
«No tengáis miedo, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino.»
(Lucas 12,32)
Me gustaría comentar la Palabra de Dios recordando un acontecimiento que me sucedió cuando tenía 29 años… Tuve que someterme a una operación de rodilla. En mi tercera noche de hospitalización, cuando el dolor seguía siendo intenso, la enfermera me informó de que ya no tenía derecho al analgésico, ya que, según los protocolos, debía haber superado el umbral crítico del dolor. Conmovida por mi sufrimiento, esta enfermera aceptó hacer una excepción y, al entregarme el medicamento, me dijo: «Es que usted no está acostumbrado al sufrimiento.» Me pareció muy sabia, y siempre he estado convencido de que aquella fue una gran lección de vida. Y esa lección nos concierne a todos.
Muchos de los veteranos de entre nosotros, entre los que me incluyo, procedemos de un catolicismo que creció en un entorno protegido, bien supervisado, bien regimentado, por la fuerza o por voluntad propia, en la escuela, en la iglesia y en la familia, donde era fácil creer. Una época en la que había una iglesia o un convento en casi todas las esquinas de mi provincia de Canadá. Pero los tiempos han cambiado, y sentirnos, a veces, extranjeros en nuestra propia sociedad es algo bastante nuevo para muchos cristianos de todo el mundo. No estamos acostumbrados a este sufrimiento, a esta herida. Como dice el autor de la carta a los hebreos 12,4: «Aún no habéis resistido hasta llegar a la sangre… ».
La palabra de Dios nos habla hoy tanto de fragilidad e incertidumbre como de abandono en las manos de Dios, porque la semilla germina y crece sin que sepamos cómo. Qué alentadoras son estas palabras de Jesús en estos tiempos difíciles para aquellos y aquellas que intentan vivir su fe en un contexto de rechazo, cuando no de desprecio o persecución.
Cuando escucho las historias de horror del Medio Oriente, relativas a la opresión de las minorías cristianas, por no hablar de otras, me pregunto cómo reaccionaríamos si tuviéramos que sufrir tal persecución, lo cual no es el caso para la mayoría de nosotros.
Recuerdo el testimonio de un cristiano de Mosul, en Irak, ciudad que entonces estaba ocupada por el Estado Islámico, y que hacía el siguiente comentario sobre la situación de los cristianos de su ciudad: «Confiamos en el Señor –decía–. Él sigue susurrándonos al oído: no tengáis miedo».
Muchas cosas dan miedo en este momento en algunas de nuestras provincias y vicariatos. La falta de sacerdotes, la escasez de vocaciones, el cierre de nuestras iglesias y monasterios, el vacío espiritual que parece inundar poco a poco nuestras sociedades, el desconocimiento total de nuestras raíces cristianas entre las generaciones jóvenes…
Como no estamos acostumbrados a sufrir así por nuestra Iglesia, corremos el riesgo de desesperarnos, pero el Señor también nos dice a nosotros: «No tengáis miedo». Mirad cuán minúscula es la semilla del Reino sembrada en la tierra, aplastada y sofocada por la tierra húmeda que la cubre, sumida en la noche más absoluta, y que, sin embargo, a su debido tiempo, brota y da fruto. Esta parábola nos habla tanto de Cristo y de su vida entregada como de nuestro trabajo en este mundo, trabajo que Jesús compara con el de un jardinero.
La Palabra de Dios de hoy nos habla de la fragilidad, una fragilidad que nos remite a la debilidad de nuestros medios, a nuestra impotencia ante ciertas situaciones, al escaso alcance de nuestras acciones, que a menudo no son más que una gota de agua en este desierto en el que tantos hombres y mujeres tienen sed de absoluto y de felicidad, y, sin embargo, Jesús compara nuestra presencia en el mundo con la de una semilla, una minúscula semilla de mostaza, capaz de producir un árbol inmenso, donde anidan todas las aves del cielo.
Un día, un rey se preguntó qué idioma hablarían los niños si no se les enseñara ninguno. Así que aisló a unos niños durante unos años, dejándolos solos, sin que tuvieran la oportunidad de oír una sola palabra durante esos años. Un día, los hizo venir ante él para oírlos hablar. Pero, para su gran sorpresa, el rey descubrió que esos niños no sabían caminar, ni hablar, ni entender lo que se les decía. Se habían convertido en niños-lobos.
Lo mismo que les sucede a los niños ocurre con nuestro mundo. Si la semilla del Evangelio no se siembra en la tierra, no puede dar fruto. Lo que se nos pide como discípulos de Cristo es sembrar, sembrar a los cuatro vientos, sin dudar del poder de nuestros actos de amor y del poder de ese amor para transformar el mundo, corazón tras corazón.
Creemos que Cristo transfigura cada una de nuestras acciones en esa comunión secreta de los santos que nos une a nuestros hermanos y hermanas en la humanidad. Ninguna acción, ninguna palabra pronunciada en nombre de Cristo, en nombre de esa caridad que nos envuelve, carece de consecuencias en el curso de los acontecimientos de este mundo. Jesús nos invita a entrar en esta santidad de lo cotidiano, que cada día se nos presenta con su lote de oportunidades para hacer el bien.
Se trata de ser buenos allí donde Dios nos llama a ser buenos, caritativos allí donde Dios nos llama a ser caritativos, pacientes, misericordiosos, sedientos de justicia, allí donde Dios nos llama… Para ello, debemos estar atentos al Evangelio y escuchar, en el grito de los pobres y los pequeños, el grito del mismo Dios.
Nos corresponde entonces sembrar abundantemente, sin dudar… Su destino, su crecimiento y su futuro…, eso pertenece al secreto de Dios y a su misteriosa acción en el corazón de la vida de la Iglesia y de nuestro mundo. Él no cesa de susurrarnos al oído: «No tengáis miedo. ¡Confiad, yo estoy con vosotros!». Amén.
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Predicador: Fray Yves Bériault, OP
Provincia Santo Domingo de Canadá
Krakow, 28 de julio de 2025
Oficina de Comunicación – Capítulo General de Priores Provinciales
Fotografía: Radosław Więcławek OP – @dominikanie.pl

