Predicación Dominicana

La predicación es un bien común de la Iglesia. Sería arriesgado decir que hay una predicación dominicana. Pero hay una forma dominicana de predicar.

Cada predicación cristiana es un anuncio de la salvación eterna prometida y dada por Jesucristo. El confió esta misión a sus Apóstoles, que la transmitieron a sus sucesores, los obispos. Ellos confían esta responsabilidad a sus sacerdotes, y entre estos sacerdotes hay religiosos.

Es esta pertenencia a una familia religiosa la que especifica una predicación. En este sentido, la predicación es dominicana cuando proviene de un fraile sacerdote de la Orden de Predicadores. Santo Domingo, de hecho, pidió a la Iglesia el privilegio de que sus hermanos vivieran entregados totalmente a la predicación. Se distinguen así de los monjes, que no tienen vocación para predicar, y de los párrocos, que son ante todo pastores.

Toda la vida de los dominicos está centrada en la proclamación de la Palabra de Dios. Toda su vida debe ser predicación, de ahí su nombre “frailes predicadores”. Es la especificidad de esta vida lo que hace que su predicación sea dominicana. Esta vida se basa en cuatro pilares inseparables e indispensables.

En primer lugar, la vida comunitaria. Los frailes de la Orden de Predicadores deben vivir la Palabra de Dios para poder proclamarla. La vida comunitaria es una prioridad, aunque, como todos los religiosos, pero a su manera, prometen obediencia a sus superiores (a quienes eligen por elección), vivir en la pobreza (sin poseer nada personalmente) y en un casto celibato.

Su vida es litúrgica, tanto en su forma de orar como en su modo “ritual” de vivir : capítulos y elecciones frecuentes, pero también comidas en común y una vida regida por una regla que se actualiza constantemente.

Su vida es de estudio, pues hay que escrutar la Palabra de Dios antes de anunciarla. Tenemos que profundizar sin cesar el sentido de los misterios para poder anunciarlos con claridad.

La vida de los frailes predicadores se basa en una contemplación asidua. Es esto lo que espresa el dicho: contemplar para poder anunciar el fruto de nuestra contemplación.

La predicación dominicana es el resultado de todas estas raíces. Es como un árbol frutal : da hermosos frutos cuando se planta en buena tierra, cuando está bien regado y expuesto al sol. La tierra es Jesús, el Verbo hecho carne. La lluvia cae del cielo, como el Espíritu Santo. La luz viene del Padre, de quien procede toda vida. Y todo es uno: las raíces, el tronco, las ramas, las hojas, los frutos. Si los frutos son bellos y buenos, entonces realmente vienen de Dios.

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