
as
misiones entre infieles han sido el sueño dorado
e imposible de santo Domingo. Será la Orden la
encargada de llevar a efecto su deseo misional, que, por
su parte, lo ha sabido cumplir fielmente durante todo
el decurso de su historia y, aún hoy, lo sigue
cumpliendo. La Orden ha sabido llenar páginas de
gloria de la historia misional de la Iglesia, escritas,
no sólo con sudores y sacrificios, sino hasta con
sangre en multitud de ocasiones.
Convendría,
sin embargo, dejar bien claro que la Orden ha llevado
y lleva a cabo la labor misional entre infieles, no sólo
por cumplir un deseo de su fundador, sino porque no puede
por menos que misionar, ya que la labor misionera, incluso
entre infieles, es de la esencia de su propia misión
específica, la predicación.
Ciertamente
que toda organización católica es en cierto
sentido misionera. Ninguna se confesará ajena al
carácter misionero de la Iglesia; pero también
es cierto que el carácter misionero se acomoda
con mayor naturalidad a unas que a otras. Aquellas cuyos
objetivos apostólicos apunten directamente a una
tarea prioritariamente evan gelizadora, como acaece con
la Orden dominicana, y cuya historia sea un aval de su
labor misionera entre infieles, será obligado confesar
que son entidades misioneras por su propia naturaleza.
Cristo es el misionero por antonomasia, es el enviado
(el misionero) del Padre. Los apóstoles son los
enviados (los misioneros) continuadores de la misión
de Cristo. La Iglesia, al heredar el testamento de Cristo,
se convierte en la gran misionera.
La
Iglesia, en efecto, "se esfuerza por anunciar
el evangelio a todos los hombres"( AG. Introducción).
La Iglesia hace todo lo posible para que "lo
que ha sido predicado una vez por el Señor, y lo
que en él se ha obrado para la salvación
del género humano sea proclamado y difundido hasta
los últimos confines de la tierra" (AG,
1, 3.).
Juan
Pablo II en la Redemptoris missio enseña que, por
medio de la Iglesia, Cristo cumple su misión (RM,
n. 9.), y que la Iglesia no puede dejar de proclamar que
Jesús vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar
la salvación para todos los hombres (RM, n. 11.)
Este mandato de Cristo alcanza el corazón mismo
de la Iglesia (RM, n. 62. 102 RM n. 65. 103 RM, n. 65.
104 RM, n. 44.).
Esta
misión la realiza la Iglesia por medio de los diversos
agentes de la pastoral misional, entre los que se señalan
"los institutos que asumen como misión
propia el deber de la evangelización."
(RM, n. 65). Se trata de una vocación especial,
que tiene como modelo la de los apóstoles"
(RM, n. 65). Por lo que misión y evangelización
están en muy estrecha relación.
Misionar
es realizar la tarea apostólica de enseñar
a todos los hombres los caminos de salvación, esto
es, el evangelio, la verdad revelada; es decir, es evangelizar.
Evangelizar es, por lo tanto, la tarea más específica
del carisma misionero. "El anuncio tiene la prioridad
permanente en la misión. Es el centro de la misión.
La fe nace del anuncio" (RM, n.44).
Se ha hablado mucho, y se sigue hablando, de que para
ser misionero no es necesario irse a tierras de infieles,
a los pueblos paganos. Agnósticos, increyentes,
alejados, abandonados, ignorantes y seguidores de otras
religiones los tenemos entre nosotros; más aún,
nuestra sociedad se está paganizando día
a día a ojos vista. De modo que misionero sería
aquel que asuma la tarea de evangelizar nuestra propia
sociedad.
No
cabe duda que quien realice esta función, individual
o corporativamente, es misionero; pero la Iglesia al hablar
de misiones prefiere referirse a la actividad misionera
realizada en los países, o grupos humanos, donde
la Iglesia no está aún oficial y jerárquicamente
implantada, es decir, en tierras llamadas vulgarmente
de infieles o pueblos mayoritariamente paganos, o colectividades
por el estilo: "El fin propio de la actividad
misionera es la evangelización y la plantación
de la Iglesia en los pueblos paganos o grupos humanos
en los cuales no ha arraigado todavía"
(AG, 1, 6.).
Pablo
VI ha hablado en este mismo sentido de "la evangelización
verdadera y propia, la llamada primera evangelización;
esto es, que en cada comunidad humana se establezcan de
manera visible los signos permanentes de la presencia
salvadora de Jesucristo por medio de la Iglesia"
(Domund, 1978).
Así
pues, misionero propiamente dicho y en sentido estricto
es aquel que asume la tarea de la evangelización
en aquellos lugares, o comunidades, donde la implantación
de la Iglesia no ha arraigado aún.
En
un sentido más amplio se dice también misionero
aquel que asume la tarea de evangelizar paganos, incrédulos,
herejes, abandonados, ignorantes y creyentes de otras
religiones en una sociedad en la que la Iglesia está
ya oficial y jerárquicamente constituida.
Juan
Pablo II delimita con toda nitidez los diversos campos
de la evangelización clasificándolos en
tres grupos, que presenta como tres situaciones en la
misión de la Iglesia:
1.
Pueblos y grupos humanos donde Cristo y su evangelio no
son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente
maduras. Esta es propiamente la missio ad gentes. La missio
ad gentes consiste en llevar el evangelio a cuantos no
conocen a Cristo redentor del hombre. Esta es la realidad
específicamente misionera que Jesús ha confiado
y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia" (RM,
n.31).
2.
Comunidades cristianas con estructuras eclesiales adecuadas
y sólidas.., en ellas se desarrolla la actividad
o atención pastoral de la Iglesia.
3.
Situación intermedia, especialmente en los países
de antigua cristiandad, donde grupos enteros de bautizados
han perdido el sentido de la fe o incluso no se reconocen
ya como miembros de la Iglesia. En este caso es necesaria
una nueva evangelización, o ree-vangelización
(RM, n.33).
Habida
cuenta de lo dicho anteriormente y, sobre todo, tomando
en consideración las tres situaciones en la misión
de la Iglesia, se puede afirmar con toda rotundidad que
la Orden es misionera por naturaleza en virtud de su vocación
especial y de su misión principal, la predicación.
Asimismo, se puede afirmar que la Orden ha desarrollado
y desarrolla su vocación especial en las tres situaciones
de la misión de la Iglesia, particularmente en
la nueva evangelización o reevangelización
y, sobre todo, en la missio ad gentes.
La
constitución fundamental, tanto de los frailes
como de las monjas, no deja lugar a dudas a este respecto.
En efecto, ya en el número primero se lee: "Para
consagraros a la predicación de la palabra de Dios,
propagando por el mundo el nombre de nuestro Señor
Jesucristo" (CFO, I). En este mismo contexto
se puede seguir leyendo: "Instituida desde el
principio para la predicación y la salvación
de las almas"(CFO, II). "Dedicándose
por entero a la evangelización íntegra de
la palabra de Dios" (CFO, III). "Tenemos
como ministerio propio la función profética
por la que el evangelio de Jesucristo es anunciado en
todas partes con la palabra y el ejemplo" (CFO,
V).
La
Orden desea orientar esta misión especialmente
ad gentes: "la actividad misionera debe ir encaminada
a que el misionero, con el testimonio evangélico
de su vida y predicación, haga presente a Cristo
que trae la fuerza del evangelio, como verdadera proposición
de salvación, y cooperando así en la liberación
y reconciliación de los hombres, congregue al pueblo
de Dios... El misionero ordene su actividad para edificación
de la Iglesia en los pueblos o grupos en los que todavía
no ha echado raíces" (LCO, n. 108, 2).
La
Orden también siente la inquietud de la nueva evangelización:
"también para suscitar la fe y la vida
cristiana en las regiones en que la Iglesia padece un
retroceso" (LCO, n. 108).
Todos
estos ministerios los concibe la Orden como exigencia
de su misión evangelizadora: "A ejemplo
de santo Domingo, que ansiaba vehementemente la salvación
de los hombres, y de los pueblos todos, sepan los frailes
que han sido enviados a todos los hombres, grupos y pueblos,
a los creyentes y a los no creyentes, y sobre todo a los
pobres, para que así dirijan su atención
a la evangelización y extensión de la Iglesia
entre los gentiles, y a iluminar y confirmar la fe del
pueblo cristiano" (LCO, N. 98).
Por
otra parte, la obra misionera de la Orden está
revestida de un carácter universalista en cuanto
a ámbitos territoriales y a ámbitos culturales,
tal como señala la Redemptoris missio, en la que
se invita a "dirigir la atención misionera
hacia aquellas áreas geográficas (al sur
y al oriente) y a aquellos ambientes culturales que han
quedado fuera del influjo del evangelio" (RM,
40).
Las
Constituciones de la Orden remarcan algo similar: "La
Orden, por haber sido enviada a todas las naciones para
colaborar con la Iglesia entera, tiene un carácter
universal" (CFO, VI).
Por
último, la actividad misionera incumbe a toda la
Orden: "El cuidado de las misiones incumbe a
toda la Orden y, por lo mismo, cada uno de los frailes
debe ayudar, en la manera que pueda, a las misiones"
(LCO, n. 113). Todas las provincias se han de sentir implicadas
en la acción misionera ad gentes.
Cuando
se habla de que a toda la Orden incumbe la tarea misionera
ad gentes, se implica también en esta misión
a las monjas y a toda la familia dominicana (LCO, nn.
141 y 142.). La Redemptoris missio no se olvida de esta
corresponsabilidad al hablar de la cooperación
misionera (RM, n. 77. 121 RM n. 78. 122 LCO, n. 77.),
y más en concreto de la cooperación espiritual,
a saber, "oración, sacrificio y testimonio
de vida cristiana" (RM, n. 78).
La
acción misionera ad gentes que caracteriza a la
Orden no puede hacer olvidar que cualquier actividad de
la Orden debe estar revestida de un carácter doctrinal.
La VERDAD es un lema muy significativo, que afecta también
a la missio ad gentes. Esta será precisamente una
nota distintiva de su misión específica.
Las Constituciones recogen esta modalidad típicamente
dominicana: "Nuestro estudio debe dirigirse principal,
ardientemente y ante todo a esto: que podamos ser útiles
a las almas de nuestros prójimos. Mediante el estudio
los frailes piensan detenidamente en su corazón
la multiforme sabiduría de Dios y se preparan para
el servicio doctrinal de la Iglesia y de todos los hombres"
(LCO, n. 77).

(Fuente
: Castañón, Delfin. Historia de la Orden
de Predicadores. Edibesa, 1995.)