
as
constituciones actuales describen amplia y hermosamente
el sentido de la vida común de la Orden, recogiendo
lo mejor que han expresado la tradición y los comentarios
recientes acerca de la vida dominicana e incorporando
también lo que la Iglesia desde el concilio Vaticano
II ha propuesto en sus documentos sobre la vida religiosa.
La descripción de la vida común que dan
las mismas constituciones actuales es el mejor camino
para conocerla y poder vivirla con entusiasmo y fidelidad.
Santo
Domingo vivió en solitario su trabajo de predicación
en el sur de Francia durante casi diez años (1204-1214)
y pudo quizá experimentar qué difícil
y poco eficaz era una predicación hecha de esta
forma. En consecuencia, como narra el MO beato Jordán
de Sajonia, cuando se unieron a él otros compañeros,
formó una comunidad de predicación, regulada
por algunas normas u observancias (OFP, nn. 27-39). Progresivamente
fue madurando en santo Domingo la idea de una Orden, cuando
comprueba que una predicación apoyada en una comunidad
podría ser útil a la Iglesia a nivel universal,
si estos predicadores se presentaran templados por un
ejemplo de vida y bien preparados doctrinalmente por la
oración y el estudio. Probablemente, su idea la
madura en consultas, inicialmente con su obispo de Osma,
Diego de Acebes, y más tarde con Fulco, obispo
de Tolosa, antes de acompañar a su obispo en su
participación al concilio IV de Letrán el
año 1215.
Este modo de vida tenía su ejemplar perfecto en
la comunidad constituida en torno a los Apóstoles,
que había creado un modo de vida descrito como
de vida en común: «Los creyentes vivían
todos unidos y lo tenían todo en común...
todos unidos celebraban la fracción del pan en
las casas y comían juntos, alabando a Dios en alegría
y de todo corazón; eran bien vistos de todo el
pueblo y día tras día el Señor iba
agregando al grupo los que se iban salvando»
(Hch 2, 42-47).
Este texto refiere puntualmente todo lo que se propondrá,
de nuevo, en la vida dominicana en orden a su apostolado
eficaz. Por ello justamente la constitución fundamental
actual de la Orden se refiere, con palabras del papa Honorio
III, a esta realidad:
«Aquél
que incesantemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos,
queriendo asemejar los tiempos actuales a los primitivos
y propagar la fe católica...». «Participando
de la misión de los Apóstoles, tomamos la
vida de los Apóstoles conforme al modo ideado por
santo Domingo» (LCO, C.f., §§ I.
IV).
La vida común, fundada en los consejos evangélicos,
es como la médula o base de toda vida religiosa
y lo es necesariamente de la vida dominicana (CIC, c.
573; CI, n. 926, 914-933).
No
obstante, cabe afirmar que, en la estructura de la vida
dominicana, la vida común no se ordena únicamente
a la santificación de sus miembros, sino que en
ella tiene una importancia decisiva para conseguir su
fin interno apostólico. Sin la vida común
no se realizaría, o no daría sus frutos
con eficacia la misión apostólica que sobreabunda
de la contemplación.
La
vida religiosa busca una unión profunda de sus
miembros a todos las escalas. En la vida comunitaria debe
existir una autoridad, investida de un poder moral, que
imponga a cada cual, siempre que sea preciso, las obligaciones
o deberes del bien común. Los votos religiosos
o consejos evangélicos de obediencia, castidad
y pobreza se ordenan a conseguir el fin de la unidad total.
Las constituciones actuales de la Orden exponen con gran
claridad que:
«Los
frailes, acordes por la obediencia, hermanados en un amor
superior por la práctica de la castidad y dependiendo
mutuamente por el voto de pobreza, edifican en el propio
convento la Iglesia de Dios que después con su
actividad deben dilatar por todo el mundo»
(LCO, n. 3, §§ II).
La
vida común facilita de modo decisivo la contemplación
en la oración y el estudio y posibilita al máximo
la evangelización multiforme, potenciada por la
oración de todos los miembros de la comunidad y
de toda la Familia dominicana.
Por
eso las constituciones actuales declaran que:
«El
ministerio de la Palabra es un trabajo comunitario e implica
en primer lugar a la comunidad entera: precisamente por
esto en los primeros tiempos el convento se denominaba
"santa predicación"» (LCO,
n. 100, § I).
El
MO fray Hugo de Vaucemain (1333-1341) expresó con
una alegoría militar esta misma realidad escribiendo
a los frailes el año 1333, y afirmando que, así
como una batalla sostenida en unión lleva a la
victoria, así él exhorta a los frailes de
la Orden a mantener sus estructuras fundamentales en la
observancia del amor mutuo y en la gracia de la unanimidad,
puesto que, al predicar a partir de una unanimidad de
vida, conseguirán que resuenen las trompetas de
la salvación (Jos 2, 16) y todos juntos pondrán
en fuga al enemigo (MOPH, V, 252).
La
vida común no es sólo una ayuda básica
para la contemplación y para la misión apostólica,
sino que ya en sí misma es un apostolado de testimonio
en cuanto la unanimidad real de la vida conventual, radicada
en el amor de Dios, se convierte en expresión y
modelo de la reconciliación universal que se anuncia
en la predicación (LCO, n. 2, § II).
En
un contexto semejante afirman las constituciones actuales
la calidad intrínseca de esta vida común,
la cual no puede consistir solamente en vivir o dormir
bajo el mismo techo:
«Para
que cada convento sea una verdadera comunidad, los frailes
se deberán tratar y acoger unos a otros fraternalmente
como miembros de un mismo cuerpo, diferentes ciertamente
por su propia índole o por sus cargos, pero todos
iguales por el vínculo de la caridad y de la profesión».
«Conscientes de la propia responsabilidad en orden
al bien común, acepten voluntariamente los diversos
cargos en el ámbito conventual y participen con
gozo en el trabajo de los demás, felices de poder
ayudarlos cuando los vean más sobrecargados»
(LCO, n. 4, §§ 1, II). «Para que la cooperación
apostólica y la comunión fraterna den frutos
más abundantes, es absolutamente importante que
todos los frailes presten su cooperación unánime;
"de hecho, cuando todos se ponen de acuerdo en realizar
algo bueno, se lleva a cabo con rapidez y facilidad"»
(OVR, 1, 72). Por tanto, en todos los conventos se tendrán
reuniones de diálogo («colloquia»)
para promover la vida apostólica y regular»
(LCO, n. 6).
En
las constituciones actuales de la Orden se prevé
como uno de los momentos fundamentales para llevar a cabo
la realidad de la vida comunitaria dominicana, además
de la participación en las celebraciones litúrgicas
y en otros actos comunitarios, la participación
activa de todos los frailes en una serie de reuniones
conventuales, para dialogar y tomar acuerdos sobre la
vida interna del convento y sobre sus actividades.
La
experiencia confirma claramente que estos encuentros comunitarios
son el instrumento más eficaz para ir construyendo
en cada convento o casa dominicana, lenta, pero realmente,
una verdadera comunidad. En cambio, su carencia crea la
murmuración y la autarquía, es decir, que
cada cual haga lo que le conviene personalmente.
Este
punto lo ha descrito con eficacia el MO fray Damián
Byrne en su carta del año 1988 sobre la vida común
(AOP 96 [1988] 178187). Estas reuniones o encuentros comunitarios
es lo que hoy se denomina el «coloquio conventual»,
que se deberá reunir al menos una vez al mes. Su
desarrollo se basa en un diálogo espontáneo
y democrático sobre los proyectos o realidades
internas y externas de cada comunidad. Ciertamente que
para la eficacia de estas reuniones, en ellas se debe
tratar de temas ya anunciados con antelación y
realmente preparados en particular. Las soluciones o decisiones
serias no se improvisan. No se puede perder realmente
el tiempo en intervenciones espontáneas fuera de
tema. Siempre se debe dialogar, pero el diálogo
exige saber de qué se trata y cuáles son
las posiciones indiscutibles de las que se parte. Es necesario
que todos los frailes de la comunidad sepan los frutos
y las dificultades de la vida común y de la vida
apostólica de cada uno y que cada uno se sienta
apoyado y alentado por la propia comunidad en la misión
que la propia comunidad le ha confiado.
Para
la creación de la vida común es importante
la participación de todos los frailes en el «capítulo
regular», antiguamente llamado «capítulo
de culpas». Este capítulo regular actualmente
se celebra con menor frecuencia, solamente algunas veces
al año. En esta reunión capitular cada fraile
examina su fidelidad personal a la vida conventual o regular
y a la propia misión apostólica. Durante
este capítulo regular el superior puede exhortar
a la comunidad sobre la vida espiritual y religiosa y,
si lo juzga oportuno, puede requerir o corregir a los
frailes en su comportamiento en la vida espiritual y comunitaria.
A
ambas reuniones conventuales se debe convocar a los frailes
que ejercen su ministerio fuera del convento, de modo
que su participación voluntaria a las reuniones
de la comunidad que los sostiene, les sirva, al menos,
de ayuda real en su actividad apostólica (LCO,
mi. 7, §§ 1-II. 8).
También
en la vida común es de gran importancia la participación
de todos a las «recreaciones» después
de la comida y de la cena. Esta recreación diaria
es un medio de conocimiento mutuo y de incremento constante
de la comunión fraterna (LCO, 5). La recreación
común no es un monólogo, ni un capítulo
de culpas, ni ver habitualmente la televisión,
sino un momento de verdadero descanso y de relajación
del trabajo diario en una fraternización concreta.
Para ello el superior y el procurador o síndico
deben cuidar el servicio de la recreación como
una de las instituciones importantes de la casa. Es ejemplar
a este propósito el hecho que narra la beata Cecilia
Cesarini sobre santo Domingo y sus veinticinco frailes
de Santa Sabina, que celebran con las monjas del monasterio
de San Sixto un acontecimiento importante para todos.
Entonces santo Domingo propone: «¡Será
bueno, hijas mías, que bebamos un poco!».
Además del milagro celebrado, la narración
refleja un hecho muy real (Narración,
6; SDF, 671).
La
vida común, alimentada en estos encuentros a nivel
humano, se convertirá en esa verdadera comunión
que a su vez es la base imprescindible para la celebración
litúrgica comunitaria. Asimismo en la celebración
litúrgica se consolida eficazmente de un modo sobrenatural
la vida fraterna. Por eso las constituciones actuales
afirman:
«Como
en la Iglesia de los Apóstoles, así también
nuestra comunión se cimienta, se desarrolla y se
consolida en el mismo Espíritu Santo en quien recibimos
con la misma fe al Verbo de Dios Padre; lo contemplamos
con el mismo amor, cantando sus alabanzas con una única
voz; en él formamos un solo cuerpo alimentándonos
del mismo Pan; en él, finalmente, tenemos todo
en común y nos dedicamos a la misma misión
de evangelización» (LCO, n. 3, §
I).
Es
oportuno, por tanto, dar una perspectiva histórica
de cómo la Orden de Predicadores ha vivido la realidad
de la vida común y cómo la deberá
adaptar a las circunstancias presentes. Esta es una preocupación
central de la misma Orden, como precisa la legislación
actual:
«El
ideal fundamental de la Orden y su estilo de vida, que
de él se deriva, siguen siendo importantes en cualquier
período de la vida de la Iglesia... su interpretación
y valoración, como nos enseña nuestra tradición,
es de máxima importancia en las épocas de
cambios más profundos y de más acelerada
evolución, en las cuales es preciso que la Orden
se renueve con decisión y se adapte a las nuevas
circunstancias. Por ello la Orden se propone en las circunstancias
presentes renovarse con decisión y adaptarse a
estas circunstancias, discerniendo y probando lo que de
bueno y útil se da en la humanidad actual y asumiéndolo
en armonía inmutable con los elementos fundamentales
de su vida. Tales elementos propios no pueden cambiarse
sustancialmente, sino que deben inspirar formas de vida
y de predicación acomodadas a las necesidades de
la humanidad presente» (LCO, C.f., § VIII).

(Fuente
: Fuente, Antolín González. El Carisma
de la Vida Dominicana. Editorial de San Esteban.
1994.)