Tras su muerte, el 13 de abril de 1320, los restos de Margarita fueron trasladados, acompañados por una gran multitud, a la Iglesia de la Caridad, donde oficiaban los frailes Predicadores. De hecho, la muchacha era muy conocida por su conducta ejemplar y sus carismas, y ya en vida los habitantes de Città di Castello la veneraban como una santa. Por ello, los ciudadanos pidieron espontáneamente que fuera enterrada en la iglesia. Un momento especialmente intenso de emoción colectiva se produjo cuando el cuerpo, como es habitual en estos casos, se preparó para el embalsamamiento. Posteriormente, los frailes decidieron colocar el corazón en un pequeño tabernáculo dorado en la sacristía para que permaneciera expuesto a la veneración pública. Fue entonces cuando, al abrirlo, se encontraron tres pequeñas piedras en las que estaban grabadas las imágenes de Jesús, María y José, los componentes de la Sagrada Familia, que nunca habían abandonado a la pequeña huérfana.

Incluso antes del reconocimiento oficial de la Iglesia, Margarita fue aclamada como santa por el pueblo. El caso de la beata de Tifernia se inscribe en un fenómeno más amplio que afectó a muchas ciudades de la Italia central a finales de la Edad Media, donde se produjo un aumento masivo de nombres en el catálogo de santos, hombres pero también mujeres, a menudo procedentes del mundo laico y también de las clases populares de la sociedad urbana. Margarita era patrona de la ciudad incluso en el sentido más antiguo y profundo de este término. Bajo esta luz se puede leer también la reasunción de valores y contenidos clásicos del universo sacral, como el poder taumatúrgico, la incorruptibilidad del cuerpo, el florecimiento inmediato y espontáneo de milagros en torno a la tumba. Al igual que otros cultos cívicos de finales de la Edad Media, también en el caso de la c-virgen dominicana la devoción popular espontánea era apoyada por los magistrados del municipio, que proveían con dinero público el embalsamamiento del cuerpo y la celebración del funeral. En una etapa posterior, el culto a la santa se estabilizó y las ordenanzas de la ciudad preveían la participación regular de las autoridades y la ofrenda de dones en su fiesta. Algunos documentos testimonian que a finales del siglo XIV la devoción a Margarita no había mermado, y gracias también a las donaciones hechas, los frailes predicadores pudieron construir la gran basílica de Santo Domingo, iglesia a la que se trasladaron los restos mortales de la beata en 1424.

El primer reconocimiento oficial del culto por parte de la Sede Apostólica tuvo lugar a principios del siglo XVII. El 19 de octubre de 1609, el Papa Pablo V concedió a Città di Castello la facultad de celebrar la fiesta de la virgen con un oficio y una misa. Esta medida se tomó en base a los resultados de la investigación de una comisión presidida por el cardenal Roberto Bellarmino. Al mes siguiente, el pontífice, con el parecer favorable de la Sagrada Congregación de Ritos, autorizó a la Orden de Predicadores a utilizar tres lecciones, ya confirmadas por el cardenal, en el oficio litúrgico del día de la muerte de la beata. En 1675, el Papa Clemente X, consintiendo a la petición del Maestro General Tommaso Rocaberti, autorizó la misa y el oficio en todas las iglesias de la Orden. Tres años más tarde, su sucesor Clemente XI amplió esta concesión a las diócesis de Urbania y S. Angelo in Vado.

El 19 de enero de 1987, coincidiendo con el séptimo centenario de su nacimiento, la petición fue transmitida por los responsables de la Conferencia Episcopal de Umbría, mientras que al año siguiente los obispos de Città di Castello y de Urbino-Urbania-Sant’Angelo in Vado solicitaron a la Congregación para el Culto Divino que confirmara el título de Margarita como “Patrona de los ciegos y marginados”. Pero hay que destacar un hecho importante. Estas iniciativas, iniciadas en los lugares que tradicionalmente conocían este culto, fueron apoyadas también por un nuevo gran polo devocional, el de Estados Unidos, donde se lanzó un movimiento por la canonización de Margarita. Este movimiento de católicos vinculados a la espiritualidad dominicana encontró un punto de apoyo autorizado en los obispos americanos, que dirigieron cartas postulatorias al Papa Juan Pablo II para la apertura de la causa. Finalmente en el año 2018, tras la conclusión de la Encuesta Diocesana -el 25 de septiembre de 2004, que produjo seis volúmenes autentificados y sellados de la encuesta sobre el culto, los milagros y la fama de santidad de la beata Margarita de Città di Castello- el Santo Padre Francisco, a petición del Maestro de la Orden, Fr. Gerard F. Timoner III, del Cardenal Gualtiero Bassetti y de los Obispos Domenico Cancian, Giovanni Tani y Renato Boccardo, concedió la canonización equipolente.

Tras su muerte, el 13 de abril de 1320, los restos de Margarita fueron trasladados, acompañados por una gran multitud, a la Iglesia de la Caridad, donde oficiaban los frailes Predicadores. De hecho, la muchacha era muy conocida por su conducta ejemplar y sus carismas, y ya en vida los habitantes de Città di Castello la veneraban como una santa. Por ello, los ciudadanos pidieron espontáneamente que fuera enterrada en la iglesia. Un momento especialmente intenso de emoción colectiva se produjo cuando el cuerpo, como es habitual en estos casos, se preparó para el embalsamamiento. Posteriormente, los frailes decidieron colocar el corazón en un pequeño tabernáculo dorado en la sacristía para que permaneciera expuesto a la veneración pública. Fue entonces cuando, al abrirlo, se encontraron tres pequeñas piedras en las que estaban grabadas las imágenes de Jesús, María y José, los componentes de la Sagrada Familia, que nunca habían abandonado a la pequeña huérfana.

Incluso antes del reconocimiento oficial de la Iglesia, Margarita fue aclamada como santa por el pueblo. El caso de la beata de Tifernia se inscribe en un fenómeno más amplio que afectó a muchas ciudades de la Italia central a finales de la Edad Media, donde se produjo un aumento masivo de nombres en el catálogo de santos, hombres pero también mujeres, a menudo procedentes del mundo laico y también de las clases populares de la sociedad urbana. Margarita era patrona de la ciudad incluso en el sentido más antiguo y profundo de este término. Bajo esta luz se puede leer también la reasunción de valores y contenidos clásicos del universo sacral, como el poder taumatúrgico, la incorruptibilidad del cuerpo, el florecimiento inmediato y espontáneo de milagros en torno a la tumba. Al igual que otros cultos cívicos de finales de la Edad Media, también en el caso de la c-virgen dominicana la devoción popular espontánea era apoyada por los magistrados del municipio, que proveían con dinero público el embalsamamiento del cuerpo y la celebración del funeral. En una etapa posterior, el culto a la santa se estabilizó y las ordenanzas de la ciudad preveían la participación regular de las autoridades y la ofrenda de dones en su fiesta. Algunos documentos testimonian que a finales del siglo XIV la devoción a Margarita no había mermado, y gracias también a las donaciones hechas, los frailes predicadores pudieron construir la gran basílica de Santo Domingo, iglesia a la que se trasladaron los restos mortales de la beata en 1424.

El primer reconocimiento oficial del culto por parte de la Sede Apostólica tuvo lugar a principios del siglo XVII. El 19 de octubre de 1609, el Papa Pablo V concedió a Città di Castello la facultad de celebrar la fiesta de la virgen con un oficio y una misa. Esta medida se tomó en base a los resultados de la investigación de una comisión presidida por el cardenal Roberto Bellarmino. Al mes siguiente, el pontífice, con el parecer favorable de la Sagrada Congregación de Ritos, autorizó a la Orden de Predicadores a utilizar tres lecciones, ya confirmadas por el cardenal, en el oficio litúrgico del día de la muerte de la beata. En 1675, el Papa Clemente X, consintiendo a la petición del Maestro General Tommaso Rocaberti, autorizó la misa y el oficio en todas las iglesias de la Orden. Tres años más tarde, su sucesor Clemente XI amplió esta concesión a las diócesis de Urbania y S. Angelo in Vado.

El 19 de enero de 1987, coincidiendo con el séptimo centenario de su nacimiento, la petición fue transmitida por los responsables de la Conferencia Episcopal de Umbría, mientras que al año siguiente los obispos de Città di Castello y de Urbino-Urbania-Sant’Angelo in Vado solicitaron a la Congregación para el Culto Divino que confirmara el título de Margarita como “Patrona de los ciegos y marginados”. Pero hay que destacar un hecho importante. Estas iniciativas, iniciadas en los lugares que tradicionalmente conocían este culto, fueron apoyadas también por un nuevo gran polo devocional, el de Estados Unidos, donde se lanzó un movimiento por la canonización de Margarita. Este movimiento de católicos vinculados a la espiritualidad dominicana encontró un punto de apoyo autorizado en los obispos americanos, que dirigieron cartas postulatorias al Papa Juan Pablo II para la apertura de la causa. Finalmente en el año 2018, tras la conclusión de la Encuesta Diocesana -el 25 de septiembre de 2004, que produjo seis volúmenes autentificados y sellados de la encuesta sobre el culto, los milagros y la fama de santidad de la beata Margarita de Città di Castello- el Santo Padre Francisco, a petición del Maestro de la Orden, Fr. Gerard F. Timoner III, del Cardenal Gualtiero Bassetti y de los Obispos Domenico Cancian, Giovanni Tani y Renato Boccardo, concedió la canonización equipolente.