
«No temas, porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre, tú eres mío.»
— Isaías 43, 1
¿Es María Magdalena nuestra hermana? Según la opinión humorística del hermano Krzysztof Poplawski, relatada por el hermano Jaroslav el domingo: «Aunque me gusta la actitud de María, me casaría con Marta». María Magdalena sería entonces su cuñada. Por el contrario, podemos recordar que María Magdalena le habría dicho al rey Carlos de Anjou en 1279: «Quiero que mis reliquias sean confiadas al cuidado de mis hermanos, los dominicos». Así que aquí estamos, los hermanos de María Magdalena. Pero, ¿qué puede significar esto para nosotros?
Evidentemente, habría mucho que decir. En primer lugar, la historia de María Magdalena es también la nuestra y la de la Iglesia. María Magdalena pasó de la muerte a la vida cuando conoció a Cristo, quien le perdonó sus numerosos pecados debido al gran amor que ella le mostraba. Se convirtió en discípula de Cristo, tal y como nos invitaba el cardenal Ryś el jueves. De hecho, ella lo llama: Rabbuní. Será misionera porque ha sido discípula. No ha sido fácil para ella. Puedo imaginar el valor que le ha supuesto romper con una vida tumultuosa para ponerse a aprender de Cristo y del Evangelio. El hermano Jesús nos lo decía ayer: debemos haber vivido en nosotros la experiencia del perdón y la misericordia de Dios. María Magdalena es nuestra hermana porque, como ella, somos ante todo pecadores perdonados, invitados a dejarlo todo para seguir a Cristo. Sí, como ella, nos hemos convertido en sus discípulos (o al menos lo intentamos), consagrados por nuestro bautismo y nuestra profesión. Como ella, estamos llamados a contemplar los misterios de Dios y a renovar día tras día nuestro sí al Señor, perseverantes, en la unanimidad de la oración y la vida en común (cf. Col 4, 2). María Magdalena es la figura de la Iglesia que debe convertirse sin cesar.
María Magdalena es también una hermana en el sentido de que es la voz de los que están heridos. Ella misma no fue respetada ni en su cuerpo ni en su reputación: solo se la veía como una pecadora. Había perdido su dignidad. Fue dañada y, en esto, nos recuerda a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, ella misma herida y a veces incluso desfigurada por nuestros comportamientos, cuando no son conformes al Evangelio. Y veo en la marcha de María Magdalena hacia el sepulcro el deseo de cuidar el cuerpo inanimado de Cristo, la víctima inocente. María Magdalena fue herida en su alma y en su cuerpo y nos recuerda a todas las personas heridas en el mundo y en la Iglesia, creyentes o no creyentes. Sus vidas a veces se asemejan a un sepulcro y lloran, buscando lo que podría devolver sentido a su existencia. María Magdalena es su hermana y la nuestra en esos desiertos que puede que atravesemos. También es una hermana que nos llama a llorar con los que lloran (cf. Rom 12, 15) y a atrevernos a vivir con ellos un diálogo a menudo doloroso, pero que abre a la vida. ¿Cuántas personas buscan un sentido a su vida, a veces desesperadas, y esperan un corazón que escuche, una palabra que ilumine, dé esperanza y levante? Ella es, pues, figura de la Iglesia que cuida.
En el Evangelio de hoy, María Magdalena se vuelve dos veces, lo que indica que nuestra búsqueda de Dios nunca termina, que el Señor no siempre está donde pensábamos que estaba y que a veces se necesita tiempo para reconocerlo. Volverse para buscar a Cristo, reconocerlo, acogerlo como nuestro Maestro y seguirlo permaneciendo con Él. Entre esos dos actos de volverse, un nombre, el suyo, pronunciado por Cristo. Y eso lo cambia todo. El nombre es lo que nos da identidad, lo que nos inscribe en una historia. Llamar a alguien por su nombre es reconocerlo como persona. Una vez más, pienso en la anécdota del cardenal Ryś con la persona junto a la que se sentó, devolviéndole su dignidad. Es poco y es mucho. Un nombre pronunciado con amor, en nombre de Cristo, puede cambiar una vida. Los ojos de María Magdalena se abren y ella reconoce a su salvador. Para ella se cumple el oráculo de Isaías: «Así dice el Señor […]: No temas, porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre, tú eres mío» (cf. Is 43, 1). María Magdalena es nuestra hermana que nos invita a redescubrir sin cesar que nuestra alma es el jardín de la resurrección en el que el Resucitado nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos engendra a la fe. Descubrirlo para que otros lo descubran.
Entonces el Señor continúa: Noli me tangere. Estoy presente contigo todos los días. No se trata de vivir con el Resucitado, sino de vivir del Resucitado para decir con san Pablo: Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí (cf. Ga 2, 20). No me retengas, es decir, no guardes para ti lo que has recibido y contemplado. Conviértete en discípulo misionero, conviértete en praedicator gratiae. ¡Ve a decírselo a mis hermanos! Ella se convierte en la Apóstol de los Apóstoles, aquella a quien debemos escuchar, aquella que nos enseña, aquella que nos precede. Sí, ella es nuestra hermana, una hermana mayor en la que podemos reconocernos y a la que nos podemos confiar. Aquella que nos ayuda a vivir mejor del Cristo Resucitado.
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Predicador: fray Olivier de Saint Martin, OP
Provincia Tolosana
Cracovie, 22 de julio de 2025
Oficina de Comunicación – Capítulo General de Priores Provinciales
Łukasz Janik OP
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