Fray Ricardo Guardado

Fray Ricardo Guardado es el nuevo provincial de Centroamérica entrevistado por Fr. Luis Javier Rubio, O.P., Socio del Maestro de la Orden para América Latina y el Caribe

Ricardo, por favor cuéntanos algunos datos importantes de tu infancia y adolescencia.

Nací en San Francisco, La Virtud, Lempira, Honduras, en 1978. Mi papá se llama Cándido Guardado y mi mamá María Lucinda Flores. Somos nueve hermanos en total, ocho hombres y una mujer. Mi origen es netamente campesino, por esta razón, siempre me sentí más cómodo en el campo que en la ciudad. La tortilla de maíz y los frijoles han sido la base de mi alimentación cada día. Soy un hombre de montaña, por ello renuevo siempre la promesa de ‘nunca renunciar a mis raíces’, puesto que, mi identidad comenzó a forjarse desde allí. Es así como me siento mejor, realizado y feliz. Con mi papá aprendí a trabajar la tierra y con mi mamá la ternura del trato hacia las demás personas; sin ellos, jamás hubiera llegado hasta aquí. Mis años de adolescencia pasaron como un suspiro, pues la vida me exigió desde muy temprano hacerme de herramientas para sobrevivir lejos de casa y de la familia, ya que, al terminar la escuela primaria debí ir a la ciudad para realizar mis estudios de educación secundaria.

¿Cómo conociste a los dominicos?

Fue en el año 1991, cuando dos frailes llegaron a la aldea en la que vive mi familia, impulsados por el espíritu de la ‘Santa Misión’. Ahí, ellos conocieron a mi papá, quien es un ministro de la Palabra de Dios, desde hace más de cuarenta años. Esos frailes estuvieron una semana de misión y hablaban con la gente de una manera especial e impactaron con su modo de predicar la Palabra de Dios. Así fue el primer contacto con los miembros de esta Orden que, con el paso de los años, he aprendido a amar.  

Cuéntanos alguna de experiencias tuyas como fraile dominico

Una de las más grandes experiencias que he vivido dentro de la Orden de Predicadores ha sido la confianza en el ser humano; he ido aprendiendo que en cada persona es posible encontrar bondad y belleza. Por tanto, he descubierto que todos, hombres y mujeres, somos un proyecto en construcción cotidiana, en el que podemos colaborarnos mutuamente, para llegar a lo más alto de nuestros sueños y anhelos, es decir, vivir en Dios sin salirnos de él.

¿Qué aprendiste de tu experiencia en el extranjero?

La universalidad de la Orden de Predicadores y la pluralidad de la misma sin romper con la unidad. Y las experiencias en el extranjero me han ayudado a descubrir que “la fraternidad universal”, por utópica que sea, siempre tendrá algo de realizable. Por eso, yo creo y sostengo, que los frailes dominicos estamos obligados a salir de nosotros mismos, para no perder el tiempo ni la vida mirándonos el ombligo. Nuestra Orden no nació para la auto-referencialidad, sino para vivir en un constante Pentecostés, “hablando con Dios y de Dios”.

¿Cuáles son tus propósitos luego de ser elegido como Provincial?

Escuchar y acompañar a los frailes de la Provincia, aprendiendo la obediencia a Dios cada día, y animar a mis hermanos en las distintas comunidades, en Centroamérica, para la construcción de puentes en la comunicación asertiva y proactiva.

Invitar y animar a los hermanos a salir de sí mismos e ir siempre al lugar donde la vida nos muestra fragilidad y esperanza, para colaborar en la construcción del reino de Dios, sanando las heridas de quienes son lastimados y descartados cada día en nuestra sociedad.

Algún mensaje final.

Invito a los miembros de la Familia Dominicana en Centroamérica y a todos aquellos con quienes nos relacionamos cada día, mantener la esperanza en Dios y en la humanidad en estos tiempos de pandemia. Amemos a Dios curando las heridas que hemos provocado a nuestra ‘casa común’. Esforcémonos y busquemos, con toda urgencia, que el ministerio de la predicación conecte con la vida de las personas y que comuniquemos siempre una buena noticia de Dios a nuestro mundo.

En este año jubilar de Nuestro Padre Santo Domingo, preparemos la mesa de la Palabra y del Pan, y salgamos a buscar comensales, para no quedarnos con la mesa servida, evitando así, que el alimento se pudra, sino que llegue a nutrir la vida de quienes agonizan en el camino.

Saludos fraternos.