
«Misterios de alegría, de dolor, de gloria y luz» de nuestras vidas […]. La esperanza es Cristo en nosotros.
– cf. Col 1, 27
Hoy celebramos la Solemnidad de la Transfiguración del Señor, un misterio luminoso que nos invita a contemplar la gloria de Cristo, a escuchar su voz, y a seguirlo con fidelidad.
1.- Contemplar la Gloria de Cristo en la oración. Un momento de soledad con el Padre, de cercanía con Él, de apertura al misterio divino. Jesús sube al monte con Pedro, Juan y Santiago, no para mostrar su gloria, sino para orar. Y es “mientras oraba” que su rostro cambia y sus vestiduras se vuelven resplandecientes. Un aspecto particular que san Lucas nos revela para contemplar La Transfiguración del Señor, es que acontece en un contexto de oración, es decir, en la unión íntima con el Padre. Oración y esperanza. El Papa Francisco decía: “La oración te lleva adelante en la esperanza y cuando las cosas se vuelven oscuras, ¡se necesita más oración! Y habrá más esperanza” (Audiencia general, 18.01.2017).
La oración transforma, transfigura, Jesús se transfigura mientras ora. ¿Cómo es nuestra oración? ¿Nos dejamos transformar por ella? La oración no es solo pedir, sino entrar en comunión con Dios, dejarnos iluminar por su luz.
2,. Escuchar.- Pedro, impresionado, propone hacer tres tiendas. Quisiera quedarse allí, en la contemplación, en la luz, en la seguridad. Pero la nube los envuelve, y desde ella se escucha la voz del Padre: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo”. Este mandato es el corazón de la Transfiguración. No basta con ver a Jesús glorioso; hay que escucharlo, seguirlo, obedecerlo. Y eso implica aceptar su camino, que pasa por la entrega, el sufrimiento, la cruz. La pasión de Cristo está iluminada de la gloria de Dios, por lo cual, la pasión se transforma en luz, en libertad, en alegría, es decir, en esperanza. San León Magno dice que “la transfiguración tenía la finalidad de quitar del corazón de los discípulos el escándalo de la Cruz… y al mismo tiempo daba un fundamento a la esperanza de la Iglesia” (Sermón 51; LH II).
En el mundo actual, lleno de ruido y distracciones, resulta cada vez mas difícil escuchar la voz de Dios, la voz de Cristo puede quedar oscurecida, ignorada. En medio de tantas voces que nos llaman, nuestra misión es escuchar la voz del Señor, que nos habla en su Palabra, en la oración, en la liturgia y fuera de ella, en la comunidad, en la fraternidad, en los capítulos, en el estudio, en la obediencia, en los hermanos, en las familias, en los jóvenes, en los que no conocen a Dios, en los que se alejan de Dios. Escuchar a Jesus significa acoger su mensaje de amor, de perdón, de sacrificio y de esperanza. Somos llamados a escuchar a Jesus a dejarnos transformar por su amor y siendo portadores de esperanza en mundo necesitado de luz. Llamados a ser luz, llamados a ser luz que alumbra no que encandila. Luz que enseña, que guía, que habla con la verdad en la caridad que nuestra vida y nuestra conducta sean luz.
Seguirlo y predicarlo.- La salvación de las almas exige que llevemos a cada persona al encuentro con Cristo, que les ayudemos a escuchar su voz, y que les acompañemos en el camino hacia la cruz y la resurrección No podemos quedarnos en la contemplación cómoda. La experiencia espiritual auténtica nos impulsa a la misión, no al aislamiento.
Par la Orden de Predicadores, cuyo propósito es nada menos que la salvación de las almas. La Transfiguración nos recuerda que la predicación no es solo enseñanza, sino irradiación de luz. El predicador, como los tres discípulos, ha de subir al monte de la oración, contemplar el rostro de Cristo, escuchar su voz, y luego bajar con fuego en el corazón para anunciarlo al mundo. No predicamos ideas, sino al Hijo amado. No buscamos convencer, sino encender. No nos conformamos con formar mentes, sino con transformar vidas.
Que esta solemnidad nos renueve en el deseo de ser transfigurados por su luz, para que también nosotros, como Pedro, Juan y Santiago, podamos decir: “Qué bien se está aquí”, pero sin olvidar que la verdadera gloria se alcanza bajando del monte y caminando con Jesús hacia Jerusalén.
Esperanza.- Santo Domingo fue llamado a entrar en la casa del Padre, el 6 de agosto de 1221 a pocos meses de haberse celebrado en Bolonia el segundo capítulo general de la Orden. Nuestro hermano fray Gerard el año 2020 nos manda una carta y comienza así: ¡O Spem miram! ¡Oh admirable esperanza! Es decir, este himno es un himno de esperanza que nos recuerda el momento en que santo Domingo murió y el momento en que los frailes lloraban su partida. Fray Domingo encendió en el corazón de sus frailes la esperanza con su compromiso de permanecer con ellos, con nosotros a través de su oración. pero, también la presencia de sus hermanos reunidos en el momento de su partida a fray Domingo dio esperanza. Dice fray Gerard, “La presencia de los hermanos y la presencia prometida por Domingo más allá de la muerte dio a cada uno de ellos esperanza y consuelo” […]. ¡son un signo de esperanza! […]. Ustedes, queridos hermanos y hermanas, son un signo de esperanza para la Iglesia y la familia humana cuando se esfuerzan por saciar las «hambres» intensificadas por la pandemia: hambre de Eucaristía (y de sacramentos), hambre de solidaridad y compasión, hambre de comida y bebida […] La esperanza es la seguridad de que Dios permanece presente en los «misterios de alegría, de dolor, de gloria y luz» de nuestras vidas […]. La esperanza es Cristo en nosotros (cf. Col 1, 27).
“Señor, transfigura nuestro corazón, para que sepamos verte en la oración, escucharte en la vida, y seguirte con amor hasta la cruz y la resurrección. Y haz de nosotros predicadores de tu luz, para la salvación de las almas.”
Amén.
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Predicador: Fray Yinmy Caballero Suares, OP
Viceprovincial de la Viceprovincia de Bolivia
Cracovia, 6 de agosto de 2025
Oficina de Comunicación – Capítulo General de Priores Provinciales
Fotografía: Dawid Kołodziejczyk OP – @dominikanie.pl

