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el año 1880 celebramos el sexto centenario de la
muerte de Santa Catalina de Sena. Ella es la verdadera
inspiradora de nuestras congregaciones misioneras. Encarnó
admirablemente la síntesis de la vida dominicana.
Ardiente
contemplativa, fue invitada por el Señor a salir
de su celda y cuidar con ternura de los más desheredados
entre los pobres de Sena, antes de consagrar sus fuerzas
a salvar a la Iglesia que se hallaba en serio peligro.
Como escribe uno de sus biógrafos. “Es la
flor más desarrollada del árbol que santo
Domingo plantó”
La
historia de estas congregaciones es compleja y apasionante
y se remonta más allá del renacimiento de
la Orden después de la Revolución francesa.
Como ha hecho notar Fray Raffin (Cuadernos de santo Domingo,
marzo, 1977), ellas surgen paradójicamente de la
rama laica de la Orden. En el curso del siglo XIV y sobre
todo en el XV se van constituyendo comunidades de mujeres
terciarias, que pasan de la simple cohabitación
a instalarse en una casa “regular”, con oratorio
e, incluso, iglesia pública. Santa Catalina, por
ejemplo, pertenece a las “mantellate” de Sena.
La evolución será en el sentido de un mayor
rigor de las condiciones de su vida religiosa. Al fin
del s. XVI los monasterios de la Tercera Orden son monasterios
con clausura, que no se distinguen de los de las monjas
más que por algunos ligeros detalles de la observancia.
Los papas Pío V y Gregorio XIII obligarán
a la religiosas a vivir en estricta clausura como toda
religiosa de “votos solemnes”
El
siglo XIX da un nuevo impulso a la vida femenina dominicana
después de los estragos producidos por la Revolución
francesa. Antes de la restauración de la Orden
en Francia, realizada por el P. Lacordaire, se reagruparon
las monjas expulsadas de sus monasterios. Han vivido en
estos años duros animadas por el espíritu
de santo Domingo, en el tiempo en el que los frailes tuvieron
que abandonar Francia. Permanecieron firmes a sus compromisos
y se mantuvieron en su vocación. Así, las
primeras congregaciones surgen entre aquéllas que
tomaron el relevo de los monasterios de la Tercera Orden
regular, como el célebre monasterio de Langres.
Otros se forman a partir de la percepción de nuevas
llamadas apostólicas; sus fundadoras desean la
vida religiosa y encuentran a menudo en los monasterios
la sólida formación a la que aspiran.
Es
lento el reagrupamiento de comunidades en congregaciones.
Los obispos no lo entienden fácilmente, es necesaria
una nueva legislación para organizarlas y son pocas
las que, al principio, superan los límites de una
diócesis y dependen directamente de Roma. Enseguida,
sin embargo atravesarán los mares, saldrán
fuera de Francia en dirección a Medio Oriente y
las Antillas, posteriormente a América Latina,
América del Norte, a Escandinavia, África,
e, incluso, Japón y la isla de La Reunión.
La
experiencia de Domingo fue la de un hombre de Iglesia
que descubre la miseria espiritual de la herejía,
las congregaciones nacidas en el siglo XIX son auténticas
dominicas, porque nacen de vidas centradas en lo absoluto
de Dios para encontrarse con la miseria humana bajo sus
diversas formas: miserias psíquicas y morales.
El fermento evangélico actúa realmente en
estas fundadoras. Son sensibles a la llamada del sufrimiento
a la que responde ofreciendo un abanico de obras de misericordia:
congregaciones educativas, hospitalarias, que atienden
enfermos a domicilio, que acogen a toda suerte de limitaciones
humanas, con marcada preferencia hacia los más
pobres: leprosos, prisioneros que salen de la prisión,
a niños y jóvenes en peligro, obreros....
Esta acción apostólica, pretenda despertar
la fe y educarla o bien acciones caritativas, se enraíza
fuertemente en la oración, al estilo de santo Domingo,
que pasaba las noches orando y “tenía una
gracia especial hacia los pobres, los pecadores y los
afligidos”.
Uno
se extraña a veces de la cantidad de congregaciones
dominicanas que se solapan en su ministerio. Cada una,
sin embargo, tiene una nota particular bien definida,
y se apegan fuertemente a la llamada que originó
su humilde nacimiento. Ahora, sin embargo, la diversidad
se compensa con un movimiento que tiende a la unificación.
En 1956, por ejemplo, cinco congregaciones dominicas dedicadas
a la enseñanza se fusionaron para constituir una
nueva congregación: hecho raro subrayaba el delegado
enviado por la Santa Sede para esta ocasión: “porque
esta operación no se hace si no es para superar
situaciones más o menos catastróficas de
las congregaciones, mientras que en este caso las congregaciones
que se unen están bien vivas”. En otros casos
pequeñas congregaciones se unen a otra más
numerosa.
Las
federaciones nacionales o continentales tejen lazos entre
las congregaciones y hacen posible poner en común
recursos para la formación continua. Por ejemplo
desde 1995 la mayoría de las congregaciones se
han asociado a un organismo de coordinación en
el ámbito mundial conocido bajo el nombre. “Hermanas
Dominicas Internacionales”.
Las
hermanas de las diferentes congregaciones son actualmente
32.000 en el mundo. Los frailes comprenden cada vez mejor
el lugar que ocupan en la Orden. Desde hace 30 años
los capítulos generales de los frailes se han interesado
por las hermanas, estimulándolas en sus estudios
y en su vida apostólica, motivando los encuentros
y la colaboración. El capítulo de Manila
¿? Ha sido más explícito todavía.
“Nuestra
Orden, dicen las actas, se encuentra ante dos movimientos
de la Iglesia y del mundo: promoción del laicado
y liberación de la mujer. Ahora bien, santo Domingo
fundó una comunidad de hermanas, antes que la de
frailes, poco después organizó grupos laicos.
Este es el inicio de lo que llamamos Familia Dominicana.
Estamos en tiempos favorables para esta “familia”
en orden a crear una auténtica igualdad y complementariedad
entre las diversas ramas. Las hermanas tienen un sentimiento
cada vez más vivo de los lazos que les unen a la
Orden, desean participar mejor y siempre en su doctrina,
en su espíritu, y en su celo apostólico.
Antes las hermanas pedían insistentemente ayuda
a los frailes, ahora se trata de trabajar “en conjunto”.
(Fuente: Sor Jeanne-Catherine in Dominicans, Cerf 1980).