
na
carta dirigida el 17 de abril de 1207 por el obispo de
Narbonna desde Carcassona a “la priora y a las monjas
recientemente convertidas por las exhortaciones y ejemplos
de Fray Domingo de Osma y de sus compañeros”,
es el primer documento que señala la existencia
de una comunidad femenina en torno a la Iglesia de Santa
María de Prulla, al pie de la ciudad fortificada
de Fanjeaux (actual departamento del Aude, Francia).
¿Es posible decir que, al reunir a algunas jóvenes
arrancadas de la educación cátara, a comienzos
de su predicación en el Languedoc, Domingo quiso
fundar una Orden femenina? Como de costumbre, Jordán
de Sajonia no entra apenas en las motivaciones psicológicas
y su relato es muy sobrio: El obispo de Osma «instituyó
un monasterio con el fin de recoger en él algunas
mujeres nobles que, por motivos de pobreza, eran entregadas
por sus padres a los herejes, para que las educaran y
se preocuparan de su manutención. El monasterio
estaba situado entre Fanjeaux y Montreal, en el lugar
denominado Prulla. Hasta el día de hoy las siervas
de Cristo ofrecen allí un culto agradable a su
Creador, con una santidad vigorosa, y preclara pureza
de inocencia. Llevan una vida provechosa para sí,
ejemplar para los hombres, motivo de júbilo para
los ángeles y grata a Dios» (Orígenes
27).
Estas jóvenes nobles debían de ser oblatas,
confiadas para su formación a comunidades de «perfectas»
cátaras, semejantes a las que dirigió, hacia
1205, Felipa, la mujer de Raimundo Roger, conde de Foix
(Cfr. M. H. VICAIRE, Historia, 114-115). Ya que volvían
a la Iglesia, había que encontrar un modo de vida
para ellas que fuera tan austero y exigente como los monasterios
cátaros, aunque sólo fuese para convencer
a las familias todavía vacilantes. Jordán
indica ya en qué sentido se puede entender la «predicación»
de las hijas de santo Domingo: su vida es «ejemplar
para los hombres».
El hecho es que la fundación de Prulla por Diego
de Osma y Domingo tendrá ramificaciones inesperadas.
La necesidad urgente de encontrar un lugar de refugio
para aquellas mujeres, unida al celo de Domingo por la
salvación de todas las almas, terminará
por integrarse en un proyecto orgánico y complejo
de vida religiosa propuesta a hombres y mujeres. En realidad,
las hermanas de Prulla, cuyo monasterio servirá
de referencia para las monjas de la Segunda Orden, fueron
fundadas de hecho antes que los Frailes Predicadores.
La instalación en Prulla se puede datar con bastante
precisión: no se remonta más allá
de marzo de 1207. La tradición dominicana atribuyó
la elección del lugar a un signo del cielo, cuya
fecha llega incluso a establecerse en el día 22
de julio de 1206, fiesta de santa María Magdalena,
«la que había escogido la mejor parte».
Lo cierto es que Diego constituyó un primer grupo
con algunas hermanas y una priora y encomendó su
cuidado espiritual a Domingo, «lleno del Espíritu
de Dios», para instalar allí firmemente la
vida religiosa conforme a una regla, antes de partir él
hacia España con el especial propósito de
hacerse con algún dinero que iba a destinar a la
edificación de los muros del monasterio (Orígenes
28).
En
adelante, a dondequiera que vaya, establecerá la
vida religiosa femenina procurando incorporar a algunos
frailes, como quien forma una verdadera familia. En 1215
abre en Toulouse una casa para pobres mujeres convertidas,
pero sobre todo se preocupa de implantar monasterios dentro
de su propia patria, en Madrid, como también a
lo largo de su ministerio en Italia.
Así,
durante su viaje a España en 1218, da el hábito
de la Orden a un grupo de hermanas en Madrid, que todavía
está lejos de vislumbrarse como futura capital
de un reino unificado. Puesto que la situación
material y jurídica se revela compleja, deja a
su propio hermano Manés para que la resuelva, y
procura infundir ánimo en las hermanas, de lo cual
da testimonio la única carta suya que conservamos.
El
trabajo apostólico de las Predicadoras momo se
las llamará más tarde- es, pues, la participación
silenciosa y orante en la palabra de los frailes. Hay
ciertamente una unión de corazones entre Diana
y Jordán que se expresa con emoción (sin
duda un día de prueba) y demuestra la unidad que
existe entre frailes y hermanas de la Orden de Predicadores
en los objetivos mismos de la vida religiosa, unidad que
subsiste por encima de las circunstancias: «¿Por
qué has de angustiarte de ese modo?», escribe
a Diana en 1231 fray Jordán, «siervo inútil
de la Orden de Predicadores». «¿Es
que no soy tuyo y no estoy siempre con vosotras, tuyo
en el trabajo y en el descanso, tuyo estando presente
o cuando me encuentro lejos, tuyo en la oración
y en el mérito, y tuyo, según lo espero,
también en el premio?»
Así,
por su unión con los frailes en la «barca
de santo Domingo», las hermanas participan en el
oficio que a este le es propio, el de «mi Hijo unigénito,
el Verbo», como declara el Señor a santa
Catalina de Siena.

(Fuente:
Bedouelle, Guy. La fuerza de la pala bra. Domingo
de guzman. Editorial San Esteban. 1987).