el gozo del Señor” como entrar en la
Orden, donde “vuestra tristeza se convertirá
en gozo y vuestro gozo nadie os lo arrebatará”
.
La
amistad con los hermanos y hermanas ha sido una de las
alegrías más grandes de mi vida, pero
también puede ser difícil. Y el gozo y
la dificultad tienen que ser todavía más
intensos para vosotras, ya que probablemente viviréis
toda vuestra vida con las mismas hermanas. Al menos
si un fraile no me puede aguantar, puede esperar ser
destinado un día a otro lugar. No tendrá
que aguantarme hasta mi muerte. El Cardenal Hume me
dijo que, siendo joven, un abad le dijo: “Basil,
recuerda que cuando mueras habrá sin duda al
menos un monje que quedará aliviado”. Por
eso, para vosotras la vida en comunidad es una alegría
especial y también un reto que es imposible sin
misericordia y generosidad. Taulero dice que cuando
un hermano es inaguantable, debes pensar para tus adentros:
“Probablemente hoy tiene dolor de cabeza”.
¡A algunas hermanas parece que les duele la cabeza
con mucha frecuencia!
Cuando
profesamos, pedimos “la misericordia de Dios y
la vuestra”. Ser dominico es prometer ofrecer
y recibir esta misericordia. Cada día pedimos
a Dios “que perdone nuestras ofensas como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. A
cada una de las hermanas se le da el poder liberador
de perdonar, una participación de la capacidad
de Dios de hacer todo nuevo. Es la libertad de abrir
las puertas de las prisiones que cada uno de nosotros
construye, citarnos mutuamente desde la tumba a una
vida nueva. Cada una de vosotras tiene un ministerio
de reconciliación en la comunidad. Cada una de
vosotras puede decir una palabra que sana.
Clausura
Esta
idea de amistad puede ayudarnos a un comprensión
dominicana de la clausura. Hay intensas discusiones
sobre la clausura en algunos monasterios: ¿Cuántas
veces debe permitirse a las monjas salir del monasterio
y por qué motivos? No voy a entrar en estas cuestiones.
En primer lugar, hacerlo podría ser causa de
división, y el Maestro de la Orden debe ante
todo preocuparse por la unidad. En segundo lugar, sólo
puede haber consenso en estas cuestiones prácticas
si antes tenemos clara la naturaleza de la clausura.
Verbi Sponsa dice que “es un modo particular de
estar con el Señor” (3). Tiene que ver
con construir una casa con Dios, más que a base
de reglas. Se trata del amor más que de la ley.
No es tanto una fuga del mundo malvado cuanto un espacio
en que aprendamos a no huir de la amistad con Dios ni
unas de otras ni, incluso, de nosotras mismas. Lo que
importa no es la clausura como una exclusión
del mundo, sino lo que contiene, una vida con Dios,
como un vaso se llena de vino.
Al
principio, los monasterios eran literalmente casas para
los frailes. Prulla y más tarde San Sixto eran
las casas de los frailes, desde donde salían
a predicar. Al aumentar el número de frailes,
esto ya no pudo seguir así. Sin duda los frailes
arruinaban la paz del monasterio, volviendo tarde por
la noche y pidiendo comida, discutiendo unos con otros
¡cuando las hermanas suspiraban por el silencio!
Cada uno de nosotros necesitó sus propias casas.
Pero los monasterios siguieron siendo casas para los
frailes en un sentido más profundo. Para Jordán
de Sajonia, el monasterio de Bolonia era la casa de
su corazón, aun cuando rara vez estuviera allí.
Él escribe a Diana: “¿Es que no
soy tuyo, y no estoy siempre con vosotras, tuyo en el
trabajo y en el descanso; tuyo estando presente o cuando
me encuentro lejos?” . El monasterio es un hogar
porque es un lugar donde las monjas viven con Dios (LCM
36), y por eso es allí donde los demás
pueden vislumbrar la casa verdadera que todos buscamos,
donde descansaremos en Dios, nuestro Sabbath eterno.
Por esta razón los monasterios están tan
a menudo en el corazón de la Familia Dominicana.
Con frecuencia la Familia Dominicana se siente atraída
hacia el monasterio porque es un lugar donde todos estamos
en casa. Por esta razón, la acogida de huéspedes
en un monasterio, con prudencia y sin disturbar el ritmo
de vuestra vida, puede ser una forma de compartir el
fruto de vuestra clausura.
“Es
tremendo caer en manos del Dios vivo” (Heb 10,
31). Puede ser duro vivir con Dios. Nos encontramos
a nosotros mismos en el desierto, velando en Getsemaní
y con la mirada en el Gólgota. A veces la contemplativa
debe vivir en la oscuridad pero, como dice “La
nube del no-saber”: “Aprende a estar en
casa en esta oscuridad”. La tentación es
escapar de Dios y refugiarse en las pequeñas
satisfacciones, y en los pequeños deseos. Podemos
tener la tentación de llenar nuestra vida con
pequeños proyectos, distracciones, y chismes,
habladurías, simplemente para llenar el vacío.
Debemos dejar ahí ese vacío para que Dios
lo llene. El monasterio es un hogar no porque hayáis
huido del mundo, sino porque os arriesgáis a
no escapar de Dios. Atreverse a permanecer en la oscuridad
y hacer de la noche un hogar, sin miedo. Como escribió
el poeta inglés D H Lawrence: “Es terrible
caer en las manos del Dios viviente, pero es todavía
más terrible caer de ellas”.
También
podemos ser tentados de escapar de nuestros hermanos
y hermanas, y evitar el reto de construir un hogar de
amor en el que Dios pueda morar. Sobre todo podemos
tener la tentación de huir de nosotros mismos.
En el monasterio no hay ningún escondrijo. Aquí
aprendemos, en palabras de Catalina, a “encerrarnos
en la casa del conocimiento de sí” (Diálogo
73), contemplándose sin temor “en el espejo
dulce” de Dios, y conociéndose como amado.
Cuando estemos en casa con nosotros mismos, entonces
estaremos en casa con Dios.
Se
necesitan normas claras sobre la clausura, pero si suponen
una fuente de conflicto y división, en ese caso
destruyen el fin último de la clausura, que es
encontrar un hogar en el infinito amor y misericordia
de Dios. Es vital que esa discusión sobre la
clausura se realice con caridad y búsqueda de
la mutua comprensión. Si provoca enojo e intolerancia,
socavaremos la clausura más a fondo que si las
monjas se escabulleran del monasterio todos los días.
Por
más que la clausura pueda parecernos pequeña,
el habitar con Dios descubre un espacio inmenso, el
de “la anchura, altura y profundidad de la caridad
de Dios” (cf. LCM 36). Sor Margaret Ebner dice
cómo, cuando recibía la Eucaristía,
a veces “mi corazón estaba tan lleno que
no podía abarcarlo. Pensaba que era tan ancho
como el mundo entero” . Esta “expansión
del corazón” (latitudinem cordis), de que
habla Santo Tomás, nos abre a la inmensidad de
Dios. Si habitamos con el Señor él nos
llevará a espacios amplios incluso en una pequeña
clausura. Si la clausura se vive bien, entonces su fruto
es la magnanimidad, la largueza de corazón, en
lo cual queda superada toda pequeñez.
Gobierno
La
espiritualidad dominicana de amistad halla su expresión
sobre todo en nuestro sistema de gobierno, que se funda
en la dignidad de cada hermana y en la igualdad de todas.
El gobierno no es la tarea de unas pocas hermanas, sino
el modo de que todas participen en la responsabilidad
de la vida de la comunidad.
En
el corazón de un buen gobierno está la
obediencia, “no como esclavas bajo la ley, sino
como libres por la gracia” (cf. LCM Fund. VI).
Como escribió Fr. Damian Byrne en una carta a
la Federación Mexicana, “La palabra obediencia
quiere decir escuchar. En la tradición dominicana
tenéis que escuchar en vuestros monasterios a
la Priora, al Consejo y al Capítulo. Cada uno
tiene su propia autoridad que debe tener en cuenta otras
autoridades legítimas. Ninguna autoridad puede
dominar por su cuenta, a sus anchas” . Así
que los monasterios florecerán y serán
felices si las monjas se escuchan unas a otras. Es en
el Capítulo, sobre todo, donde se cumple esta
escucha mutua. “Para que la vida contemplativa
y la comunión fraterna produzcan frutos más
abundantes, es muy importante la participación
unánime de todas las monjas en el régimen
de la vida del monasterio: ‘El bien aprobado comunitariamente
es promovido con rapidez y facilidad’ (Humberto
de Romanis)” (LCM 7).
En
mi experiencia con los frailes, los Capítulos
son dadores de vida cuando tenemos la confianza para
hablar y la confianza para escuchar. Hablar en el Capítulo
puede ser espantoso. Yo tardé casi un año
en abrir la boca, y solía escribir lo que quería
decir en un trozo de papel y examinarlo varias veces
antes de atreverme a decir una palabra. ¡Para
entonces normalmente ya era demasiado tarde! El superior
tiene el cometido de construir la comunidad animando
a todos a hablar, sobre todo a los que dudan o no están
de acuerdo con la mayoría. Desacuerdo no significa
deslealtad o desunión.
Necesitamos
también la confianza para escuchar sin miedo.
Escuchar es un fruto de aquel silencio en el que abrimos
nuestros oídos a Dios. La vida contemplativa
debe ser una formación en la escucha. Una monja
polaca me dijo: “Hoy todos hablan, pero ninguno
escucha. Nosotras, monjas, estamos aquí para
escuchar”. El fruto de escuchar a Dios en silencio
debe ser una atención a lo que las hermanas dicen
realmente, no a lo que se teme que puedan decir o se
espera que digan. La escucha verdadera sólo es
posible si una está en paz. A menudo cuando una
hermana intenta plantear una duda o cuestión,
no hallará las palabras adecuadas. Titubeará
y parecerá confusa y estridente, y sería
fácil hundirla o rechazarla. Pero si escuchamos
con atención y con inteligencia, recogeremos
la brizna de verdad que tiene que compartir. Esto significa
dar siempre la mejor interpretación a lo que
ella dice, escuchando con oídos caritativos.
El conjunto de la Summa Theologica se basa en el principio
de tomar en serio las objeciones. La búsqueda
de consenso puede que lleve tiempo. Si la comunidad
no alcance un consenso, en ese caso una minoría
aceptará más fácilmente la decisión
final si sabe que ha sido escuchada.
Puede
ser temible discutir los problemas reales. No podemos
estar seguros de adónde nos va a llevar la discusión.
Pero el temor es el enemigo más grande de la
vida religiosa. Si tenemos confianza en el Señor,
las aguas del caos no nos inundarán. Si nos dejamos
regir por el miedo, la comunidad no ha construido un
hogar en Dios que es una roca. Antes que cualquier otra
cosa la función del superior es llevar a la comunidad
a que supere el miedo.
Normalmente
las comunidades están sin miedo cuando las instituciones
de gobierno – el Capítulo, el Consejo y
la Priora – se ayudan mutuamente en vez de estar
en competencia. La Priora es la guardiana de la dignidad
y voz de cada miembro de la comunidad. Pero la Priora
debe recibir también el apoyo de toda la comunidad.
Como escribió Damian con su acostumbrada sabiduría:
“Es necesario aceptar que existen quejosas pertinaces
y miembros destructivos en las comunidades. Una priora
necesita la ayuda de la comunidad para permitir a estas
hermanas que se vean a sí mismas como son y no
permitirles que dañen la comunidad. Y hago una
pregunta: la misericordia y consideración que
debemos hacer extensivas a cada una, ¿no debemos
extenderlas sobre todo a nuestros superiores? . El debate
libre es distinto de estar en la oposición. Si
somos verdaderamente una comunidad, entonces incluso
aunque no votásemos al superior, nosotros lo
votamos. Si soy verdaderamente un fraile o una hermana
de una comunidad, tengo que aceptar ese voto como mío
proprio.
Un
monasterio dominicano no tiene abadesa, sino priora,
que es prima inter pares. Esto expresa la amistad entre
iguales que es nuestra vida. Si la comunidad es fuerte,
la transición a una nueva priora no debería
ser un trauma. Las postulaciones tendrían que
ser raras. Pero si la priora ha reunido a su alrededor
un grupo de monjas de parecida mentalidad, que dominan
la comunidad, entonces la elección será
o una continuación de la dinastía o un
coup d’etat. Una superiora necesita el coraje
de tomar las decisiones que le corresponden a ella como
tal, y al mismo tiempo asegurar a toda la comunidad
que la transición a su sucesora no es dolorosa.
4. La Búsqueda de la Verdad
Vosotras sois monjas de la Orden que tiene como lema
Veritas. Los dominicos siempre han sido conocidos por
nuestra pasión por el estudio. Algunas monjas
han compartido conmigo que este es un elemento de la
vida dominicana del que se sienten distantes, ya porque
nunca han estudiado ya porque se sienten incapaces de
hacerlo. Y es tentador pensar que son los frailes quienes
estudian y las monjas quienes rezan; son los frailes
quienes hablan y las monjas quienes escuchan. Esto es
entender mal la naturaleza de nuestro compromiso con
la Verdad. Hay un modo de estar en el mundo con verdad.
Cada uno de nosotros está llamado a él,
sin mirar si tiene aptitudes o no para el estudio académico.
Vivir en la verdad
Veritas
nos convoca a ser hombres y mujeres que viven en verdad,
hablan en verdad y escuchan con atención. A veces
la comunicación en comunidades religiosas puede
llegar a deformarse. La insinuación, la indirecta
y la sospecha pueden enturbiar la claridad de nuestras
conversaciones. El temor o una falta de confianza nos
hace recurrir a indirectas, ligeros codazos o guiños.
Pertenece a nuestra vida dominicana atrevernos a hablar
con franqueza, con discreción y sensibilidad
y respeto. Esto no tiene nada que ver con ser un erudito.
Es buscar vivir con la claridad de Domingo. “El
que obra la verdad viene a la luz, para que sus obras
sean manifestadas, pues están hechas en Dios”
(Jn 3, 21). Tener esa claridad significa ver lo que
es central y esencial y no estar distraído por
detalles.
Fr.
Simon Tugwell OP escribió que “es, en efecto,
muy típico de la espiritualidad dominicana mirar
a Dios, no primeramente como el objeto de nuestra atención,
sino más bien como el sujeto esencial, con el
que estamos unidos como co-sujetos, colaboradores con
él (1 Cor 3, 9) en su obra de redención”
. Lo que quiere decir que, como amigos de Dios, no miramos
tanto a Dios cuanto con él. Somos invitados a
ver el mundo a través de los ojos de Dios, y
esto es ver su bondad. Eckhart escribe: “Dios
goza en sí mismo. Su propia fruición es
tal que incluye el goce de todas las creaturas”
. Ver con los ojos de Dios es compartir su placer en
todo lo que Dios ha hecho, ¡incluyendo a nuestros
hermanos y hermanas! Thomas Merton nos dice cómo,
después de siete años de vida en un monasterio,
hubo de salir para ir al dentista y vio el mundo de
modo diferente: “Me preguntaba cómo reaccionaría
al encontrarme otra vez, cara a cara, con el mundo perverso.
Quizá las cosas de las que yo estaba resentido
contra el mundo cuando lo abandoné eran mis propios
defectos que había proyectado sobre él.
Ahora, por el contrario, encontré que todo me
conmovió con un profundo y silencioso sentido
de compasión… Paseé por la ciudad,
dándome cuenta por primera vez en mi vida de
lo buena que es la gente en el mundo y de los muchos
valores que tiene a los ojos de Dios” . Viendo
con Dios, llegamos a compartir el amor de Dios. Si aprendemos
ese modo verdadero de estar en el mundo, podemos hacer
frente a todo con alegría: a nuestros fracasos,
nuestro ser mortal, el verdadero estado del monasterio,
nuestros temores y esperanzas. Podemos estar alegres
incluso en la oscuridad.
El
Estudio de la Palabra de Dios
El
LCM 101 § II dice que las monjas tienen que estudiar
principalmente la Palabra de Dios. Esta no es una actividad
árida, aburrida. Jordán dice a Diana:
“Esta Palabra léela en tu corazón,
rúmiala en tu mente y que ella ponga tu boca
dulce como la miel. Piensa y repiensa esta Palabra.
Que permanezca en ti y habite siempre contigo”
. Para que la Palabra toque y cambie todo lo que somos,
debemos llevar a ella cualquier aspecto de nuestra humanidad:
nuestra inteligencia, nuestras emociones, nuestro sentido
de belleza, nuestra experiencia, nuestras dificultades
y esperanzas.
Todas
las semanas en el Consejo Generalicio leemos juntos
la Palabra de Dios. Algunos de nosotros llevarán
un análisis del texto original, otros compartirán
cómo los impresiona o ilumina alguna experiencia
reciente, o los provoca o los deja perplejos. Todas
estas son formas válidas de leer la Palabra,
y las necesitamos todas. Esa es la razón por
la que es bueno que juntos la reflexionemos, y dejar
que transforme nuestras vidas comunitarias. Cada monja
puede que tenga sus propias intuiciones que ofrecer.
El Señor dice a Catalina: “Bien pude dotar
al hombre de todo lo que necesitaba, pero preferí
dar los dones de modo diferente a criaturas distintas,
para que unos tuvieran necesidad de los otros”
. Esto es cierto sobre todo en la comprensión
de la Palabra de Dios.
El
estudio exegético de la Escritura puede ser duro
al principio. Puede que temamos leer lo que dicen los
eruditos, por si nuestras más profundas convicciones
quedan agitadas. Cuando uno empieza a estudiar, debe
pasar por la experiencia alarmante de descubrir que
nunca antes habíamos entendido el texto. Pero
esto es nuestra humildad ante la presencia de la Palabra.
No la poseemos en exclusiva; por el contrario, nos invita
a ponernos en camino sin saber adónde. Debemos
arriesgarnos a ser como María, que oye el mensaje
del ángel, y que “se turbó sobremanera
ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo
era aquel” (Lc 1, 29). Debemos aprender a ser
sorprendidos por la Palabra, que siempre significa más
de lo que hayamos podido nunca imaginar. Por esta razón
es bueno que en cada comunidad haya monjas que hagan
un estudio serio de la Escritura, si es posible en las
lenguas originales. ¡Confieso que mis diversos
intentos por aprender hebreo fueron un desastre!
En toda comunidad claustral acecha el pavor del aburrimiento,
al vivir en el mismo lugar, con la misma gente, escuchando
las mismas bromas y comiendo la misma comida. Pero la
Palabra es siempre nueva y fresca con la eterna juventud
de Dios. Periódicamente necesitamos reconquistar
el entusiasmo de los discípulos en su regreso
a Emaús: “¿No ardían nuestros
corazones cuando nos hablaba por el camino y nos explicaba
las Escrituras?” (Luc 24, 32). El estudio de la
Biblia renueva nuestra capacidad de asombro.
El
Estudio de la teología
Durante
mis visitas a los monasterios pregunto a menudo a las
monjas qué teología les gusta estudiar.
Normalmente hay un silencio y rápidamente se
cambia de tema. Corrientemente la teología se
ve como académica e incomprensible. El LCM 101
§ III exhorta a las monjas a estudiar a Santo Tomás,
pero sospecho que con frecuencia la Suma acumula polvo
en los estantes de la biblioteca. Uno podría
estar tentado a pensar que los frailes estudian teología,
y que las monjas estudian espiritualidad. Esta es una
oposición moderna, que habría sido incomprensible
para Domingo y Catalina. La teología no es solamente
una disciplina académica. Pertenece a nuestra
búsqueda de nuestro Señor en el huerto,
a nuestra ansia de un significado, a nuestro ingreso
en el misterio de amor. A través de este conocimiento
nos aproximamos a uno a quien Santa Catalina llamaba
la prima dolce verità, la dulce verdad primera.
Uno de los modos de orar de Domingo era estudiar un
libro, y discutir con él, estar en desacuerdo,
asentir con la cabeza, exclamar. Y cuando Tomás
estaba escribiendo la Suma, a veces despedía
a los secretarios y se postraba en el suelo y rezaba
hasta terminar de comprenderlo. Teología y espiritualidad
son inseparables.
Muchos
escritos teológicos son profundamente aburridos,
pero esto puede ser porque es mala teología.
Necesitamos introducirnos en la Summa como lo que es,
un trabajo contemplativo que habla de nuestro peregrinar
hacia Dios y a la felicidad. Su doctrina nos libera
de las trampas que podrían retenernos de la peregrinación.
Por eso mucha gente está atrapada en concepciones
idólatras de Dios, como una persona poderosa
e invisible, que controla todo lo que sucede, y nos
deja en perpetua inmadurez. De ahí que mucho
enojo en las comunidades religiosas proviene del resentimiento
por esta imagen de Dios, que es un ídolo. Pero
Tomás desmiente este punto de vista en la Prima
Pars, abre la puerta de esta prisión espiritual
y nos pone en camino hacia el misterio de Dios, que
es como la fuente eterna de libertad en el centro de
nuestro ser. A veces la gente queda atrapada en una
visión pequeña de la santidad, como la
obediencia a unas reglas. Pero en la Secunda Pars Tomás
nos muestra que el camino a la santidad consiste en
el crecimiento de las virtudes, a través del
cual nos hacemos fuertes y compartimos la propia libertad
de Dios. Ahora bien, a veces la gente se queda atrapada
en una visión de la religión como magia.
Pero en la Tertia Pars Tomás nos muestra cómo
en la Encarnación y los sacramentos Dios abraza
y transforma el conjunto de nuestra humanidad. La prueba
de una buena teología es que se desborda en alabanza
y adoración y felicidad y verdadera libertad
interior. Existe poca teología así de
buena. Quizá algunas monjas estén llamadas
a poder escribir todo esto. “Se espera mucho del
genio de la mujer también en el campo de la reflexión
teológica, cultural y espiritual, no sólo
en lo que se refiere a lo específico de la vida
consagrada femenina, sino también en la inteligencia
de la fe en todas sus manifestaciones” (Vita Consecrata
58).
Formación para la Veritas
Se
sigue que una parte esencial de la formación
de una monja dominica está en el estudio de la
Escritura y de la teología. No se trata de un
mero añadido, como aprender a coser o a cocinar.
Pertenece al crecimiento en el amor, porque “al
conocimiento sigue el amor. Y amando, el alma procura
ir en pos de la verdad y revestirse de ella” .
El
estudio de la teología debe producir felicidad.
Aprendemos las grandes cosas que Dios ha hecho por nosotros.
Tomás dijo: “Quienes se dedican a la contemplación
de la verdad son los más felices que se puede
ser en esta vida” . Y para él la contemplación
significa en gran medida el estudio. Aprendemos a amar
la Palabra de Dios, y a ser “alimentados por su
dulzura” (dulcedo) , como dijo Alberto. Como iniciación
en toda felicidad profunda, más que un mero entretenimiento,
tendrá momentos de tedio, cuando nos sentimos
incapaces de permanecer en nuestras celdas. Debemos
aprender la confianza, la confianza en pensar, en cuestionar,
en buscar. Para Tomás, el maestro debe sobre
todo enseñar al alumno a pensar por sí
mismo, a hacer efectivo su potencial cognoscitivo. Esto
quiere decir que, cuando aprendemos a estudiar, no tenemos
que tener miedo a cometer fallos. Los formadores no
deben mirar a sus estudiantes con recelo. Debemos arriesgarnos
a someter a prueba ideas, y no preocuparnos si lo hacemos
mal al principio. Naturalmente, la ortodoxia es querida
para los dominicos, pero si creemos en la enseñanza
de la Iglesia de que el Espíritu Santo ha sido
derramado en nuestros corazones, no quedaremos fácilmente
atascados en el error.
Las
monjas necesitan las herramientas para estudiar: una
buena biblioteca, revistas y tiempo. Muchos monasterios
son pobres y comprar libros es un auténtico sacrificio.
Pero no podemos privar a las monjas de libros más
que de la comida. Internet ofrece la posibilidad de
seguir una formación teológica sin salir
incluso del monasterio. La comunidad necesita crear
dentro del ritmo de su vida tiempos de estudio. Chalais
en Francia tiene un calendario anual que incluye tiempos
para estudio intenso, para silencio, y para recreación.
Nosotros, frailes, debemos responder también
a las necesidades de las hermanas en formación.
Cuando Santo Domingo regresó a San Sixto, exhausto
después de un día de predicación,
tenía que enseñar a las monjas, “porque
no tenían otro maestro que lo pudiera hacer”
. El florecimiento de los monasterios dominicanos renanos
en el siglo XIV se debió en parte a que Herman
de Minden, provincial de Teutonia, envió algunos
de sus mejores teólogos a enseñar a las
monjas.
Los
monasterios necesitan hermanas que hayan recibido una
profunda formación teológica y bíblica,
para que ellas puedan enseñar a las jóvenes.
Esto es verdad sobre todo hoy, cuando muchas monjas
llegan a nosotros desde la universidad. Ellas necesitan
una formación teológica que ensanche su
mente y dé respuesta a sus preguntas. En teoría
cada monasterio debería ser capaz de ofrecer
una formación completa, pero si no es así,
entonces es esencial la colaboración entre los
monasterios, sobre todo cuando existen federaciones.
Algunas veces existe el temor de que, si las jóvenes
estudian en otro monasterio, pueden perder su unión
con la comunidad de origen, y pedir la transfiliación.
Esto rara vez sucede, y no puede ser una excusa para
no dar a una hermana una formación dominicana
plena y auténtica. Si las jóvenes están
bien formadas, la comunidad entera será al fin
renovada. La casa de formación de la Federación
de monasterios en México es un maravilloso ejemplo
de cómo una federación puede ayudar a
cada monasterio a crecer con más vitalidad.
5. La unidad de la Orden
Sois
monjas de la Orden de Predicadores y formáis
parte de la gran familia de Domingo. Cada monasterio
tiene vida en sí mismo, y sin embargo está
en contacto con otros monasterios, a veces perteneciendo
a una federación. Vosotras sois con frecuencia
un centro de vida para la Familia Dominicana. Hacéis
vuestros votos al Maestro de la Orden. ¿Qué
significa para un monasterio preocuparse de su propia
vida y al mismo tiempo pertenecer a la Orden?
Un servicio de Unidad
Domingo
deseó que su Orden fuera una. La Orden siempre
ha luchado para conservar su unidad. Cuando otras Órdenes
se escindieron nosotros nos mantuvimos unidos, ¡pero
a veces por los pelos! Esto se debe a que nuestra unidad
pertenece a nuestra predicación del evangelio.
Nosotros predicamos el Reino de Dios, en el que toda
la humanidad será reconciliada en Cristo. Nuestras
palabras tienen autoridad si estamos unidos nosotros
mismos. La Orden tiene un cometido importante que desempeñar
en una Iglesia que a veces se desgarra entre ideologías
diferentes y competitivas. También los conflictos
políticos, las tensiones étnicas e incluso
la guerra dividen nuestros países. Debemos encarnar
esa paz que predicamos.
Cada
monasterio en sí mismo encarna esta unidad, “que
alcanza su plenitud más allá de los límites
del monasterio en comunión con la Orden y con
toda la Iglesia” (LCM 2, § 1). Y por esta
razón vosotras, como monjas dominicas, os preocupáis
de la unidad de la Orden entera. A través de
vuestras oraciones y de todo lo que decís y hacéis,
tenéis una responsabilidad de promover esta unidad
y paz. Las contemplativas deben hacerlo de manera especial
porque la cercanía al misterio de Dios nos proyecta
más allá de toda división, y más
allá de todas las pretensiones de cualquier grupo
que se arrogue sabiduría y conocimiento absolutos.
La naturaleza de la autonomía
Cada
monasterio es autónomo. Esto pertenece a la naturaleza
de vuestras vidas, como comunidades monásticas.
Es una autonomía de la que con razón os
complacéis. ¿Cuál es su significado?
Literalmente quiere decir que cada comunidad se autogobierna
y es responsable de su propia vida. Cada monasterio
tiene la responsabilidad de construir una comunidad
que sea signo del Reino, donde haya amor mutuo y una
acogida al Señor. La autonomía es vuestra
libre responsabilidad de vuestras vidas contemplativas,
más que aislamiento.
En
la cultura contemporánea occidental, hay una
tendencia a ver la autonomía como sinónimo
de separación. Un individuo se siente libre en
la medida en que él o ella esté libre
de injerencia del exterior. Pero la enseñanza
católica de lo que significa ser persona humana
ofrece otro modelo, que es en la comunión de
unos con otros donde encontramos la verdadera libertad
y autonomía. Autonomía no significa ser
autosuficiente. Por esta razón la Iglesia favorece
las federaciones de monasterios, porque la colaboración
mutua de las federaciones puede ayudar a los monasterios
particulares a “custodiar y promover los valores
de la vida contemplativa” (Verbi Sponsa 27). La
colaboración puede ayudar al monasterio a ser
libre y a ser responsable de su propia vida. Frecuentemente
he visitado monasterios donde las monjas están
sobrecargadas en la atención a las enfermas,
en la cocina, procurando algunos ingresos, cuidando
del edificio. No hay tiempo para la oración.
Una comunidad así puede tener independencia total,
pero ha perdido su verdadera autonomía, su libertad
y la responsabilidad de su propia vida. Cuando los monasterios
se ayudan unos a otros en la formación, en el
cuidado de las enfermas como en Dax (Francia), o económicamente,
entonces no pierden su autonomía, sino que la
ganan en un sentido más profundo. A veces esta
ayuda mutua será costosa y supondrá sacrificio.
Son las monjas que más se necesitan en el monasterio
las que podrían ofrecer esta ayuda a otra comunidad.
Puede
llegar el tiempo en que un monasterio debe enfrentarse
con la posibilidad del cierre . Si sucede esto, no hay
ninguna necesidad de que las monjas se sientan culpables
o fracasadas. Puede ser que el monasterio haya cumplido
la misión para la que fue fundado. Como dominicas,
es bueno que seamos capaces de encarar la posible supresión
con claridad. A veces me han dicho que el monasterio
podría sobrevivir con tal que vinieran una o
dos vocaciones. ¿No sería posible buscar
vocaciones de otro país? La determinación
de sobrevivir puede llevar a aceptar vocaciones que
no sean adecuadas. En cambio, para nosotros, que predicamos
la muerte y resurrección de Cristo, la supervivencia
no es un valor absoluto. Si confiamos en nuestro Padre
que resucitó a Jesús de entre los muertos,
podemos afrontar la muerte, la nuestra o la de nuestra
comunidad, con esperanza y alegría. Siendo provincial
de Inglaterra, tuve que ir a Carisbrooke a llevar a
las últimas cuatro monjas a su nueva casa. La
monja más anciana, de noventa y tantos años,
parecía cambiar de opinión en el último
minuto, pero al final marcharon todas. La gente del
lugar vino a despedirlas, cantando y llorando. Esta
marcha fue acaso la predicación del evangelio
más elocuente que las monjas hubieran hecho nunca.
Si el monasterio es en verdad un lugar donde hacéis
un hogar con Dios, salir de él no os hace personas
sin casa ni hogar.
En
una región o en una federación donde haya
muchos monasterios y pocas vocaciones, es estupendo
que las monjas se atrevan a pensar juntas sobre su futuro.
¿Deberían todos los monasterios buscar
vocaciones, o las candidatas a la Orden ser enviadas
sencillamente a los monasterios que tengan real posibilidad
de florecer? Esto no es quitar el derecho de cualquier
monasterio de tomar decisiones sobre su propia vida
y de aceptar vocaciones. Se trata más bien de
una invitación, en tiempos difíciles,
a buscar lo que es más importante que la supervivencia
de un monasterio concreto, como es el florecimiento
de la vida contemplativa dominicana en la región.
Las
visitas canónicas son fundamentales en nuestra
tradición. A veces se miran con aprensión
por los monasterios, porque pueden considerarse como
injerencia desde el exterior. El beato Jacinto Cormier
dijo que el objetivo de una visita canónica es
animar y animar y animar. Se centrará sobre todo
en “el régimen interno del monasterio”
(LCM 227 § III, cf. 228 § III) y, por consiguiente,
en ayudar al monasterio a ser efectivamente responsable
de su propia vida y a ser libre para afrontar sus retos.
Una visita canónica, por tanto, debe ayudar a
un monasterio a ser autónomo en el verdadero
sentido de la palabra. El LCM sugiere que debería
haber una visita canónica “al menos cada
dos años” (227 § III).
Algunos
monasterios siguen expresando una preocupación
por la Comisión Internacional de Monjas, establecida
por el Capítulo general de Oakland de 1989. No
es un cuerpo jurídico que tenga poder alguno
para tomar decisiones o para ser intermediario entre
el Maestro y los monasterios. Es un “grupo de
reflexión” que asesora al Maestro, como
muchas otras Comisiones de la Orden, la de la Vida Intelectual,
la de Justicia y Paz, y la de la Misión de la
Orden. Está para promover la vida monástica
y sobre todo para ayudar a los monasterios que están
aislados. Y lo ha hecho bien. Su mandato termina en
los próximos meses, y os agradecería que
escribierais a mi sucesor o al Capítulo General
si tenéis algunas sugerencias sobre su futuro.
¿Cómo podría esa Comisión
ayudar al Maestro en la promoción de una auténtica
vida dominicana en toda su belleza e importancia?
Relaciones con los frailes
Los
frailes y las monjas comparten una larga historia. Nuestra
amistad ha estado en el corazón de la vida de
la Orden durante casi ochocientos años. No siempre
ha sido fácil. En los primeros años los
frailes querían con frecuencia escapar de cualquier
responsabilidad para con los monasterios, y a veces
incluso no tomaban en serio esa responsabilidad. ¡Las
monjas seguramente han querido escapar más de
una vez de la interferencia de los frailes! Pero, como
en un viejo matrimonio, que ha compartido tanto en la
vida, podemos confiar en que nada va a destruir la unión.
Como dominicos, la verdad y la transparencia deben marcar
nuestra relación. Por encima de todo debemos
tener confianza mutua, y sin recelo. Jordán escribió
al provincial de Lombardía que se había
“alarmado y asustado por el ruido de hojarasca”
, cuando fue disturbado por rumores de que el Capítulo
General había tomado decisiones contra el monasterio
de Bolonia. Todavía existen de vez en cuando
momentos de pánico por “meros ruidos de
hojarasca”, sospechas sobre la función
de la Comisión Internacional, rumores sobre cuáles
son las intenciones del Capítulo General. Debemos
tener confianza y no tener miedo. Cuando hay incertidumbre,
no tengáis recelos, dad la mejor interpretación
a lo que oís, y pedid aclaración. Con
transparencia y confianza podemos construir la unidad
de la Orden.
Las
vidas de los monasterios pueden complicarse por la cantidad
de hombres que pueden reclamar alguna autoridad sobre
vosotras. Algunas de vosotras tenéis capellanes,
asistentes, vicarios, provinciales y obispos; también
está el Maestro de la Orden y la Santa Sede.
Todos ellos deberían estar ahí para fortaleceros
y no para interferir en vuestras vidas y controlaros.
Sobre todo vuestra relación con los frailes debe
ser de fortalecimiento recíproco. El servicio
de los frailes debe ser el de apoyaros en vuestra propia
responsabilidad sobre vuestras vidas. Muchos frailes
han salido fortalecidos por su contacto con los monasterios,
al ser renovados en ese silencio de donde brota la palabra
predicada.
Conclusión
“No
se puede ocultar una ciudad asentada sobre un monte”
(Mt 5, 14). Esta frase evoca muchos monasterios situados
en la cima de una colina: Chalais, Orbey, Los Teques
cerca de Caracas, Rweza, Drogheda, Vilnius, Perugia,
Santorini y otros. Pero ya se encuentre el monasterio
situado encima de un monte o en las llanuras, en una
selva o en una ciudad, si vivís vuestra vida
con alegría, su luz no puede quedar oculta. Como
escribió el papa Juan Pablo II, esta vida consagrada
existe “para que no falte a este mundo un rayo
de la divina belleza que ilumine el camino de la existencia
humana” . Tened confianza en vuestro modo monástico
de vida. Es un regalo de Dios.
Por
Navidad de 1229, Jordán escribió a Diana
para celebrar el nacimiento de “una palabra abreviada
y acurrucada en el pesebre” nacida para nosotros.
Le envía también otra palabra: “pequeña
y breve, mi amor”. Por desgracia, esta Carta no
es pequeña ni breve, pero expresa mi amor y gratitud
por vuestro lugar en el corazón de la Orden.
Rogad por toda la Familia Dominicana, que está
encomendada a vuestra solicitud. Rogad por Fr. Viktor
Hoffstetter, el anterior Promotor de las monjas, a quien
muchas de vosotras apreciáis, y por su sucesor,
Fr. Manuel Merten, a quien llegaréis a querer.
Pedid por mí y también por mi sucesor.

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