o
cabe duda de que como canónigo regular Domingo
se sintió en un ambiente que le iba y le convencía.
Bajo las sabias directrices pastorales de su obispo, don
Martín de Bazán, fue asimilando las posibilidades
de vida apostólica en comunidad, dentro del estado
clerical, y, al mismo tiempo, el provecho de grandes espacios
para la contemplación. La Regla de San Agustín
como norma de vida, y la asidua lectura de las Colaciones
de Casiano, nutrían espiritualmente su vida de
oración, pudiendo participar de las delicias de
la contemplación. Fue sacristán del cabildo,
pues en 1199 firma un documento en calidad de sacristán.
En cambio en 1201 estampa su firma en otro documento,
como subprior del mismo.
A la muerte del obispo don Martín de Bazán,
fue elevado a la sede de Osma el prior del mismo cabildo,
Diego de Acebes, muy vinculado a Domingo de Guzmán,
al que había atraído al cabildo, y de quien
había recibido una excelente colaboración
en calidad de subprior. Para Domingo aquellos años
de estudio, oración y contemplación eran
augurio de una gran cosecha espiritual.
Hombre de confianza
Corría el mes de marzo de 1203, cuando un suceso
inesperado vino a dar un giro insospechado a la vida de
Domingo. Alfonso VIII, rey de Castilla, a impulsos de
su apertura política hacia Europa, quiso casar
a su hijo Fernando con una princesa danesa. Hallábase
el monarca en San Esteban de Gormaz, acompañado
de su Corte, para asistir a la inauguración de
un monasterio femenino fundado en Soria por el obispo
Diego. Y Diego, además, como obispo diocesano,
acompañaba al rey durante su estancia en tierras
de Osma. Ocasión que el soberano aprovechó
para proponerle, como hombre de confianza, que presidiese
la embajada que iba a enviar a las Marcas para concertar
el matrimonio de una princesa con el infante. Diego no
pudo rehusarlo, y eligió a Domingo como compañero
de aquella delicada misión.
A mediados de octubre se ponía en marcha la brillante
comitiva que a través de Soria, Zaragoza y jaca,
llegaba a los Pirineos y franqueaba el puerto de Somport.
Nada más pisar suelo francés tuvieron Diego
y Domingo la amarga experiencia de tener que constatar
el gran número de cristianos que habían
sido ganados para la causa de la herejía albigense.
La misma noche de su llegada a Toulouse, Domingo sostuvo
una larga discusión con el hospedero, hombre de
buena fe pero desorientado por la herejía, y tuvo
la satisfacción de abrirle su espíritu a
la verdad. Fue un contacto de los que dejan huella. Siguieron
su camino y concluyeron satisfactoriamente el cometido
de su embajada concertando el matrimonio entre la princesa
y el infante. Regresaron inmediatamente a Castilla a dar
cuenta al rey del resultado positivo de su gestión.
Domingo llegaba con una punzante inquietud en su corazón.
Confirmado el contrato matrimonial con el infante de Castilla,
una nueva embajada mucho más esplendorosa que la
anterior, presidida por Diego con la compañía
de Domingo, emprendía de nuevo marcha hacia las
Marcas, para recoger a la princesa y traerla a Castilla
con los honores que merecía. Eran los últimos
meses del año 1205. Al llegar a la Corte Danesa
les comunicaron que la princesa había muerto para
el mundo. Ante aquel inesperado acontecimiento, Diego
dio por terminada su misión personal. Remitió
a la comitiva hacia Castilla con los debidos informes,
mientras él acompañado de Domingo había
decidido ir a Roma a postrarse a los pies del Romano Pontífice.
Una vez en presencia del gran Inocencio III, le propusieron
un plan activo de evangelización y apostolado entre
herejes e infieles, al mismo tiempo que el obispo presentaba
la renuncia de su obispado. La tranquila diócesis
de Osma no satisfacía las ansias apostólicas
de aque
líos auténticos siervos de Dios. No quiso
el Papa que el obispo dejase la obra de reforma canonical
de su cabildo en la que estaba implicado, aunque le autorizó
a que dedicase un tiempo a predicar entre los herejes
que tanto le habían impresionado y que eran una
grave preocupación de la Sede Apostólica.
Domingo, en cambio, estaba más libre.
Queriendo Diego conocer el Císter en su auténtico
ambiente, y ver directamente el trabajo y la vida monástica
de aquellos venerables monjes blancos que contrastaba
con la idea que los monjes negros de Castilla habían
dejado en la mente del prelado, atravesaron la Borgoña
y llegaron hasta el centro de la reforma monástica
del Císter. Tan prendado quedó el obispo
del espíritu de los hijos de San Bernardo que solicitó
vestir la cogulla blanca. Era una manera de participar
de las gracias espirituales de los cistercienses. En cuanto
a Domingo, otros ideales hervían dentro de su espíritu.
Experiencia en el Languedoc
A
primeros de marzo del 1206, se dirigieron a Montpellier,
donde hallaron a doce abades cistercienses presididos
por un legado pontificio, reunidos con la jerarquía
eclesiástica de aquella zona, para promover en
la región del Languedoc, una campaña de
predicación' ordenada a la conversión de
los herejes. Ante los alardes de ostentación externa,
Diego les propuso la forma de predicación apostólica,
en pobreza evangélica, con austeridad de medios,
y acentuando la fuerza del ejemplo. Diego y Domingo no
sólo lo aconsejaron sino que comenzaron a practicarlo,
mendigando su propio sustento y renunciando a cualquier
signo de poder externo. Desde entonces dejó Domingo
de utilizar el título de subprior, para llamarse
simplemente fray Domingo. El consejo dio buen resultado
y la predicación apostólica se intensificó
en las regiones de Servian, Béziers y Carcasona.
Pero Diego tenía que regresar a Osma. Domingo,
en cambio, prefirió continuar en su puesto de predicador.
La «Predicación de Jesucristo», preconizada
por Inocencio III, en 1204, se había convertido
en una realidad. Integrada por religiosos cistercienses
la mayoría y dos canónigos regulares, se
desplazaba de un lugar a otro según conveniencias.
No tardaron en darse cuenta de que les convenía
fijar posiciones y delimitar campos. A Domingo de Guzmán
le tocó un punto estratégico situado entre
Montreal y Fanjeaux, denominado Prulla. Se trataba de
un caserío sin importancia y en parte abandonado,
pero contaba con una capilla dedicada a la Virgen María,
abierta al culto, y con algunas casas de vecinos. La consigna
que todo el grupo había recibido se cifraba en
la necesidad de no decir ni hacer cosa alguna que pudiese
ser criticada por los herejes. Fray Domingo tenía
su campo apostólico bien marcado y la orientación
común bien asimilada. Y se consagró a su
trabajo con todo el ardor de su temple y convicciones.
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(Fuente:
Galmes, Lorenzo; Gomez, Vito T. et al. Santo Domingo
de Guzmán. Fuentes para su conocimiento. Bilioteca
de Autores Cristianos. 1987)