“Discernir sobre la búsqueda de sentido del ser humano y cómo ser predicadores de la Buena Noticia”

Entrevista a Fr. Jorge Alejandro Scampini, OP, Maestro en Sagrada Teología (Magister in Sacra Theologia)

Fray Jorge Alejandro Scampini, OP, hijo de la Provincia Argentina de San Agustín, quien recibió el grado de Maestro en Sagrada Teología (Magister in Sacra Theologia) de la Orden de Predicadores con decreto del Maestro de la Orden, fray Gerard Francisco Timoner III, OP, el 22 de noviembre de 2024, sostiene que en un mundo tan complejo como el actual, caracterizado por el dominio de las tecnologías y de las investigaciones aparentemente sin límites en el ámbito bioético, donde corre peligro la misma humanidad, no es suficiente abordar estas cuestiones sólo teológicamente, sino que ellas exigen ser abordadas de un modo interdisciplinar, que incluya ante todo la perspectiva filosófica. Y observa que a pesar de tantos “avances”, algunos de ellos “ambiguos”, la pregunta acerca del sentido de la vida sigue siendo la pregunta fundamental de todo ser humano. “En un mundo que cada vez es más global, debemos seguir tratando de discernir cuáles son esas búsquedas de sentido y como ser predicadores de la Buena Noticia”, indica en la siguiente entrevista concedida a los medios de Ordo Praedicatorum.

Magister in Sacra Theologia1

¿Qué significa para usted haber recibido el grado de Maestro en Sagrada Teología del Maestro de la Orden?

Ante todo, un cuestionamiento acerca de mi identidad y de mi servicio en la Orden y esto no es una broma. Debo confesar que mi primera reacción ha sido remitirme al Libro de las Constituciones para verificar, objetivamente, el significado de este título y las condiciones requeridas. Ahora bien, al mirar retrospectivamente mi camino personal, me he preguntado si he realizado efectivamente lo que se señala en el LCO 96, porque en los ámbitos académicos, la calidad de una contribución se evalúa por sus resultados, sobre todo por la calidad de las publicaciones. En vista de este objetivo, las instituciones académicas invierten en los medios necesarios, ya que son ellas, en definitiva, las que son evaluadas. Desde esa perspectiva, veo con claridad los límites de mi trabajo teológico, por razones personales, de los que hay que hacerse cargo, por una dedicación fragmentada debido a otros requerimientos, por la fragilidad de los marcos institucionales en los cuales mi trabajo se ha desarrollado. Esto no busca ser una autojustificación, sino que lo señalo porque es precisamente esto lo que me ha hecho más sensible a otro aspecto: la dimensión propiamente “vocacional” del servicio al que estamos llamados los frailes, el desde dónde y la razón por la cual lo realizamos. Y, respecto a esto, el hecho de que el título lo conceda la Orden me ha llevado a pensar que se trata, ante todo, de un reconocimiento de mis pares que han valorado lo que quizá he ofrecido en el marco del proyecto dominicano, sobre todo en la formación teológica de los frailes de mi Provincia. Porque, a decir verdad, si he dado algo en el ámbito intelectual, ha sido como fraile y gracias a lo recibido de la Orden, requerido en obediencia por otros servicios de la vida común y de la Provincia. Y considero que no es relativo que haya sido a partir de ese servicio ad intra que he podido aportar algo en un espectro académico eclesial más amplio, como la enseñanza en instituciones que no pertenecen a la Orden o en los diálogos teológicos con otras tradiciones cristianas. Por eso vivo este momento con gratitud hacia la Orden, al reconocer todo lo que he recibido de ella.

En su opinión, ¿cuál sería la propuesta teológica actual de la Orden a la Iglesia y al mundo?

Habría mucho por decir al respecto si pensamos en una propuesta que tenga en vista la Iglesia y el mundo, sobre todo el mundo, que es cada vez más desafiante y complejo. Además, me veo condicionado por mi realidad contextual, que no agota la realidad de la Iglesia y del mundo. Por eso me limitaré a sólo dos aspectos. En primer lugar, señalaría que, al seguir las actas de los capítulos generales -hasta dónde puede llegar el servicio de discernimiento de esta instancia de gobierno-, la pregunta acerca de los desafíos y ámbitos de nuestra predicación ha estado siempre presente. Se ha hablado de prioridades (1977), de fronteras (1986) y, más recientemente, de diversos públicos de nuestra predicación. Pues bien, los planteamientos que provienen de los diferentes y posibles “destinatarios” de nuestra predicación requieren una fundamentación teológica e invitan a reflexiones teológicas creativas. En cierto modo, son esos planteamientos los que establecen una agenda. Ahora bien, ¿cómo hacerlo como dominicos y sacando a la luz lo mejor de nuestra tradición? Entiendo que un rasgo propio de nuestra tradición teológica y filosófica, presente en la intuición de santo Domingo y fundado teológicamente por santo Tomás, es la valoración del orden de la creación, algo presente en la visión conciliar sobre la relación Iglesia – mundo. En un mundo tan complejo como el que nos toca vivir, diferente al de hace sesenta años por el dominio de las tecnologías, de las investigaciones aparentemente sin límites en el ámbito bioético y podría seguir esta lista, donde corre peligro la misma humanidad, “en cuanto humanos”, no parece suficiente abordar estas cuestiones sólo teológicamente, sino que ellas exigen ser abordadas de un modo interdisciplinar, que incluya ante todo la perspectiva filosófica. Y esto supone un trabajo conjunto con otros, frailes o no. La Orden está llamada a hacerlo como societas studii, una sugerente imagen que puede tomar cuerpo de diferentes modos. Ahora bien, desde hace poco más de una década, contamos con una intuición expresada en el Proceso Salamanca, pero tengo la impresión de que aún debemos hacernos plenamente cargo, a nivel de toda la Orden, del potencial que encierra esta visión y poner los medios para generar procesos de reflexión en diversos contextos, teniendo en cuenta las prioridades o fronteras de cada ámbito geográfico, cultural, social y podemos seguir los calificativos. Y ahora, la segunda reflexión. Lo que acabo de decir no debe significar dejar de lado el mensaje central de nuestra predicación y su propósito, es decir, el anuncio explícito de Cristo para la salvación de las almas, con la consiguiente profundización en el misterio del Dios que se ha hecho carne. Porque a pesar de tantos “avances”, algunos de ellos “ambiguos”, la pregunta acerca del sentido de la vida sigue siendo la pregunta fundamental de todo ser humano, ya sea que pueda formularla o no. Pensando en mi propio contexto, desde hace años, incluso antes de haber finalizado el primer ciclo de los estudios teológicos, hay una pregunta que me acompaña, y que me fue planteada por la presencia y acción de los grupos pentecostales en un barrio periférico donde prestaba entonces un servicio pastoral: ¿cómo es posible que quienes se han alejado de la Iglesia (se entiende católica), se encuentren hoy, subjetivamente, más cerca de Cristo? Se trata de un cuestionamiento acerca de la predicación del Evangelio y del modo en que la realiza la Iglesia. Esta situación nos cuestiona, como a toda la Iglesia, acerca de la efectiva puesta en práctica de la ‘‘especialidad de la casa”. En un mundo que cada vez es más global, debemos seguir tratando de discernir cuáles son esas búsquedas de sentido y cómo ser predicadores de la Buena Noticia. Para los dos temas señalados, entiendo que poseemos una rica tradición que ha sabido renovarse ante nuevas situaciones, una visión del estudio ordenada a la predicación, un reconocimiento de los dones propios de naturaleza y de gracia de cada hermano. La propuesta teológica o las propuestas teológicas de la Orden podrán ser discernidas, formuladas, ofrecidas, a partir de nuestra capacidad de sacar lo mejor del tesoro que nos ha sido confiado, integrando y potenciando todos los recursos, sin perder la mirada realista que ha caracterizado a los dominicos. Y todo esto debe comenzar ya en la formación institucional.  

Brother Jorge Alejandro Scampini, OP, MST.

¿Cuál podría ser el aporte de la Orden al ecumenismo en el siglo XXI?

Lo que acabo de señalar previamente se aplica también a nuestro servicio ecuménico. En este ámbito, nuestra tradición puede aportar la riqueza de una “tradición” que ha comenzado a gestarse con los pioneros, claramente con el P. Yves Congar, pero no sólo, y de la cual las generaciones posteriores hemos recibido tanto. En la tercera década del siglo XXI somos más conscientes de que el ecumenismo no es una especialidad, aunque no se puede obviar la importancia de los recursos metodológicos propios del diálogo, sino que se trata de una realidad transversal que atraviesa diferentes ámbitos. Para ello se requieren, incluso al momento de abordar las cuestiones dogmáticas, los aportes de diferentes disciplinas teológicas y no sólo teológicas. En las últimas décadas se han dado grandes pasos a nivel de los diálogos teológicos, pero resta aún, en el proceso de recepción, dar en cada Iglesia los consecuentes pasos ad intra. En este aspecto, los dominicos han ofrecido elementos bien fundados en la Tradición, y nada relativos, acerca de la comprensión de la Iglesia, que balizan el camino hacia una renovación y una reforma en la Iglesia católica. Pero las cosas no son tan simples, y señalo tres complejidades que señalan desafíos para una Orden que es ‘global’: en primer lugar, la diversidad de interlocutores que, fundados en diferentes eclesiologías, no siempre conciben la meta del movimiento ecuménico del mismo modo. Esto significa tener “agentes” con mayor competencia en un ámbito de diálogo (Iglesias orientales, reforma magisterial, iglesias libres, grupos carismáticos, etc.). En segundo lugar, cuando se trata de presencias globales, y esto es un fenómeno cada vez más habitual, la perspectiva universal, formulada o no de modo conceptual, debe verificarse en cada contexto, es decir, el diálogo debe darse también local o regionalmente. Por último, se ha producido un desplazamiento en las cuestiones divergentes desde lo dogmático/doctrinal al ámbito de las cuestiones éticas, ante las cuales los cristianos ofrecemos hoy posiciones fragmentadas e incluso contrapuestas, y esto exige otro perfil en la capacitación de quienes intervienen en los diálogos. Por lo tanto, las demandas son variadas y necesitan una variedad de agentes.

¿Cómo se ha desarrollado y se desarrolla el trabajo ecuménico en su país?

La tarea ecuménica ha pasado en Argentina por diferentes etapas y ha asumido diversas impostaciones. En lo personal, puedo hablar de lo sucedido en los últimos cuarenta años, pero puedo esbozar esas etapas e impostaciones. En las primeras décadas posteriores al posconcilio, dada la realidad de nuestro país, que había recibido importantes contingentes de inmigrantes, no sólo católicos, la presencia de varias Iglesias orientales y del protestantismo magisterial permitió seguir un ecumenismo del encuentro, con acento en lo espiritual, y de alguna colaboración en el ámbito académico, sin llegar a implementarse un diálogo doctrinal. Sin embargo, ya a partir de la década del 70 y, más claramente de la década del 80, se produjo un cambio y una crisis. La definida opción de católicos y protestantes por un acercamiento en clave de teología de la liberación y el compromiso por las realidades contextuales llevaron a desarrollar otros ámbitos: el testimonio, el servicio conjunto, el trabajo por la justicia y la paz. Esto significó, al mismo tiempo, una cierta fractura al interior de las Iglesias y de las relaciones ecuménicas. A partir de los 90 se inicia una cierta recomposición, que en el transcurso de las últimas décadas ha llevado a una cierta “meseta”: buenas relaciones, pero sin demasiado interés en avanzar hacia la unidad en la fe, sobre todo de lado protestante, al no verse esto como prioritario, y, por otra parte, tampoco se habla de las cuestiones éticas ante las cuales las diversas posiciones son manifiestas. Para todos, el desafío no asumido es la presencia pentecostal, que ha crecido a expensas de la Iglesia católica y de las Iglesias protestantes históricas. Ante este fenómeno, la capacidad de reacción ha sido casi nula. Si en un primer momento no se estuvo a la altura de plantearse cuál era el desafío pastoral que ese fenómeno representaba y qué era lo que las Iglesias establecidas, incluida la Iglesia católica, no ofrecían a sus fieles que les permitiera retenerlos, hoy se suma otro desafío, dada la cierta estabilización de gran parte de esos grupos, y es cómo establecer con ellos una “relación ecuménica”. Este segundo desafío significa terminar de esbozar el perfil de un ecumenismo con “rostro latinoamericano”.


  1. Se trata de un título honorífico concedido por el Maestro de la Orden, siguiendo la recomendación del Consejo general conforme a algunos requisitos exigidos para la concesión del mencionado título. El título data de 1303, cuando el Papa de entonces Benedicto XI, dominico, creó este grado para que la Orden de Predicadores pudiera conceder la facultad de enseñar teología. Actualmente es un título honorífico y exclusivamente académico, pero es el reconocimiento más alto de excelencia en las Ciencias sagradas dentro de la Orden de Predicadores. ↩︎

Fray Jorge Alejandro Scampini nació en 1957 en San Antonio de Areco, Argentina. Tras concluir sus estudios de Derecho, ingresó en la Orden de Predicadores en 1980. Hizo su profesión solemne en 1984 y fue ordenado sacerdote en 1987. Realizó sus estudios institucionales en el Centro de Estudios de Filosofía y Teología en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino y obtuvo el grado de Licenciado en Teología en el Angelicum en 1990 y el de Doctor en Teología en Friburgo en 2001. Finalizada la licenciatura en Roma, poco tiempo después de regresar a su provincia, fue elegido Prior Provincial. Concluido este servicio, retomó sus estudios, comenzando la etapa de investigación para la obtención del doctorado. Tras su regreso a Argentina, fue Moderador del Centro de Estudios, Regente de Estudios, Promotor de Formación Permanente y Prior conventual del convento de Buenos Aires. También fue miembro de la Comisión De Missione Ordinis y, en dos períodos diferentes, integró la Comisión De Promotione Studii. Por más de treinta años, su servicio académico se ha desarrollado en y a partir del Centro de Estudios de su provincia, donde es Profesor titular de Teología dogmática y tiene bajo su responsabilidad el área de eclesiología, sacramentos, teología mariana y ecumenismo. También es Profesor ordinario en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina y dictó durante varios años los cursos de eclesiología y/o ecumenismo en seminarios diocesanos y en los institutos teológicos de los salesianos y de los franciscanos. Además, ha sido vicepresidente y presidente de la Sociedad Argentina de Teología y gran parte de su compromiso académico se ha focalizado en el ámbito ecuménico, lo cual lo ha llevado a ser miembro de diferentes comisiones de diálogo oficial a nivel internacional y consultor del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos de la Santa Sede.

Iniciar sesión en eXo - POLÍTICA DE COOKIES - POLÍTICA DE PRIVACIDAD
Ordo Praedicatorum © 2026. Todos los derechos reservados.

Left / Button

Datos de Contacto

 Piazza Pietro d'Illiria, 1 | 00153 Roma | Italy

 info@curia.op.org

 +39.06.579401

Red social

Right / Button
×