Revestidos de Cristo: Recordando a nuestra Familia Dominicana difunta

La siguiente homilía fue predicada por el Maestro de la Orden, el fr. Gerard Francisco Timoner III, OP, con motivo de la Misa anual por los miembros difuntos de la Familia Dominicana.

Estamos reunidos alrededor de la mesa eucarística para dar gracias al Señor por el don de la vida y de la vocación de nuestros queridos hermanos y hermanas difuntos. En esta Misa oramos por todos los miembros difuntos de la Familia Dominicana: frailes, monjas, hermanas y miembros de las fraternidades laicales y sacerdotales. Recordamos de manera especial a quienes murieron durante el último año, en particular al fr. Orlando Rueda, OP, y al fr. Dominik Duka, OP.

La famosa pregunta de Santo Domingo—«¿Qué será de los pecadores?»—lo conmovió hasta las lágrimas, lo impulsó a predicar y finalmente lo llevó a fundar una Orden cuya alma es la misericordia. Hoy dirigimos ese mismo corazón dominicano hacia nuestros hermanos y hermanas difuntos. No los recordamos como figuras distantes del pasado, sino como compañeros en la misión, miembros de la misma familia, peregrinos que han alcanzado la meta a la que también nosotros aspiramos ardientemente.

Revestidos de Cristo incluso en la muerte

En la muerte perdemos todo lo que es terrenal. Como dijo Job: «Desnudo salí del seno de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor dio, el Señor quitó». Sin embargo, hay algo que no perdemos: el carácter sacramental del bautismo, que nos configuró con Cristo. Por esta razón, nunca estamos completamente desnudos: estamos «revestidos» de Cristo. Con esta vestidura blanca, el bautizado cruza el umbral de la muerte y se presenta ante un Dios justo pero misericordioso.

En nuestra profesión religiosa abrazamos más plenamente las promesas del bautismo. Pero nuestra vestidura blanca, como nuestro hábito dominicano, no es inmaculada: lleva las manchas del pecado. Por eso ofrecemos esta Eucaristía y nuestras oraciones de sufragio por nuestros hermanos y hermanas difuntos, para que sean purificados de toda mancha de pecado que aún permanezca.

Santificados en la Verdad

El Evangelio que hemos escuchado nos conduce al corazón mismo de Jesús, a su oración sacerdotal en la noche antes de su Pasión. Es una oración por sus discípulos de entonces y por los de hoy. Y al recordar a nuestros hermanos y hermanas difuntos, esta oración resuena con particular claridad. Jesús manifiesta su voluntad para nosotros cuando ora: «Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío al mundo. Y por ellos me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad».

Jesús quiere que seamos santificados—hechos capaces de acercarnos y tocar lo Divino mediante la verdad. “Santificar” significa dedicar a alguien o algo a un fin sagrado. Ser santificados en la Verdad significa ser sumergidos en esa Verdad que nos hace aptos para el contacto con Dios. Dios es Verdad. En un sentido profundo, podemos decir que en el bautismo fuimos santificados en la verdad porque fuimos configurados con Cristo, el «Verbo hecho carne…, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

Voces que siguen predicando

Los hermanos y hermanas que recordamos hoy fueron consagrados a la Verdad y la predicaron de muchas maneras: desde los púlpitos y en las aulas, en los confesionarios y los pasillos de los hospitales, a través de libros y consejos silenciosos, en las misiones y en los conventos. Ni siquiera la muerte ha podido silenciar sus voces. Continúan predicando—no con sermones, sino con el testimonio de su fidelidad.

Nos predican cuando recordamos la sencillez de sus vidas. Nos predican cuando evocamos su amor por la predicación, su alegría en la comunidad, su hambre de verdad, su compasión por los pobres, su celo por las almas. Nos predican cada vez que abrimos un libro escrito por uno de ellos, cada vez que celebramos la Liturgia de las Horas en los coros que ellos ocuparon, cada vez que enseñamos, predicamos o perdonamos a un pecador, continuando la misión que nos encomendaron.

Hoy proclamamos que la muerte no los ha arrancado de nosotros, porque en Cristo—el Predicador que venció la tumba—seguimos siendo una sola Orden, un solo cuerpo, una sola misión.Renovamos nuestra esperanza de que un día,
cuando nuestra predicación terrena haya terminado,
nos uniremos a ellos en la Liturgia eterna,
donde la verdad ya no se busca sino que se contempla,
donde la caridad ya no es imperfecta sino plena,
donde nuestra vida común ya no es frágil sino gloriosa y eterna.

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