La oración se eleva en medio de las heridas de La Habana

Desde La Habana, con esperanza: las monjas dominicas reflexionan sobre su primer año en Cuba

Queridos hermanos y hermanas en Santo Domingo:

A cada uno de ustedes nuestro más cordial saludo desde Cuba donde los tenemos muy presentes en nuestras oraciones. 

El 17 de mayo se cumplió un año desde que llegamos al Monasterio Santa Catalina de Siena en La Habana, y gracias a Dios y a las oraciones de la Familia Dominicana podemos decirles que estamos bien. Queremos agradecerles el constante interés que nos han manifestado durante estos doce meses muy difíciles para el pueblo cubano.

Deseamos compartir, en la medida de lo posible, la experiencia que estamos viviendo y esto, principalmente, por dos motivos: el primero, porque aunque seamos nosotras las que estamos aquí, de algún modo también están todos ustedes porque es a la Orden a la que se le ha confiado esta misión. Y el segundo motivo es porque como lo expresa bellamente San Agustín: «no se ama lo que no se conoce«.

Actualmente conformamos la comunidad cinco monjas provenientes de México y Argentina. Si bien esta llamada dentro de la llamada se gestó en cada comunidad de un modo particular, al dialogar entre nosotras descubrimos vivencias comunes que intentaremos recapitular en estas líneas. 

Cuando, primeramente, el Maestro de la Orden fray Gerard Timoner III, y luego, el Papa Francisco nos pidieron mantener la presencia de las monjas en el monasterio de Cuba, tuvimos ciertamente la certeza de que el Señor lo quería; pero ello no nos eximió de enfrentarnos a miedos, incertidumbres, inseguridades, despojos y desarraigos al dejar Patria, familia, la comunidad y amistades. En otras palabras, fue una experiencia de “muerte” para dar vida.

Tal vez fue entonces cuando quedó más patente que la obra es de Dios. El arduo proceso de discernimiento en cada comunidad -porque hay que reconocerlo que no fue fácil- lo llevó a cabo el Espíritu Santo con la cooperación de cada uno de sus miembros. Y sólo Él pudo aunar las voluntades en un armónico sí para secundar los designios de Dios.

Desde entonces vivimos la aventura liberadora de la obediencia en la fe en la que el Señor no se deja ganar en generosidad. El corazón se ha ensanchado, las fronteras se han corrido más allá de lo previsible. Esta comunión en la misión de la predicación nos ha enriquecido con nuevas experiencias, con rostros concretos, con situaciones que llegan a lo profundo del corazón orante de la monja. Es una experiencia de que todo es gracia.

En este tiempo que llevamos en Cuba podemos decirles que día tras día el Señor nos confirma con gestos providenciales que quiere aquí la presencia de las monjas.

Estamos haciendo comunidad, caminando con alegría, disfrutando de nuestra entrega diaria –que sin duda implica muchos sacrificios- pero lo vivimos con gozo, un gozo que no puede menos que venir del Espíritu Santo. Somos felices y tenemos la ilusión de dar todo de nuestra parte para renovar la comunidad.

Podemos llevar nuestra vida contemplativa y es hermoso saber que la oración de alabanza e intercesión se eleva a Dios desde este recóndito “desierto” de cristiandad. 

Por supuesto que podemos rezar desde cualquier lugar, pero hacerlo desde las llagas mismas de las situaciones de dolor, opresión, sufrimiento y pobreza es un grito de esperanza para los cubanos y para el mundo. ¡Se escucha cada historia! Es un pueblo que sufre mucho en todos los sentidos.

Los frailes se apoyan en las oraciones y en la fraternidad de las monjas para su apostolado.  Están pendientes de nosotras para que no nos falte lo principal: La Eucaristía, el Sacramento de la Reconciliación, la asistencia espiritual y también se muestran disponibles para ayudarnos en todo lo que esté a su alcance. Gracias a su colaboración se van concretando proyectos para mejorar las condiciones principales que favorezcan nuestro estilo de vida. 

Los Pastores de la Iglesia, los consagrados y los laicos quieren que las puertas del Monasterio permanezcan abiertas y el Cardenal Juan de la Caridad desde que llegamos nos visita periódicamente.

El contacto con la genta que más necesita nos enseña mucho y percibimos que, aunque a tientas, buscan a Dios. Somos testigos de la convicción con que viven la fe los pocos creyentes. Nos ha impactado la alegría de los frailes cuando imparten un Sacramento y de la conmoción de la fe de quienes los reciben. Esas sencillas experiencias nos renuevan en la entrega y nos dicen que vale la pena estar aquí.

Gracias a la lectura en el refectorio sobre la historia de este monasterio cuya fundación se remonta al 29 de abril del año1688 por iniciativa de tres hermanas cubanas, pudimos conocer muchos detalles que nos impresionan como fue: la constante solidaridad y generosidad de las monjas o también el contraste entre la benéfica influencia que tuvo en la sociedad a nivel religioso, cultural, arquitectónico, etc. y la fragilidad actual. Entre lo que fue antes de la Revolución y el después. Nos conmueve la acogida solidaria que brindaron en diversos años a las monjas contemplativas expulsadas de sus respectivos países, como fueron las provenientes de República Dominicana, Haití, Venezuela y Colombia.

Las vicisitudes de la historia motivaron dos traslados posteriores desde el primitivo convento hasta que en 1961 algunas monjas fueron deportadas en barco y otras permanecieron en Cuba. Ya entonces, Su Santidad San Juan XXIII le pidió a la comunidad del monasterio que no todas las monjas abandonaran el país en semejantes circunstancias, por lo que quedaron trece monjas según indica la crónica. Esto demuestra que el Papa Francisco no fue el único sucesor de Pedro que pidió expresamente que no se cerrara el monasterio.

En busca de apoyo el monasterio se incorporó en 1989 a la Federación Santa María de Guadalupe, México, quien hasta ahora continúa sosteniéndolo e invita a otras hermanas que deseen hacer la experiencia de continuar acompañando al pueblo cubano porque al parecer es del agrado del Señor.

Para concluir, compartimos algunas palabras que nos dirigió el 22 de noviembre el Cardenal Ángel Fernández Artime, SDB Pro-Prefecto del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica. Los objetivos de su visita fueron manifestarnos el afecto y la gratitud del Santo Padre y conocer más de cerca la labor de los consagrados en Cuba. Vino acompañado por el P. Celio de Padua García, o.p. y un miembro de la Conferencia de Religiosos, el P. Evelio Rodríguez Soto (pasionista) que es cubano.

Den fruto donde Dios las ha sembrado. La obra es del Espíritu Santo que cuenta con nuestra cooperación. La vida contemplativa es un pulmón para la Iglesia en este país.

…Veo una comunidad alegre, unida y madura que es un signo de esperanza para los cubanos. Deben permanecer aquí porque en este monasterio que no tiene valor arquitectónico ustedes no están sosteniendo unas paredes sino la fe del pueblo y de la Iglesia. Es necesaria su presencia aunque sean cinco monjas…”

El P. Evelio en nombre de los consagrados presentes en Cuba, y antes que nada como cubano, nos agradeció que hayamos venido cuando muchos compatriotas se van del país. También hizo alusión a la unidad y solidaridad de los consagrados, que es algo que podemos constatar. Aquel encuentro terminó con una oración, la bendición y la promesa del Cardenal de hablarle al Santo Padre de la comunidad.

Por favor, no dejen de orar por Cuba y por nosotras.

En Cristo, María y Santo Domingo,

Sus hermanas de Cuba

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