Fraile predicador, maestro, santo.

A propósito del VII centenario de la canonización de Tomás de Aquino

Si es cierto lo que el Papa Pío XI dijo de Santo Tomás de Aquino en un discurso pronunciado en 1923, a saber, que era “el más docto entre los santos y el más santo entre los sabios”, es una discusión que nos gustaría dejar abierta. Tomás de Aquino es, sin duda, una de las figuras más importantes de la historia intelectual y, al mismo tiempo, una persona que vivió su vocación de cristiano, religioso y teólogo de manera muy coherente y convincente. El 18 de julio de 2023 se cumplirá el séptimo centenario de su canonización. El próximo año se conmemorará su muerte, ocurrida el 7 de marzo de 1274 en Fossanova, y su nacimiento, hace 800 años, ya figura en el calendario de celebraciones de los próximos años, aunque se desconoce la fecha exacta: sólo se puede determinar aproximadamente el año, probablemente 1225 o 1226. Este triple aniversario, pero sobre todo la canonización por parte del Papa Juan XXII (1316-1334) el 18 de julio de 1323 en Aviñón, nos da motivos para reflexionar sobre el significado de Santo Tomás.

Aunque la veneración por el Hermano Tomás comenzó poco después de su muerte, su camino hacia el honor de los altares no estuvo exento de obstáculos. Basta pensar en la condena de las 219 Tesis por por parte del obispo de París, Esteban Tempier, en 1277, que también afectó al Maestro Tomás, fallecido tres años antes, aunque no se le menciona por su nombre. Siguieron años de encendida polémica sobre el legado filosófico-teológico de Tomás. La Orden de Predicadores defendió a su célebre maestro frente a sus adversarios y promovió su memoria y sus enseñanzas; sin embargo, la doctrina tomasiana fue oficialmente rehabilitada por la Iglesia solo en 1325 por por parte del obispo de París, Esteban Bouret, aproximadamente un año y medio después de su canonización.

No se puede negar que, a pesar de su reconocida fama de santidad, también hubo motivos políticos detrás de su canonización. Tanto el rey napolitano Roberto de Anjou (1309-1343), que encontró en la obra de Tomás un apoyo ideológico para su gobierno, como el propio Papa se beneficiaron de la autoridad del nuevo santo. El Papa Juan XXII, en particular, recurrió a sus escritos cuando se enfrentó a los franciscanos renegados en la disputa sobre la pobreza y la perfección evangélica, con el fin de asegurar teológicamente su posición frente al radicalismo de los Frailes Menores. En un sermón pronunciado pocos días antes de su canonización, el Papa elogió explícitamente la vida del santo en la Orden de Predicadores, en la cual no existía la propiedad privada, sino que se permitía la propiedad común.

De hecho, la pobreza apostólica tenía un significado importante, incluso central, para Tomás. El teólogo dominico Ulrich Horst ha demostrado convincentemente que el estilo de vida mendicante fue una de las motivaciones esenciales que impulsaron a Tomás a resistir ante los planes de su familia de hacerle abad de la poderosa abadía de Montecassino. En cambio, ingresó en la nueva Orden de Predicadores en 1244, para seguir al “Cristo pobre que predica” (pauper Christus praedicans). Sin embargo, no equiparaba la perfección evangélica con una vida de extrema pobreza, sino que declaraba que la perfección consistía esencialmente en la caridad. En 1323, los franciscanos se dieron cuenta rápidamente de que la canonización de Tomás también contenía una clara crítica a su idea de la pobreza absoluta como cima de la perfección cristiana. Gracias a fuentes del siglo XIV, sabemos que incluso después de la canonización de Santo Tomás hubo varios críticos que lo consideraban hereje.

Santo omás fue así utilizado como instrumento en las controversias eclesiológicas; y es sabido que este papel de autoridad en la lucha contra los disidentes -no exento de problemas- le fue asignado también posteriormente en varias ocasiones. Ciertamente, durante su actividad académica, Tomás no había evitado las disputas sobre los temas más diversos y a menudo había tomado posición netamente en contra de las opiniones que percibía como contradictorias con la verdad que él reconocía. Sin embargo, si se pone en primer plano este aspecto polémico-apologético de la obra de Tomás y se le percibe sobre todo como un guardián de frontera en el campo teológico y un combatiente contra las herejías, se desconoce su genio y el objetivo de su vida. Probablemente le habría sorprendido profundamente ser visto como icono de una “contracultura católica”. Pero esto sólo puede suceder si se olvida considerar a Tomás ante todo en su contexto histórico y cultural, como recordó el Papa Francisco a los participantes en el Congreso Tomista Internacional de 2022. Y precisamente este enfoque que parte “desde el principio” hace evidente la originalidad y, cabe añadir, la modernidad del santo, pero ciertamente también -desde el punto de vista actual- sus limitaciones.

¿Quién era, pues, Santo Tomás? Ante todo, un hombre que dedicó toda su vida a la búsqueda de Dios, una búsqueda caracterizada por la interacción de la razón y la fe. En Dios reconoció la meta de su deseo de felicidad, profundamente humano. Aprendió a amar a Jesucristo, a quien quería seguir y a quien se quería asemejar, en la concreción de la vida que había conocido con los Frailes Predicadores en Nápoles y en las condiciones concretas de la vida cotidiana como maestro de teología en la Orden de Predicadores. Tomás, consciente de sus capacidades, no se consideraba el centro del mundo, sino que se ponía al servicio de la Iglesia universal con el Papa como pastor supremo y a disposición del proyecto de la Orden. Y aquí encontró la misión de su vida: ser instrumento del plan divino de salvación para todos los hombres. Para el dominico y estudioso de Tomás, Jean-Pierre Torrell, esta actitud es una de las características fundamentales de los teólogos, como explicó en un artículo sobre teología y santidad. Tomás de Aquino fue un hombre en el que doctrina y vida coincidieron de manera extraordinaria, o en palabras del Papa Pablo VI: Tomás no fue sólo un maestro, sino también un testigo del Evangelio (cf. Evangelii nuntiandi, 41).

Esto también puede demostrarse con el siguiente ejemplo: Tomás enseña en la Summa Theologiae (I-II, q. 68, a. 1) que Jesús llama a las personas a la humildad, la mansedumbre y la caridad, que son características particulares que conducen a la conformidad con Él, el Señor mismo. En la Secunda Secundae (II-II, q. 161, a. 3), Tomás subraya la humildad como una actitud ante todo hacia Dios, pero añade que también debemos ser humildes hacia los hombres, en vista de los dones de Dios que se encuentran en ellos. El hecho de que para Tomás esto no fuera sólo una cuestión de doctrina que enseñar, sino que se tomara muy en serio la invitación de Cristo a seguirle en humildad y mansedumbre, fue atestiguado varias veces durante el proceso de canonización. Según las investigaciones de Andrea Tilatti y otros historiadores, el jurista napolitano Bartolomeo da Capua, logoteta del rey Roberto, promovió su canonización de manera esencial, testificando en la parte napolitana del proceso celebrado en 1319 que Tomás siempre se había reunido con el erudito franciscano, y más adelante, arzobispo de Canterbury, John Peckham, que se oponía ferozmente a él y discutía con él sobre cuestiones centrales de doctrina, con mansedumbre y humildad. Por supuesto, Peckham era un oponente en el aspecto teológico, pero es de suponer que Tomás no sólo lo consideraba como tal, sino que también lo veía como un hermano de la Orden mendicante, amiga de la suya. Así que bien podemos decir que la Iglesia, necesitada de una sana cultura (teológica) de la confrontación, aún puede aprender mucho de Tomás.

En el mencionado artículo sobre teología y santidad, Jean-Pierre Torrell subraya que los teólogos no deben contentarse con custodiar el depósito de la fe, sino que su tarea consiste en mostrar cómo se puede vivir hoy la fe transmitida. Ello exige, sin duda, una doble escucha, primero de la fe transmitida por la Iglesia y después de los interrogantes y necesidades de los hombres de su tiempo; pero también una inteligente creatividad: en Santo Tomás encontramos ambas cualidades. Como es bien sabido, a lo largo de la historia no pocos de los que siguieron al Maestro Tomás en su enfoque dialógico y creativo de la teología fueron reprendidos en nombre del Tomás “tradicional”, hecho del que, por supuesto, no se puede culpar al propio santo. Al contrario, él representa una tradición viva de búsqueda incansable de Dios, de investigación filosófica y teológica comprometida y dialogante, y de enseñanza orientada a la salvación de los seres humanos. Es un honor, del que me siento verdaderamente orgulloso, poder ser hermano de Santo Tomás, hermano y maestro.

Fr. Viliam Štefan Dóci, OP
Presidente del Instituto Histórico de la Orden de Predicadores

Publicado por L’Osservatore Romano, edition of 19 July 2023, p. 10. (Frate predicatore, maestro, santo. A proposito del VII centenario della canonizzazione di Tommaso d’Aquino)

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