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P. Chenu decía que había dos puertas para
entrar en la Orden: la de la llamada a la vida contemplativa
y la de la llamada a la vida apostólica. Esto sigue
siendo verdad para las monjas. Existen aquella que eligen
entrar en el monasterio para encontrar la oración
continua, la pureza de corazón, la total atención
al misterio de Dios y luego descubren por la familiaridad
con santo Domingo la misericordia y la intensa intercesión
por los hombres que Dios ama.
Otras
quieren servir a sus hermanos y hermanas sintiendo su
humanidad, abrirles los caminos de la fe, y luego descubren
que uno de los mejores modos de aproximarse a ese objetivo
es entregarse totalmente a la oración, al silencio,
padre de los predicadores, sin buscar ninguna actividad
concreta, sino simplemente “creer en Aquel que
el Pare ha enviado”.
Por
su vocación y porque así lo quiso santo
Domingo, las monjas son el corazón de la Orden;
iluminan de un modo radical esta gracia de la contemplación
que es la fuente de la misma vida apostólica itinerante
iniciada por santo Domingo. Solidarias con la misión
de sus fraile predicadores y con toda la familia dominicana,
las monjas quieren acompañar con su oración,
“la Palabra que no retorna a Dios sin haber cumplido
su misión”. Esta contemplación está
enraizada a la vez en el silencio y en la plegaria litúrgica,
como algo propio de la vida cotidiana por todas compartida;
pero también en la meditación y el estudio
asiduo de es Palabra de Dios, a la luz de las grandes
corrientes teológicas y espirituales.
Como
en tiempo de la “santa predicación de Prulla”,
los monasterios son también lugares donde se sienten
estimulados y reconfortados los frailes, las religiosas
y los laicos de toda la familia dominicana. Un lugar donde
la Palabra se deja oír por lo huéspedes
y los amigos que vienen a buscar luz para su vida; es
ligar donde se inicia la misión universal de la
Orden, donde los sufrimientos de hombres y mujeres, sus
lágrimas, sus desesperanzas son acogidos en el
“santuario íntimo de la compasión”;
es decir en el corazón y la oración de cada
monja. 
(Fuente: Duval,
André. Dominicaines moniales de l’Ordre des
Precheurs. C.I.F. Éditions, París 1993).