
proximándose
ya a los ocho siglos de existencia, la Orden dominicana
goza aún de su unidad, mientras que sus miembros
poseen esa diversidad de dones que, según san Pablo,
es un signo de la acción del Espíritu Santo
(1 Cor 12, 12-39).
Esta
unidad es admirable, sobre todo si tenemos en cuenta el
compromiso activo de la Orden dominicana, desde el siglo
XIII, en la mayor parte de los acontecimientos que han
marcado la historia de la Iglesia y de la sociedad. El
mismo santo Domingo oraba ya entonces para que la Orden
pudiera albergar en un solo cuerpo a los que le seguían.
No
hay más que pensar en la diversidad de circunstancias
y acontecimientos que los dominicos han encontrado en
el curso de esta larga historia, marcada a la vez por
la continuidad y el contraste. En el siglo XIII nos hubiéramos
podido cruzar con dos frailes juntos, abriéndose
camino por los senderos de Europa, cantando Salmos para
darse ánimos, sometidos a los peligros de los bandidos
o de los herejes, dirigiéndose a las fronteras
de la cristiandad y más lejos aún. O también
podríamos haberlos encontrado predicando en sus
Iglesias, recién construidas en las nuevas ciudades
que surgían en casi por todas partes en aquella
época por Europa. O enseñando en las Universidades
recién fundadas, como París u Oxford, debatiendo
en ellas los problemas candentes del momento: la filosofía
aún sospechosa de Aristóteles o las nuevas
ciencias experimentales o incluso experimentando un poco
la alquimia.
Durante
el Renacimiento, esas mismas Iglesias fueron transformadas
por los artistas y arquitectos del tiempo, como Botticelli
en Florencia, o Leonardo da Vinci en Milán. Allí
los frailes afrontaban las cuestiones del tiempo. Es lo
que hizo san Antonino enfrentándose con los nuevos
problemas morales planteados por el nuevo tipo de economía
que comenzaba a instalarse, o Francisco de Vitoria proponiendo
la primera formulación de la teoría de los
derechos humanos.
Otros
frailes atravesaban por entonces el Atlántico en
busca de un Mundo Nuevo y se sumergían en las selvas
de América Central, rechazando la protección
de las armas, para predicar pacíficamente a los
indígenas. En el siglo pasado, encontramos de nuevo
a los frailes por el Océano, en los barcos de vapor,
acompañando a los que se precipitaban hacia el
Oeste para procurarse alimentos, oro o libertad. En nuestro
tiempo, los discípulos de santo Domingo se encuentran
en casi todas partes -¿no había en el Capítulo
General de México representantes de noventa y dos
países?-, comprometidos en todo lo que uno puede
imaginarse como diversidad de servicios o trabajos: desde
la dirección de una granja ecológica en
Benin, hasta la exploración de la gramática
copta en Friburgo. ¿Qué es lo que ha podido
reunir a esos hombres y mujeres, tan diferentes, en el
curso del tiempo? Una pasión por el Evangelio a
imagen de santo Domingo.
Los
últimos Capítulos Generales han intentado
ayudar a la Orden a tomar conciencia de sus prioridades
respecto a las demandas apostólicas y a sus posibilidades
ilimitadas. En ellos se señalan cuatro objetivos
principales que debe promover en su compromiso: la formación
intelectual, la misión en el mundo, la comunicación
y la justicia social. En razón del lugar eminente
que tiene nuestro hermano Tomás de Aquino en la
Iglesia, no es sorprendente que tanto la búsqueda
de la Verdad como la santificación de la inteligencia
humana sean una de nuestras prioridades. Esta es una búsqueda
bendecida por Dios. Aun cuando en la cultura occidental
contemporánea existe una sospecha contra la "sequía
del intelectualismo", sabemos que todo estudio verdadero
es profundamente pastoral. La justicia no puede desarrollarse
en una sociedad que no alimenta una pasión por
la verdad en cuanto tal, y que se mueve únicamente
por el rendimiento económico y financiero. Saber
asomarse minuciosamente a los textos puede ser un magnífico
ejercicio para una escucha atenta y paciente de la gente
que uno encuentra.
Como
predicadores del Evangelio, los dominicos deben afrontar
las técnicas de la comunicación. Esto les
pone en relación con todo lo que la ciencia puede
ofrecer. Pero reconocemos que mucho antes de la época
de los medios de comunicación de masas, de la televisión
y de la radio, la Orden dominicana ha dado hombres y mujeres
dotados con el don de captar la atención de los
demás. Desde los santos del siglo XV, como el beato
Fray Angélico, cuyas representaciones de los misterios
de la vida de Cristo nos siguen conmoviendo; o incluso
una santa iletrada, como Catalina de Siena, cuyos diálogos
con Dios o las cartas dirigidas a personas ordinarias
pueden seducirnos y ayudarnos todavía hoy. Y mi
predecesor del siglo XIII, el Beato Jordán de Sajonia,
de quien se dice que los padres encerraban a sus hijos
para que no le escucharan predicar y no sintieran la tentación
de hacerse dominicos, ¿no había recibido
el don de la comunicación?
Predicar
la palabra no es solamente comunicar una verdad abstracta,
sino intentar modelar la vida y la sociedad. La expresión
"Palabra de Dios" sólo puede tener sentido,
cuando es una palabra creativa y transformadora que ayuda
a la construcción del Reino. Existe, por tanto,
una relación íntima entre la vocación
dominicana a la predicación y la pasión
por la justicia. 
(Fuentes
: Bedouelle, Guy. A imagen de Santo Domingo.
Editorial San Esteban, 1996. Prólogo F. Timothy
Radcliffe, OP.)