La siguiente homilía fue predicada por el Maestro de la Orden, Gerard Francisco Timoner III, OP, durante una visita fraterna al monasterio de Santa María della Neve.
Quizás algunos de ustedes se han preguntado por qué hoy, en este espléndido monasterio, hay tantos frailes. ¡Es ciertamente una de las raras ocasiones en que los frailes dominicos son más numerosos que las monjas en un monasterio! Venimos de la Curia General de la Orden en Roma y estamos aquí para nuestra excursión comunitaria anual. Esta iniciativa se inspira en un pasaje del Evangelio de Marcos, en el que Jesús invita a los Doce a dejar por un momento sus ocupaciones para retirarse a un lugar apartado y descansar un poco.
Ayer estuvimos en Arezzo, en la basílica de San Francisco, donde contemplamos la Leyenda de la Vera Cruz de Piero della Francesca. El tema central de esa obra es precisamente la cruz como signo de salvación y guía en el camino espiritual de la humanidad. Aquella visita formó parte de nuestra preparación para la fiesta que ahora celebramos juntos, hoy, en este hermoso monasterio de nuestras queridas hermanas de Pratovecchio.
La fiesta de la Exaltación de la Cruz nos invita a considerar la cruz de Cristo como el centro de la historia humana, el lugar donde el amor de Dios triunfó sobre las tinieblas. Instrumento de opresión y humillación, la cruz, en manos de Dios, se convirtió en signo de victoria: allí Jesús desarmó al mal, nos reconcilió con el Padre y nos abrió el camino de la vida eterna.
La novedad de la Cruz está en el vuelco de la lógica humana. El poder terrenal busca dominar, imponerse, eliminar al adversario. Pero en el Crucificado, Dios nos revela una lógica diferente: el verdadero poder es el amor que se entrega y se vacía de sí mismo. La Cruz es exaltada porque desenmascara las ilusiones de la fuerza mundana y revela que la omnipotencia divina no es control, sino compasión; no violencia, sino misericordia.
Así como en el desierto Moisés levantó la serpiente de bronce y quien la miraba encontraba la vida (Nm 21,9), así también el Hijo del hombre, levantado en la Cruz, se convierte para nosotros en fuente de salvación y de curación (Jn 3,14-15). La salvación no es un remedio externo añadido después; la salvación brota de la misma herida del amor. El costado traspasado de Cristo no es prueba de derrota, sino la puerta abierta por la cual la vida de Dios entra en el mundo.
Exaltar la Cruz, por lo tanto, no significa glorificar el sufrimiento por sí mismo, ni dejarse llevar por un romanticismo del dolor, sino reconocer que Dios eligió manifestarse en el punto mismo donde el amor lo cuesta todo. La Cruz nos enseña que el amor sin sacrificio es solo sentimiento; el amor que sufre y da la vida, en cambio, se vuelve redentor.
Y esto nos concierne también a nosotros: cada cruz que llevamos, pequeña o grande, puede convertirse en participación en esta lógica divina del amor. Unida a Cristo, nuestra cruz ya no es solo peso o fatiga, sino que se convierte en signo de la gloria de Dios: allí nuestra debilidad se transforma en fuerza, y hasta la muerte misma se convierte en puerta hacia la vida.
Por eso, la Exaltación de la Cruz no es tanto la contemplación de la madera y los clavos, sino el reconocimiento, a través de ellos, del mismo corazón de Dios. Es la fiesta de la “nueva lógica” de su Reino: donde la pérdida se convierte en ganancia, la entrega en victoria, y la muerte se abre a la vida eterna.
Jesús nos invita: «Toma tu cruz y sígueme» (Mt 16,24). A menudo imaginamos esta cruz como algo externo, como una mochila, algo que podemos elegir llevar o dejar. Pero no debemos olvidar que la señal de la Cruz fue impresa en nuestra frente y en nuestra alma el día de nuestro bautismo. Con esa señal, por la fuerza del Espíritu Santo, el Padre nos adoptó como sus hijos e hijas. Tomar la cruz, entonces, no significa recoger una carga dejada en el suelo, sino permanecer fieles a la cruz que se nos dio en el bautismo. Es una invitación a mantenernos firmes en la promesa bautismal: seguir a Jesús y rechazar el mal, para vivir en la luz de su amor victorioso.

