Misericordia y libertad: el corazón de la verdadera religión

«Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.»
— Oseas 6,6

(Ex 11, 10 – 12, 14; Mt 12, 1 – 8)

DOS VECES en el Evangelio de Mateo Jesús cita al profeta Oseas: Misericordia quiero, no sacrificios.

La primera vez (en el capítulo 9) –por el poder de esta Palabra– defiende haber elegido quedarse con los pecadores y los recaudadores de impuestos. En lugar de condenarlos y excluirlos, decide sentarse con ellos a la mesa, construir con ellos la comunidad, ofreciéndoles la medicina del amor y de la llamada/vocación.

La segunda vez la hemos descrito en el evangelio de hoy: Jesús defiende la decisión de sus discípulos de quedarse con Él, incluso a costa de violar el sábado. Quedan justificados –y esto sólo en Mateo, donde podemos leerlo– porque al hacerlo ejercen el oficio del sacerdocio: «los sacerdotes que sirven en el templo violan el sábado y son inocentes – [y] AQUÍ hay algo más grande que el templo».

[Por cierto, esta es una lección muy importante para los que aquí somos sacerdotes: SER, ACOMPAÑAR a Jesús en el Templo que Él mismo es: la Iglesia, los Pobres y Necesitados, la Palabra, etc. es mucho más importante en nuestro sacerdocio que todos los sacrificios que podamos ofrecerle en nuestros altares. Mucho más importante que LO QUE podemos hacer es QUIÉNES somos y CON QUIÉN permanecemos].

Volviendo a nuestro primer pensamiento, citando a Oseas de esa manera, Jesús nos enseña claramente que lo que crea una verdadera religión –lo que constituye su esencia– es una RELACIÓN: Persona a Persona. Jesús y yo. Jesús y Tú. Yo y Tú. Verdaderos lazos y actitudes personales. Encuentro, escucha, acompañamiento, ayuda mutua, respeto mutuo, AMOR.

Esto es evidente sólo en teoría. Hablamos de ello, y escribimos sobre ello, pero en tantos casos y situaciones las personas son empujadas detrás de una cortina (a veces UN MURO) de instituciones, estructuras, leyes, regulaciones, costumbres, tradiciones. Luchamos por ellos como leones, comportándonos como un elefante en una cacharrería, pisoteando la delicada dignidad y sensibilidad de nuestros hermanos y hermanas.

Por eso el reciente Sínodo de los Obispos nos llamó a todos, en la Iglesia, a la CONVERSIÓN RELACIONAL.

Sin ella no hay Iglesia, no hay evangelización. Sólo hay «programas pastorales» e ideologías: la religión transformada en una pancarta o, mucho peor, ¡en una piedra!

Una característica igualmente esencial de una religión verdadera se nos revela en la primera lectura. Esta característica es ¡LIBERTAD!

Dios ofrece la libertad a su pueblo esclavizado en Egipto, y esta experiencia –experiencia DE LIBERACIÓN– ha de ser para ellos, el principio y lo principal (un arché) [«estará al comienzo de vuestro calendario»], la memoria y la herencia transmitida a la siguiente generación: «Este día será para vosotros una fiesta conmemorativa, que celebrarán todas vuestras generaciones». Primero la Libertad, luego los mandamientos. Para cumplir la Ley de Dios hay que ser libre. Aceptar que la libertad viene como un regalo de parte de Dios.

Esta verdad se nos transmite bellamente en una exégesis tradicional judía de Éxodo 32, 16 (relativa a las tablas que Moisés recibió de Dios en la montaña del Sinaí): «Las tablas eran obra de Dios; la escritura era escritura de Dios, grabada [harut] en las tablas». La tradición dice: «No leas harut, grabado, sino herut, libertad, pues no hay nadie tan libre como quien se ocupa del estudio de la Torá».

¿Tiene el pueblo la misma experiencia –de la más perfecta libertad– cuando se encuentra con nuestra enseñanza? ¿Y cuando son llevados por el Espíritu Santo a nuestras comunidades?

¿Se sienten liberados? ¿O esclavizados?

¿Ser sujetos u objetos?

«Cristo nos liberó para la libertad. Estad, pues, firmes, y no os dejéis llevar de nuevo por el yugo de la esclavitud»: éste es el punto de partida del anuncio cristiano (el kerigma); sin él –de nuevo– ¡no hay Iglesia ni evangelización!

Esta es una hermosa Palabra de Dios para hoy. Hermosa e importante. También desafiante y exigente. Pero quien esté dispuesto a aceptarla puede decir: AMEN.

🪶

Predicador: Cardinal Grzegorz Ryś
Cracovia, 18 de julio de 2025
Oficina de Comunicación – Capítulo General de Priores Provinciales
Łukasz Janik OP
fotografía: @dominikanie.pl

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