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La liturgia en la Orden

Payer and Liturgy a celebración comunitaria de la liturgia en la Orden es otra de las causas de su vitalidad; y la reunificación de la liturgia dominicana, deseada y lograda ya desde los primeros años, es considerada como uno de los elementos que más han contribuido a conservar la unidad. (ACG, n. 313, Méjico 1992.)

En la época en que santo Domingo fundó la Orden, tanto en la Iglesia occidental como en la oriental, florecía una notable variedad de liturgias, cuyos inconvenientes se dejaron sentir negativamente en los primeros tiempos de la Orden.

La reforma de Gregorio VII había pretendido imponer en la Iglesia occidental como rito único el romano. Sin embargo, la oposición fue bastante fuerte y los resultados incompletos. No sólo no se reunificaron todas las liturgias, sino que incluso dentro del rito romano se prodigó una notable variedad. Esta variedad de formas litúrgicas existía en diversos conventos en los primeros tiempos de la Orden. No es de extrañar, pues, el grave inconveniente que esto suponía para los frailes, desde el momento en que santo Domingo los envió por diversos países, al verse en la necesidad de acomodarse a las formas litúrgicas de los lugares donde se habían de establecer.

En parecidas dificultades se encontraban los que, por razones de estudio o de predicación, iban con frecuencia de un convento a otro, y aún de una nación a otra. Estos inconvenientes se detectaban más palpablemente aún en los capítulos generales, por lo que se determinó la unificación de los ritos dentro de la propia Orden, no sólo por razones prácticas, sino como signo importante de unidad.

La unificación no resultó nada fácil. Se tardaron unos veinticinco años en lograrla. El primer ensayo tuvo lugar entre 1230 y 1235, que sirvió de base para reformas posteriores. La reforma, sin embargo, no resultó del todo satisfactoria, por lo que en 1245 el capítulo general designó una comisión para redactar una liturgia común definitiva. En 1256 se concluyó dicha reforma, siendo Maestro de la Orden Humberto de Románs. En 1267 el papa Clemente IV aprobó la liturgia dominicana. Desde entonces hasta el concilio Vaticano II la Orden celebró en todas partes la liturgia según el rito dominicano. Solamente, a principios del siglo XVII, se introdujo una leve reforma al adoptar el leccionario romano con el fin de unificar la predicación con la de la Iglesia universal.

Cuando san Pío V, en 1570, impuso en toda la Iglesia el Breviario y el Misal romanos, exceptuó las liturgias que llevaran más de doscientos años de existencia. El rito dominicano se benefició de esta exención.

A raíz de la reforma litúrgica del concilio Vaticano II, la Orden adoptó plenamente el rito romano. "La Orden de Predicadores adopta la liturgia de las Horas según el rito romano... El Propio de los Oficios de la Orden de Predicadores se modela sobre la liturgia de las Horas del rito romano, de la que es suplemento" (IG. Introducción general a la Liturgia de las Horas, Propio O.P. nn. 2 y 3.).

Fue el capítulo general de River Forest (1968) el que adoptó el rito romano reformado "conservando, en cuanto fuere posible, algunos elementos propios". Primero se adoptó para la celebración de la Misa y luego para la liturgia de las Horas. Todo ello en conformidad con el espíritu y la letra de la Sacrosanctum Concilium (SC, nn. 3 y 4. 74 CFO, IV.).

De cualquier forma, bien que la liturgia en común se celebre conforme al rito tradicional dominicano, o bien conforme al rito romano, ha sido y sigue siendo una nota característica de la Orden. La propia constitución fundamental la enumera entre las notas esenciales, y, por lo tanto, indispensables para conseguir el fin de la Orden, la preDicación (CFO, IV.).

Al consignarla como nota esencial se está diciendo que sin ella la Orden perdería de su propia identidad; de ahí que esta nota esencial haya estado siempre vigente en la Orden desde sus comienzos. "Por voluntad misma de santo Domingo, ha de considerarse la solemne celebración común de la liturgia entre los principales oficios de nuestra vocación" (LCO, n. 57). "Por tanto, la celebración de la liturgia es el centro y corazón de toda nuestra vida, cuya unidad radica principalmente en ella." (LCO, n. 57.).

Consta históricamente cómo los canónigos regulares asumieron como propias algunas de las vivencias monacales, entre ellas la celebración de la liturgia en común. De ellos formó parte santo Domingo en el cabildo de Osma, lo mismo que algunos que le acompañaron en su vida apostólica por tierras del sur de Francia. La celebración de la liturgia en común le resultaba, pues, muy familiar a santo Domingo, como canónigo regular que había sido. La Orden de Predicadores nació, por lo mismo, con esta nota característica.

Además de las razones históricas, que abogan por la celebración de la liturgia en común en la vida de la Orden, existen otro tipo de argumentos basados en la misión principal de la propia Orden, la predicación.

En la constitución fundamental se indica claramente por qué la celebración de la liturgia en común es una nota esencial de la Orden: "Manteniéndonos unánimes en la vida común, fieles a la profesión de los consejos evangélicos, fervorosos en la oración común de la liturgia, principalmente de la Eucaristía y del oficio divino, y en la oración, asiduos en el estudio, perseverantes en la observancia regular... Todas estas cosas conjuntamente preparan e impulsan la predicación, la informan y, a su vez, son informados por ella" (Ib., n. 57.).

Aquí se está reconociendo que la predicación por medio de la palabra, de la enseñanza y de las obras apostólicas, no es una actividad meramente humana; debe estar impregnada de una fuerza interior que la fecunda y capacita para producir frutos de salvación. La vida dominicana es, por constitución, una vida apostólica, por lo que su predicación también debe ser apostólica. Por lo tanto, "la predicación y la enseñanza deben redundar de la abundancia de la contemplación"( CFO, IV.). La contemplación impulsa a la predicación y la informa, es decir, la hace fecunda; y, a su vez, es informada por ella. Es un círculo constante y perpetuo el existente entre contemplación y predicación. Ahora bien, todos los elementos anteriormente reseñados, entre los que destaca la celebración de la liturgia en común, principalmente de la Eucaristía y del oficio divino, son indispensables para una contemplación rica y plena. De ahí que la propia constitución fundamental concluya: "Estos elementos, sólidamente trabados entre sí, armónicamente equilibrados y fecundándose unos a otros, constituyen en síntesis, la vida propia de la Orden" (1b.).

Por otra parte, como es bien sabido, la predicación dominicana ha de estar siempre informada por la VERDAD; mas no es posible predicar la VERDAD si ésta no ha sido previamente contemplada. El aliis tradere del tradicional contemplata aliis tradere de santo Tomás no puede generar una predicación genuinamente dominicana sin el presupuesto del contemplata.

El contemplata, en el sentir de la Orden, incluye dos elementos esenciales como son el estudio de la palabra y el encuentro con la palabra estudiada. El estudio de la palabra enriquece el acervo intelectual e ilumina el encuentro con la palabra, que se produce en la escucha, meditación, contemplación y principalmente en la celebración de la propia palabra.

Cuando la Orden propone como principio fundamental la celebración comunitaria de la liturgia está diciendo que el dominico debe celebrar comunitariamente la VERDAD que ha estudiado. El dominico estudia la VERDAD y perfecciona el estudio celebrando comunitariamente la VERDAD celebrada. Por último predica la VERDAD que ha estudiado y celebrado.

Toda esta filosofía de la vida dominicana está recogida en otro de los lemas tradicionales de la Orden: laudare, benedicere et praedicare.

-Dentro de todo este contexto se ha de situar la Carta de Promulgación de los Oficios de la Orden de Predicadores: "La liturgia alimenta y exige por diversos motivos la oración y la dimensión contemplativa de nuestra vida dominicana" (COP, n. 8, 1980.).

"Nuestra vida dominicana exige, por sí misma, que seamos fervientes en la celebración de los misterios divinos y totalmente entregados al anuncio del evangelio. De ahí que nuestras comunidades encuentren en la celebración litúrgica, especialmente en la Eucaristía, el vínculo de su comunión fraterna y la fuente principal de nuestra misión apostólica." (Ib., n. 2.).

"La celebración litúrgica de las Horas por una comunidad de la Orden no es simplemente algo que se añade a la oración privada, sino que es efectivamente el centro y corazón de toda nuestra vida, principio de su unidad y fuente de la predicación" (ACG, 1980, n. 52.).

El dominico, por la celebración de la liturgia en común, está edificando la asamblea conventual, y esa asamblea conventual litúrgica es "donde florece el Espíritu, donde se manifiesta nuestra fe y donde, cuando celebramos las fiestas de la Orden, profesamos de modo especial nuestro carisma. Allí tiene lugar nuestra reconciliación fraterna". "La celebración litúrgica es una realidad en la que se conjuntan la comunidad y el misterio, gestos y palabras, cosas humanas y presencia divina" (CPM, Carta de Promulgación del Misal O.P., 1991, nn. 18 y 20.). END OF ARTICLE

(Fuente : Castañón, Delfin. Historia de la Orden de Predicadores. Edibesa, 1995.)

 

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