En su carta con motivo del 800 aniversario del “nacimiento de Santo Domingo a la vida eterna”, el Papa Francisco ha a ofrecido a nuestra Orden un magnífico resumen de la vocación y del carisma dominicano. Gracia y unidad son dos palabras que medito al recibir esta carta como un regalo que renueva mi propio entusiasmo por la vida dominicana. Como hermana apostólica, junto con mis hermanos y hermanas de la Orden de Predicadores, comparto la gracia de la vocación de Domingo y soy testigo de la gracia que predicó ‘verbis et exemplo‘.

La gracia de Cristo, que anunciamos en la Iglesia, se recibe y se vive diariamente en nuestra oración y celebraciones litúrgicas, en el estudio y en la predicación. Esta gracia se manifiesta sobre todo en nuestra vida común de caridad fraterna, una vida de misericordia dada y recibida diariamente por todos, una vida de confianza mutua, la vida de hombres y mujeres libres que se esfuerzan para vivir una vida de obediencia. Esta gracia es el fundamento de nuestra unidad de espíritu y de corazones, en cada comunidad y en toda la Orden. Junto a santo Domingo, somos predicadores de la gracia en la medida en que nos abrimos plenamente a ella.

  Ser un predicador de la gracia en una sociedad postcristiana es un verdadero desafío. Los conceptos cristianos clásicos de gratuidad, obediencia, libertad, salvación, persona, caridad, misericordia, perdón o comunión son a menudo nociones y realidades ajenas a las que encontramos en nuestro trabajo apostólico. Predicar la gracia significa inseparablemente compartir nuestra propia experiencia de la gracia, e invitar a la gente a experimentar la gracia de Jesucristo. Nuestras palabras no son suficientes y carecen de sentido cuando no pueden verificarse en vidas visiblemente transformadas, y a través de experiencias transformadoras del amor divino. Nuestra vida dominicana puede hacer que esta experiencia de gracia sea visible y disponible para todos. Como los casamenteros, cuando predicamos a Cristo, invitamos a los demás a un encuentro con Él.

Compartiendo la vocación de Domingo, y viviendo en su familia, somos signos visibles de la gracia recibida, vivida, manifestada y comunicada en la unidad, como nos recuerda con tanta fuerza el Papa Francisco: unidad de palabra y de obra en la predicación, unidad de contemplación y de acción en la vida concreta, unidad de las mentes y de los corazones en el Señor, que culmina en la unidad de la verdad y de la caridad.

Preservar y fomentar esta unidad de verdad y caridad es el reto que el Papa Francisco me presenta en su carta, en todos los aspectos de mi vida como hermana dominica apostólica llamada por la gracia a seguir las huellas de nuestro santo padre Domingo.

Sor Hyacinthe Defos du Rau, O.P.
Hermanas Dominicas de San José
Lymington, Inglaterra

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