Margarita nació alrededor de 1287 en el castillo de Metola, en Massa Trabaria (en la frontera entre Umbría y las Marcas), no lejos del Mercatello del Metauro, en los territorios de la Iglesia. Su padre Parisio era el señor del castillo, y era llamado ‘cattano’ (capitán), título que ya pertenecía a sus antepasados; su madre se llamaba Emilia. Pero la niña había venido al mundo ciega y deformada y sus nobles y adinerados padres no podían soportar una desgracia que ofendía el orgullo de la familia. Así, el padre encerró a su hija en una celda adyacente a la iglesia del castillo para que “la vergüenza” permaneciera oculta a los ojos del mundo. La pequeña aceptó esta decisión sin rebelarse, manteniendo intacta su serenidad. Pasó su primera infancia en soledad, dedicándose a la oración y la contemplación, en comunión con Dios, en una profunda quietud y paz espiritual.

Tras una corta estancia en un castillo de Metauro, necesaria tras los levantamientos militares en la región, sus padres la llevaron a Città di Castello, a la tumba de Giacomo († 1292), un fraile franciscano laico fallecido recientemente en olor de santidad. Esperaban que el bienaventurado pudiera lograr la curación de su hija, pero el tan esperado milagro no sucedió. Habiendo fracasado este último intento – cuenta un biógrafo del siglo XIV – la abandonaron en Castello “sin piedad, sola, sin pensar en sus necesidades, privada de toda ayuda humana”. Durante algún tiempo, la indefensa niña llevó una vida perdida, mendigando pan; después encontró refugio en el pequeño monasterio de S. Margherita. Pero fue un breve paréntesis, porque su conducta de vida, el riguroso ascetismo que observaba, sus advertencias despertaban la envidia de las monjas. Incapaces de soportar la comparación con un ejemplo tan inalcanzable, las monjas también la echaron de allí con muchas acusaciones e insultos. Después de esta enésima traición, Margarita fue finalmente acogida por un matrimonio profundamente piadoso, Venturino y Grigia, que le reservaron una pequeña habitación en la parte alta de su casa, para que pudiera dedicarse libremente a la oración y la contemplación. Su generosidad sería recompensada por Margarita, quien puso al servicio de sus padres adoptivos y de su círculo de familiares y amigos sus excepcionales carismas. Se dedicó a la formación y educación cristiana de los hijos de sus benefactores, fue una guía amable y autorizada para muchas personas que acudieron a ella en busca de consejo y consuelo, y en más de una ocasión protegió a sus amigos de graves peligros. También se ocupó de los pobres y miserables de la ciudad. A pesar de ser ciega y discapacitada, logró ser una hermana caritativa para todos los desafortunados.

En la casa de Grigia y Venturino la niña pasó el resto de su corta y sencilla vida, dividiendo su tiempo entre la oración, la vida contemplativa y la caridad trabajadora. Siempre ayunaba, casi nunca dormía y cuando estaba somnolienta se echaba en el suelo y nunca en la cama. Al participar de los sufrimientos de Jesús, Margarita se sintió ligada al Esposo celestial, se identificó con él y esta vida de unión le dio una seguridad y una alegría inefables. Después de ponerse el hábito de penitencia de los frailes Predicadores, iba diariamente a su iglesia, donde se confesaba todos los días y participaba con gran devoción en la celebración eucarística. A menudo, durante la misa, tenía maravillosos éxtasis.

Cuando su enfermedad se agravó, mandó llamar a los frailes para recibir los sacramentos, dio gracias a Dios y murió en perfecta serenidad de espíritu el 13 de abril de 1320: Margarita tenía 33 años.


La Postulación General agradece a la profesora Alessandra Bartolomei su colaboración asidua y siempre disponible

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