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Frailes Dominicos  
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Vivir la vida del predicador hoy

Frailes dominicosa Orden dominicana se aproxima a su octavo centenario. Hoy, como en el comienzo de esa aventura misionera audaz iniciada por santo Domingo de Guzmán, nuestro celo se funda en la pasión por abrir a los hombres los caminos de la vida, de la verdad y de la libertad, por medio de la palabra.

La vocación de la Orden de Predicadores es comprometerse con la “salvación de las almas” a través de la predicación, de la proclamación del evangelio. El amor a la predicación es el signo común de todas las ramas de la Orden, comúnmente llamada dominicana. Hoy descubrimos la cada vez mayor importancia de su dimensión de familia, en la que hombres y mujeres, laicos y clérigos, pueden mantenerse unidos colaborando en la misión evangélica, como miembros de comunidades en las que están al mismo nivel, respetuosos con las diferencias, pero unidos en la fe. Un aspecto auténtico de nuestra predicación es crecer como familia.

Esta tarea común de nuestra predicación consiste en ofrecer la experiencia de un Cristo que está vivo, con el que es posible encontrarse y a quien podemos hablar. Nos impone la obligación de escuchar la voz, los ojos y el corazón de aquellos que se aproximaban al apóstol Felipe pidiendo “queremos ver a Jesús” (Jn 12,21), que constituye el grito de muchos en el mundo. La respuesta de Domingo, y una de las claves de su predicación, fue su modo de vida. Lo que atrae a la gente hacia Jesús no es lo que decimos, sino lo que somos. Por lo que nuestra predicación es plenamente eficaz cuando los pobres pueden reconocer a Jesús en nuestras comunidades. El evangelio que predicamos es el de la Buena Nueva a los pobres. Comprometiendo nuestra vida con ellos nos convertimos en destinatarios de su Evangelio Para ir a su encuentro se nos invita no a una actividad pastoral local, sino a una movilidad apostólica. Por eso Domingo ha querido, según el modelo evangélico, predicar desde la pobreza itinerante.

Nuestro carisma en el interior de la Iglesia es ejercer, en colaboración con el ministerio de los obispos, la predicación en su dimensión profética, de modo colegial, comunitario. Carisma que es un permanente recuerdo a la Iglesia de la necesidad de la predicación. Nuestro trabajo teológico, en el que se apoya la predicación, quiere descifrar, continuamente y a la vez, la Palabra de Dios y la experiencia humana. Lo que nos obliga, como algo congénito, a estar atentos a lo nuevo y a adoptar la respuesta adecuada, de modo que no haya nada verdaderamente humano que no encuentre eco en nuestro corazón y en nuestra palabra. Esta característica profética de la Orden hace que nuestra búsqueda intelectual guarde el secreto de una libertad interior, la de la fe como adhesión a una persona viva, Dios mismo, único a quien le debe el homenaje de su obediencia. Esta libertad de espíritu, junto a la libertad para desplazarse no son algo accidental, sino que responden a un propósito deliberado de Domingo. De este modo nuestra predicación itinerante, comunitaria y profética, vivida siempre en comunión con la Iglesia, se ofrece como gozosa proclamación a los hombres de la Palabra del Dios vivo y vivificante. END OF ARTICLE

(Fuentes: Tugwell, Simon. Santo Domingo, Ed. Del Signo, 1996, Guy; Quillici, Alain. Les freres precheurs autrement dits dominicains. Le Sarment / Fayard. 1997).

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