La siguiente homilía fue predicada durante una liturgia presidida por el Maestro de la Orden, en el marco del Encuentro Intereuropeo de la Orden de Predicadores (IEOP). Este encuentro se celebra anualmente la semana después de Pascua y este año tuvo lugar en Vilna, Lituania.
Una de las grandes aflicciones de la humanidad es el olvido. Porque olvidamos las lecciones
que hemos aprendido, repetimos nuestros errores; y por eso la humanidad cae una y otra vez
en el conflicto y la guerra. El antídoto contra el olvido es la anamnesis, la memoria viva. Tal
vez por eso la Escritura nos exhorta continuamente: «Recordad las maravillas que el Señor ha
hecho». Y en el corazón mismo de la Eucaristía —la celebración de la presencia permanente
de Cristo— escuchamos su mandato: «Haced esto en memoria mía».
En el Evangelio de Juan, el evangelista utiliza con frecuencia detalles sutiles para evocar la
memoria, casi como si fueran “flashbacks” espirituales. Simón Pedro, Andrés, Santiago y Juan
encontraron por primera vez al Señor después de una larga noche de pesca infructuosa. En el
Evangelio de hoy, esa misma experiencia se repite; debió de parecerles un déjà vu. Otro detalle
tiene aún mayor peso: cuando Pedro negó a Jesús tres veces, estaba calentándose junto a un
fuego de brasas. Ahora, al encontrarse con el Señor Resucitado, vuelve a encontrar un fuego
de brasas, un recordatorio silencioso de lo que había hecho.
Recordamos que, cuando estos discípulos fueron llamados por primera vez, lo dejaron todo:
sus barcas, sus redes, su propia identidad. Se adentraron en algo nuevo, incierto, pero lleno
de promesa. «Os haré pescadores de hombres», les había dicho el Señor.
Pero después de la crucifixión, todo parecía hecho pedazos. Aquel en quien habían confiado
ya no estaba; el futuro que habían imaginado se había derrumbado; la claridad de su vocación
se había desvanecido. Entonces hicieron lo que muchos de nosotros hacemos cuando nos
sentimos perdidos y desanimados: volvieron a lo que eran antes de encontrar a Jesús.
Regresaron al mar, a las barcas y a las redes que habían dejado atrás, tratando de recomponer
los fragmentos de una esperanza que, a sus ojos, había quedado incumplida
Aquí es donde el Evangelio se acerca mucho a nuestra propia vida. Hay momentos en que la
fe se siente exactamente así: cuando algo en lo que creíamos profundamente parece
desmoronarse, cuando nuestro sentido de propósito se oscurece, cuando la esperanza se ve
interrumpida por la decepción o la pérdida. En esos momentos, tendemos a refugiarnos en lo
conocido, en lo que nos resulta seguro. Queremos reiniciar, empezar de nuevo.
Sin embargo, el relato de la Resurrección que escuchamos hoy nos comunica una verdad
poderosa y consoladora: incluso cuando regresamos a nuestra vida anterior, Cristo no nos
abandona. Los discípulos vuelven a pescar, pero Jesús sale a su encuentro. Los encuentra en
medio de su confusión, de pie en la orilla de esa vida intermedia. Allí descubren algo
importante: al volver a su antigua forma de vida, no encuentran en ella plenitud; no pescan
nada. Es como si el Evangelio nos dijera: una vez que has sido llamado por Cristo, nunca
puedes volver del todo a ser quien eras antes. Lo que antes te daba identidad ahora se siente
vacío.
Entonces llega su sencilla orden: «Echad la red a la derecha de la barca». Este es un punto
decisivo. Revela que la fecundidad no proviene solo del esfuerzo, sino de la obediencia a la
Palabra. Las mismas redes, el mismo mar, los mismos hombres, y sin embargo ahora, guiados
por su voz, su trabajo se vuelve abundantemente fecundo. Aquí vislumbramos una verdad
más profunda sobre la Iglesia: su misión no nace de estrategias humanas, sino de la escucha
atenta de la voz del Señor. Y quizá esta sea la lección más importante de todas. Pedro, Andrés, Santiago y Juan no necesitaban reconstruir su vida desde cero. Solo necesitaban reconocer que
Jesús seguía presente en lo que parecía un final. Dominus est! ¡Es el Señor!
Cuando nos encontramos en lo que parece un callejón sin salida, cuando el único camino
parece llevarnos de vuelta a lo que fuimos, no debemos concluir que la historia ha terminado.
Cristo ya está allí, esperándonos. No para recordarnos nuestros fracasos, sino para llamarnos
una vez más a la misma vocación: ser pescadores de hombres, participar en su misión,
apacentar su rebaño.
Entonces Juan hace algo que, desde el punto de vista literario, podría parecer casi impensable: mezcla metáforas dentro de un mismo relato. Primero, Jesús le dice a Pedro que eche la red; luego, después de un desayuno de pan y pescado, le dice que apaciente sus ovejas. El paso de
pescador a pastor podría parecer una mezcla extraña de imágenes, pero en realidad es
profundamente instructivo, especialmente para nosotros, dominicos. Todo predicador está
llamado primero a “pescar”, a anunciar el Evangelio y atraer a otros a Cristo; y luego a
“alimentar”: formar, guiar y cuidar pastoralmente de ellos. Dentro de la Iglesia, a veces
tendemos a separar estos roles, como si el pescador de hombres y el pastor de almas fueran
vocaciones distintas. Pero una lectura atenta de Juan 21 nos recuerda que no son tareas
opuestas, sino dos dimensiones inseparables de la única misión apostólica.
Y así, en esta Eucaristía, pedimos la gracia de escuchar atentamente al Señor Resucitado, de
discernir dónde nos llama a echar las redes, y de reconocer que la verdadera medida de
nuestro amor por Él se encuentra en apacentar sus ovejas.

