En las Actas del Capítulo General de Florencia del año 1321 leemos las siguientes palabras: “Porque se dijo a los primeros predicadores: ‘no os dejéis llamar rabino, porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos’, prohibimos terminantemente que un hermano de nuestra Orden que sea Maestro en Teología, cuando sea llamado por otro hermano por su nombre propio, se llame “Maestro” sin decir “hermano”, de modo que se diga “Maestro Pedro” o “Maestro Juan”, y así para los demás; tal denominación es vana, es el modo que usan los seglares en su mundo. Pero hay que llamarse “hermano” para que uno diga “Hermano Juan” o “Hermano Pedro”, como se llama a los demás hermanos. Además, a todos los maestros en teología, bachilleres o lectores, siempre que se hable de ellos en un documento oficial, no se les nombre nunca con los títulos de dignidad, sino del mismo modo que se habla de los simples hermanos. “(Monumenta Ordinis Fratrum Praedicatorum Historica, vol. 4, p. 132)

Esto ocurre en el año 1321, cuando la Orden ya contaba con muchos Maestros en Sagrada Teología promovidos en la Universidad de París, un número aún mayor de bachilleres y cientos de lectores en los distintos conventos. Obviamente, la Orden tuvo que enfrentarse al problema de que algunos miembros de la élite intelectual de la Orden eran demasiado conscientes de lo que eran, por lo que les faltaba humildad. Quizás los frailes del Capítulo General se dieron cuenta de que, 100 años después de la muerte de Santo Domingo, muchos frailes ya no seguían el ideal de fraile humilde ejemplificado por el Fundador.

En Mateo 23, 1-12, se aborda el tema de la humildad. Jesús desaprueba claramente que alguien se exalte por encima de los demás y crea que los demás están ahí, ante todo, para servirle a él y satisfacer sus deseos. Pero eso no es todo. En el contexto de todo el pasaje, vemos que la falta de humildad socava el papel y la misión de una persona. El mandato de los saduceos y fariseos era enseñar, es decir, ser maestros del pueblo. El problema, sin embargo, fue que utilizaron su posición particular para su propio beneficio. Y entonces yo diría que estaban convencidos de que cumplían su papel hablando mucho, exigiendo mucho a los demás, y si otros hacían algo malo, que ellos simplemente los ponían en la picota por ello. Esa era su idea de cómo preservar el orden y cumplir la ley de Dios.

Sin embargo, esto no coincidía con el concepto de Jesús: “Los escribas y los fariseos se sientan en la cátedra de Moisés; por tanto, haced todo lo que os enseñen y seguidlo; pero no hagáis como ellos, porque no practican lo que enseñan”. Él, el máximo maestro de la ley, cumplió su papel de una manera muy diferente. Enseñó con palabras. Pero no sólo eso, también hacía muchas cosas por la gente que acudía a él, cosas que yo diría que eran lecciones prácticas. Sin embargo, su lectio magistralis fue la del Calvario. Como decía San Agustín en su comentario al Evangelio de Juan (Homilía 119): “El madero de la cruz al que fueron confinados los miembros del moribundo se convirtió en la silla del maestro que enseña”. La expresión de San Agustín también fue referida posteriormente por Santo Tomás de Aquino en su propio comentario a Juan (c. 19, 4), también en la Suma Teológica (STh III, q. 46, a. 4): el Maestro Jesús que con la mayor humildad enseña el camino de la caridad.

Las palabras de Jesús denunciando a los escribas y fariseos en Mt 23,1-12 fueron pronunciadas en Jerusalén, pocos días antes de su muerte. Parece que estaba preparando a sus discípulos para entender bien esta lectio magistralis. También es una invitación a encomendarse al Maestro por excelencia. En la cruz renunció a los privilegios de su oficio de enseñar, pero no a la misión de enseñar.  Por eso es tan creíble. Por eso vale la pena prestarle atención a él, nuestro Señor, nuestro Maestro, que se ha convertido en nuestro hermano.

Fray Viliam Štefan Dóci, O.P.

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